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LA CACERÍA de Alejandro Paternain

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Con el recuerdo de la literatura de Conrad, Stevenson, Kipling, Falkner y O´Brian por bandera y las bodegas repletas del cine de Curtiz, Walsh, Tourneur y tantos otros, en 1997 nos llegó, de la mano del maestro uruguayo Alejandro Paternain, la maravillosa novela La cacería, devolviéndonos de nuevo en todo su esplendor el género de aventuras en el mar y, con él, tantas otras cosas que echábamos de menos.

12154-10083-largeAl mando de la historia, John Blackbourne, marino de Baltimore y capitán de la goleta La Intrépida, con patente de corso bajo pabellón uruguayo, y Basilio de Brito, capitán del brick portugués Espíritu Santo, a quien el gobierno de su país ordena detener a toda costa al navío norteamericano. Dos personajes que, sin haberse visto nunca y a través de la distancia que separa sus barcos, intentan conocerse y descubrir sus puntos débiles, y que acaban respetándose y admirándose mutuamente. A sus órdenes, una tripulación de secundarios memorables, entre los que destaca el marinero irlandés de La Intrépida Patrick Donagall, cuya historia irá paulatinamente cobrando importancia en boca de sus compañeros hasta erigirse en protagonista al final de la novela. Y junto a ellos, el resto de personajes imprescindibles: el honor, la valentía, la gloria sin recompensa, los abordajes y los funerales marinos, las leyendas corsarias ante el grog o el brandy, las tormentas que deciden el destino de los hombres, la nostalgia de la tierra dejada atrás, las mujeres que esperan el regreso…

Entre el metálico encuentro de los sables y el rugido de los cañones, la exquisita y ensoñadora prosa de La cacería, elegante como pocas, nos hace navegar a toda vela y sin descanso por sus páginas, volver sobre ellas para saborearlas de nuevo y, una vez terminadas, buscar alguna otra de las novelas que nos dejó escritas este Don Alejandro Paternain, que en 2004 partió definitivamente en busca de nuevos mares por descubrir.

“¡El timón!”, informa Luis de Almeida. “No gobierna”, exclama el timonel, despavorido. Insto a los carpinteros reparación urgente, encargo a Pinto que restablezca el orden en cubierta, pongo a Freire da Nóbrega bajo asistencia del jesuita Araújo, y aprovechando que la lluvia ha cesado, mando a los artilleros que apresten otra andanada. Despliego el catalejo, escruto la goleta, veo su cañón giratorio, ha asestado golpes muy duros, no sé con qué artes, y procuro descubrir al capitán. Lo he juzgado mal, he subestimado su capacidad o no he comprendido que la suerte viaja con él. Será tal vez aquel hombre alto, sobre la toldilla, que golpetea una prenda -¿su gorra de lana, empapada?- contra la balaustrada, que corre ahora por cubierta, dando órdenes a los veleros, haciéndolos bracear las vergas hasta obtener ángulos que les permitan acercar la goleta a mi barco sin gobierno. Ése ha de ser, un perfil de hombre joven que trabaja a la par de cualquier marinero, que aparta los artilleros de sus piezas para que empuñen los garfios de abordaje, que induce a la marinería para que, cuchilla en mano, cimbren sus aceros de modo amenazante. Ése es, qué duda cabe, volviendo a su puesto en la toldilla. Un poco más de luz en este día encapotado, y adivinaría las líneas de su rostro, el carácter que componen esas líneas, el orgullo, la vanidad, la rapacidad, la felicidad que me halagarían si estuviese en su lugar, sin importarle -como tampoco a mí me hubiese importado- que ese pabellón sostenido a despecho de la lluvia pertenezca a una fuerza vencida a miles de millas, hace meses. Lo mismo sentiría yo si hubiese desarbolado y dejado sin timón al enemigo. Dos cañonazos bastaron, disparados con puntería implacable. Los cielos así lo disponen; y la lluvia, que arrecia o escampa cuando quiere, riéndose de lo que los hombres proponen.

Publicada por Alfaguara.

MOONFLEET de John Meade Falkner / HURACÁN EN JAMAICA de Richard Hughes

Robert Louis Stevenson ya había logrado una obra fundamental del género de aventuras y dmoonfleet-i0n209352e iniciación narrándonos las andanzas de John Silver y del pequeño caballero Jim Hawkins en La isla del tesoro (Treasure island, 1883). Años más tarde otras dos novelas, mucho menos conocidas que la del escritor escocés pero con poco que envidiarle, nos devolvieron lo mejor del género, y ambas también con niño a bordo.

        Heredera directa de la creación de Stevenson es Moonfleet (1898), obra del poco prolífico autor inglés John Meade Falkner (no confundir con el norteamericano Faulkner, perdón por la aclaraciómoonfleet1n) que en su primera edición española se tituló El diamante. En ella John Trenchard nos cuenta, con la nostalgia del que sabe que algo es irrecuperable, la parte de su infancia que pasó junto a Elzevir, dueño de la posada de  Moonfleet y contrabandista, quien se convierte en su padre adoptivo, su amigo y su maestro, le enseña los valores en los que cree, le guía hacia la edad adulta a través de aventuras y peligros y, finalmente, le salva la vida a costa de la suya.

        En 1955 se estrenó la adaptación homónima al cine (en España se tituló Los contrabandistas de Moonfleet, y continúa sin estar disponible en dvd), dirigida por Fritz Lang, quien consiguió realizarimagen una de sus mejores películas, una obra maestra con uno de los más ambiguos y hermosos planos finales que nos haya dejado el cine.

        De 1929 data Huracán en Jamaica (A high wind in Jamaica), escrita por el también inglés Richard Hughes. Disfrazada de novela de aventuras, la historia del capitán Jonsen y su tripulación, de la pequeña Emily y los demás niños  que se encuentran en el barco que abordan, deriva, gracias a un crimen absurdo por el que son condenados injustamente los piratas, en una de las grandes obras sobre la maldad inconscvientoenlasvelasciente de la infancia, sobre la pérdida de la inocencia y la entrada en el mundo de los adultos, dentro de una sociedad naciente en la que los piratas y la aventura ya han perdido su lugar.

        Alexander Mackendrick, director hoy no demasiado recordado pero que ya nos había regalado joyas como El quinteto de la muerte (The ladykillers, 1955)- objeto de un infumable remake cortesía de los hermanos Cohen-, y Chantaje en Broadway (Sweet smell of success, 1957), trasladó a imágenes la novela de Hughes en Viento en las velas (High wind in Jamaica, 1965), logrando una bella y terrible obra de arte.

 Moonfleet, publicada por Ed. Anaya, traducción de Ramón García Fernández.

 Huracán en Jamaica, publicada por Alba Editorial, traducción de Amado Diéguez.