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PRIMAVERA TARDÍA (1949) de Yasujiro Ozu

En los últimos minutos de Primavera tardía (Banshun), la cámara espera al anciano profesor, que regresa a casa solo tras la boda de su hija. Nos muestra las habitaciones ahora casi a oscuras, el silencio que recuerda la ausencia, y cómo el profesor se sienta y comienza a pelar lentamente una fruta. Y entonces la mirada de Ozu obra el milagro: las manos dejan caer al suelo la piel de la fruta y se quedan quietas, y ese breve plano, sostenido apenas un instante, es capaz de hacernos sentir toda la soledad del protagonista. Ozu nos emociona desdramatizando el drama, mostrándonos las manos en lugar de un primer plano del rostro.

        Es en ese mágico momento cuando la cámara se atreve a acercarse más a lo que desea mostrarnos. Hasta entonces ha asistido a la historia como un espectador más, en silencio y como sin querer interrumpir. Ha acompañado la feliz monotonía del profesor viudo y de su hija Noriko, los paseos en bicicleta, las visitas de los amigos, el trabajo diario. Se ha parado a enseñarnos los objetos de la casa y los lugares de una ciudad en paz tras la reciente guerra, anclada aún en la tradición pero que comienza a occidentalizarse. Ha sido capaz de leer los celos en la mente de Noriko al ver a la mujer que, supuestamente, va a casarse con su padre y a ocupar su lugar, y la ha visto enfadada cruzar la acera para no acompañarle, en una separación momentánea que anticipa magistralmente la que será definitiva. Y ha mirado a Noriko cuando ha aceptado abandonar a su padre, casándose con un hombre al que no ama, por la sencilla razón de que le ha llegado el momento de casarse: la felicidad en el matrimonio es algo que llega con el tiempo…La cámara, desnuda de artificios, como testigo de las alegrías y las tristezas que comparten la vida de dos personas.

        Primavera tardía es mi película preferida de Ozu, por encima incluso de esa otra maravilla que es Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953), generalmente considerada la cima de su cine. ¿Será necesario añadir que es también una de las mejores películas de la historia?

                    Editada en DVD por DeAPlaneta.

VIVIR (1952) de Akira Kurosawa

El caso de Vivir (Ikiru, 1952) es bastante curioso. Ha pasado dikiru2e ser, durante bastante tiempo, la película más prestigiosa de Akira Kurosawa, a desaparecer  completamente de las listas e, incluso, a no haber sido vista por buenos aficionados al cine. Su lugar en las preferencias de críticos y público ha sido ocupado, sobre todo, por Rashomon (1950) y Los siete samurais (Shichinin no samurai, 1954), y en menor medida por Dersu Uzala (1975) y Ran (1985), todas ellas también obras mayores, aunque mi preferida sigue siendo esta impresionante historia sobre la vejez y la enfermedad, sobre la vida y la muerte, encarnadas en el personaje del funcionario Watanabe (¡qué pedazo de interpretación de Takashi Shimura!, uno de los actores predilectos del director japonés), quien, al enterarse de su enfermedad terminal, intentará darle sentido a su vida en el poco tiempo que le queda.

         Dentro de la general maestría de un film que, probablemente, tuvo en cuenta Isabel Coixet a la hora de filmar su fantástica Mi vida sin mí (My life whitout me, 2002), hay dos momentos que me siguen pareciendo especialmente sobrecogedores: la escena en que Watanabe, borracho tras una noche de juerga, canta en un susurro La vida es corta, mientras la gente abandona la pista de baile y le observa (Kurosawa fija la cámara durante un rato en el rostro del personaje, consciente de lo que Shimura era capaz de crear); y, por supuesto, el instante en que nuestro protagonista se columpia, sonriendo y cantando, bajo la nieve: motivo para el póster del film y uno de los momentos más bellos y míticos de todo el cine japonés.

        La película de Kurosawa es, en fin, una de las imprescindibles a la hora de comprobar la mirada que ha lanzado el cine sobre la vejez, la soledad y la memoria en los últimos años de la vida. En un hipotético ciclo que ilustrase el tema podrían acompañarla Dejad paso al mañana (Make way for tomorrow, 1937), la impresionante y poco conocida obra maestra de Leo McCarey; Primavera tardía (Banshun, 1949), del también cinesta nipón Yasujiro Ozu; Umberto D (1952), una de las cumbres del neorrealismo italiano dirigida por Vittorio de Sica; y El último hurra (The last hurrah, 1958), la crónica de John Ford sobre los últimos días de un político que es derrotado en las urnas mientras asiste al fin de una época.

                       Editada en DVD por Filmax.