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25 años sin Cary Grant

El pasado 29 de noviembre se cumplieron 25 años desde que nos dejó el actor inglés Cary Grant, nacido Archibald Alexander Leach, para muchos y muchas el más grande que se haya puesto ante una cámara. Aquí lo recuerdo en las que para mí son sus mejores películas: La pícara puritana (The Awful Truth, 1937) y Tú y yo (An Affair to Remember, 1957) de Leo McCarey, Sólo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings, 1939) y Luna nueva (His Girl Friday, 1940) de Howard Hawks, Historias de Filadelfia (The Philadelphia Story, 1940) de George Cukor, Encadenados (Notorious, 1946), Atrapa a un ladrón (To Catch a Thief, 1955) y Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) de Alfred Hitchcock, y por último Charada (Charade, 1963) de Stanley Donen, mi preferida de todas ellas.

 

 

 

 

 

                                               Cary Grant

   (Bristol, 18 de enero de 1904 – Davenport, Iowa, 29 de noviembre de 1986)

VIVIR (1952) de Akira Kurosawa

El caso de Vivir (Ikiru, 1952) es bastante curioso. Ha pasado dikiru2e ser, durante bastante tiempo, la película más prestigiosa de Akira Kurosawa, a desaparecer  completamente de las listas e, incluso, a no haber sido vista por buenos aficionados al cine. Su lugar en las preferencias de críticos y público ha sido ocupado, sobre todo, por Rashomon (1950) y Los siete samurais (Shichinin no samurai, 1954), y en menor medida por Dersu Uzala (1975) y Ran (1985), todas ellas también obras mayores, aunque mi preferida sigue siendo esta impresionante historia sobre la vejez y la enfermedad, sobre la vida y la muerte, encarnadas en el personaje del funcionario Watanabe (¡qué pedazo de interpretación de Takashi Shimura!, uno de los actores predilectos del director japonés), quien, al enterarse de su enfermedad terminal, intentará darle sentido a su vida en el poco tiempo que le queda.

         Dentro de la general maestría de un film que, probablemente, tuvo en cuenta Isabel Coixet a la hora de filmar su fantástica Mi vida sin mí (My life whitout me, 2002), hay dos momentos que me siguen pareciendo especialmente sobrecogedores: la escena en que Watanabe, borracho tras una noche de juerga, canta en un susurro La vida es corta, mientras la gente abandona la pista de baile y le observa (Kurosawa fija la cámara durante un rato en el rostro del personaje, consciente de lo que Shimura era capaz de crear); y, por supuesto, el instante en que nuestro protagonista se columpia, sonriendo y cantando, bajo la nieve: motivo para el póster del film y uno de los momentos más bellos y míticos de todo el cine japonés.

        La película de Kurosawa es, en fin, una de las imprescindibles a la hora de comprobar la mirada que ha lanzado el cine sobre la vejez, la soledad y la memoria en los últimos años de la vida. En un hipotético ciclo que ilustrase el tema podrían acompañarla Dejad paso al mañana (Make way for tomorrow, 1937), la impresionante y poco conocida obra maestra de Leo McCarey; Primavera tardía (Banshun, 1949), del también cinesta nipón Yasujiro Ozu; Umberto D (1952), una de las cumbres del neorrealismo italiano dirigida por Vittorio de Sica; y El último hurra (The last hurrah, 1958), la crónica de John Ford sobre los últimos días de un político que es derrotado en las urnas mientras asiste al fin de una época.

                       Editada en DVD por Filmax.