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LOS CAMARADAS (1963) de Mario Monicelli

Unos pocos años después de que Berlanga hiciera aparecer en Fontecilla, perseguido por la guardia civil, a un San Dimas con el careto de Richard Basehart en Los jueves , milagro (1957), Monicelli, cuyo cine me parece emparentado con el del director valenciano, enviaba a una pequeña población turinesa, en la que los trabajadores de una fábrica textil comienzan a estar hartos de sus condiciones laborales y de la pobreza en la que viven, al mismísimo Jesucristo, a un mesías disfrazado de profesor acosado por la justicia y con los rasgos de Marcello Mastroianni. El hambriento y desharrapado maestro, acostumbrado a las luchas sociales contra los poderosos, consigue unir a los indecisos lugareños y llevarlos a la huelga, y entre sus arengas y sus escarceos con la policía aún tiene tiempo de meterse en la cama de la María Magdalena local, una prostituta de lujo y de buen corazón encarnada por la maravillosa Annie Girardot.

        En Los camaradas (I compagni), Monicelli nos muestra la lucha de los trabajadores italianos por unas condiciones de trabajo dignas en medio de un ambiente de analfabetismo y pobreza, las dificultades que conllevaba en la época la organización de una huelga, la lucha contra los piquetes desesperados por encontrar un empleo aunque sea temporal, la miseria en la que viven los inmigrantes dispuestos a enfrentarse a sus compañeros e ir al trabajo para poder comer (no me extrañaría que algunas escenas hubieran servido de punto de partida, exageradas hasta la caricatura, para la negrísima y salvaje Brutos, sucios y malos (Brutti, sporchi e cattivi, 1976) de Ettore Scola)…Las cosas, afortunadamente, han ido a mejor, pero el film sigue estando absolutamente de actualidad.

        Con Mastroianni, Girardot y Renato Salvatori a la cabeza de un reparto que incluye a una jovencísima y casi irreconocible Raffaella Carrá y a un impresionante elenco de secundarios de esos que el cine italiano parecía poder fabricar en serie, Los camaradas es una de las películas más dramáticas de Monicelli, aunque la comedia, claro, no podía faltar, pero en esta ocasión pidiéndonos más una sonrisa cómplice que una carcajada. Me parece además una de las obras técnicamente más conseguidas de su autor. Apoyándose en la preciosa fotografía en blanco y negro de Giuseppe Rotunno, Monicelli rueda de manera portentosa las siempre complejas escenas de masas, cuida la planificación de las escenas interiores hasta el mínimo detalle, y consigue algunos de los movimientos de cámara más sutiles y hermosos de una filmografía de la que, injustamente, pocas veces destacamos su brillantez visual.

CRÓNICA FAMILIAR (1962) de Valerio Zurlini

La triste mirada del joven Jacques Perrin -que un año antes se había enamorado de Claudia Cardinale en La chica con la maleta (La ragazza con la valigia, 1961), otra obra maestra de Zurlini- y el rostro de Marcello Mastroianni en la que para mí es una de sus mejores interpretaciones protagonizan absolutamente Crónica familiar (Cronaca familiare), basada en la novela autobiográfica de Vasco Pratolini publicada en 1947.

        Ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia, cuenta el reencuentro de Enrico y Lorenzo, dos hermanos que fueron separados siendo niños: Enrico, el mayor, fue educado por la abuela, mientras Lorenzo fue acogido por una familia acomodada. Su convivencia en la pobreza, los recuerdos compartidos que volverán a tener su importancia en el trágico desenlace, las visitas a la abuela (interpretada por una extraordinaria Sylvie) en el asilo son mostrados, a través de una oscura fotografía y una planificación que cuida cada detalle, con una contención poco frecuente en el drama italiano, incluyendo sus grandes obras maestras. Zurlini consigue conmovernos sin necesidad de forzar las situaciones, sin subrayados innecesarios, sin supeditar la película al posible exhibicionismo de los actores.

        No estamos ante un dramón desaforado, y quizá por ello pueda parecer fría, distante y demasiado pausada. En mi opinión es una de las grandes del género en el cine italiano, y que muchas de sus virtudes no aparezcan siempre en la superficie y se vayan descubriendo tras nuevos visionados habla claramente del talento de un cineasta y la elegancia de su estilo.

RUFUFÚ (1958) de Mario Monicelli

El pasado 29 de noviembre el cineasta italiano Mario Monicelli decidió que la comedia había terminado y, a los 89 años, enfermo de cáncer de próstata, se tiró por una ventana del hospital donde estaba ingresado. 

        La mejor manera de recordarle es volviendo a ver su obra maestra Rufufú (I soliti ignoti), la historia de un atraco servida por la banda más inepta y divertida del cine, una sucesión de escenas desternillantes a cargo de, entre otros, Marcello Mastroianni, Vittorio Gassman, Totò y el inolvidable Carlo Pisacane en el papel del anciano Capannelle. Y de propina, Claudia Cardinale. Una de las mejores comedias de todos los tiempos (quizás la película con la que más me he reído) a la que en nuestro país alguien, a saber en qué estado, decidió titularla así recordando el magnífico film de Jules Dassin Rififí (Du rififi chez les hommes, 1955), otra crónica de un atraco pero, esta vez, muy en serio.

                                        La peligrosa banda

                                     

                         El atraco, todo un éxito: potaje de garbanzos                     

              Editada en DVD por SAV.