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MUCHACHAS DE UNIFORME (1931) de Leontine Sagan / CORRUPCIÓN EN EL INTERNADO (1958) de Géza Von Radványi

tumblr_mr2nsr0hXf1sspwr0o1_500Christa Winsloe fue una escritora húngara que vivió los años de libertades individuales y esplendor cultural de la República de Weimar en Alemania. Activista política y declarada abiertamente homosexual, tuvo que huir de los nazis a Francia, donde fue ejecutada en 1944.

Pasó parte de su adolescencia en un internado donde sufrió la estricta disciplina prusiana, que educaba a las jóvenes para ser abnegadas esposas y madres de futuros soldados al servicio de la patria. Esa experiencia la revivió en la obra de teatro Ayer y hoy Gestern und Heute, 1930), que sirvió de base para las películas Muchachas de uniforme y Corrupción en el internado, ambas tituladas originalmente Mädchen in Uniform.  En 1933, Winsloe publicó la novela sobre el mismo tema La muchacha Manuela (Das Mädchen Manuela).

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Aunque el lesbianismo ya había estado presente de manera tangencial en películas anteriores, Muchachas de uniforme pasa por ser la primera que trata el tema de manera directa como parte crucial del argumento. Fue, lógicamente, censurada en muchos países, pero gozó de una gran acogida en los que pudo estrenarse.

Dirigida por Leontine Sagan, discípula de Max Reinhardt, la historia nos sitúa en el año 1910, en un colegio de la ciudad de Potsdam en el que las internas son educadas en la obediencia y el miedo y solo encuentran consuelo en la relación entre ellas y en la comprensión de la profesora Von Bernburg (Dorothea Wieck), a la que admiran y quieren. Una nueva alumna llamada Manuela (Hertha Thiele), a la que le cuesta adaptarse a esa nueva vida de restricciones, se sentirá atraída por ella de manera dramática.

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El film de Sagan trata de manera seria y sensible, sin efectismos, tanto el tema de la educación retrógrada e inhumana como el de la atracción física y sentimental entre mujeres, vista quizá en parte como tabla de salvación ante la situación e incluso se diría que aceptada tácitamente por la dirección del centro. Su elegante puesta en escena nunca nos evoca su origen teatral, y la espiritualidad y desnudez de algunos momentos -la maravillosa escena en que Von Bernburg da las buenas noches a sus alumnas besándolas en la frente y acaba besando en los labios a Manuela; la casi fantasmal secuencia en que la muchacha sube las escaleras rezando un Padre Nuestro mientras sus compañeras la buscan atemorizadas, o cualquiera de los primeros planos de la actriz Hertha Thiele- consiguen en su maestría incluso recordarnos el cine de Dreyer.

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maedchen-in-uniform-movie-poster-1958-1020429124En 1958, el cineasta húngaro Géza Von Radványi, hermano del gran escritor Sándor Márai, realizó un remake en color al que en nuestro bendito país se le colgó el comercial y lamentable título Corrupción en el internado. Esta adaptación, protagonizada por Lilli Palmer y una jovencísima Romy Schneider, introduce pequeñas variantes sin demasiada importancia en el argumento, pero en lo esencial sigue fielmente el modelo filmado por Sagan. Nominada al Oso de Oro en el Festival de Berlín, aunque carece de la belleza de los mejores momentos de su predecesora es una buena película que vale la pena ver como un más que digno complemento de la original.

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Y como curiosidad final, la muy probable influencia, sobre todo de la segunda versión, en el estupendo film español La residencia (1969), dirigido por Narciso Ibáñez Serrador y escrito por Juan Tébar, una historia de terror con gotas de erotismo ambientado en una institución para señoritas y protagonizado, precisamente, por Lilli Palmer.

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Editadas por Regia Films.

 

 

EL MUNDO SIGUE (1965) de Fernando Fernán Gómez

Mundo-sigueEn julio de este año se reestrenó en algunos cines de España El mundo sigue, una de las más grandes y menos conocidas obras de nuestro cine. Basada en la novela homónima de Juan Antonio Zunzunegui publicada en 1960, la película fue rodada por Fernando Fernán Gómez en 1963, pero los enormes problemas que tuvo con la censura provocaron que no se estrenara hasta 1965, de tapadillo y en doble sesión en un cine de Bilbao.

Yo la vi por primera vez gracias a Internet -el único modo de hacerlo junto a algún pase en Filmotecas-, y tras revisar la copia que guardé me sigue pareciendo uno de los films más valientes e innovadores del cine español, una película suicida filmada en carne viva frente a la cual las mejores obras del Neorrealismo italiano parecen concebidas por Disney. Quizá solo los momentos más crudos de la obra maestra de Visconti Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, 1960), con la que tiene varios elementos en común, puedan compararse con ella.

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Eloísa y Luisa (impresionantes Lina Canalejas y Gemma Cuervo) son dos hermanas que se llevan a matar, dos caras de la misma moneda -hasta por los nombres- obsesionadas por escapar de la pobreza. Eloísa fue años atrás Reina de la Belleza y piensa continuamente en lo que pudo haber sido; pero ahora ha de sacar adelante a su hijo y aguantar a su marido Faustino (gran Fernán Gómez), que la maltrata y que se gasta lo que gana como camarero en las quinielas, a las que entrega su alma a cambio de un futuro de comodidades que no acaba nunca de llegar. Luisa tira por la calle de en medio: no está dispuesta a dejarse el lomo a cambio de un sueldo miserable y decide hacer de su cama un lugar accesible para tipos a los que les sobra el dinero. A su alrededor, la santurronería del hermano, la hipocresía del padre y la abnegación y comprensión de la madre.

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Mediante la historia de esta familia, Fernán Gómez traza un retrato inmisericorde de la España de la época (¿de cualquier época?) en el que caben la miseria, la envidia, el odio, la ambición, la violencia doméstica, la beatería, el machismo, el acoso sexual, la prostitución, el robo, la derrota y la muerte. Sin pausas, sin concesiones, sin anestesia y sin hacer prisioneros, con toda la crudeza de que es capaz y filmando secuencias memorables como la subida febril de Luisa por las escaleras para visitar a su madre, punteada por brevísimos flashblacks que recuerdan la felicidad de tiempos pasados, o la que muestra el robo en el bar, larga, tensa, claustrofóbica, digna del mejor cine negro, con un montaje excepcional y una interpretación demoledora de Fernán Gómez.

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Al parecer, tras filmar estupendas comedias como La vida por delante (1959) o La vida alrededor (1959), divertidísimas pero también repletas de mala leche, Fernán Gómez decidió dejarse de insinuaciones y coger el toro patrio por los cuernos, cambiar la sonrisa crítica por la bilis y dejarnos, escondida a su pesar, una obra maestra imperfecta pero imprescindible, quizá excesiva y falta de sutileza pero única y revolucionaria en nuestro cine. Vista hoy, cincuenta años después, nos recuerda que, lamentablemente, el mundo sigue…

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