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HAMLET (1964) de Grigori Kozintsev

Las dos últimas películas que dirigió Grigori Kozintsev, y las dos que más prestigio le proporcionaron, son sendas aproximaciones al inagotable universo de William Shakespeare. La segunda, El rey Lear (Korol Lir, 1971), es una obra maestra que se queda a muy poca distancia de Ran (1985), de Akira Kurosawa, la mejor adaptación de esta obra en mi opinión. A la primera de ellas, Hamlet (Gamlet), el calificativo “de obra maestra” se le queda pequeño y, desde luego, está a años luz del resto de adaptaciones, incluidas las muy populares de Laurence Olivier y Kenneth Branagh.

Al igual que en su segunda incursión shakespeariana, Kozintsev escribió el guion a partir de la traducción de Boris Pasternak y contó con el compositor Dimitri Shostakovich y con el director de fotografía Jonas Gritsius. Tanto la música como la luz y las sombras, protagonistas, lo cual no es decir poco, al mismo nivel que el texto -pocos cielos se habrán visto en el cine como los filmados aquí por Kozintsev y Gritsius-, envuelven las pasiones de Hamlet (excepcional Innokenti Smoktunovski) y el resto de personajes, los innumerables detalles de la puesta en escena y la danza creada por los majestuosos movimientos de cámara, formando con ellos una sinfonía de imágenes casi fantasmales, una especie de sueño repleto de violencia, locura y muerte cercano, en ocasiones, al terror.

Al igual que hicieran Welles y Kurosawa -o que David Lean lejos de Shakespeare-, Kozintsev es capaz de aunar lo épico y lo lírico, el sentimiento y el espectáculo, lo íntimo y lo público, la caracterización de cada personaje y las consecuencias de sus actos en el desarrollo de la trama y de acogerlos en un envoltorio visual digno compañero de algunas de la más hermosas palabras que se han escrito. Desde la aparición del espectro del padre de Hamlet clamando venganza hasta el encuentro con el sepulturero y la calavera de Yorick, pasando por la representación teatral, a instancias de Hamlet, del crimen perpetrado por el rey Claudio o por el suave movimiento de cámara que nos guía hasta el cadáver de Ofelia bajo las aguas, el Hamlet de Kosintsev es una sucesión de planos de inacabable belleza que por sí solos podrían explicar por qué el cine es un arte.

DRÁCULA (1979) de John Badham

Exceptuando el Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922) de Murnau, mi adaptación al cine preferida de las andanzas del chupasangre creado por Bram Stoker es el Drácula (Dracula) de John Badham, a pesar de que elimina una de mis partes preferidas de la historia, la que le sirve de prólogo y que narra la visita de Jonathan Harker al castillo del conde. Inspirada, como la versión de Tod Browning de 1931, más en la obra de teatro escrita por Hamilton Deane en 1921 y revisada por John L. Balderston en 1927 que directamente en la novela, se aleja completamente de la visión del personaje ofrecida por la Hammer y supone un claro precedente y referente de la de Coppola.

En toda la extensión del término, el film de Badham probablemente sea el más romántico de todo el ciclo vampírico. Por un lado, la iconografía y la atmósfera propias del Romanticismo están presentes a lo largo y ancho de la película y son parte primordial de la visión adoptada de la historia; por otro, más allá del elemento terrorífico, aquí prima la historia de amor entre Lucy (Kate Nelligan) -de manera caprichosa, los nombres de los personajes femeninos, Lucy y Mina, están intercambiados con respecto a la novela y a otras versiones- y el conde (Frank Langella), personaje retratado de manera mucho menos monstruosa que en otras ocasiones y al que la propia Lucy llega a definir como “el más solo y cariñoso de los hombres”. En este aspecto, destaca tanto la arriesgada puesta en escena de Badham, con momentos casi oníricos como la cena de los dos enamorados en la residencia del conde o el plano teñido de rojo pasión y sangre en el que consuman su amor, como la estupenda música de John Williams, uno de sus mejores trabajos en mi opinión.

Pero, lógicamente, la película no se olvida del género al que pertenece y nos ofrece también varios fragmentos magníficos de puro terror, desde sus primeras imágenes, que muestran la llegada a la costa inglesa del barco que transporta a Drácula y el salvaje asesinato de la tripulación, pasando por la secuencia en que una Mina ya poseída atraviesa una de las ventanas del sanatorio mental tras asesinar al bebé de una de las enfermas y la que nos muestra el enfrentamiento con su padre, el profesor Van Helsing (Laurence Olivier), hasta el formidable y sorprendente final, posiblemente el más poético y ambiguo de todas las versiones y el momento más singular de una adaptación del mito hoy demasiado olvidada y que quizá habría sido aún mejor filmada en blanco y negro, como tenía previsto originalmente Badham.

 

 

 

 

Joan Fontaine: recuerdos desde Viena, en 1900…

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Parece que la parca anda haciendo horas extras estos días entre las grandes estrellas del cine: tras los de Eleanor Parker y Peter O’Toole, hoy hemos conocido la noticia del fallecimiento, a los 96 años, de Joan Fontaine, una de las grandes actrices del Hollywood de los años 40 y 50 y hermana menor de Olivia de Havilland, con quien no se llevaba precisamente bien.

Aquí la recuerdo en algunas de sus mejores películas: Rebeca (Rebecca, 1940) de Alfred Hitchcock, en la que compartió protagonismo con Laurence Olivier; Sospecha (Suspicion, 1941), también de Hitchcock y junto a Cary Grant, film por el que conseguiría el Oscar; Alma rebelde (Jane Eyre, 1943), un estupendo drama romántico de Robert Stevenson en el que se medía a Orson Welles, y Ivanhoe (1952) de Richard Thorpe, en la que competía con Elizabeth Taylor por el amor de Robert Taylor.

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Y mención aparte para Carta de una desconocida (Letter from an Unkown Woman, 1948) de Max Ophüls, quizá mi película preferida de toda la historia del cine. En mi memoria, Joan Fontaine siempre será la Liza de esta maravilla ambientada en Viena, en 1900…

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CARRIE (1952) de William Wyler

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Es más que probable que, tras el gran éxito del film de George Stevens Un lugar en el sol (A Place in the Sun, 1951), basado en la novela de Theodor Dreiser Una tragedia americana (An American Tragedy, 1926), la Paramount pensara que tenía la diana asegurada llevando al cine otra obra de Dreiser y dejando el proyecto en las manos adecuadas. Así, bajo la batuta del coleccionista de Oscars William Wyler y con la presencia de una estrella como Jennifer Jones, la adaptación de la primera novela de Dreiser, titulada La hermana Carrie (Sister Carrie, 1900), parecía tener todos los ingredientes para resultar una apuesta ganadora.

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Pero, al parecer, la historia de la hermosa Carrie, por cualquier medio que nos llegara, estaba destinada al cajón del olvido. Tanto en su día la novela de Dreiser, que trataba temas como el sexo, el escándalo social o el adulterio de manera demasiado directa para la moral de la época, como después la película, con un Laurence Olivier que no era precisamente un gran reclamo para la taquilla, fueron dos enormes fracasos. Aún hoy, Carrie sigue siendo una de las obras menos conocidas de su director.

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Realizada en la que para mí es la mejor etapa de la carrera de Wyler, la que nos regaló obras maestras como La heredera (The Heiress, 1949) o Vacaciones en Roma (Roman Holiday, 1953), Carrie consigue sortear todos los obstáculos de una historia en la que abundan las situaciones dificilmente creíbles y que podían haberla hecho caer en el ridículo. Gracias a una sabia contención dramática y a una elegantísima puesta en escena que contiene algunos de los planos y movimientos de cámara más hermosos del cine de Wyler, termina siendo una preciosa y triste historia de amor y destrucción, la de un hombre culto y respetado que abandona a su esposa y a sus hijos, su cómoda posición económica y su prestigio social por el amor de una joven mujer en el que cree ver su última ocasión de conocer una verdadera y breve felicidad. A este inolvidable personaje le dedicó el gran Laurence Olivier la que posiblemente sea su mejor interpretación para el cine.

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Editada en DVD por Paramount.