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KOKORO de Natsume Soseki

Natsume-Soseki

7415847Kokoro (1914) -en japonés, «corazón», en su sentido espiritual- es generalmente considerada la obra capital de Natsume Soseki, uno de los padres de la novela moderna japonesa y principal figura de la generación anterior a los Akutagawa, Tanizaki o Kawabata, la que vivió durante la era Meiji, época de grandes cambios en el país nipón y de apertura a Occidente.

Ambientada a finales de la citada era, la novela nos cuenta la relación entre un estudiante y un maduro, misántropo y acomodado intelectual que vive sin trabajar, prácticamente recluido en casa junto a su esposa. Las continuas visitas del joven al hogar del matrimonio y la admiración sincera que siente por aquel al que denomina sensei -personaje que se me antoja casi pessoano– conseguirán que el hombre se abra a una especie de amistad paternofilial y que acabe confesándole la razón de su aislamiento y su renuncia a la sociedad, el secreto que lleva años amargándolo y que ni siquiera su mujer conoce.

Novela de personajes sin nombre, de estilo sencillo y depurado como pocas incluso en la literatura japonesa, Kokoro está dividida en tres partes: las dos primeras, narradas por el joven estudiante; la tercera, por sensei. Esta última, a modo de confesión, nos traslada a la época universitaria del narrador, cuando conoció a la que acabaría siendo su esposa, y a su amistad con un compañero de estudios al que denomina K -curioso que Franz Kafka escribiera El proceso El castillo más o menos en la época en que se publicó la novela de Soseki- y que se revela como figura central del drama. De la relación entre K y sensei en el pasado y la de este con su pupilo en el presente, paralelas en cierto modo, se servirá Soseki para componer un texto bellísimo acerca de la vida, la muerte, el amor y, sobre todo, la culpa y la incapacidad de perdonarnos a nosotros mismos.

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¿Te acuerdas? A menudo, me planteabas discusiones sobre ideas contemporáneas. Te acordarás de cuál era mi actitud. No es que desdeñara tus opiniones, más bien nunca les daba importancia. Tus ideas no estaban apoyadas en nada; además, eras demasiado joven para tener un pasado propio. De vez en cuando me reía, y tú ponías cara de disgusto en muchas ocasiones. Al final, insististe en que te contara mi pasado como si desplegara un rollo de pintura. Fue entonces cuando por primera vez sentí en mi corazón respeto hacia ti. Mostraste la decisión de sacar algo de mis entrañas, de absorber la sangre caliente que brotaba de mi corazón. Entonces, yo aún estaba vivo y no quería morirme. Así que prometí acceder a tu deseo otro día y me quité de encima por ese instante tu petición. Ahora sí; ahora, voy a intentar abrirme yo mismo el corazón y verter su sangre en tu cara. S con ella puedes concebir una vida nueva en tu pecho, una vez que haya cesado el latido del mío, estaré contento.

Traducción de Carlos Rubio para Editorial Gredos.

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Que yo sepa, Kokoro ha conocido hasta hoy dos adaptaciones al cine, homónimas ambas. No he tenido ocasión de ver la segunda, de 1973, dirigida por Kaneto Shindô; pero, por lo que leído sobre ella, al parecer solo adapta la tercera parte de la novela. La primera adaptación, de 1955, protagonizada por Masayuki Mori, la dirigió Kon Ichikawa con una puesta en escena más contenida y austera que otros films suyos posteriores y más conocidos, correspondiendo al tono del original literario, al que es muy fiel a pesar de darles nombre a los personajes y otorgar mayor protagonismo a la esposa de sensei, interpretada maravillosamente por Michiyo Aratama.

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NUBES FLOTANTES (1955) de Mikio Naruse

Las grandes filmografías de Ozu, Mizoguchi y Kurosawa han conseguido que el cine japonés goce de un merecidísimo prestigio internacional, pero también han logrado sin pretenderlo eclipsar la obra de otros grandes cineastas nipones clásicos, decisiva para que algunos aficionados al cine consideremos a la cinematografía japonesa entre las más importantes.

        Mikio Naruse suele ser considerado el cuarto en discordia, e incluso los que no acaban de comulgar con el cine occidentalizado de Kurosawa opinan que Naruse debería ocupar su lugar en el triunvirato. Dejando de lado los gustos de cada cual y las controversias a menudo apasionantes pero que no suelen llevar a nada (algún día aparecerá por aquí Masaki Kobayashi, y entonces a ver en qué lugar colocamos a esa otra bestia cinematográfica), las películas que conozco de Naruse me lo sitúan más cercano a Ozu que a los otros dos grandes, tanto en la manera de filmar, sin grandes movimientos de cámara y otorgando todo el protagonismo a los actores y sus personajes, como al contar de manera realista historias del Japón de su época, aunque con un mayor pesimismo y sin el humor y la inocencia que a menudo aparecen en el cine de Ozu.

        Nubes flotantes (Ukigumo), una de sus obras maestras y una manera inmejorable de adentrarse en la filmografía de Naruse, cuenta la relación a lo largo de los años de la joven Yukiko (Hideo Takamine) con el maduro hombre casado Tomioka (el gran actor Masayuki Mori, impresionante su duelo interpretativo con Toshiro Mifune en Rashomon (1950) de Kurosawa) desde que se conocen durante la guerra. Naruse nos muestra sus encuentros y separaciones, sus relaciones paralelas, la pobreza y la riqueza que ambos conocen, el odio y el desprecio que a menudo siente Yukiko por Tomioka, y la invencible convicción de que ambos se aman y se necesitan por encima de todo. De manera siempre serena, sin recurrir a estridencias melodramáticas ni a fáciles sentimentalismos, sin ni siquiera buscar esos dos o tres momentos álgidos que destaquen del conjunto, Nubes flotantes me parece una de las historias trágicas de amor más hermosas, enfermizas y apasionadas que nos haya dejado el cine.

                Editada en DVD por Filmax.