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LA ÚLTIMA PELÍCULA de Larry McMurtry

Metro

La primera noticia que tuve de la literatura de Larry McMurtry me llegó gracias a una serie de estupendos wésterns que adaptaban varias novelas suyas en formato televisivo. No creo exagerar si digo que el mejor de ellos, Paloma solitaria (Lonesome Dove, 1989) de Simon Wincer, está entre las obras maestras de la historia del género.

Captura-de-pantalla-2013-01-07-a-las-13.19.30El siguiente encuentro llegó de la mano de Ang Lee y Brockback Mountain (2005), una estupenda película escrita por McMurtry. Y fue por esas mismas fechas cuando, por casualidad, descubrí que este gran escritor era también el autor de la novela La última película (The Last Picture Show, 1966), en la que se basó un jovencísimo Peter Bogdanovich para, en 1971, estrenar su mejor film, el que le situó a la cabeza de la nueva generación de cineastas de Hollywood, la de los Coppola, Scorsese, Spielberg, etc, etc. Por desgracia, y a pesar de algunas otras buenas películas, Bogdanovich no volvió a estar a la altura de las expectativas que despertó su obra maestra.

La historia que nos cuenta McMurtry está ambientada en Thalia, una pequeña, decadente y aburrida población de Texas sin ningún aliciente para los jóvenes que viven en ella y en la que los mayores dejan pasar el tiempo contemplando sus monótonas vidas. La amistad, la traición, el primer sexo adolescente, los amores que resisten nostálgicamente el paso del tiempo, los intentos por recuperar brevemente la juventud arruinada… van pasando impregnados de tristeza ante nosotros mientras asistimos a la desaparición del cine local, de los sueños y de la inocencia, y al auge de la televisión.

Con la ayuda de un reparto maravilloso y de la impresionante fotografía en blanco y negro del tres veces ganador del Oscar Robert Surtees, Bogdanovich supo dotar a las imágenes del film, en plena época de revolución del cine americano, de todo el aroma clásico que pedía el texto de McMurtry y que había aprendido de los grandes maestros, y regalarnos uno de esos finales que siempre guardaremos en nuestra memoria.

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Un día, un viernes por la tarde, la señorita Mosey tuvo que entrar en el cine a buscar una cosa que se había olvidado y dejó que Billy la acompañara. La pantalla apagada estaba como muerta, pero el muchacho se alegró de estar dentro, por lo menos, de modo que subió al palco y se sentó a esperar. La señorita Mosey pensó que ya habría salido y cerró con llave; no cayó en la cuenta de que podía haberse quedado en el palco hasta bien entrada la noche, cuando Sonny empezó a preocuparse de verdad y se puso a preguntar a los vecinos. Cuando entraron, Billy seguía sentado en silencio con su escoba, en medio de la oscuridad, esperando con la absoluta certeza de que la proyección empezaría de un momento a otro.

Durante todo el mes de octubre y todo el mes de noviembre, Billy añoró el cine. Sonny no sabía qué hacer, pero era una mala racha en general y ni siquiera sabía qué hacer consigo mismo. Ahora tenía otra concesión para bombear. Quería trabajar aún más para agotarse y así no pasar las noches en vela, sintiéndose solo. No había muchas novedades, y no creía que las fuera a haber. Un día fue a Wichita y compró un televisor, pensando que tal vez ayudaría a Billy a superarlo; pero no fue así. Billy veía la tele mientas Sonny estuviera por allí, pero en el momento en que Sonny se marchaba, él también. No confiaba en la televisión. Siguió acercándose al cine cada noche, con viento del norte o sin él: se sentaba en el bordillo de la acera a esperar, muerto de frío y desconcertado. Sabía que tarde o temprano abriría, y a Sonny no se le ocurría la manera de hacerle entender que el cine no volvería a funcionar.

Traducción de Regina López.

Publicada por Gallo Nero Ediciones.

ESPERA A LA PRIMAVERA, BANDINI de John Fante

De entre los numerosos escritores desconocidos u olvidados que son recuperados por las editoriales y elevados a la categoría de autores de culto, uno de los verdaderamente grandes es el estadounidense John Fante, novelista, cuentista y, como tantos otros genios de la literatura norteamericana, ocasional guionista: adaptó su propia novela Llenos de vida (Full of life, 1952) para la película de igual título de Richard Quine, y colaboró en el guión de La gata negra (Walk on the wild side, 1962) de Edward Dmytryk, un film que lo tenía todo para haber sido realmente bueno pero en el que lo único de veras destacable son los títulos de crédito de, una vez más, Saul Bass.

        Mi novela preferida de Fante es Espera a la primavera, Bandini (Wait until spring, Bandini, 1938) -llevada al cine en 1989 por un tal Dominique Deruddere, que podría haberse ahorrado la molestia-, que abre la tetralogía protagonizada por el álter ego del autor Arturo Bandini, completada por Pregúntale al polvo (Ask the dust, 1939) -el, otras veces, magnífico guionista Robert Towne escribió y dirigió (por decir algo) la adaptación cinematográfica de 2006 interpretada (por decir algo 2ª parte) por el infumable Colin Farrell, y que aquí se tituló Pregúntale al viento (al parecer la palabra “polvo” molestaba)-, Sueños de Bunker Hill (Dreams from Bunker Hill, 1982) y Camino de Los Ángeles (The road to Los Angeles, 1985), que en realidad fue la primera que escribió.

        La novela, situada en la época de la Gran Depresión, nos cuenta las andanzas, en el marco de una familia de emigrantes italianos, de un casi adolescente Arturo, sus travesuras y su carácter rebelde, su primer enamoramiento en la escuela, su convivencia con una madre fervientemente católica y con un padre, albañil sin demasiado trabajo, aficionado al juego, el vino y las mujeres, que deja su hogar para irse a vivir con una viuda rica…Tierna y divertidísima, pero con un poso de tristeza, escrita con una prosa sencilla que parece al alcance de cualquiera, y que, precisamente, suele ser la mejor y más difícil de conseguir, Espera a la primavera, Bandini participa de una doble temática presente en buena parte de la mejor narrativa estadounidense: la cara menos feliz del sueño americano y los problemas e inquietudes del mundo adolescente. 

        “El aire frío le humedeció los ojos. Eran castaños, eran dulces, eran ojos de mujer. Le había quitado los ojos a su madre al nacer, ya que después del nacimiento de Svevo Bandini, la madre no había sido ya la misma, achacosa siempre, siempre con expresión de enferma después del parto, hasta que murió, y a Svevo le tocó tener ojos castaños y dulces.

        Setenta kilos pesaba Svevo Bandini y tenía un hijo llamado Arturo que disfrutaba acariciándole los hombros musculosos y palpándole las culebras que le corrían por dentro. Era hombre apuesto Svevo Bandini, todo músculo, y su mujer, que se llamaba Maria, en cuanto pensaba en los músculos de los riñones del marido, el cuerpo y el espíritu se le derretían cual nieve de primavera. Era muy blanca esta Maria y mirarla era verla a través de una finísima capa de aceite de oliva.

        Dio cane. Dio cane. Quiere decir que Dios es un perro y Svevo se lo decía a la nieve. ¿Por qué habría perdido diez dólares aquella noche en una partida de póquer en los Billares Imperial? Era muy pobre y tenía tres hijos, y no había pagado los macarrones, ni la casa en que estaban los tres hijos y los macarrones. Dios es un perro.”

                     Traducción de Antonio-Prometeo Moya.

                     Publicada por Anagrama.