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El FUEGO DE LOS DIOSES (1): de Prometeo a Frankenstein

En sus diversas y complementarias versiones, el mito nos muestra la doble faceta del titán Prometeo como creador de los hombres, modelándolos con arcilla a imagen y semejanza de los dioses, y como su principal benefactor, al entregarles el fuego robado a Zeus en la mayor de las muchas trastadas que, al parecer, gustaba de dedicarle al padre omnipotente.

Creación de vida, rebeldía ante el poder divino y entrega a la raza humana de la que podría ser considerada como primera forma de tecnología. El mito prometeico, por tanto, como piedra angular, como punto de partida y referente ineludible para uno de los temas más apasionantes, ya sea desde el punto de vista religioso, filosófico, artístico o científico: el ser humano como creador de inteligencia artificial, como creador de vida a su imagen y semejanza capaz de comportarse y reaccionar en según qué situaciones de manera similar a la nuestra. El paso del homo sapiens al homo deus.

…y alegremente dimos muerte a los Dioses.

(“Ragnarök“, Jorge Luis Borges).

Romanticismo. Época de desafíos, de transgresión de las normas, de abrir las puertas a la imaginación tanto en la vida real como en su representación. El arte se vuelve desobediente, el artista no reconoce autoridad alguna y acoge el mito prometeico como una de sus grandes inspiraciones: Goethe, Byron y Percy Shelley dedican poemas a Prometeo. El cuento y la novela apagan la luz y encienden una vela para dar la bienvenida a la fantasía y al miedo, para indagar en sus límites y en los del hombre como creador. Mary Shelley, esposa del poeta, parte del poema de Milton El paraíso perdido (Paradise Lost, 1667) para dar a luz a su inmortal criatura: en 1818 nace Frankenstein o el moderno Prometeo (Frankenstein; or, The Modern Prometheus). Con un claro antecedente en la leyenda judía del Golem (siglo XVI), esta celebérrima novela va mucho más allá al contarnos la historia del científico que crea un cuerpo a partir de órganos de cadáveres y le da vida gracias a la electricidad generada por una tormenta. Nuestros miedos, nuestros anhelos y nuestras preguntas reflejados en los de un monstruo que se sabe diferente y que busca, como cualquiera, ser aceptado. El pistoletazo de salida para la ciencia-ficción literaria y para una polémica que llega, y de qué manera, hasta nuestros días.

Aquí estoy, dando forma

a una raza según mi propia imagen,

a unos hombres que, iguales a mí, sufran

y se alegren, conozcan los placeres y el llanto,

y, sobre todo, a ti no se sometan,

como yo.

(Prometeo, J. W. Goethe).

Traducción de Luis Alberto de Cuenca.

 

LA TERCERA EXPEDICIÓN de Ray Bradbury

“¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnivok, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.” (Jorge Luis Borges, en su prólogo a Crónicas Marcianas).

El pasado martes día 5 nos dejó Ray Bradbury, uno de mis escritores preferidos. Considerado uno de los grandes de la ciencia-ficción, escribió también novela policíaca, cuentos de terror, novelas sobre la adolescencia en que la fantasía se mezclaba con la realidad, guiones para televisión y para cine -como el que realizó, a partir de la novela de Herman Melville, para Moby Dick (1956), uno de los films de John Huston que más me gustan-, poemas, obras de teatro…En cualquier género y formato, nunca perdió de vista el lirismo y la humanidad en las historias que nos contó, por lo que llegó a ser uno de los grandes de la literatura norteamericana más allá de etiquetas genéricas.

       La tercera expedición, perteneciente al libro Crónicas marcianas (The Martian Chronicles, 1950), es uno de mis relatos preferidos de Bradbury. En él se nos cuenta cómo una expedición terrestre aterriza en una zona de Marte en la que se encuentran un pueblo muy similar a aquellos en los que pasaron su infancia los tripulantes de la nave. Enseguida descubren que los habitantes del pueblo son sus familiares, novias y amigos fallecidos, que al parecer gozan de una segunda vida en Marte. El capitán John Black se dará cuenta de lo que ocurre en realidad, pero para él y para sus hombres será demasiado tarde.

        La nostalgia, la felicidad, el miedo y la falta de respuestas se dan la mano en este fantástico relato.

        “Un hombre no hace muchas preguntas cuando su madre vuelve de pronto a la vida. Está demasiado contento. Y aquí estamos todos esta noche, en distintas casas, distintas camas, sin armas que nos protejan. Y el cohete vacío a la luz de la luna. ¿Y no sería espantoso y terrible descubrir que todo esto es parte de un inteligente plan de los marcianos para dividirnos y vencernos, y matarnos? En algún momento de esta noche, quizá, mi hermano, que está en esta cama, cambiará de forma, se fundirá y se transformará en otra cosa, en una cosa terrible, un marciano. Sería tan fácil para él volverse en la cama y clavarme un cuchillo en el corazón…Y en todas esas casas, a lo largo de la calle, una docena de otros hermanos o padres fundiéndose de pronto y sacando cuchillos, se abalanzarán sobre los confiados y dormidos terrestres.

        Le temblaban las manos bajo las mantas. Tenía el cuerpo helado. De pronto la teoría no fue una teoría. De pronto tuvo mucho miedo.

        Se incorporó en la cama y escuchó. Todo estaba en silencio. La música había cesado. El viento había muerto. Su hermano dormía junto a él.

        Levantó con mucho cuidado las mantas y salió de la cama. Había dado unos pocos pasos por el cuarto cuando oyó la voz de su hermano.

        -¿Adónde vas?

        -¿Qué?

        La voz de su hermano sonó otra vez fríamente:

        -He dicho que a dónde piensas que vas.

        -A beber un trago de agua.

        -Pero no tienes sed.

        -Sí, sí, tengo sed.

        -No, no tienes sed.

        El capitán John Black echó a correr por el cuarto. Gritó, gritó dos veces.

        Nunca llegó a la puerta.”

                     Publicado por Ediciones Minotauro.

                     Traducción de Francisco Abelenda.

SOY LEYENDA de Richard Matheson

La gran novela de Richard Matheson Soy leyenda (I am legend, 1954) ha sido llevada al cine oficialmente en tres ocasiones: El último hombre sobre la tierra (The last man on earth, 1964), con Vincent Price y dirigida por Sidney Salkow y Ubaldo Ragona, El último hombre…vivo (The Omega man, 1971) de Boris Sagal, con Charlton Heston, y Soy leyenda (I am legend, 2007), dirigida por Francis Lawrence y con Will Smith como protagonista. Si las tres logran mantener el interés es básicamente gracias a la historia que adaptan y no por méritos propios. Por suerte, los que gustamos de la literatura de Matheson siempre podemos acudir a El increíble hombre menguante (The incredible shrinking man, 1956) de Jack Arnold y a El diablo sobre ruedas (Duel, 1971) de Steven Spielberg, sin olvidar los episodios que recreaban sus historias de La dimensión desconocida (Twilight zone).

        Soy leyenda nos sitúa en un futuro en el que, tras una guerra bacteriológica, los supervivientes se han convertido en vampiros. Todos, excepto Robert Neville, cuya vida se reduce a buscar y asesinar durante el día a todos los vampiros que puede y a defenderse de sus ataques durante la noche. A caballo, pues, entre el terror y la ciencia-ficción, la novela de Matheson no se limita a ser un mero entretenimiento de género, sino que nos muestra la delgada línea que separa el bien del mal y lo que es normal de lo que no cuando sólo una persona representa las ideas convencionales, cuando esa persona es vista como un monstruo por todos los demás. Por otro lado, la soledad del hombre en su lucha contra una situación que le supera -posiblemente el gran tema de la literatura de Matheson- está también presente en esta novela cuya influencia se ha dejado notar en la literatura posterior. Sin ir más lejos, y aunque quizás sea aventurar demasiado, la lectura de La carretera (The road, 2006) de Cormac McCarthy me recordó algunas de las ideas ya presentes en Soy leyenda.

        “Pero luego el silencio cubrió las cabezas, como una manta pesada. Todos volvieron hacia Neville unos rostros pálidos. Neville los observó serenamente. Y de pronto comprendió. Yo soy el anormal ahora. La normalidad es un concepto mayoritario. Norma de muchos, no de un solo hombre.

        Y comprendió, también, la expresión de aquellos rostros: angustia, miedo, horror. Tenían miedo, sí. Era para ellos un monstruo terrible y desconocido, una malignidad más espantosa aún que la plaga. Un espectro invisible que había dejado como prueba de su existencia los cadáveres desangrados de sus seres queridos. Y Neville los comprendió, y dejó de odiarlos. La mano derecha apretó el paquetito de píldoras. Por lo menos el fin no llegaría con violencia, por lo menos no habría una carnicería…

        Neville miró los nuevos habitantes de la Tierra. No era como ellos. Semejante a los vampiros, era un anatema y un terror oscuro que debían destruir. Y de pronto, nació la nueva idea, divirtiéndolo, a pesar del dolor.

        Tosió atragantándose. Se dio vuelta y se apoyó en la pared mientras se metía las píldoras en la boca. Se cierra el círculo. Un nuevo terror nacido de la muerte, una nueva superstición que invade la fortaleza del tiempo.

        Soy leyenda.”

                       Traducción de Manuel Figueroa.

                       Publicada por Ediciones Minotauro.