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LA ESCOPETA DE CAZA de Yasushi Inoué

Contemporáneo de los probablemente más conocidos Tanizaki, Kawabata o Mishima, Yasushi Inoué ganó el premio Akutagawa con La escopeta de caza (Ryoju, 1949), una breve novela de sencillez y depuración admirables, las mismas que encontramos en sus relatos. En apenas setenta páginas repletas de belleza, Inoué nos cuenta una trágica historia que marca para siempre a los cuatro personajes involucrados en ella y consigue, gracias a lo que dicen las palabras y, más aún, a lo que se desprende de ellas, que se mantenga en nuestro recuerdo hasta llevarnos a reflexionar sobre aspectos cruciales de la vida.

Tras una suerte de prólogo en el que el propio autor nos ayuda a entender el significado del simbólico título y en el que nos explica por qué se puso en contacto con él alguien que se hace llamar Josuke Misugi, la novela nos lleva a la intrigante lectura de las tres cartas recibidas por el citado personaje tras el suicidio de Saiko, la mujer que durante años había sido su amante. La primera está escrita por Shoko, la hija de Saiko; la segunda, por su esposa, Midori; la tercera, por la propia Saiko, poco antes de suicidarse.

Complementándose, estas tres voces irán arrojando una nueva luz sobre el adulterio de Josuke y Saiko y sobre la relación, repleta de secretos, entre los diferentes personajes; pero ante todo llevará al lector a preguntarse hasta qué punto conocemos realmente a quienes nos rodean y si somos conscientes de la fragilidad de los cimientos sobre los que edificamos nuestro mundo particular. Y quizá la respuesta que encuentre tenga mucho que ver con aquello que decía la Gertrud de Dreyer sobre la irremediable soledad del alma.

Cuando leas estas líneas, habré dejado de existir. Ignoro qué será la muerte, pero estoy segura de que mis alegrías, mis penas, mis temores no me sobrevivirán. Tantas preocupaciones respecto a ti, y tantas preocupaciones sin cesar renovadas respecto a Shoko… Pronto todo ello no tendrá razón de ser en este mundo. Mi cuerpo y mi alma desaparecerán.

Lo que no es óbice para que muchas horas, muchos días después de que me haya ido, de que haya regresado a la nada, leas esta carta, y te diga, a ti que permanecerás con vida después de que haya dejado yo de existir, los numerosos temas de reflexión que fueron los míos en vida. Como si oyeses mi voz, esta carta te dirá mis pensamientos, mis sentimientos, cosas que ignoras. Será como si conversáramos, como si oyeses mi voz. Te quedarás asombrado, y sin duda afligido, y me lo tendrás en cuenta. Pero, lo sé, no llorarás. Se te pondrá tan solo esa mirada triste, esa mirada que nadie sino yo te ha visto nunca, y quizá dirás: «Estás loca, cariño». Me estoy imaginando tu expresión, y oigo tu voz.

Por eso, más allá de la muerte, mi vida permanecerá presente en esta carta hasta que concluyas su lectura. A partir del instante en que la abras, en que comiences a leerla, hallarás en ella el calor de mi vida. Y durante quince o veinte minutos, hasta que hayas leído la palabra final, ese calor se difundirá por todo tu cuerpo, colmará tu mente de toda clase de pensamientos, como lo hiciera cuando yo aún respiraba.

¡Qué extraña cosa es una carta póstuma! Aun cuando la vida contenida en en esta carta no haya de durar más que quince o veinte minutos, sí, aunque esa vida haya de tener tal brevedad, quiero revelarte mi «yo» profundo. Por espantoso que ello parezca, me doy perfecta cuenta, ahora, de que en vida jamás te he mostrado mi «yo» auténtico. El «yo» que escribe esta carta es mi yo, mi auténtico «yo»…

Traducción de Javier Albiñana, con la colaboración de Yuna Alier, para Anagrama.

EL RULETISTA de Mircea Cartarescu

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Para empezar el 2013, una novela corta, de apenas 50 páginas, titulada El Ruletista (Ruletistul, 1993), que en España se puede encontrar publicada de manera individual o integrada en el libro Nostalgia. Su autor, el escritor rumano Mircea Cartarescu, comienza ya a sonar como un firme candidato al Nobel de los próximos años.

      el-ruletista-mircea-cartarescu-L-OTLLQ5El narrador de la novela, un escritor anciano que ve próxima su muerte, rememora en su última obra la época en que conoció al Ruletista, un tipo poco recomendable que, en una última huida hacia adelante, comienza a frecuentar los ambientes en los que se juega a la ruleta rusa. Pronto se convertirá en el jugador más famoso y rico de la ciudad, desafiando en sus intervenciones a todas las leyes de la fortuna y mirando a la muerte cara a cara, aunque quizás no sea buena suerte lo que le sobra en realidad al Ruletista.

     De lectura sencilla, rápida e intensa, casi febril, El Ruletista es un magnífico y preciso texto sobre la condición humana y la autodestrucción, pero también sobre lo real y lo ficticio, lo vivido y lo soñado, y sobre la propia creación literaria. En algunos fragmentos puede recordarnos a Dostoievski; en otros, al Borges de Las ruinas circulares. Inevitablemente, consigue que volvamos a las mítica escenas en que Christopher Walken jugaba a la ruleta rusa en El cazador (The Deer Hunter, 1978), la obra maestra de Michael Cimino.

El hombre sobre el que escribo aquí tenía un nombre cualquiera que todo el mundo olvidó porque, al poco tiempo, ya era conocido como «el Ruletista». Al decir «el Ruletista» se referían solo a él, aunque ruletistas hubiera bastantes. Lo recuerdo con nitidez: una figura hosca, un rostro triangular sobre un cuello largo, pálido y delgado, de piel seca y cabellos rojizos. Ojos de mono amargado, asimétricos, creo que de diferente tamaño. Causaba una cierta impresión de desaliño, de suciedad. Ese mismo aspecto presentaba tanto con sus harapos de la granja como con los esmóquines que vestiría más adelante. ¡Dios mío, qué tentado estoy de escribir una hagiografía, de arrojar una luz transfinita sobre su rostro y de ponerle fuego en la mirada! Pero tengo que apretar los dientes y tragarme estos tics miserables. El Ruletista tenía una cara sombría, como de campesino pudiente, con la mitad de los dientes de metal y la otra mitad de carbón. Desde que lo conocí y hasta el día de su muerte (por culpa de un revólver, pero no de un balazo) presentó siempre el mismo aspecto. Y, sin embargo, ha sido el único hombre al que le fue concedido vislumbrar al infinito Dios matemático y luchar cuerpo a cuerpo con él.

                 Traducción de Marian Ochoa de Eribe Urdinguio.

                 Publicada por Impedimenta.

AURA de Carlos Fuentes

Tras el fallecimiento de Carlos Fuentes, el 15 de mayo de este año, la prensa especializada procedió a repasar, como es habitual en estos casos, sus obras más representativas. Junto a las novelas de mayor prestigio, generalmente prolijas, asomaba la cabeza entre las preferencias de todos los críticos una novela corta, de apenas sesenta páginas -una nouvelle, que dirían los franceses-, titulada Aura (1962), la historia del joven Felipe Montero, quien, tras responder a un anuncio del diario, comienza a trabajar como secretario en una misteriosa casa, en la que apenas entra la luz del sol, habitada por la anciana Consuelo y su sobrina Aura. La anciana le encarga ordenar y corregir las memorias de su esposo, fallecido muchos años antes, con la idea de que sean publicadas. En ellas encontrará Felipe la terrible clave de un misterio del que él mismo será protagonista.

        Aura es un relato de corte fantástico, casi de terror onírico, de un romanticismo enfermizo y malsano, incluso necrófilo, a lo que contribuyen la representación erótica y sacrílega de ciertas visiones religiosas y la influencia de la literatura gótica, en especial, creo yo, de los cuentos de Edgar Allan Poe. Pero Aura es además, y sobre todo, un ejercicio de estilo, una obra de orfebrería literaria, en la que el poco habitual narrador en segunda persona lleva de la mano al protagonista, lo manipula y a nosotros con él («Sólo falta tu nombre. Sólo falta que las letras más negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita Felipe Montero, antiguo becario en la Sorbona, historiador cargado de datos inútiles, acostumbrado a exhumar papeles amarillentos, profesor auxiliar en escuelas particulares, novecientos pesos mensuales. Pero si leyeras eso, sospecharías, lo tomarías a broma.»), nos va dejando pistas sobre el misterio al que nos enfrentamos, juega con el tiempo y con los tiempos verbales, con la posibilidad de que lo cuenta esté ocurriendo o sea irreal, elige cada adjetivo y sus connotaciones, coloca cada palabra como una piedra preciosa en una joya…

        Sí, posiblemente Aura sea literatura de género y un homenaje a tantas lecturas de juventud, pero en ella Fuentes pretende decididamente, y vaya si lo logra, dejar su intransferible sello de autor. 

        «La cabeza te da vueltas inundada por el ritmo de ese vals lejano que suple la vista, el tacto, el olor de plantas húmedas y perfumadas: caes agotado sobre la cama, te tocas los pómulos, los ojos, la nariz, como si temieras que una mano invisible te hubiese arrancado la máscara que has llevado durante veintisiete años: esas faciones de goma y cartón que durante un cuarto de siglo han cubierto tu verdadera faz, tu rostro antiguo, el que tuviste antes y habías olvidado. Escondes la cara en la almohada, tratando de impedir que el aire te arranque las facciones que son tuyas, que quieres para ti. Permaneces con la cara hundida en la almohada, con los ojos abiertos detrás de la almohada, esperando lo que ha de venir, lo que no podrás impedir. No volverás a mirar tu reloj, ese objeto inservible que mide falsamente un tiempo acordado a la vanidad humana, esas manecillas que marcan tediosamente las largas horas inventadas para engañar el verdadero tiempo, el tiempo que corre con la velocidad insultante, mortal, que ningún reloj puede medir. Una vida, un siglo, cincuenta años: ya no te será posible imaginar esas medidas mentirosas, ya no te será posible tomar entre las manos ese polvo sin cuerpo.

        Cuando te separes de la almohada, encontrarás una oscuridad mayor alrededor de ti. Habrá caído la noche.»

                     Publicada por Alianza Editorial.