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LA NOSTALGIA YA NO ES LO QUE ERA. Memorias de Simone Signoret

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Cuando se cuenta, se usurpa la memoria de los otros. Por el solo hecho de estar ahí, se les roba su memoria, sus recuerdos, sus nostalgias, sus verdades.

Cuando digo «nosotros» he tomado posesión. Pero solo para el relato. Mi memoria o mi nostalgia me han hecho tejer hilos. Pero no forjar cadenas.

9788494405426En este 2021 que se acaba se cumplen cien años del nacimiento de la gran Simone Signoret. Para recordarla, nada mejor que volver a ver las obras maestras en que participó o descubrir buenas películas hoy muy olvidadas, como, por ejemplo, Dédée d’Anvers (1948), dirigida por Yves Allégret, primer marido de la actriz, o Les sorcières de Salem (1957), de Raymond Rouleau, en la que Jean-Paul Sartre adaptaba la obra de teatro de Arthur Miller. Una vez hechos los deberes más urgentes, es también más que  recomendable leer sus memorias, La nostalgia ya no es lo que era (La Nostalgie n’est plus ce qu’elle était, 1976), precioso título tomado, como se explica en el libro, de un grafiti leído en una pared en Nueva York.

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Los recuerdos de este mito del cine y la cultura europeos, guiados por las preguntas del escritor Maurice Pons, repasan, por un lado, buena parte de su carrera teatral y cinematográfica, deteniéndose especialmente en aquellos proyectos que le fueron más queridos o más difíciles, en su relación con cineastas como el citado Allégret, Jacques Becker, Jack Clayton, Jean-Pierre Melville, Chris Marker o Costa-Gavras y en su estancia en Hollywood como acompañante de su segundo marido y gran amor de su vida, Yves Montand, contratado para protagonizar junto a Marilyn Monroe El multimillonario (Let’s Make Love, 1960), de George Cukor. Precisamente, la amistad del matrimonio francés con Marilyn y Arthur Miller, de los que eran vecinos, el problemático carácter de la actriz norteamericana y la polémica sobre su romance con Montand protagonizan varias de las anécdotas más jugosas del libro.

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Por otro lado, como no podía ser de otro modo tratándose de dos figuras tan comprometidas, buena parte de estas memorias está dedicada a la postura adoptada por Signoret y Montand ante los numerosos movimientos sociales y hechos históricos y políticos ocurridos a lo largo de sus vidas. Desde la ocupación de Francia por los nazis, durante la juventud de la actriz, hasta mayo del 68 o la dictadura de Pinochet, pasando por su actitud cada vez más crítica contra el comunismo -impagable el fragmento en que ambos asisten a una cena privada con la cúpula del Kremlin, Kruschev a la cabeza, tras la intervención soviética en Hungría (1956)-, al que, contrariamente a lo que de manera general se creyó, nunca se afiliaron, muchos de los grandes sucesos que marcaron el siglo XX desfilan, vividos en primera persona, por sus páginas sin desperdicio, repletas de inteligencia y sensibilidad.

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En Hollywood, en 1964, tenía a veces mis sábados de lujo. Me hacía conducir a Leona Drive, en la colina. Llamaba a una puerta y me asombraba más que si hubiera llamado en casa de Greta Garbo: era Jean Renoir quien la abría. Entraba en un salón de la provincia francesa, a veces había renoirs en las paredes, a veces no, si habían sido prestados para alguna exposición o puestos en lugar seguro cuando Dido o Jean Renoir partían de viaje. En un armario empotrado había un proyector de 16 milímetros, un poco descacharrado, pero con un buen destornillador salíamos del paso, y en otro armario guardaba una pequeña pantalla portátil, y todavía en otro armario carretes de películas. Entonces, en las colinas de la capital del cine, con Jean Renoir y Dido Renoir como operadores, me regalaba contemplando Le crime de M. Lange. En la pantalla desfilaba todo el mundo, el del Flore, que desde hacía treinta años, al menos, no había vuelto a encontrar. Aquel mundo ya decía, entonces, las palabras de Jacques Prévert. Estaba también Sylvain Itkine que años después moriría bajo las torturas infligidas tal vez por un soberbio muchacho rubio que lucía un brazal con la cruz gamada, como el muchacho que aparecía en el último plano de Ship of fools.

Traducción de Ana Cristina del Río para Torres de Papel.

MEMORIAS DE ÁFRICA de Isak Dinesen

Aunque yo sé una canción sobre África -pensaba-, de la jirafa y de la luna nueva africana tendida de espaldas, de los arados en los campos y de los rostros sudorosos de los recolectores de café, ¿sabrá África una canción sobre mí? ¿Vibrará el aire en la llanura con un color que yo he llevado, o los niños inventarán un juego en el cual esté mi nombre, la luna llena proyectará una sombra sobre la grava del camino que era como yo, o me buscarán las águilas de Ngong?

Nos contó sobre un príncipe que salía de noche disfrazado de mendigo, sobre una anciana lapona capaz de transformarse en halcón, sobre un inigualable banquete francés en tierras danesas o sobre un rico comerciante que jugó a ser Dios dando vida a una leyenda. Escribió historias que recuperan la tradición oral, de las que comienzan «Érase una vez…», de las que uno espera que acepten variaciones a lo largo del tiempo, de las que nos gustaría escuchar junto al fuego en noches de invierno.

En Memorias de África (Out of Africa, 1937), Isak Dinesen nos habló con nostalgia sobre sus años pasados en una granja, al pie de las colinas de Ngong. Todo, en principio, real; nada, en principio, ficticio. Pero la voz con que nos llegan sus recuerdos es la misma con que lo hace su imaginación, el mismo susurro con que, en sus otros libros, nos leyó mil y un cuentos maravillosos. Y, aunque se centre en una relación sentimental, la de la autora con el cazador Denys Finch-Hatton, que al parecer existió pero que en el libro ni se insinúa, mucho de ese susurro, de esa ensoñación, queda en la bellísima y libérrima adaptación al cine que realizó Sidney Pollack. Érase una vez… en África.

Había un rasgo en el carácter de Denys que para mí lo hacía especialmente precioso, y era que le gustaba que le contaran historias. Porque yo siempre he pensado que hubiera destacado en Florencia durante la peste. Las costumbres han cambiado y el arte de escuchar un relato se ha perdido en Europa. Los nativos de África, que no saben leer, lo siguen teniendo; si empiezas a contarles: «Una vez un hombre caminaba por las praderas y se encontró con otro hombre», estarán pendientes de ti, sus mentes seguirán a los dos hombres de la pradera por sus sendas desconocidas. Pero los blancos, aunque piensen que deben hacerlo, son incapaces de escuchar un relato. Si no se ponen intranquilos y recuerdan cosas que deberían estar haciendo, se quedan dormidos. Esa misma gente os puede pedir algo para leer y se pueden sentar absortos durante toda una noche con cualquier cosa impresa que les des, hasta un discurso. Están acostumbrados a recibir sus impresiones a través de los ojos.

Denys, que vivía principalmente a través del oído, prefería escuchar un cuento a leerlo; cuando llegaba a la granja me preguntaba:

-¿Tienes algún cuento?

Durante sus ausencia yo preparaba muchos. Por las noches se ponía cómodo tendiendo cojines hasta formar como un sofá junto al fuego y yo me sentaba en el suelo, las piernas cruzadas como la propia Scherezade, y él escuchaba, atento, un largo cuento desde el principio hasta el fin. Llevaba mejor la cuenta que yo misma y ante la dramática aparición de uno de los personajes, me paraba para decirme:

-Ese hombre murió al principio de la historia, pero no te preocupes.

Traducción de Barbara McShane y Javier Alfaya para Alfaguara.