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EL HIJO DE CÉSAR de John Williams

En 1948, Thornton Wilder publicaba Los idus de marzo (The Ides of March), una canónica novela histórica en la que, mediante una estructura epistolar, recordaba los últimos meses de la vida de Julio César y el complot que desembocó en su asesinato y en el final de la república en Roma. Veinticuatro años después, John Williams daba a luz El hijo de César (Augustus, 1972), una novela superlativa, ganadora del National Book Award, que puede leerse como una suerte de continuación y que, en mi opinión, supera a su modelo.

Al igual que Wilder, Williams también elige el género epistolar para, en su caso, recrear la historia de Roma desde la muerte de César hasta la de Octavio, pasando por las dos guerras civiles y el comienzo del imperio. Las voces de Octavio Augusto, Marco Antonio, Bruto, Agripa, Cicerón, Julia, Tiberio y otros muchos protagonistas de la época se sinceran por medio de una correspondencia inspirada en los textos que se conservan pero, en su mayoría, fruto de la imaginación de Williams, plasmada en ese estilo inconfundible que huye de los fuegos de artificio, en esa prosa limpia y depurada que nos cautiva en voz baja.

El hijo de César es, de principio a fin, la obra de un maestro de la literatura en la plenitud de sus facultades; pero en ella hay incluso una parte que está más allá de todo elogio: la última y extensa carta que Octavio le envía a su amigo Nicolás de Damasco en agosto del año 14 d. C, poco antes de morir. La paz, la sabiduría y la brillantez literaria que emanan de esas palabras resuenan en la memoria mucho tiempo después de leídas, y las hermanan con las que ponen fin a esa otra obra maestra de la novela histórica titulada Memorias de Adriano (Mémoires d’ Hadrien, 1951), de Marguerite Yourcenar. Aquí os dejo un fragmento.

No me entiendas mal. Nunca he sentido ese amor sentimental y retórico por el pueblo común que estaba tan en boga durante mi juventud e incluso ahora. En su conjunto la raza humana me parece bruta, ignorante y ruda, cualidades que se ocultan tanto bajo la basta túnica del campesino como bajo la toga blanca y púrpura del senador. No obstante, en el más débil de los hombres he apreciado, en momentos en que estaban solos y eran ellos mismos, arranques de fuerza como filones de oro en una roca que se descompone; y en el más cruel de los hombres, atisbos de ternura y compasión; y en el más vano, momentos de elegancia y sencillez. Recuerdo a Marco Emilio Lépido: un hombre viejo despojado de sus títulos a quien hice pedir perdón públicamente por sus delitos y suplicar por su vida. Después de haberlo hecho, en presencia de los soldados a los que había mandado, me miró durante un largo instante, sin vergüenza, miedo ni arrepentimiento, y sonrió. A continuación se dio la vuelta y, muy erguido, comenzó a caminar hacia su oscuridad. Y recuerdo a Marco Antonio en Actium, que miraba desde la proa de su barco cómo Cleopatra y su flota se alejaban condenándole a una derrota segura, y que en aquel momento entendió que ella jamás le había amado. Había no obstante en su rostro una expresión sabia y casi femenina de afecto y perdón. Y recuerdo a Cicerón, cuando finalmente supo que sus imprudentes intrigas habían fallado, y cuando en secreto le informé de que su vida corría peligro. Sonrió como si entre los dos no hubiera pasado nada y dijo:

-No te preocupes. Soy un hombre viejo. Aunque haya cometido errores, he amado a mi país.

Tengo entendido que rindió el cuello a su verdugo con esa misma elegancia.

Así pues, no fue por idealismo o porque me creía moralmente superior que decidí cambiar el mundo, motivos que invariablemente engendran el fracaso. Ni tampoco lo hice para incrementar mis riquezas y mi poder, dado que la riqueza que va más allá de la comodidad de uno mismo me ha parecido siempre la más aburrida de las posesiones, y el poder que va más allá de su utilidad, la más despreciable. Lo que vino a buscarme aquella tarde en Apolonia hace casi sesenta años era el destino, y decidí no rehusar su abrazo.

Traducción de Christine Monteleone.

Publicada por Ediciones Pàmies.