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PÁGINAS DEL DIARIO DE UNA JOVEN de Robert Aickman

15 de octubre. Anoche abrí uno de los ventanales (el otro se me resiste, dado lo débil que estoy, según los parámetros de este mundo) y, sin asomarme, me detuve desnuda y alcé los dos brazos. No tardó en oírse el rumor de una suave brisa, allí donde todo había estado inmóvil como la muerte. El rumor pronto se convirtió en un rugido y el fresco de la noche se transformó en calor, igual que cuando se abre la puerta del horno. Se oían llantos, gritos, zumbidos, chillidos y arañazos que ascendían en un remolino por la ventana abierta, como si unos cuerpos invisibles (o casi invisibles) giraran sin cesar en el aire, sin dejar de lamentarse y lanzar reproches. Los tristes sonidos me hendían la cabeza, al tiempo que tenía el cuerpo tan húmedo como una otomana. De repente, todo pasó. Él estaba ante mí, en la penumbra del alféizar de la ventana. “Eso es el amor, tal como lo conocen los elegidos de este mundo”, dijo.

“¿Los elegidos?” imploré en una voz tan tenue que casi no era ni voz (¿pero qué más daba?). “Claro que sí”, pareció conformar.  “De este mundo, los elegidos.”

35-Aickman-National-Portrait-GalleryCuentan las buenas lenguas que Robert Aickman es el gran autor británico de literatura fantástica de la segunda mitad del siglo XX, y a tenor de lo que de él he leído no puedo estar más de acuerdo; pero también creo que a Aickman la etiqueta le queda pequeña y que por su culpa es probable que los lectores poco aficionados al género hayan dejado escapar a un escritor extraordinario y distinto, muy distinto.

Su obra ha sido difundida desde hace unos años en nuestro país por la editorial Atalanta, mediante la publicación de la antología titulada Cuentos extraños (Strange Stories, 2008) -un conjunto de narraciones que poco o nada tienen que ver con el terror, que no recurren a golpes de efecto, a hechos escabrosos o a criaturas monstruosas para crear el desasosiego en el lector, sino a atmósferas, sueños y situaciones fuera de lo común, descritas con una prosa exquisita, que irrumpen en la realidad de los personajes y pasan a formar parte de ella- y la inclusión del relato “Páginas del diario de una joven” (Pages from a Young Girl’s Journal, 1973) en el volumen Vampiros, una selección de la literatura en torno al mito editada por Jacobo Siruela. El relato pasó a formar parte del libro Cold Hand in Mine, publicado en 1975, y ese mismo año ganó el World Fantasy Award.

Cubierta VampirosLa protagonista de esta singular historia es una muchacha que, a principios del siglo XIX -en sus páginas aparecen brevemente Byron y Shelley- acompaña a sus padres en un viaje por Italia. Gracias a su diario, conocemos sus impresiones sobre las personas y los ambientes que la rodean, su encuentro con un misterioso hombre y su paulatina transformación en un ser diferente. Aickman, magistralmente, va introduciendo los síntomas, reflejados sobre todo en los cambios en el carácter y en la percepción de los demás personajes por parte de la protagonista, de manera natural, como una parte más del día a día de la joven, hasta llegar a unas últimas páginas maravillosamente sobrecogedoras, maravillosamente escritas. Por sí solas, deberían bastar para abrir los ojos a quienes aún piensan que el género fantástico pertenece, por naturaleza, a una segunda división literaria.

17 de octubre. (…) Toda la piazza, que es muy grande, estaba llena de lobos enormes de pelo gris; no hacían más ruido que los pequeños rumores que he mencionado; todos ellos tenían la lengua colgando, negra bajo la luz plateada, y todos miraban hacia mi ventana.

Rímini está cerca de los Apeninos, donde es bien sabido que hay muchos lobos y que con frecuencia devoran algún bebé o un niño pequeño. Supongo que el frío incipiente los acerca a las poblaciones.

Les dirigí una sonrisa. Después crucé las manos sobre mi menudo pecho y les hice una reverencia. Ocuparán un lugar destacado entre mi nueva familia. Mi sangre será suya y la suya será mía.

Traducción de Carmen Francí.

Publicado por Atalanta.

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CUENTOS EXTRAÑOS de May Sinclair

May Sinclair

Probablemente, el nombre de May Sinclair no les suene demasiado hoy en día a los aficionados a la buena literatura, ni siquiera quizá a los que gustan del género fantástico, pero a principios del siglo XX fue una de las grandes figuras de la escena literaria londinense. Amiga de autores esenciales como Eliot, Pound, Hardy o Henry James, famosa sufragista y estudiosa del psicoanálisis, cultivó la poesía, el ensayo, la novela y el relato.

vida-muerte-de-harriett-frean-cuentos-extranos-may-sinclair-5392-MLA4356430847_052013-OEn el volumen Cuentos extraños (Uncanny Stories, 1923) -publicado en España junto a la novela corta Vida y muerte de Harriett Frean (The Life and Death of Harriett Frean, 1922)- encontramos una estupenda muestra de sus historias protagonizadas por fantasmas, a menudo -en mi opinión, las mejores- de tono sentimental o romántico, alejadas de la vertiente más terrorífica del género.

Entre ellas, pequeñas joyas como “La víctima”, que Eliot ya había publicado, en 1922,  en la revista The Criterion junto a su famoso poema La tierra baldía (The Waste Land); “Donde el fuego no se apaga”, un cuento que encantaba a Borges y que posiblemente sea el más complejo y arriesgado de la colección, o “Si los muertos supieran”, en el que el fantasma de una anciana regresa al mundo de los vivos para asegurarse de que su hijo la quería y no deseaba su muerte.

Aquí os dejo un fragmento de este último, en el que se puede apreciar la sensibilidad y elegancia de la prosa de May Sinclair.

Algo le empujó a volverse y a mirar la silla de su madre.

Y entonces la vio.

Estaba entre él y la silla, erguida y delgada, con la ropa con la que había muerto, el camisón de franela amarillento y la bata.

La aparición se sostenía con dificultad. El cabello apenas se veía y no era más que un sombrero de blanca neblina. El rostro era un marco insustancial para la boca y los ojos, y para las lágrimas que caían en dos surcos brillantes. Era menos una forma que una emoción visible, una angustia.

Hollyer se puso de pie y la miró a los ojos. A través del cristal de sus lágrimas la visión le devolvía una mirada acusatoria y apenada, intensa y terrible.

Entonces, lentamente y con frialdad, empezó a retroceder y se fue alejando, sin mover los pies, con una quietud sobrenatural, sin abandonar, hasta el último instante, su mirada de indestructible reproche.

Y se convirtió en una masa informe a medida que se acercaba a la ventana y ante ella se detuvo un segundo antes de desaparecer, encogiéndose como el vaho en un cristal.

Traducción de Amado Diéguez.

Publicado por Alba Editorial.

EL TERROR de Arthur Machen

En varias poblaciones de la campiña galesa comienzan a producirse hechos misteriosos e inexplicables: algunos vecinos son asesinados y otros parecen haberse suicidado; animales hasta ese momento pacíficos se rebelan contra sus dueños; aparecen extraños cuerpos luminosos que se mueven y parecen crecer; se oyen lamentos nocturnos…La situación, unida al conflicto bélico ante Alemania que vive el país y en el que algunos buscan la razón a lo que está ocurriendo, comienza a extender el terror entre los habitantes.

         Arthur Machen, uno de los más influyentes escritores del género fantástico, admirado por otros grandes como Lovecraft o Borges, se apartó bastante en El terror (The Terror: A Fantasy, 1917) de las características predominantes en sus más populares obras. Aun siendo una novela de corte fantástico, su estructura está cercana a la crónica personal de sucesos e incluso a la parábola moralizante, relacionada con la situación de guerra que vivía Europa. Un Machen algo distinto pero en plena forma para un estupendo relato que no me extrañaría que hubiese influido en el Orwell de Rebelión en la granja (Animal Farm, 1945) y en el que, como curiosidad, aparece el término Aleph más de treinta años antes de que Borges publicara su famoso cuento (Página 115: “Y luego una voz cantó la palabra Aleph, que pareció prolongarse durante siglos…”).

“Poco después de la muerte de Cradock, la gente empezó a repetir extrañas historias de un ruido que se oía por las noches en los montes y valles al norte de Porth. El primero en escucharlo fue alguien que perdió el último tren de Meiros y tuvo que venirse a pie hasta Porth, que está a unas diez millas. Al pasar sobre una colina cerca de Tredonoc, a eso de las diez y media o las once, lo detuvo un ruido muy raro que no consiguió identificar: un grito prolongado y tristísimo, un lamento desmayado que venía de lejos. Pensó primero que serían lo búhos ululando en el bosque, pero no era eso: se oía un grito prolongado, seguido por un silencio, y luego el ruido volvía a empezar. No tenía idea de lo que pudiese ser, sintió miedo sin saber por qué y apretó el paso. Esa noche se alegró al ver las luces de la estación de Porth.

        Le habló a su mujer del ruido lúgubre que había oído y su mujer lo repitió a los vecinos, quienes, en su mayoría, lo atribuyeron a “pura imaginación”, cuando no a unos tragos de más o, después de todo, a los búhos. Pero la noche siguiente dos o tres personas que volvían de una pequeña fiesta en una casa de la carretera a Meiros, oyeron el mismo ruido, poco después de las diez. Contaron, casi con idénticas palabras, que era un grito largo, quejumbroso, increíblemente triste en la quietud de la noche de otoño. “Como el fantasma de una voz”, contó una; “como si viniera del fondo de la tierra”, agregó otra.”

                     Traducción de Luis Loayza.

                     Publicada por Alianza Editorial.

AURA de Carlos Fuentes

Tras el fallecimiento de Carlos Fuentes, el 15 de mayo de este año, la prensa especializada procedió a repasar, como es habitual en estos casos, sus obras más representativas. Junto a las novelas de mayor prestigio, generalmente prolijas, asomaba la cabeza entre las preferencias de todos los críticos una novela corta, de apenas sesenta páginas -una nouvelle, que dirían los franceses-, titulada Aura (1962), la historia del joven Felipe Montero, quien, tras responder a un anuncio del diario, comienza a trabajar como secretario en una misteriosa casa, en la que apenas entra la luz del sol, habitada por la anciana Consuelo y su sobrina Aura. La anciana le encarga ordenar y corregir las memorias de su esposo, fallecido muchos años antes, con la idea de que sean publicadas. En ellas encontrará Felipe la terrible clave de un misterio del que él mismo será protagonista.

        Aura es un relato de corte fantástico, casi de terror onírico, de un romanticismo enfermizo y malsano, incluso necrófilo, a lo que contribuyen la representación erótica y sacrílega de ciertas visiones religiosas y la influencia de la literatura gótica, en especial, creo yo, de los cuentos de Edgar Allan Poe. Pero Aura es además, y sobre todo, un ejercicio de estilo, una obra de orfebrería literaria, en la que el poco habitual narrador en segunda persona lleva de la mano al protagonista, lo manipula y a nosotros con él (“Sólo falta tu nombre. Sólo falta que las letras más negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita Felipe Montero, antiguo becario en la Sorbona, historiador cargado de datos inútiles, acostumbrado a exhumar papeles amarillentos, profesor auxiliar en escuelas particulares, novecientos pesos mensuales. Pero si leyeras eso, sospecharías, lo tomarías a broma.”), nos va dejando pistas sobre el misterio al que nos enfrentamos, juega con el tiempo y con los tiempos verbales, con la posibilidad de que lo cuenta esté ocurriendo o sea irreal, elige cada adjetivo y sus connotaciones, coloca cada palabra como una piedra preciosa en una joya…

        Sí, posiblemente Aura sea literatura de género y un homenaje a tantas lecturas de juventud, pero en ella Fuentes pretende decididamente, y vaya si lo logra, dejar su intransferible sello de autor. 

        “La cabeza te da vueltas inundada por el ritmo de ese vals lejano que suple la vista, el tacto, el olor de plantas húmedas y perfumadas: caes agotado sobre la cama, te tocas los pómulos, los ojos, la nariz, como si temieras que una mano invisible te hubiese arrancado la máscara que has llevado durante veintisiete años: esas faciones de goma y cartón que durante un cuarto de siglo han cubierto tu verdadera faz, tu rostro antiguo, el que tuviste antes y habías olvidado. Escondes la cara en la almohada, tratando de impedir que el aire te arranque las facciones que son tuyas, que quieres para ti. Permaneces con la cara hundida en la almohada, con los ojos abiertos detrás de la almohada, esperando lo que ha de venir, lo que no podrás impedir. No volverás a mirar tu reloj, ese objeto inservible que mide falsamente un tiempo acordado a la vanidad humana, esas manecillas que marcan tediosamente las largas horas inventadas para engañar el verdadero tiempo, el tiempo que corre con la velocidad insultante, mortal, que ningún reloj puede medir. Una vida, un siglo, cincuenta años: ya no te será posible imaginar esas medidas mentirosas, ya no te será posible tomar entre las manos ese polvo sin cuerpo.

        Cuando te separes de la almohada, encontrarás una oscuridad mayor alrededor de ti. Habrá caído la noche.”

                     Publicada por Alianza Editorial.

LA NOCHE DEL CAZADOR de Davis Grubb

La noche del cazador (The night of the hunter, 1955), la única película que dirigió el gran Charles Laughton, apenas necesita ya presentación. Hace muchos años que ocupa un lugar de privilegio en las listas de las mejores de la historia y que se la reconoce como una película única, que no se parece a ninguna otra, que crea prácticamente un nuevo género al que sólo ella pertenece y que, por más veces que se vea, sigue provocando sorpresa e incluso cierto desconcierto. Para darnos cuenta por completo del talento de Laughton y de lo alucinantes e inusuales que son las imágenes que creó basta con ver la versión que dirigió un tal David Greene para la televisión, estrenada en 1991 y con Richard Chamberlain como protagonista: las comparaciones nunca han resultado tan odiosas como en esta ocasión. Por mi parte, se pueden contar con los dedos de una mano las películas que me gustan tanto como ésta. 

        La novela en la que está basada, escrita por Davis Grubb y publicada en 1953, no es ni mucho menos tan conocida como el film, a pesar de que en ella encontramos de manera igualmente extraordinaria todo lo que Laughton puso en escena, la misma magia y la misma ambigüedad, con algunos aspectos, como la sexualidad de las mujeres y el pecado que lleva consigo a ojos del Predicador, expuestos de una forma que el cine de la época no permitía. Sólo por la creación de un personaje como Harry Powell, quizá una versión diabólica y distorsionada de otros predicadores de la narrativa norteamericana creados por Sinclair Lewis, Erskine Caldwell o Flannery O´Connor, Davis Grubb merece un puesto de honor en la literatura.

        Aquí os dejo algunos fragmentos de la novela, acompañados por las imágenes correspondientes de la película. Dos lujos.

        “Hizo una pausa, para escuchar qué hacía Harry, y luego pensó: Pero todavía no es suficiente. Debo sufrir aún más, y eso es lo que él está preparándome: la última y definitiva penitencia; después quedaré limpia.

        ¡Alabado sea Dios!, esclamó ella mientra Harry bajaba la persiana; y luego, después que la pagana luna desapareció, algo chasqueó y sonó ligeramente al abrirse, y Willa escuchó el veloz e impetuoso murmullo de los pies descalzos de Harry en el suelo al atravesar la oscuridad para ir a la cama, y pensó: Es una especie de navaja de afeitar. ¡Supe lo que era la primera noche!”

        “Allí fue donde lo vi, Bess. En el fondo del agua. ¡El viejo Ford T de Ben Harper con ella dentro…! ¡Que Dios me proteja…! ¡Con ella dentro…! Sentada allí con un vestido blanco y mirándome a los ojos, con una enorme raja bajo la barbilla tan nítida como las agallas de un siluro… ¡Oh, Dios Todopoderoso…! Y su pelo ondeaba suave y perezosamente como la hierba en un prado inundado por las aguas. ¡Willa harper, Bess! ¡Era ella! Allá abajo, en la poza profunda, dentro de aquel viejo Ford T, con los ojos muy abiertos y una raja en la garganta como si tuviera una boca extra. ¿Me oyes, Bess? ¿Estás escuchando, mujer? ¡Dulce Jesús, sálvanos!”

        “¡Descansar, descansar! ¡A salvo de todo mal!

        ¡Descansar, descansar! ¡Descansar en los brazos eternos!

        John contuvo la respiración para escuchar mejor, luego espiró rápidamente y volvió a aspirar, y a contener la respiración, a fin de escuchar de nuevo, con los ojos escocidos y cansados de mirar el halo luminoso de la luna, dispuesto a no dejar pasar el más mínimo movimiento en la vasta llanura que se extendía entre el granero y el río. Se oía con tanta claridad y nitidez como si la vocecita estuviera en la montaña de heno bajo su codo, y, de repente, John lo vio a lo lejos, en la carretera; surgió de pronto por detrás de un alto ciclamor como a medio kilómetro de distancia: un hombre montado en un gran caballo, que avanzaba a paso lento y con una horrible y laboriosa parsimonia por el liviano polvo del camino del río.”

        “El Predicador se enjugó con el dorso de la mano las lágrimas que surcaban sus curtidas mejillas. Fue entonces cuando Rachel vio las letras tatuadas formando la palabra ODIO y se estremeció, y en las alacenas oscuras de su mente se agolparon las advertencias del viejo sentido común, que chillaban como ratones asustados. Él se dio cuenta de su mirada despavorida, e inmediatamente comenzó a explicarse. Lo escuchó impasible mientras la voz cada vez más fuerte del Predicador describía la guerra entre el bien y el mal en el interior del corazón humano y sus nudillos crujieron y chirriaron al entrelazar las manos y los dedos se enroscaron y lucharon.

        Soy un hombre de Dios, dijo al fin.”

                        Traducción de Juan Antonio Molina Foix.

                        Publicada por Anagrama.

LOS CUENTOS DEL WHISKY de Jean Ray

Jean Ray es el seudónimo por el que más se conoce al escritor -además de marinerojean_ray_01 y contrabandista- Raymond de Kremer, que alcanzó cierta popularidad gracias a la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Harry Dickson. Su obra de culto es la novela de terror Malpertuis (1943), llevada al cine en 1971 por un tal Harry Kümel, que para muchos es una joya oculta y que realmente da miedo pero de lo mala que es. En ella aparecía Orson Welles en una de esas breves interpretaciones en las que se limitaba a pasar el cepillo.

       La primera obra que Ray publicó fue Los cuentos del whisky (Les contes du whisky, 1925), una colección de breves relatos, casi anécdotas algunos, con la noche, la niebla y las sombras por escenario. Sus habitantes son marineros, usureros, prostitutas, taberneros, que conviven con seres de otro mundo, reales e imaginarios, demonios, fantasmas, y muertos que vuelven de la tumba para vengarse. Con el whisky como motivo recurrente e hilo conductor de los relatos, entre Los cuentos del whisky hay piezas magistrales como Una mano -que no me extrañaría que hubiese inspirado a Cortázar uno de sus primeros relatos, Estación de la mano (Cortázar, aunqray_1_previewue argentino, nació en Bélgica, como Ray)-, La venganza -que recuerda a El corazón delator de Poe-, o Mujercita amada, perfumada a verbena y El nombre del barco, dos maravillas que combinan el humor y la nostalgia, y que no cuesta imaginarlas filmadas por John Ford.

       En el primero de esos cuentos, una escena de taberna, la ofensa de la que son objeto dos amigos es perdonada porque en labios de una mujer escuchan una canción que les trae tristes recuerdos:

        “Si la artista hubiese cantado Werther, Lohengrin o cualquier otra cosa, la suerte de aquella pandilla de imbéciles, lo bastante incautos como para meterse en un antro de marineros, hubiera estado echada.

        Pero la artista cantó Butterfly, y ello le fue inspirado y ordenado por Dios.

        Y me explico la repentina mansedumbre de los dos granujas, insultados en su miseria por el lujo y por la alegría de los otros.

        El recuerdo de una geisha deshecha en lágrimas, empequeñeciéndose cada vez más en el embarcadero, mientras el vapor huye apresuradamente del puerto encantado, acudió en auxilio de la evocadora en aquel momento tan próximo al crimen.

        Y, con tanta firmeza como en Dios, creo en su gesto fantasmal de amante protegiendo a la bella joven de ojos color malva que cantó tan maravillosamente la inmensa piedad de las muchachas de puerto, una noche, en el Site enchanteur.”

        En el segundo, unos marineros cobran conciencia de su soledad al discutir el nombre que le quieren poner a su barco:

        “-¡Silencio! -dijo Hildesheim-. Este barco se llamará Loute.

        -¿Loute? -inquirí-. ¿Qué diablos significa eso?

        -Es el nombre de una niña -respondió Hildesheim.

        -¡Ah! ¿Qué niña?

        -Una niña rubia que le pide cuentos y céntimos a su padre, una niña que le convierte a uno en un hombre cuando no es más que una maldita mula, una niña por la cual se moriría de hambre cantando de placer, una niña por la cual se iría a robar las estrellas, la luna o el Gaurisankar… Una niña… ¡Ah, miseria divina!

        -Hildesheim, viejo amigo -dijo Bobby Moos en voz muy baja-. ¿Quién es esa Loute?

        -No exite -murmuró Hildesheim como en un soplo-. Es el nombre que hubiera dado a mi hija, si hubiese tenido una habitación con una estufa, y una mesa, y una cama, y una mujer a la que hubiese amado.

        -Somos… unos… vagabundos… -fraseó Bobby Moos-, unos… perros…

        -Loute -susurró Hildesheim.

        Un triple sollozo ascendió, en medio de la oscuridad nocturna, hacia la eterna indiferencia de las estrellas.”

                   Traducción de José Mª Roca.

                   Publicado por Editorial Acervo.

TIGRES AZULES de Jorge Luis Borges

De Borges ya se ha dicho prácticamente todo: es uno de los escritJorge_Luis_Borges_1ores más reverenciados de siglo xx y el máximo exponente de la literatura hispanoamericana; los gurús de la crítica literaria lo sitúan junto a los omnipresentes Proust, Joyce, Kafka, Faulkner o Navokov, y sus dos colecciones de relatos más conocidas, Ficciones (1944) y El Aleph (1949), siempre tienen su sitio en las listas de la mejor literatura de la historia.

        El tigre es uno de motivos recurrentes en la obra de Borges. Aparece, por ejemplo, en el cuento Dreamtigers y en el poema El otro tigre, que forman parte de su miscelánea El hacedor (1960). Aquí dejo un fragmento del poema:  Cunde la tarde en mi alma y reflexiono / Que el tigre vocativo de mi verso / Es un tigre de símbolos y sombras, / Una serie de tropos literarios / Y de memorias de la enciclopedia / Y no el tigre fatal, la aciaga joya / Que, bajo el sol o la diversa luna, / Va cumpliendo en Sumatra o en Bengala / Su rutina de amor, de ocio y de muerte.

        En 1983 se publicó La memoria de Shakespeare, el último libro de relatos de Borges. De los cuatro cuentos para mí destaca  Tigres azules, a la altura de los mejores del autor y cuyo origen creo que se puede rastrear en anteriores relatos como El Aleph, El disco, o El libro de arena.

        La historia que cuenta Borges es la de un profesor obsesionado con la figura del tigre que viaja a la región del delta del Ganges porque le han informado de que allí había sido vista una variedad azul del animal. No encuentra al tigre, pero en su lugar halla unas pequeñas piedras circulares del mismo azul que el tigre con el que sueña, todas exactamente iguales, y que se multiplican y dividen ajenas a cualquier ley matemática. Finalmente, pide ser liberado de esa carga, y su plegaria es contestada. Librarse de las piedras representa renunciar a lo fantástico, a lo maravilloso y desconocido que puede aparecer en nuestras vidas, y abrazar la rutina, la seguridad y todo lo cotidiano que se nos ofrece cada día: 

        No oí los pasos, pero una voz cercana me dijo:

        -He venido.

        A mi lado estaba el mendigo. Descifré en el crepúsculo el turbante, los ojos apagados, la piel cetrina y la barba gris. No era muy alto.

        Me tendió la mano y me dijo, siempre en voz baja:

        -Una limosna, Protector de los Pobres.

        Busqué, y le respondí:

        -No tengo una sola moneda.

        -Tienes muchas -fue la contestación.

        En mi bolsillo derecho estaban las piedras. Saqué una y la dejé caer en la mano hueca. No se oyó el menor ruido.

        -Tienes que darme todas -me dijo-. El que no ha dado todo no ha dado nada.

        Comprendí, y le dije:

        -Quiero que sepas que mi limosna puede ser espantosa.

        Me contestó:

        -Acaso esa limosna es la única que puedo recibir. He pecado.

        Dejé caer todas las piedras en la cóncava mano. Cayeron como en el fondo del mar, sin el rumor más leve.

        Después me dijo:

        -No sé aún cuál es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos, con el mundo.

        No oí los pasos del mendigo ciego ni lo vi perderse en el alba.

 

                         Publicado por Alianza Editorial (Biblioteca Borges).

EN MEMORIA DE PAULINA de Adolfo Bioy Casares

En ocasiones sucede que el primer texto que leemos de un gran escritocure08030807ar, aquél que nos abre la puerta y nos anima a seguir descubriendo la obra de su autor, pasa a ser nuestro preferido, al que volvemos más asiduamente sin tener en cuenta ni importarnos si, en el fondo, es mejor o peor que otros. A mí me ocurre con el relato En memoria de Paulina, la historia de amor y celos que desemboca en un crimen escrita por el argentino Adolfo Bioy Casares, autor casi más conocido por ser el gran amigo de Borges -con quien realizó antologías de literatura policiaca y de literatura fantástica, a las que ambos eran tan aficionados-que por su propia obra. A partir de este cuento descubrí el estilo conciso, la palabra exacta, la frase ajena a innecesarios adornos, la forma genial de engancharte de unas historias que te suelen dejar, al terminarlas, perplejo durante un rato para luego reaccionar y volver a por más. Y, sobre todo, la manera como lo maravilloso y lo fantástico se adentran en lo real y cotidiano, confundiéndose, para dar una explicación de lo ocurrido, y cómo los personajes aceptan esa intrusión de la forma más natural, creyendo que es la opción más racional o la única posible. 

       Más adelante vendrían otros cuentos, y novelas como La invención de Morel (1940) o El sueño de los héroes (1954), para confirmar la grandeza de una de las narrativas más deslumbrantes de la literatura hispanoamericana, merecedora del premio Cervantes en 1990.

       En memoria de Paulina es el primer relato del libro La trama celeste (1948), publicado por Alianza Editorial.