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VIDAS REBELDES de Arthur Miller

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-Eres toda una belleza. Es…, es casi un honor ir sentado a tu lado. Me deslumbras. -Ella ríe por lo bajo, sorprendida-. Hablo de corazón, Roslyn. -Pone el freno de mano y se vuelve hacia ella-: ¿Por qué estás tan triste? Creo que eres la chica más triste que he conocido en mi vida.

-Y tú el primer hombre que me dice eso. Normalmente me toman por una persona muy alegre.

-Porque das alegría a los hombres, eso es todo.

9788490661208A partir de su propio relato The Misfits, publicado en 1957 en la revista Esquire, Arthur Miller escribió un híbrido entre novela y guion para que fuera filmado por John Huston y protagonizado por Marilyn Monroe, esposa del escritor. Su título en España, Vidas rebeldes (The Misfits, 1961). Su historia, la de una hermosa joven llamada Roslyn que, acompañada de su amiga Isabelle, acude a los juzgados de Reno para divorciarse y que entabla amistad en un bar con dos hombres tan desarraigados como ella: Guido, mecánico y aviador, y Gay, un veterano vaquero que se gana la vida cazando caballos destinados a convertirse en comida para perros. Tras pasar unos días en la cabaña a medio construir de Guido, deciden ir a las montañas a capturar una pequeña manada de caballos. Por el camino, se les une Perce, un joven amigo de Gay que se gana la vida participando en rodeos.

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Marilyn y Roslyn. Roslyn y Marilyn. Empezando por sus nombres y continuando por cómo la describe en los muchos fragmentos que le dedica, es fácil darse cuenta de que Miller creó su personaje a imagen y semejanza de su mujer, con toda su belleza, su generosidad, su carácter caprichoso, su necesidad de sentirse amada y su inseguridad ante la vida, hasta el punto de que, sabiendo lo que sabemos de ella tras tantos libros y documentales, quizá estemos ante el retrato, mostrado por medio de la ficción, más bello y fiel de la actriz. Así, Miller la coloca en el centro de un grupo de misfits, de inadaptados a la deriva en un mundo en el que no encuentran su lugar, de cansados vagabundos que, en el fondo, anhelan conocer a alguien por quien valga la pena echar raíces.

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A partir de la preciosa historia de Miller, coronada con los impresionantes capítulos que narran la caza de caballos salvajes -a los que podemos ver como un trasunto de los propios personajes- y el enfrentamiento entre Roslyn y Gay y su mutua redención, Huston realizó un film que, en su conjunto, quizá -y solo quizá- no sea de los más redondos de su filmografía, pero que alberga no pocos momentos que quedan en el recuerdo y que, sobre todo, nos regala algunas de las miradas más tristes, melancólicas, sinceras y conmovedoras de la historia del cine, las que se dedican Clark Gable, que moriría antes de ver estrenada la película; Marilyn Monroe, fallecida al año siguiente, y Montgomery Clift, en pleno proceso de autodestrucción por las drogas y el alcohol. Verlos juntos, compartiendo planos, dignidad, risas y lágrimas, silencios y derrotas, en compañía de otros dos grandes como Eli Wallach y Thelma Ritter, forma parte de la leyenda, la misma que no entiende, ni falta que hace, de perfecciones.

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Ella, exhausta, con la mirada perdida, se inclina y se sienta en el suelo, desmoronada, sollozando calladamente. Perce la mira de soslayo. Gay rodea a la yegua que yace en el suelo, va hacia la camioneta y salta a la parte trasera. Perce se acerca a Roslyn como con la intención de ayudarla a levantarse, pero ella se pone en pie, con los pantalones manchados de yeso, se dirige con paso frágil a la camioneta y entra. Perce la sigue y se sienta al volante, a su lado. Guido regresa, con la mirada fija en el suelo como perplejo por su propia reacción. Monta de un salto en el vehículo. La camioneta se pone en marcha.

Gay tiene el rostro desencajado, como si hubiera sido derrotado a puñetazos peleando por una causa en la que sólo creía a medias. Guiñando los ojos, protegiéndose del viento, su mirada se pierde en lo alto de las montañas, llena de nostalgia, casi esperando la aparición de aquellos centenares de caballos, de aquellas grandes manadas que bajaban galopando en tropel hasta la planicie, los majestuosos caballos y las dóciles yeguas, los mansos palafrenes, los ligeros potrancos que barrían la tierra con sus cascos, apenas rozándola…

Traducción de Victoria Alonso Blanco para Tusquets.

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LA NOSTALGIA YA NO ES LO QUE ERA. Memorias de Simone Signoret

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Cuando se cuenta, se usurpa la memoria de los otros. Por el solo hecho de estar ahí, se les roba su memoria, sus recuerdos, sus nostalgias, sus verdades.

Cuando digo «nosotros» he tomado posesión. Pero solo para el relato. Mi memoria o mi nostalgia me han hecho tejer hilos. Pero no forjar cadenas.

9788494405426En este 2021 que se acaba se cumplen cien años del nacimiento de la gran Simone Signoret. Para recordarla, nada mejor que volver a ver las obras maestras en que participó o descubrir buenas películas hoy muy olvidadas, como, por ejemplo, Dédée d’Anvers (1948), dirigida por Yves Allégret, primer marido de la actriz, o Les sorcières de Salem (1957), de Raymond Rouleau, en la que Jean-Paul Sartre adaptaba la obra de teatro de Arthur Miller. Una vez hechos los deberes más urgentes, es también más que  recomendable leer sus memorias, La nostalgia ya no es lo que era (La Nostalgie n’est plus ce qu’elle était, 1976), precioso título tomado, como se explica en el libro, de un grafiti leído en una pared en Nueva York.

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Los recuerdos de este mito del cine y la cultura europeos, guiados por las preguntas del escritor Maurice Pons, repasan, por un lado, buena parte de su carrera teatral y cinematográfica, deteniéndose especialmente en aquellos proyectos que le fueron más queridos o más difíciles, en su relación con cineastas como el citado Allégret, Jacques Becker, Jack Clayton, Jean-Pierre Melville, Chris Marker o Costa-Gavras y en su estancia en Hollywood como acompañante de su segundo marido y gran amor de su vida, Yves Montand, contratado para protagonizar junto a Marilyn Monroe El multimillonario (Let’s Make Love, 1960), de George Cukor. Precisamente, la amistad del matrimonio francés con Marilyn y Arthur Miller, de los que eran vecinos, el problemático carácter de la actriz norteamericana y la polémica sobre su romance con Montand protagonizan varias de las anécdotas más jugosas del libro.

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Por otro lado, como no podía ser de otro modo tratándose de dos figuras tan comprometidas, buena parte de estas memorias está dedicada a la postura adoptada por Signoret y Montand ante los numerosos movimientos sociales y hechos históricos y políticos ocurridos a lo largo de sus vidas. Desde la ocupación de Francia por los nazis, durante la juventud de la actriz, hasta mayo del 68 o la dictadura de Pinochet, pasando por su actitud cada vez más crítica contra el comunismo -impagable el fragmento en que ambos asisten a una cena privada con la cúpula del Kremlin, Kruschev a la cabeza, tras la intervención soviética en Hungría (1956)-, al que, contrariamente a lo que de manera general se creyó, nunca se afiliaron, muchos de los grandes sucesos que marcaron el siglo XX desfilan, vividos en primera persona, por sus páginas sin desperdicio, repletas de inteligencia y sensibilidad.

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En Hollywood, en 1964, tenía a veces mis sábados de lujo. Me hacía conducir a Leona Drive, en la colina. Llamaba a una puerta y me asombraba más que si hubiera llamado en casa de Greta Garbo: era Jean Renoir quien la abría. Entraba en un salón de la provincia francesa, a veces había renoirs en las paredes, a veces no, si habían sido prestados para alguna exposición o puestos en lugar seguro cuando Dido o Jean Renoir partían de viaje. En un armario empotrado había un proyector de 16 milímetros, un poco descacharrado, pero con un buen destornillador salíamos del paso, y en otro armario guardaba una pequeña pantalla portátil, y todavía en otro armario carretes de películas. Entonces, en las colinas de la capital del cine, con Jean Renoir y Dido Renoir como operadores, me regalaba contemplando Le crime de M. Lange. En la pantalla desfilaba todo el mundo, el del Flore, que desde hacía treinta años, al menos, no había vuelto a encontrar. Aquel mundo ya decía, entonces, las palabras de Jacques Prévert. Estaba también Sylvain Itkine que años después moriría bajo las torturas infligidas tal vez por un soberbio muchacho rubio que lucía un brazal con la cruz gamada, como el muchacho que aparecía en el último plano de Ship of fools.

Traducción de Ana Cristina del Río para Torres de Papel.

UNA ADORABLE CRIATURA de Truman Capote

Marilyn Monroe, nacida Norma Jean Baker, posiblemente el mayor icono cinematográfico y erótico de la historia, falleció el 5 de agosto de 1962. Ayer, por tanto, se cumplió el 50 aniversario de su muerte. Para recordarla no se me ocurre nada mejor que recurrir al relato, a la semblanza, al diálogo escrito por su amigo, y a menudo confesor, Truman Capote, perteneciente al libro Música para camaleones (Music for Chameleons, 1980). Capote fecha el encuentro el 28 de abril de 1955. Aquí os dejo su maravilloso final.

        «(Así llegamos a South Street, y efectivamente la visión de un transbordador anclado allí, con la silueta de Brooklyn al otro lado del agua y las blancas gaviotas que describían piruetas contra un horizonte marino salpicado de leves y algodonosas nubes como encajes delicados, ese cuadro, tranquilizó pronto su espíritu.

        Al bajarnos del taxi vimos a un hombre que llevaba a un chow-chow de la correa, un posible pasajero en dirección al transbordador, y, cuando nos cruzamos con ellos, mi acompañante se agachó para acariciar la cabeza del perro.)

EL HOMBRE (con tono firme, pero no hostil): No debería tocar a perros que no conozca. Especialmente a los chow. Podrían morderla.

MARILYN: Los perros no me muerden. Sólo los seres humanos. ¿Cómo se llama?

EL HOMBRE: Fu Manchú.

MARILYN (riendo): ¡Oh! Como en la película. Tiene gracia.

EL HOMBRE: ¿Cuál es el suyo?

MARILYN: ¿Mi nombre? Marilyn.

EL HOMBRE: Lo que me figuraba. Mi mujer nunca me creerá. ¿Podría darme su autógrafo?

        (Sacó una tarjeta y una pluma; utilizando el bolso como apoyo, escribió: «Dios le bendiga, Marilyn Monroe.»)

MARILYN: Gracias.

EL HOMBRE: Gracias a usted. Ya verá cuando lo enseñe en la oficina.

        (Llegamos a la orilla del muelle y escuchamos el chapoteo del agua.)

MARILYN: Yo solía pedir autógrafos. A veces lo hago todavía. El año pasado, Clark Gable estaba sentado junto a mí en Chasen´s y le pedí que me firmara la servilleta.

        (Apoyada en un poste de amarre, me daba el perfil: Galatea contemplando lejanías inexploradas. La brisa le acariciaba el pelo, y su cabeza se volvió hacia mí con etérea suavidad, como movida por el aire.)

TC: Pero ¿cuándo damos de comer a los pájaros? Yo también tengo hambre. Es tarde y no hemos almorzado.

MARILYN: Recuerdas que te dije que si alguien te preguntaba cómo era verdaderamente Marilyn Monroe…, bueno, ¿qué le contestarías? (Su tono era inoportuno, burlón, pero también grave: quería una respuesta sincera.) Apuesto a que dirías que soy una estúpida. Una sentimental.

TC: Por supuesto. Pero también diría…

        (La luz se iba. Marilyn parecía esfumarse con ella, mezclarse con el cielo y las nubes, disolverse a lo lejos. Quería elevar mi voz sobre los chillidos de las gaviotas y llamarla para que volviese: ¡Marilyn! ¿Por qué todo tuvo que acabar así, Marilyn? ¿Por qué la vida tiene que ser tan terrible?) 

TC: Diría…

MARILYN: No te oigo.

TC: Diría que eres una adorable criatura.»

                         Traducción de Benito Gómez Ibáñez.

                         Publicado por Editorial Anagrama.