Archive for the ‘Mario Benedetti’ Tag

YA NO… de Idea Vilariño

idea vilariño 02

Idea-Vilariño.-Poesía-completaLa poetisa Idea Vilariño fue una de las componentes de la Generación del 45 uruguaya, junto a otros grandes autores más conocidos como Emir Rodríguez Monegal, Mario Benedetti o, por supuesto, Juan Carlos Onetti, con quien mantuvo durante años una apasionada relación tras conocerse en 1950.

Cuatro años más tarde, Onetti le dedicaba Los adioses, una de sus mejores novelas, y en 1957, tras romper su relación, Idea le escribía el poema Ya no…, publicado en la colección Poemas de amor y que puede encontrarse actualmente en su Poesía completa (Lumen, 2008). Aquí os lo dejo.

YA NO…

Ya no seráIdea Vilariño

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme

nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

No llegaré a saber por qué

ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que eraidea-onn

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

Ya no soy más que yo

para siempre y tú

ya no serás para mí

más que tú.idea_fullscreen

Ya no estás

en un día futuro

no sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir.

 

Anuncios

JUDITH de Silvio Rodríguez

Creo que fue Mario Benedetti quien dijo que Silvio era el mejor poeta de su generación, un poeta que en lugar de publicar sus letras, las canta. Así que aquí está, a pelo, sin música y sin voz, porque a la gran poesía no le hacen falta, Judith, escrita en 1969 aunque incluida en el disco de 2006 Érase que se era. Para que en este nuevo año recuerdes que has de cuidar bien tus estrellas, y nunca perderlas.

JUDITH

No puedo dejarte de ver

arañando el silencio con tus ojos,

tratando de decir algo que las palabras

nunca hubieran dicho mejor.

Aquella mirada era el resumen

de la noche posado en tus ojos,

con su lluvia, su viento y tu miedo al mar

de aquel sueño que te conté.

No puedo dejarte de ver

describiendo una estrella descubierta por mí

en tu erótica constelación, que no cabe

en los mapas del cielo.

Tu mano, dibujando en el aire,

era capaz de ponerle color

al espacio vacío, que se llenaba

con la luz de la estrella brillante.

Cuida bien tus estrellas, mujer,

cuida bien tus estrellas.

No puedo dejar de decir

que hay idiomas perfectos por descubrir

y que son olvidados frecuentemente

en el tedio del tiempo. Y que hay que buscarlos,

porque los barcos y las piedras

tienen abecedarios mejores

para demostrar que son bellos sencillamente,

sin palabras o esquemas.

No puedo dejar de decir

que esta triste canción a tu lado oscurece,

que quizá éste sea el último misterio

que mirarán tus ojos nacer de mis manos.

Pues es tarde quizás para mí

y Caín me ha marcado sobre la frente.

Pero quiero alertarte de un gran peligro

y quisiera encenderte esta frase en la mente:

Cuida bien tus estrellas, mujer,

cuida bien tus estrellas

y que nunca las pierdas.

¡QUE EL 2011 SEA UN GRAN AÑO PARA TODOS!

Literatura con balón (1): EL FANTASISTA de Hernán Rivera Letelier

Aún con la futbolera resaca de la victoria en el mundial a cuestas, no es mal momento para rebatir el tópico según el cual literatura y fútbol nunca han hecho buenas migas. Afortunadamente muchos y buenos escritores se han encargado ya de llevar la contraria a los que siguen pensando que quien es capaz de apreciar una buena lectura no va a perder el tiempo viendo a unos tipos de corto disputándose un balón, e incluso algunos, como Nabokov o Camus (suya es la célebre frase “En una cancha de fútbol se juegan todos los dramas humanos”), no sólo apoyaron la pluma sobre el césped, sino que también hicieron sus pinitos en él, ambos como porteros.

        Ejemplos del cariño entre la literatura y el deporte rey los hay a montones. A bote pronto, y sin ser exhaustivo, los españoles Javier Marías, Manuel Vázquez Montalván, Gonzalo Suárez o José Luis Garci, el británico Nick Hornby, o los hispanoamericanos Mario Benedetti, Eduardo Galeano y Roberto Fontanarrosa, quien escribió algunos de los cuentos sobre fútbol (y sobre muchas otras cosas) más divertidos que uno haya leído. También entre los grandes, aunque quizá menos conocidos, están el chileno Hernán Rivera Letelier y su novela El Fantasista (2006), y el argentino Osvaldo Soriano, autor de un buen puñado de maravillosos relatos futboleros.

        El Fantasista cuenta la historia de la eterna rivalidad balompédica entre los pueblos vecinos de Coya Sur y de María Elena. A Coya Sur, cuyo equipo siempre pierde, llega cierto día un extraño personaje, acompañado de un balón y de una mujer tan extraña como él, llamado Expedito González y conocido por el sobrenombre de “Fantasista del balón”. El personaje en cuestión se dedica a ir de pueblo en pueblo realizando exhibiciones con su pelota, que parece formar parte de él, para ganarse unas monedas. Los vecinos del pueblo, ante tamaño talento futbolístico, ven en el visitante al salvador de su honor, e intentan convencerle para que se quede a disputar el gran y último partido contra sus vecinos. Pero el Fantasista, como todo personaje misterioso, lleva consigo un extraordinario secreto.

        Novela tragicómica, a caballo entre lo épico y lo cotidiano, El Fantasista, como gran parte de la literatura de su autor, guarda un enorme sentido religioso, identificando desde el principio la llegada del protagonista con la de un nuevo Jesucristo, un nuevo Mesías salvador y milagroso que les compense al fin por tantas penas deportivas, aunque también puede leerse como un western pampero, en el que el artista del balón vendría a ser el pistolero invencible que aparece para salvar a los lugareños, un Alan Ladd o un Clint Eastwood de rasgos chilenos.

“Todos coincidimos por igual cuando el Fantasista, con un dejo de amargura en su voz cavernosa, dijo que nadie podía decir lo que era el placer si nunca le hizo un gol olímpico al mejor arquero del año; que ninguno podía saber lo que era el júbilo más desatado si nunca gambeteó a tres rivales al hilo y anotó el gol del triunfo en los descuentos de una final del campeonato. Pero de igual modo, ningún cristiano conocía la derrota y la humillación más profunda si no caminó nunca hasta el fondo del arco a buscar la pelota después de hacer un autogol.

        Por último, rematamos todos de acuerdo: nadie había experimentado la angustia de sentirse solo en el universo, hasta haberse parado bajo los tres palos, esperando que lo fusilaran de un tiro penal en el último minuto de juego.

        Aquí hubo un instante de silencio. Un silencio profundo. Como si sobre el camposanto hubiese pasado un ángel con el dedo en los labios. Todos nos quedamos como ensimismados. El Fantasista entonces se incorporó y, en un gesto casi sacramental, se puso a acomodar la corona amorosamente en la cruz del mausoleo.”

              Publicada por Alfaguara.