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EL ALTAR DE LOS MUERTOS de Henry James / LA HABITACIÓN VERDE (1978) de François Truffaut

El altar de los muertos (The Altar of the Dead, 1895) es uno de los más singulares relatos escritos por Henry James. Su protagonista, George Stransom, levanta un santuario, al que dedicará su vida, para recordar a sus difuntos, en especial a su prometida, fallecida poco antes de la boda. Es un cuento tristísimo sobre el amor eterno, la lealtad y la soledad, y también, en cierto modo, una historia de fantasmas de las que tanto gustaba el autor. Un fragmento:

        “Es posible que él no hubiese padecido más pérdidas que la mayoría de los hombres, pero había recontado más sus pérdidas; no había visto más de cerca a la muerte, pero la había sentido, en cierto modo, más hondamente. Poco a poco había adquirido el hábito de enumerar sus Muertos: desde muy temprano en su vida se le había ocurrido que uno tiene que hacer algo por ellos. Estaban presentes en su esencia intensificada y simplificada, en su ausencia perceptible y en su paciencia expresiva, estaban presentes de un modo tan palpable como si lo único que les hubiese sucedido fuese que se hubiesen quedado mudos. Cuando se disipaba toda impresión de sentirlos y cesaba todo ruido de ellos, no parecía sino que realmente su purgatorio se encontrase en la tierra; era tan poco lo que ellos pedían, que obtenían, pobrecillos, aún menos, y volvían a morirse -se morían todos los días- por el duro trato que la vida les dispensaba. No les tenían organizado un servicio, no tenían lugar reservado, ningún honor, cobijo ni seguridad. Hasta las gentes menos generosas proveían para los vivos, pero ni tan siquiera aquéllos que eran considerados generosísimos hacían nada por los Otros. Por eso, pues, en George Stransom había ido fortaleciéndose con los años la premeditación de que por lo menos él mismo sí haría algo, vale decir, lo haría por los suyos, llevando a cabo esta gran caridad irreprochablemente. Cada hombre tenía los suyos, y cada hombre disponía, para cumplir con esta caridad, de los amplios recursos del alma.”

              Traducción de Fernando Jadraque.

              Publicado por Valdemar.

        Con la inestimable ayuda de la impresionante fotografía de Néstor Almendros, François Truffaut dirigió y protagonizó la adaptación del relato, titulada La habitación verde (La chambre verte), uno de sus trabajos menos conocidos, con menos éxito y más personales, lírico y, por qué no, romántico, pero también malsano y enfermizo; un poema arrancado de entre los muertos sin tramas hitchcockianas que nos lo hagan más llevadero; una película en carne viva que apesta a muerte por los cuatro costados.

             Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.

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VIVIR SU VIDA (1962) de Jean-Luc Godard

A sus escandalosas opiniones sobre cualquier tema que se le plantee ha añadido ahora Godard el plante al festival de Cannes el día del estreno de su última película: más material inflamable para los debates entre quienes le aman y quienes le detestan. Godard, octogenario y aún en plena forma.

        Particularmente, algunas de sus películas me parecen muy apropiadas para curar el insomnio. Ni buenas ni malas, simplemente películas-godard, que parecen realizadas para su propio disfrute y que son casi un género en sí mismas. Por otro lado, desde que la vi en el cine Casablanca de Barcelona hace unos veinte años, Al final de la escapada sigue estando en la lista de mis películas preferidas, lo cual me parece razón suficiente para situarme más cerca de sus defensores que de sus detractores.

         Sentada a la derecha de Al final de la escapada está Vivir su vida (Vivre sa vie), quizás el film más triste, duro y realista de Godard, a ratos casi un documental de original y literaria estructura. Para contarnos la historia de Nana (Anna Karina), la muchacha que deja su trabajo en una tienda de discos para hacerse prostituta, Godard, como no podía ser menos, no renuncia a ningún recurso a su alcance, por extraño y poco cinematográfico que parezca. Lo mismo inicia el film con un diálogo en el que los personajes dan la espalda a la cámara (como tantas veces ocurre en la vida real), como lo termina con uno de los finales más abruptos que se hayan visto: sobran las palabras, la muerte de Nana es una más de las muchas que ocurren todos los días, apenas un par de frases en la prensa del día siguiente.

        Por el camino, las calles de la ciudad abriendo sus bares, sus habitaciones en hoteles baratos, sus cines con los últimos estrenos…, Nana bailando sola la canción que ha puesto en la máquina de un bar (y que anticipa el extraordinario baile de los protagonistas de Banda aparte (Bande à part, 1964), otra de las grandes películas del cineasta) o manteniendo un improbable diálogo sobre la vida con un filósofo, la lectura del relato de Edgar Allan Poe El retrato oval por la voz en off del propio Godard, mientras la cámara de Raoul Coutard se enamora, en un extenso primer plano, del rostro de Anna Karina (por entonces, esposa de Godard, lo que hace que la elección de ese relato no tenga nada de casual)…Y, sobre todo, esa escena inolvidable en que Godard rinde homenaje a Dreyer: Nana entra en un cine en el que se proyecta La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne D´Arc, 1928), y mientras se nos muestra el fragmento del film en el que Juana es condenada a la hoguera y acepta la muerte como una liberación, Godard establece un paralelismo entre las dos protagonistas, entre los rostros y las lágrimas de Renée Falconetti y de Anna Karina.

        Quien haya visto este conmovedor momento de cine sin palabras, que reúne casi todo lo que es capaz de expresar una imagen, ¿podrá seguir afirmando que el cine de Godard es insoportable?

                 Editada en DVD por Avalon (Filmoteca Fnac).

CAMPO DE AMAPOLAS BLANCAS de Gonzalo Hidalgo Bayal

Aunque  Gonzalo Hidalgo Bayal no sea uno de los escritores más populares o, como se dice ahora, mediáticos, y sus argumentos y su forma de narrar no sean especialmente llamativos para el gran público, no quita para que estemos ante una de las personas que mejor escriben en este país, autor de una obra absolutamente coherente desde sus inicios hasta hoy, y con un reducido pero fiel grupo de seguidores.

        Quizás sea Paradoja del interventor (2006) su novela más conseguida y la que ha recibido mejores críticas hasta la fecha, pero yo le tengo un especial cariño a Campo de amapolas blancas (1997), su novela más breve y cercana, posiblemente la más apropiada para empezar a conocer su literatura. El narrador nos traslada a finales de los 60 y nos cuenta su relación con H (no sabremos su nombre), su compañero de estudios, juergas y conquistas no realizadas, junto al que descubrirá la cultura y la libertad de la época en un París irrechazable, y del que irá poco a poco distanciándose.

        El argumento no es, desde luego, nada nuevo, pero sí la manera de enfocarlo. Aquí no encontramos panfletos melancólicos, ni se idealiza una época y una forma de entender la vida, ni se condena sistemáticamente a la desconcertada generación anterior (al padre de H se le dedican algunos de los fragmentos más hermosos de la novela), sino que estamos ante la crónica desapasionada, aunque teñida de nostalgia, de cómo algunas personas se quedan ancladas en una determinada etapa, sin distinguir, o quizás sin querer hacerlo, su entorno y sus inquietudes de su propia vida.

        El jazz, The Beatles, Cortázar, César Vallejo, la nouvelle vague con Godard a la cabeza, aparecen en la novela no sólo como señas culturales de una época sino, y sobre todo, como elementos indispensables de la personalidad de H. De hecho, no cuesta demasiado imaginar este texto llevado al cine, a su muy personal manera, por el mejor Godard de los años 60.

        Y por si alguien quiere conocer de primera mano a Hidalgo Bayal, tenéis una entrevista con él en el enlace Kafka, revista de humanidades.

“Yo regresé a Murania y H se quedó todavía un mes en el vértigo de la libertad, la capital del mundo, que tal vez fuera ciertamente la capitale de la douleur. ¿Qué hizo durante ese tiempo, cómo le fue, tuvo fortuna? Lo ignoro. No hay más testigos de su peripecia que “los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos” (H decía húmedos). Sólo puedo asegurar que, cuando volvió, era otro, probablemente un perseguidor.”

               Publicada por Tusquets.

UN VERANO CON MÓNICA (1952) de Ingmar Bergman

En una escena de Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959), de François Truffaut, vemos a Antoine Doinel y a su amigo René robando en un cine la foto de una chica tomando el sol, con los ojos cerrados. La chica es la actriz sueca Harriet Andersson, y la foto es un plano de Un verano con Mónica (Sommaren med Monika), una de las primeras grandes películas de Ingmar Bergman. 

        El film cuenta la historia de Mónica y Harry, una joven pareja de enamorados que deciden romper con su entorno, dejar sus trabajos y a sus familias, y lanzarse a la aventura, a no hacer nada más que disfrutar de su amor y su libertad. Pero tras el verano maravilloso que pasan junto al mar Mónica se queda embarazada, y la pareja ha de volver a la ciudad, a la rutina, a la misma vida que lleva todo el mundo. Harry encuentra trabajo y se hace cargo del bebé, pero Mónica es incapaz de asumir esa nueva vida como madre y esposa y les abandona.

        Las imágenes de esa juvenil libertad, de la huída de todo lo impuesto y convencional, en Un verano con Mónica me han parecido, desde la primera vez que la vi, la antesala de los ánimos de cambio, de ruptura con lo establecido, en la cultura francesa en general y en su cine en particular desde finales de los años cincuenta, con Truffaut y Godard a la cabeza de la nouvelle vague. No creo que el cine de Bergman tenga demasiado que ver, ni en sus temas ni en su forma, con el de los dos cineastas franceses, pero apostaría a que tuvieron presente la historia de Mónica y Harry al realizar sus primeras películas, y no sólo, en el caso de Los cuatrocientos golpes, por una foto robada a la entrada de un cine. La libertad, la frescura, los interrogantes y el desconcierto de la Mónica de Bergman están presentes en el Antoine Doinel del film de Truffaut y en la Patricia que interpretó Jean Seberg en Al final de la escapada (À bout de souffle, 1959), el primer largometraje de Godard. Y hay un detalle que me parece especialmente significativo: el primer plano de Harriet Andersson dirigiendo su mirada hacia la cámara, hacia nosotros, buscando respuestas. Quizá me equivoque pero creo que es la primera vez que ese recurso, luego mil veces utilizado, aparecía en una película. En los planos que cierran los citados films de Truffaut y Godard, Antoine y Patricia también buscan ayuda en la cámara, en los espectadores.

        Posiblemente no esté Un verano con Mónica entre las grandes obras maestras de Bergman -lo cual quiere decir que “sólo” es una magnífica película-, pero sí creo que es uno de los films más apropiados para comenzar a conocer el universo de un director al que demasiadas veces se ha tachado de difícil. Y además, los que nunca pasamos un verano con esa maravillosa actriz que fue Harriet Andersson, tenemos la ocasión de imaginar que al menos, por una vez y durante un instante, nos dedicó su mirada.

               Editada en DVD por Manga Films.

  

ASCENSOR PARA EL CADALSO (1957) de Louis Malle

París, finales de los 50, albores de la nouvelle vague. Los grandes músicos norteamericanos de jazz encuentran en la capital francesa el lugar apropiado para que su música sea reconocida y admirada, y el nuevo movimiento cinematográfico descubre en el jazz su alma gemela y lo incorpora a su forma de ver el cine.

        Louis Malle filma Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l´échafaud), su primer largometraje. Para ello adapta una novela negra de Noel Calef que bien podría haber firmado el James Mallahan Cain de El cartero siempre llama dos veces (The postman always rings twice, 1934) o Pacto de sangre (Double indemnity, 1945): dos amantes planean asesinar al marido de ella, pero las cosas se tuercen. Y se tuercen porque aquí el policía es Lino Ventura, y que yo sepa nunca hizo papeles de tonto.

        Para los personajes principales, Maurice Ronet y Jeanne Moreau. El rostro de Jeanne Moreau bajo la lluvia de París en blanco y negro, el rostro que por sí solo podía iluminar una sala de cine y hacer atractiva cualquier película por mediocre que fuera. 

        Y casualmente Miles Davis se encuentra en París y accede a hacerse cargo de la música de la película, la mejor banda sonora de jazz compuesta expresamente para el cine.

        Ascensor para el cadalso podría haber sido sólo una magnífica muestra de cine negro, pero además, y sobre todo, es el lugar donde el jazz y las imágenes se compenetran creando un ritmo fresco y espontáneo y absolutamente nuevo, el lugar donde coincidieron cuatro de los grandes pilares de la cultura francesa del siglo xx: el cine, el jazz, la novela negra…y Jeanne Moreau.

             Editada en DVD por Avalon (Filmoteca Fnac).