Archive for the ‘Martin Scorsese’ Tag

MÁTALOS SUAVEMENTE de George V. Higgins

George V Higgins

La primera y más influyente novela de George V. Higgins, una obra maestra que dejó huella en el género negro titulada Los amigos de Eddie Coyle (The Friends of Eddie Coyle, 1970), ya pasó por aquí hace tiempo a raíz de la reseña de su adaptación cinematográfica titulada El confidente (1973), dirigida por Peter Yates y protagonizada por Robert Mitchum. Ahora le toca el turno a Mátalos suavemente (Cogan´s Trade, 1974), editada en España el año pasado aprovechando el tirón de la película de Andrew Dominik, con Brad Pitt a la cabeza de un reparto estelar. 

Killing-Them-Softly

Mátalos suavementeSin ser tan redonda como la primera de sus novelas, sobre todo por la ausencia de un personaje antológico como el entrañable Eddie Coyle, Mátalos suavemente es otra estupenda muestra del “estilo Higgins”: protagonismo absoluto de los delincuentes -en este caso ladrones de poca monta que se meten en un terreno controlado por mafiosos y asesinos profesionales-, a los que el autor muestra como personajes comunes con sus problemas cotidianos, y por encima de todo unos diálogos brillantísimos, realistas y a menudo desternillantes que admiten pocas comparaciones en el género, una montaña rusa que no da tregua al lector, que ocupa la mayor parte de la novela y que ha influido en un buen número de escritores posteriores. Leyendo a Higgins uno se da cuenta de a qué escuela fueron el Nicholas Pileggi que escribió junto a Scorsese Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) o los Price, Pelecanos, Lehane y compañía que crearon los portentosos diálogos de The Wire y varias magníficas novelas.

-Ay, amigo mío. ¿Conoces a Connie, mi mujer? Prepara un asado de cerdo buenísimo. Relleno, ¿sabes? Está buenísismo, en serio. La otra noche guisó cerdo asado. Por primera vez desde que he vuelto a casa. No me lo pude comer. Le dije: “Connie, no me des cerdo nunca más”. Pero antes me encantaba, le decía siempre que era su mejor plato, ella es una gran cocinera. Cocina muy bien, la verdad. Por eso está siempre tan gorda, joder: le gusta comer y le gusta cocinar y cocina de muerte y se lo come. Le dije: “Beicon, jamón, no me importa si sale de un cerdo. Pero no quiero cerdo asado. Me haces unas alubias, ¿vale? No me las pongas con cerdo. Las alubias me las comeré. El cerdo, no”. Y me fui al puesto de almejas del puerto y cené en el puto coche y eso que solo hacía un mes que volvía a comer con la familia, después de casi siete años en el trullo. Cené en el puesto del puerto. Una vez se jodieron las cosas, ¿te acuerdas, Frankie? Elegí al tipo equivocado, todos teníamos prisa, había que moverse, necesitábamos la pasta, lo de siempre, el tío lo hará bien y yo estaba peor que todos vosotros. Así que acepté y lo sabía, sabía que el tío no me convencía. No puedo explicar por qué, pero lo sabía, aquel era el tipo equivocado. Pero lo acepté igualmente. Y vaya si era el tipo equivocado, joder: me pasé casi siete años comiendo cerdo grasiento de mierda, casi todos los días, y mientras mis hijos crecían y mi negocio iba tirando, yo estaba en el talego. Y ahora no puedo volver atrás, ¿sabes? Ahora ya no puedo comer mi plato favorito por todo lo que me remueve. Conque de ahora en adelante me lo tomaré con calma, eso es lo que hay. Me la traen floja tú y tus problemas. Si podemos hacer algo grande, lo haremos. Si lo podemos hacer con garantías, sin cagarla, sin volver a pringar. Yo ya he comido el último cerdo asado de mi vida. Ya la he jodido por última vez. Llámame el jueves. El jueves lo sabré. Te lo diré.

Traducción de Magdalena Palmer.

Publicada por Libros del Asteroide.

 

EL LADRÓN DE CADÁVERES (1945) de Robert Wise

Las películas producidas por Val Lewton para la RKO (alguna ya ha aparecido por aquí) merecen un capítulo aparte en la historia del cine norteamericano, y de hecho Martin Scorsese les dedicó un libro que, si no me equivoco, aún no conoce traducción al español. Ya estuviera Jacques Tourneur, Mark Robson o Robert Wise tras la cámara, el inconfundible sello Lewton era su auténtico toque de distinción, a veces incluso colaborando en el guión, como en El ladrón de cadáveres (The Body Snatcher), una de las imperecederas joyas de la corona, adaptación con muchas variantes del relato corto de Robert Louis Stevenson Los ladrones de cadáveres (The Body Snatchers).

        Todo lo que me encantó la primera vez que la vi hace ya tantos años sigue ahí tras volver a ella una y otra vez, la misma ambientación de un Edimburgo gótico envuelto en sombras marca de la casa, el mismo careto ominoso de Boris Karloff en su mejor presencia en el cine, la misma atmósfera de cuento escuchado al calor del hogar. La sucesión de escenas de antología es difícil de olvidar: la aparición de la sombra del cochero John Gray en el cementerio, matando con una pala al perro que guarda la tumba de su amo antes de desenterrar el cuerpo; Gray obligando al doctor MacFarlane a mirar su rostro en el espejo de la taberna, componiendo las dos caras de un mismo Dorian Gray, la que acumuló los pecados y la que salió indemne; el enfrentamiento entre Karloff y Bela Lugosi (el criado de MacFarlane), un guiño para los mitómanos, un fragmento que no aparece en el relato original; la chica ciega que pide limosna cantando y que se aleja en la noche hasta desaparecer entre las sombras, seguida por el coche de Gray y el sonido de los cascos de su caballo, motivo recurrente durante todo el film para anunciar la llegada de la maldad; el cuerpo muerto y desnudo de Gray, difuminado como un fantasma, abrazándose a un MacFarlane incapaz de librarse de su recuerdo…

        Imposible dar más en apenas hora y cuarto de película. Si damos algún crédito al tópico, en esta ocasión viene como anillo al dedo: ya no se hacen películas como ésta.

              Editada en DVD por Manga Films.

LA VIDA FÁCIL de Richard Price

Sabiendo que escribió para Scorsese El color del dinero (The color of money, 1986), basada en la novela de Walter Tevis, y que es uno de los guionistas de la serie The Wire (2002), Richard Price no necesitaría más cartas de presentación. Pero, por si fuera poco, Price es también el autor de unas cuantas magníficas novelas que demuestran que es uno de los grandes cronistas norteamericanos: The wanderers (1974), llevada al cine por Philip Kaufman en 1979; Clockers (1992), adaptada por Spike Lee en 1995; o El samaritano (Samaritan, 2003).

        La última de ellas es La vida fácil (Lush life, 2008), aunque más que una novela parece una serie de televisión escrita a la espera de que alguien la lleve a la pantalla: quien se decida tiene ya la mitad del trabajo hecho. De estructura absolutamente cinematográfica, dividida en escenas en las que cada uno de los personajes cobra protagonismo, con las justas y breves descripciones para introducir lugares y personajes, La vida fácil es una fiesta para los amantes de los grandes diálogos, que aquí suenan veraces y trepidantes como pocas veces.  Renunciando casi totalmente al misterio y a la acción típicos del género policiaco, Price se apoya en ellos para mostrar cómo el asesinato de un joven afecta a las vidas de todos los implicados, desde los encargados de investigar el caso hasta el propio asesino, pasando por familiares y testigos, y para dibujar el día a día de un barrio conflictivo de Nueva York y sus habitantes, personajes secundarios imprescindibles.

        Si The Wire te gustó, La vida fácil es tu novela. Y, ya de paso, si no has visto The Wire, ¿a qué esperas?

        “-Permíteme que te aclare una cosa. Esto de aquí no consiste en investigar tu siguiente papel. Es un empleo. De hecho, estamos pagándote. Y voy a aclararte otra cosa. Es proactivo. Los clientes no van a un bar por las copas, van por el camarero. Cualquier camarero medianamente aceptable lo sabe; tú en cambio te plantas ahí, contestas a todo con monosílabos, eh, ah, ya, sí, no, bien. Contigo los clientes se sienten como perdedores, como si fueran tu castigo impuesto por un Dios envidioso o algo por el estilo. ¿Ves a Cleveland? -Señalando al del pelo rasta, ahora en el otro extremo de la barra-. Ese prepara un martini como si tuviera garfios en vez de manos, pero, te lo aseguro, como camarero te da mil vueltas porque se lo curra. Con él, todos son parroquianos, y nunca para quieto, nunca actúa como si este bolo fuera una etapa degradante en el vía crucis hacia el Premio Obie. En serio, viéndoos a los dos aquí esta noche…es como tener delante a un torbellino y un estafermo. Y, para serte sincero, a pesar del gentío que hay, preferiría pagarte el finiquito ahora mismo, dejarlo a él solo en la barra, o traer a uno de los camareros de mesa o incluso ponerme yo a atender, antes que dejarte seguir ni diez minutos más con ese rollo de “preferiría estar en los ensayos”. ¿Me has oído?”

             Traducción de Carlos Milla Soler.

             Publicada por Mondadori.

AL ROJO VIVO (1949) de Raoul Walsh

Para algunos será la trilogía de El Padrino (The Godfather, 1972/74/90) de Coppola; para otros Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) de Scorsese; los más clásicos seguirán pensando que Scarface, el terror del hampa (Scarface, shame of a nation, 1932) de Hawks aún no ha sido superada. Para mí la mejor película de gángsters es Al rojo vivo (White heat), la historia de Cody Jarrett buscando por todos los medios la cima del mundo. Prohibido pestañear.

        En el film de Walsh no hay montajes paralelos, ni tiroteos coreografiados, ni lecturas shakesperianas ni planos congelados. El personaje principal no es un moderno Robin Hood, ni un tipo abocado al crimen por las circunstancias, ni un héroe de vuelta de todo con un halo romántico. Tampoco hay aquí moralina barata, ni mensaje a los ciudadanos honrados para que confíen en que la policía siempre gana a los malos. Y, desde luego, no hay asomo de típica historia de amor metida con calzador. En Al rojo vivo hay una banda de asesinos y atracadores al mando de un chalado enfermo, un niño con una pistola, dependiente de una madre tan despiadada como él, y casado con una Virginia Mayo que ronca y que se la pega con otro de la banda que aspira a ser el jefe. Cadáveres y traiciones a la orden del día. Y al otro lado los polis (Edmond O´Brien, enorme como siempre), que intentan por todos los medios borrar a Jarrett y a su banda del mapa. Muerto el perro se acabó la rabia. No hay más. Violenta, trepidante, y sin concesiones para la galería, Al rojo vivo abre nuevos caminos que pronto transitarán, entre otros, Robert Aldrich o Don Siegel. 

        Y aunque el guión, el montaje y el ritmo son absolutamente redondos, la película está en deuda con Cagney, dueño y señor de la función. Cagney metiéndole cuatro balazos al maletero de un coche, mientras se come una pata de pollo, porque dentro hay un tipo al que le falta el aire (¿se basaría Scorsese en esta escena para el inicio de Uno de los nuestros?); su careto y su mirada tras una puerta entreabierta, a punto de liquidar al traidor Ed; y, cómo no, Cagney gritando por fin: “¡Lo conseguí, Ma! ¡La cima del mundo!” antes de saltar por los aires, en uno de los mejores finales que se hayan visto.

        Cody Jarrett consigue, finalmente, alcanzar la cima del mundo -aunque no precisamente la que buscaba-, y Walsh, con esta película, la cima del cine.

              Editada en DVD por Warner.

EL LARGO DÍA ACABA (1992) de Terence Davies

Adaptador de John Kennedy Toole en La biblia de neón (The neon bible, 19l_58857_0104753_77a860f495) y de Edith Warthon en La casa de la alegría (The house of mirth, 2000) -que me gusta mucho más que La edad de la inocencia (The age of innocence, 1993) de Martin Scorsese, también adaptación de Warthon, con la que fue comparada en su momento- Terence Davies comenzó a ganarse su prestigio con su segunda película, Voces distantes (Distant voices, still lives, 1988), y al tercer intento logró la que para mí es su mejor película, El largo día acaba (The long day closes), que más que un film con un argumento propiamente dicho es un álbum de fotos en movimiento, una memoria nostálgica en imágenes.

        La película muestra el día a día de una familia de clase obrera en los años 50 a través de los ojos de Bud, el miembro más joven. Siempre desde el recuerdo de una época y una forma de vida que ya no existen -en la escena de la fiesta en la calle, Davies incluso recupera la voz en off de Orson Welles en El cuarto mandamiento (The magnificient Ambersons, 1942) para reflejar esa pérdida-, vamos asistiendo a su educación en una escuela estrictamente religiosa, a la estrecha relación con su madre, a su impaciencia por poder hacer las mismas cosas que los adultos, y a su amor por el cine, como un mundo fantástico tan lejano de su realidad, y por las canciones populares, tan presentes en las voces de los personajes que en parte convierten la película en un extraordinario musical.

         Con sus extraordinarios decorados y sus encuadres magistralmente iluminados y planificados, El largo día acaba es una maravillosa ventana abierta al pasado y una de las grandes obras sobre el mundo de la infancia.

                  Editada en DVD por Cameo.

EL PROFESOR CHIFLADO (1963) de Jerry Lewis

La novela de Robert Louis Stevenson El extraño caso del Dr.Jekyll y nuttyprofessorMr.Hyde (The strange case of Dr.Jekyll and Mr.Hyde, 1886) ha sido llevada al cine de manera más o menos fiel en incontables ocasiones. Quizá las dos adaptaciones más populares y literales sean El hombre y el monstruo (Dr.Jekyll and Mr.Hyde, 1932) de Rouben Mamoulian, con la que Fredric March consiguió el Oscar por su doble interpretación, y El extraño caso del Dr.Jekyll y Mr.Hyde (Dr.Jekyll and Mr.Hyde, 1941) de Victor Fleming, con Spencer Tracy de protagonista.

        Jerry Lewis formó junto a Dean Martin una de las más famosas parejas cómicas del cine durante los años 40 y 50. Una vez separado el dúo, Lewis siguió interpretando varias magníficas comedias en las que sus gags suplían la casi total ausencia de argumento, como Lío en los grandes almacenes (Who´s minding the store?, 1963) y Caso clínico en la clínica (The disorderly orderly, 1964), ambas dirigidas por Frank Tashlin, y además comenzó a realizar sus propias películas, debutando en 1960 con El botones (The bellboy), donde plasma más que nunca la herencia recibida del cine cómico mudo.

        En 1963 los caminos de Lewis y Stevenson se cruzan, y el resultado es El profesor chiflado (The nutty professor), una de las comedias más absolutamente delirantes del cine norteamericano, escrita, junto a Bill Richmond, por el propio Lewis. El Jekyll de Stevenson adopta aquí los rasgos del profesor Julius Kelp, desgarbado, patoso y feo como el demonio, quien harto de intentar cambiar su aspecto por los métodos tradicionales (la escena del gimnasio no tiene desperdicio) creará una pócima que logre transformarle. Así nace el seductor Buddy Love (ojito con el nombre), personaje antológico, parodia al parecer de Dean Martin, que protagoniza los mejores momentos de la película.

        Varios años más tarde Jerry Lewis demostraría que no sólo era un gran actor y director de comedias revalorizadas con el paso del tiempo, sino que también podía dar la talla como actor dramático protagonizando, junto a Robert De Niro, el film de Martin Scorsese  El rey de la comedia (The king of comedy, 1983).

            Editada en DVD por Paramount (las tomas falsas son tan divertidas como la película).