Archive for the ‘Lino Ventura’ Tag

NO TOQUÉIS LA PASTA (1954) de Jacques Becker

No toquéis la pasta (Touchez pas au grisbi) es un film negro, de gánsters, de atracadores, pero no hay en él apenas acción ni escenas violentas, ni siquiera el típico tenaz policía que ejerza de contrapunto asomando las narices. De hecho, Becker ni se molesta en mostrarnos el atraco que desencadena la historia que nos cuenta. Lo que a él le importa, ante todo, es el retrato de Max (Jean Gabin), un delincuente ya maduro, de los de la vieja escuela, amante de las mujeres, de la buena música, del buen comer y del mejor beber, a quien ya no atrae la vida nocturna y que sólo piensa en retirarse tras cambiar el oro obtenido en el atraco por dinero en metálico. Un personaje que tiene varios puntos en común con el que interpretaría poco después Roger Duchesne en Bob el jugador (Bob le fambleur, 1956) de Jean-Pierre Melville.

        Pero al pobre Max, como no podía ser menos, se le complican las cosas. Su compinche en el atraco, su gran amigo Ritón, le cuenta el asunto a su novia (una jovencísima Jeanne Moreau), propiciando la entrada en escena del amante, un nuevo gánster con el careto de, quién si no, Lino Ventura, el cual secuestra a Ritón y ofrece su vida a cambio del oro. Para Max, la amistad está por encima de todo. Esa amistad que hemos visto tantas veces en las películas de Howard Hawks, la que no necesita de gestos o palabras, sólo de hechos. Así, con la colaboración de otro par de amigos, accede al intercambio, pero es traicionado. Es entonces cuando Becker abre un paréntesis en la tranquila vida de Max y nos regala una trepidante persecución nocturna a tiro limpio impresionantemente filmada.

        Son sólo unos pocos minutos dentro de una película austera y pausada, sin detalles de cara a la galería, cuya huella creo que está presente en posteriores films franceses del género -sobre todo en las grandes obras de Melville- y que nos ofrece uno de los grandes personajes creados por el enorme Jean Gabin. Raymond Chandler dijo de Bogart que todo lo que tenía que hacer para dominar una escena era entrar en ella. Gabin no necesitaba más.

EL EJÉRCITO DE LAS SOMBRAS (1969) de Jean-Pierre Melville

Hay películas que desde su mismo inicio nos avisan de que estamos ante algo realmente grande. La ambientación, el ritmo, el hecho de meternos sin dilación en el meollo mismo de lo que nos quiere contar, la presencia de Lino Ventura, hacen que El ejército de las sombras (L´armée des ombres), basada en la novela, de 1943, de Joseph Kessel, sea una de ellas. Y en este caso, al poco rato sabemos ya que mucho se han de torcer las cosas para no estar viendo una absoluta maravilla, gracias a dos portentosas escenas seguidas: la huida de Philippe (Ventura) del cuartel de la Gestapo tras asesinar al soldado que le vigilaba, en la que Melville alarga el tiempo subjetivo gracias a los segundos que va marcando un reloj, creando una tensión digna de Hitchcock, y la posterior ejecución del joven miembro de la resistencia que le ha traicionado, en una habitación desnuda a excepción de la silla en la que sientan al traidor, tras la que llegamos a notar el vacío y la soledad que siente Philippe al cumplir con su obligación.

        Y lo que sigue tras estas dos escenas es una sucesión de momentos únicos, pequeños grandes detalles que Melville se guarda mucho de remarcar: aisladas voces en off nada gratuitas que nos ayudan a conocer a los personajes, la mano de Simone Signoret tocando tímidamente al compañero herido, el sacrificio inútil y anónimo y la mirada que acepta de Jean-Pierre Cassel, la foto de una hija que no debería llevarse  encima y que anticipa una nueva traición, la peor de todas…Momentos que nos muestran de la manera más humana a los miembros de un pequeño grupo de la resistencia francesa y, sobre todo, la imposibilidad de relacionarse estrechamente entre ellos porque al día siguiente pueden morir o verse obligados a traicionarse.

        Lejos de abundar en escenas de acción y de presentar a los protagonistas como héroes, sino como personas con miedo a morir y también a matar, las imágenes de El ejército de las sombras están dominadas por una contenida y serena intensidad que sólo está al alcance de los más grandes cineastas, al alcance de cineastas como Jean-Pierre Melville. 

                     Editada en DVD por Universal.

LOS AMANTES DE MONTPARNASSE (1958) de Jacques Becker

Desgraciadamente Jacques Becker falleció prematuramente cuando todo apuntaba a que iba a ser el único cineasta capaz de hacerle sombra a Jean Renoir en el panorama del cine francés anterior a la nouvelle vague (que me perdonen los bressonianos), dejándonos como testamento una gran obra maestra como es La evasión (Le trou, 1960). Un par de años antes nos había mostrado el que para mí es uno de los dos mejores retratos de un gran pintor que nos ha dado el cine, el de Modigliani en Los amantes de Montparnasse (Montparnasse 19). El otro es el que realizó Orson Welles en el genial y heterodoxo documental Fraude (Fake, 1973) sobre Elmyr de Hory, considerado el mayor falsificador de obras de arte del mundo y de quien, por supuesto, Modigliani no se libró: “A Modigliani le exploté con gran éxito, no porque fuera fácil, sino porque hay una gran afinidad entre nosotros. No creo que haya nadie en todo el mundo del arte que sepa más de Modigliani que yo. Le conozco a fondo y creo que he sentido el mayor placer y satisfacción cuando pintaba y dibujaba Modiglianis.”

        Los amantes de Montparnasse nos muestra los últimos meses de vida de un Modigliani pobre, hambriento, alcoholizado y violento, que no consigue vender un solo dibujo y subsiste gracias a los favores de las mujeres, y que encuentra en el amor de Jeanne, una estudiante de arte que renuncia por él a su buena posición (guapísima Anouk Aimée, que casi parece dibujada por el propio Modigliani), un apoyo para continuar pintando y viviendo. Pero eso no será suficiente. Modigliani acaba por derrumbarse en esa escena maravillosa en que, completamente borracho, arroja el poco dinero que le queda al río (“que al menos el Sena crea que soy rico”) y le pide a Jeanne que le abandone o acabará haciéndole daño. Escena en la que, por si había dudas, Gérard Philipe demuestra por qué, a pesar de morir a los 36 años (curiosamente con pocos meses de edad más de los que tenía Modigliani), ya era uno de los mayores actores del cine y el teatro franceses.

        Y si el retrato de Modigliani no es precisamente complaciente, menos lo es aún la visión de Becker sobre el mundo del arte, personificado en el marchante al que da vida el gran Lino Ventura (sin pistola, pero igual de malo), quien, una vez muerto Modigliani y sin que su viuda conozca aún la noticia, se lanza como un buitre a por sus cuadros sabiendo que pronto valdrán una fortuna.

        El mundo del arte o el mundo del dinero. De eso Elmyr de Hory sabía un rato.