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KAIDAN CHIBUSA ENOKI (1958) de Gorô Kadono

Exceptuando algunas obras de Kaneto Shindô y de Masaki Kobayashi editadas en DVD y, quizá, la seminal Una página de locura (Kurutta ippêji, 1926), de Teinosuke Kinugasa, el cine de terror japonés clásico sigue siendo un perfecto desconocido incluso para los muy aficionados al género y al buen cine en general. Su casi nula presencia en el formato doméstico y la renuncia de la basura de televisión pública que tenemos a emitir, como antaño, buenos ciclos de cine de todo el mundo han reducido la posibilidad de descubrir joyas poco conocidas al buceo, prácticamente a ciegas, en la red, donde con suerte podemos encontrarnos con alguna copia en buen estado y subtitulada en algún idioma que entendamos.

Una de esas muchas películas japonesas de terror más que recomendables es Kaidan chibusa enoki, localizable también con su título inglés Ghost of Chinusa Enoki e incluso con el título en castellano La madre árbol, en referencia al árbol lactante gracias al cual la protagonista puede alimentar a su bebé. Basada en la novela de San’yutei Encho, escritor del siglo XIX, nos cuenta la historia de un joven que convence a un famoso pintor para que lo acepte como aprendiz, con el único propósito de asesinarlo y quedarse con su bella esposa. En su locura, seguirá asesinando a todo aquel que pueda comprometerle, pero las almas de sus víctimas volverán para vengarse

El film de Gorô Kadono, apoyándose en la estupenda fotografía en blanco y negro de Hiroshi Suzuki, nos ofrece un buen número de momentos estremecedores, como la escena en que el cadáver del pintor se hunde, cubierto de serpientes, en el agua al que lo ha arrojado su asesino o la visita nocturna del fantasma a su casa para continuar con la obra que estaba pintando antes de morir. Apenas 48 minutos de erotismo, fantasmas vengativos y pintura -motivos recurrentes del fantástico japonés- que nos recuerdan la facilidad del cine nipón para regalarnos imágenes fascinantes y que el descubrimiento de buenas películas ocultas sigue siendo, por fortuna, una labor inacabable.

¡FRAUDE! de Clifford Irving / FRAUDE (1973) de Orson Welles

Clifford Irving, novelista nacido en New York, famoso en los años 70 por escribir una biografía falsa del magnate Howard Hugues. Tras reconocer su delito, pasó 17 meses en prisión. El caso fue llevado al cine por Lasse Hallström en La gran estafa (The Hoax, 2006), con Richard Gere en el papel de Irving.

        Elmyr de Hory, alias von Houry, alias Herzog, alias Dory-Boutin, alias etc, probablemente de origen húngaro, pintor, considerado como el mayor falsificador de obras de arte del siglo XX, perseguido durante buena parte de su vida por la policía de medio mundo, se jactaba de que las paredes de las más importantes pinacotecas están decoradas con sus falsificaciones. Al parecer se suicidó en 1976, cuando estaba a punto de ser detenido, pero ni siquiera su muerte, como otros muchos sucesos de su biografía, quedó del todo clara.Varios testigos que lo conocían afirmaron haberlo visto vivito y coleando en diversas partes del mundo durante los años posteriores. Irving escribió al respecto:

        “¿Murió Elmyr en 1976, o practicó su último y magnífico acto de falsificación? ¿Llegaron él, Robert y tal vez Ken Talbot, el corredor de apuestas de Londres, a algún acuerdo? ¿Permaneció el escurridizo húngaro durante diez o veinte años confortablemente sentado en una casa en Double Bay contemplando los botes del puerto de Sidney? ¿Temblaban sus dedos a causa de la edad cuando firmaba en el caballete sus nuevos cuadros?

        ¿Y con qué nombre, o nombres, los firmaba?

        Aún no conozco la respuesta, pero espero encontrarla algún día.”

        Irving y de Hory se conocieron en Ibiza en la década de los 60, y al parecer fue la influencia del pintor húngaro la que llevó al escritor a planear la estafa sobre la biografía de Hughes. De su amistad y de las largas veladas que compartieron en la isla surgió un libro maravilloso titulado ¡Fraude! (Fake! The Story of Helmyr de Hory, the Greatest Art Forger of Our Time, 1969), novela de aventuras repleta de humor y de anécdotas extraordinarias y también de desprecio hacia la gran mentira del arte, biografía de uno de los personajes más fascinantes del siglo pasado, un pícaro moderno que soñaba con llegar a ser un gran pintor y que sólo logró el reconocimiento copiando el estilo y la firma de otros.

        “Es absolutamente desproporcionado -dijo- el dinero que se paga en relación con el valor real de los cuadros. Ciertos sellos viejos o desfigurados tienen un valor inmenso, no por su belleza o valor artístico, sino por su escasez. Pero la pintura moderna, quiero decir las llamadas obras maestras del siglo XX francés, como Matisse, Dufy, etc., o los fauvistas no escasean en absoluto. Estos hombres eran pintores prolíficos. Sus obras están en todas las grandes galerías o museos del mundo. Y no alcanzan ese gran valor por ser obras maestras, en absoluto. Si pensamos en artistas muertos hace tiempo, fabulosos y maravillosos, como Franz Hals o Rembrandt, y los otros grandes pintores del Prerrenacimiento, y nos damos cuenta de que algunos de sus cuadros se cotizan bastante menos que algunos de Miró, Renoir o Picasso, por ejemplo, se le ponen a uno los pelos de punta como si se hubiera electrocutado. Realmente es increíble que alguien como Picasso, aún en vida, entre dos cigarrillos, hace un pequeño dibujo y eso se transforma inmediatamente en dinero, en oro. Se supone que John Paul Gemí es el hombre más rico del mundo, pero en un año, si quisiera, Picasso podría hacer más dinero que Gemí. Puede trazar una línea, firmarla y cobrar por ella en cinco segundos sólo con llamar por teléfono. ¡Fantástico! Es algo que nunca ha tenido comparación en el mundo del arte o el comercio. He oído una historia de Fernand Legros, que había enviado uno de mis Picassos a Picasso para que certificara su autenticidad, y Picasso, que no estaba totalmente seguro, preguntó al que lo llevó:

        -¿Cuánto pagó el marchante por él? -le dieron una cifra fabulosa, unos 100.000 dólares, y Picasso dijo:

        -Bueno, si han pagado tanto, debe de ser auténtico.”

        Orson Welles conoció a ambos personajes en Ibiza y estuvo presente en algunas de las veladas que organizaron. Fascinado por sus historias y aprovechando el material que el director francés François Reichenbach había filmado sobre Elmyr para un documental de la BBC, rodó Fraude (F for fake), una coproducción franco-alemana en la que, a partir de las estafas de Irving y de Hory y recreando incluso un episodio inventado de la vida de Picasso, el propio Welles, como maestro de ceremonias disfrazado de mago, reflexiona sobre lo real y lo ficticio, sobre los artistas reconocidos y los anónimos, sobre la maravillosa mentira que es el arte en todas sus variantes y lo maravilloso que es creérsela. Fraude fue, a la postre, su testamento cinematográfico, su última obra maestra, fruto del encuentro de tres grandes ilusionistas.

           ¡Fraude! está publicada por Norma Editorial.

           Traducción de Paulino Posada y Manel Domínguez.

           Fraude está editada en DVD por Manga Films y por Avalon.

LOS AMANTES DE MONTPARNASSE (1958) de Jacques Becker

Desgraciadamente Jacques Becker falleció prematuramente cuando todo apuntaba a que iba a ser el único cineasta capaz de hacerle sombra a Jean Renoir en el panorama del cine francés anterior a la nouvelle vague (que me perdonen los bressonianos), dejándonos como testamento una gran obra maestra como es La evasión (Le trou, 1960). Un par de años antes nos había mostrado el que para mí es uno de los dos mejores retratos de un gran pintor que nos ha dado el cine, el de Modigliani en Los amantes de Montparnasse (Montparnasse 19). El otro es el que realizó Orson Welles en el genial y heterodoxo documental Fraude (Fake, 1973) sobre Elmyr de Hory, considerado el mayor falsificador de obras de arte del mundo y de quien, por supuesto, Modigliani no se libró: “A Modigliani le exploté con gran éxito, no porque fuera fácil, sino porque hay una gran afinidad entre nosotros. No creo que haya nadie en todo el mundo del arte que sepa más de Modigliani que yo. Le conozco a fondo y creo que he sentido el mayor placer y satisfacción cuando pintaba y dibujaba Modiglianis.”

        Los amantes de Montparnasse nos muestra los últimos meses de vida de un Modigliani pobre, hambriento, alcoholizado y violento, que no consigue vender un solo dibujo y subsiste gracias a los favores de las mujeres, y que encuentra en el amor de Jeanne, una estudiante de arte que renuncia por él a su buena posición (guapísima Anouk Aimée, que casi parece dibujada por el propio Modigliani), un apoyo para continuar pintando y viviendo. Pero eso no será suficiente. Modigliani acaba por derrumbarse en esa escena maravillosa en que, completamente borracho, arroja el poco dinero que le queda al río (“que al menos el Sena crea que soy rico”) y le pide a Jeanne que le abandone o acabará haciéndole daño. Escena en la que, por si había dudas, Gérard Philipe demuestra por qué, a pesar de morir a los 36 años (curiosamente con pocos meses de edad más de los que tenía Modigliani), ya era uno de los mayores actores del cine y el teatro franceses.

        Y si el retrato de Modigliani no es precisamente complaciente, menos lo es aún la visión de Becker sobre el mundo del arte, personificado en el marchante al que da vida el gran Lino Ventura (sin pistola, pero igual de malo), quien, una vez muerto Modigliani y sin que su viuda conozca aún la noticia, se lanza como un buitre a por sus cuadros sabiendo que pronto valdrán una fortuna.

        El mundo del arte o el mundo del dinero. De eso Elmyr de Hory sabía un rato.

UNA PARTIDA DE CAMPO (1936) de Jean Renoir

En el año que empieza se cumplirá el treinta aniversario de la muerte de Jean Renoir, el má12s prestigioso cineasta de la historia del cine francés ( sólo un prematuramente desaparecido Jacques Becker, aunque tuvo tiempo de dejarnos varias obras maestras, puede hacerle sombra). De entre su impresionante filmografía tres son las películas que suelen aparecer en las listas: La gran ilusión ( La grande illusion, 1937), La regla del juego ( La règle du jeu, 1939), y El río ( The river, 1950). En mi opinión se olvidan de los apenas cuarenta minutos más hermosos que filmó el director galo: Una partida de campo ( Une partie de campagne), adaptación del cuento homónimo de Guy de Maupassant.

         A partir de la visión de la naturaleza y de la relación de los personajes con ella que mostraron los pintores impresionistas franceses ( p.e. la escena de Henriette columpiándose recuerda al cuadro El columpio ( 1876), obra de Auguste Renoir, padre del cineasta), la película nos regala lo que en principio parece un cotidiano día de campo ( el momento en que abren la ventana de la posada para que entre la naturaleza es un ejemplo impresionante de puesta en escena) y que termina siendo la historia de una vida frustrada y de un amor perdido. Los momentos finales del film son inolvidables. La escena de amor junto al río; el rostro de Henriette en el momento de la entrega; el reencuentro fugaz de los amantes confesándose que siempre recordarán ese instante: secuencias que permanecerán siempre en la memoria cinéfila.  

          Como contemplar El grito de Munch; como leer Las puertas del cielo de Cortázar; como ver y escuchar a Jacques Brel cantando Ne me quitte pas, zambullirse en las imágenes de esta película supone una experiencia breve pero intensísima. Cuando el arte nos lo alcanzan las manos de genios como Renoir no son necesarios noventa minutos para amortizar el precio de la entrada.

          Editada en DVD por Filmax.

          ¡ Feliz 2009 a todos !!!!!!!!!!!!!!!