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A CABALLO DE UN TIGRE (1961) de Luigi Comencini

MV5BY2Y0NDMxYTktNTI2OS00YTNhLThkNzUtZDMzMWVmMjc3ZDA2XkEyXkFqcGdeQXVyMzU0NzkwMDg@._V1_Un año después de estrenar la que a menudo se considera su película más redonda, Todos a casa (Tutti a casa, 1960), Comencini siguió en el terreno de la comedia, pero pasándose al lado más salvaje, con A caballo de un tigre (A cavallo della tigre), posiblemente una de las muestras del género más desmelenadas, cínicas, malvadas y, por supuesto, divertidas no solo de su filmografía, sino de todo el cine italiano, cien minutos de desmadre absoluto que apenas si conceden un instante de respiro al espectador para que vuelva a encajarse la mandíbula. Crítica feroz, neorrealismo convertido en astracanada elevada a la máxima potencia, caricatura esperpéntica de la sociedad, en ocasiones cercana al cómic, que uno se imagina influyendo en alguna película de Joel Coen, como Arizona Baby (Raising Arizona, 1987) u O Brother! (O Brother, Where Art Thou?, 2000).

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La historia que nos cuenta es la de Giacinto Rossi (Nino Manfredi), un tipo de pocas luces condenado a tres años de prisión por simular que lo agraden y le roban la recaudación de la compañía para la que trabaja, cuando lo que pretende es quedársela. Tras cumplir la mayor parte de su condena y con la posibilidad de que le rebajen la pena, tiene la desgracia de que tres de los más peligrosos presos, el «Ratón» (Raymond Bussières), Papaleo (Gian Maria Volonté) y Tagliabue (Mario Adorf), lo involucren a la fuerza en su plan para escapar de la cárcel.

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Junto al propio Comencini, nada menos que Agenore Incrocci, Furio Scarpelli y Mario Monicelli para escribir un guion en el que la ternura, tantas veces presente en la comedia italiana, aparece a cuentagotas, con momentos descarnados poco recomendables para los amantes de lo políticamente correcto y una cruel moraleja que nos avisa de que probablemente lo peor de la sociedad no esté dentro de la prisión, sino fuera de ella. Y en el centro del delirio, un personaje antológico llamado Giacinto Rossi, un pobre imbécil que paga con creces intentar pasarse de listo con el que Nino Manfredi, desde su presentación en la secuencia en que finge el robo, absolutamente descacharrante, nos regala una de esas interpretaciones fuoriclasse, más allá de cualquier elogio.

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YO LA CONOCÍA BIEN (1965) de Antonio Pietrangeli

Es probable que el lector recuerde alguna película cuyo brillante final le haya hecho reflexionar y replantearse lo que hasta entonces había pasado ante sus ojos sin pena ni gloria. Por desgracia, en muchas de esas ocasiones nos quedamos sin poner el 1 o ni tan siquiera la X en nuestra quiniela cinéfila particular, y ahí se queda el 2 equivalente a que el inesperado desenlace no compensa el tedio a que nos han sometido. No es el caso, en absoluto, de Yo la conocía bien (Io la conoscevo bene), cuyo último acto no solo es grandioso, de lo mejor que recuerdo, sino que consigue sin esfuerzo que lo visto hasta ese momento levante el vuelo hasta convencernos de que posiblemente no había otra forma mejor de contarlo para que el final lograra impactar como lo hace. Un enorme 1 que apenas si cabe en la casilla.

Durante aproximadamente una hora del film de Pietrangeli, asistimos a las andanzas de Adriana (gloria por siempre a Stefania Sandrelli), una hermosa muchacha que aspira a ser actriz, aunque no parece que tenga ni demasiada ambición ni excesiva prisa por conseguirlo. Mientras tanto, deambula de trabajo en trabajo, toma el sol, baila, se divierte o eso parece y se entrega sin reparos a hombres que la tratan como a un objeto e incluso la humillan, con la excepción del boxeador, tan derrotado como ella, al que da vida Mario Adorf. Pero Adriana y su mirada lánguida y su sonrisa permanecen impermeables a todo, como si nada las afectara, como si fueran el ejemplo perfecto de aquello que dijo Chéjov sobre las personas que pasan de largo por su propia vida.

Hasta aquí, parece que tanto la dirección como el guion del propio Pietrangeli, Ruggero Maccari y Ettore Scola quisieran no solo discurrir de la mano de su protagonista y reflejar su forma de ser, sino incluso identificarse con ella, como si nada vibrara especialmente en ellos. Pero a partir de cierto punto algo hace click y el tono cambia y las antenas del espectador comienzan a vibrar. Me refiero a la escena en que el maduro escritor de vuelta de todo con el que acaba de acostarse (Joachim Fuchsberger) le habla de una chica ficticia llamada Milena y Adriana se da cuenta de que la está describiendo a ella. «¿Soy así? ¿Una especie de… deficiente?», le pregunta. «No, al contrario. Quizás seas la más sabia de todos», responde el escritor mientras le acaricia el cabello como a una criatura abandonada.

Tras este precioso momento, la terrible secuencia de la fiesta -cómo sabía el mejor cine italiano poner el dedo en la llaga sirviéndose del humor a modo de envoltorio para regalo-, en que un veterano actor venido a menos (Ugo Tognazzi) acepta convertirse en un bufón para mendigar un papel; la demoledora escena en que la pobre Adriana ve en un cine la entrevista que la deja en ridículo, y la que muestra el trayecto en coche hacia su casa mientras escuchamos, en la voz de Gilbert Bécaud, la maravillosa canción Toi confirman el cambio de tono al que aludía y nos llevan sin concesiones a tener que enfrentarnos con la desconcertante mirada de Adriana y hacia un final estremecedor que nos explota en la cara y que, en opinión muy personal, pertenece a la historia del cine con mayúsculas. Pura emoción.

Mención aparte para esa enorme actriz, tantas veces despachada sin miramientos como poco más que un símbolo sexual, llamada Stefania Sandrelli, que nos regala una de las interpretaciones más naturales que he visto, hasta el punto de no parecer que esté actuando. Aquí comparte escenas, además de con los ya citados, con Franco Nero, Nino Manfredi o Franco Fabrizi; pero ella es la película. Su infeliz Adriana, esa mujer que parece no pretender nada, capaz de bailar con el adolescente Luciano sin darse cuenta de que su sexualidad lo abruma, iluminada en toda su inocencia por la fotografía de Armando Nannuzzi, protagonista involuntaria de una gran mascarada que se deshace de su peluca y su maquillaje tras caer el telón y apagarse las luces, es la cara más absoluta y cruel del fracaso, y de la soledad que este conlleva, ante una sociedad despiadada; una muñeca rota a la que, en realidad, nadie conocía bien. Volviendo a Chéjov, «solo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo».