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URSÚA de William Ospina

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Cincuenta años de vida en estas tierras llenaron mi cabeza de historias. Yo podría contar cada noche del resto de mi vida una historia distinta, y no habré terminado cuando suene la hora de mi muerte. Muchos saben relatos fingidos y aventuras soñadas, pero las que yo sé son historias reales. Mi vida es como el hilo que va enlazando perlas, como el indio que veo animando al metal en ranas y libélulas, en collares de pájaros, en grillos y murciélagos dorados. Tengo historias de perlas y esmeraldas.

Llegué a Ursúa (2005) sin previo aviso, por casualidad, la misma que a menudo nos revela algunas de las mejores cosas de nuestra vida. Abrí el libro, leí las primeras líneas, lo cerré y me lo llevé a casa con el convencimiento de que iba a disfrutar como un enano. Casi quinientas páginas después, Ursúa me parece una de las mejores novelas de lo que llevamos de siglo, y seguro que me quedo corto. Hay quien habla de crisis de la novela; en caso de que la haya, William Ospina es ajeno a ella.

Por lo que me contó puedo afirmar que Ursúa, el hombre más valiente que he conocido, sintió miedo. No lo confesaba así, pero me declaró su malestar, su repugnancia; lo único que halló para oponer a esas apariciones fueron las sentencias latinas del credo, y las dijo, erizados los brazos, con un comienzo de escalofrío en la espalda. Él podía entender a un dios como Cristo, así estuviera clavado en un leño, tumefacto y sangrante, pero no soportaba la idea de un mundo donde los dioses fueran monstruos y bestias. Tal vez habría podido imaginar que muchos hombres, mucho tiempo atrás, habían labrado esas piedras por años y años, pero él, y creo que todos los otros, sentían nítidamente que detrás de esas imágenes, más allá, en la selva vecina, bien podían estar los seres que la piedra imitaba, que en esas fronteras podía comenzar un país de súcubos más feroces que su tosca representación en la roca.

ursua-9788439726418Pedro de Ursúa, fundador en 1549 de la ciudad de Pamplona en la actual Colombia, uno de tantos hombres que cruzaron el océano hacia las Indias, hacia las Américas, guiados por los cantos de sirena de la gloria y la fortuna, es el protagonista de una monumental novela que nos cuenta hechos de sangre y oro tal como ocurrieron, que modifica algunos, que inventa otros, que mezcla la historia, la fantasía y la leyenda para hablarnos, más allá de géneros, sobre el arte del recuerdo y de los cuentos. Quien narra es uno de los personajes que conocieron y acompañaron a Ursúa, testigo de su fiebre y su crueldad, su valentía y su miedo y los de muchos otros, y sus palabras -las de Ospina-, de una fluidez y belleza que admite pocas comparaciones, exprimen al máximo las posibilidades de la narrativa: Ursúa resulta agotadora de puro buena. Incluso las mejores novelas nos tienen acostumbrados a espaciar calculadamente sus mejores momentos entre fragmentos de transición; Ursúa, en cambio, no da tregua. Es como un cuento perfecto en que cada palabra y el lugar que ocupa son los precisos, en que cada línea nos sorprende y nos pide volver sobre ella. Ursúa es un cuento perfecto de cientos de páginas.

Y, por si fuera poco, esto no ha hecho más que empezar. Estamos solo ante la primera parte de una trilogía que continúa con El país de la canela (2008) y La serpiente sin ojos (2012), las cuales no tienen pinta de bajar el listón. Que siga la literaria fiesta.

Cuando los horizontes se entristecen, como le oí decir un día a Castellanos, miro al pasado y siento vértigo. Recorro en tardes mansas las colinas de Santa Águeda del Gualí, la aldea que fundó con sus últimas fuerzas el licenciado Gonzalo Jiménez, quien ahora se consume devorado por un fuego interior. Veo allá abajo las llanuras de Tierra Caliente, manchadas de bosques, en cuyo centro se yerguen unas sierras aisladas y escalonadas como si ocultaran pirámides. ¿Cómo logré llegar a estas tierras felices? ¿Cómo sobreviví a los ríos y a los años? Acaso sólo porque el dios de los cuentos necesita una voz que los relate, escapé a los peligros, indemne, mientras en cada episodio iban siendo sacrificados quienes parecían ser los triunfadores.

Al final no triunfamos los humanos, al final sólo triunfa el relato, que nos recoge a todos y a todos nos levanta en su vuelo, para después brindarnos un pasto tan amargo, que recibimos como una limosna última la declinación y la muerte.

Publicada por Mondadori.

LA JUGUETERÍA ERRANTE de Edmund Crispin

Nadie, salvo los crédulos más obtusos, supondrá que los personajes y los acontecimientos de esta historia pueden ser otra cosa que ficticios. Es cierto que la vetusta y noble ciudad de Oxford es, de todas las poblaciones de Inglaterra, la progenitora más probable de acontecimientos y personajes improbables. Pero todo tiene sus límites.

E.C.

edmund crispinEdmund Crispin, cuyo nombre real era Bruce Montgomery, fue uno de los principales cultivadores de la novela detectivesca inglesa durante el siglo XX. Compaginando la literatura con su labor como crítico, escribió un total de nueve novelas y dos colecciones de cuentos que, por suerte para los aficionados al género, la editorial Impedimenta se ha propuesto reeditar. Hasta el momento han aparecido la tercera y la cuarta de la serie, tituladas La juguetería errante (The Moving Toyshop, 1946) y El canto del cisne (Swan Song, 1947), ambas protagonizadas por Gervase Fen, un excéntrico profesor universitario que suele tirar tanto de pistola y de whisky como de citas literarias.

la-jugueteria-errante-9788415130208En la nota introductoria a La juguetería errante, el propio Crispin nos pone sobre aviso ante una novela repleta de imaginación, una fantasía delirante narrada a un ritmo frenético en la que Fen une sus fuerzas con las de su amigo y poeta Richard Cadogan en pos de la solución de un crimen. Un cadáver que desaparece, una juguetería que cambia de lugar, una herencia extravagante, cuatro sospechosos con coartada perfecta, profesores y alumnos más aficionados a largas libaciones que a los libros, trepidantes persecuciones a lo largo y ancho de la ciudad de Oxford, luchas, tiroteos y el humor más canalla se dan cita en una novela que combina las aventuras y el misterio, recordándonos por momentos a Chesterton, y que resulta ideal para quienes gustan de la literatura de evasión pero maravillosamente bien escrita.

No fue una visión agradable, porque la piel había adquirido un color púrpura negruzco, como el de las uñas. Había una leve espumilla en la comisura de la boca,que permanecía abierta, mostrando un empaste de oro que brilló débilmente a la luz de la vela. Alrededor del cuello tenía incrustado un cordel fino, muy tirante por detrás. Se le había hundido tanto que la carne se había vuelto a cerrar sobre el cordel haciéndolo casi invisible. Había un charco de sangre seca en el suelo, junto a la cabeza, y Cadogan encontró una explicación en la feroz contusión que tenía justo debajo de la coronilla. Creyó adivinar el hueso del cráneo, pero si tuviera que decir algo al respecto, habría podido asegurar que no estaba fracturado.

Hasta ese momento, solo había experimentado la desapasionada curiosidad propia de un chiquillo, pero la acción de tocar a aquella mujer provocó en él una repentina sensación de repugnancia. Se limpió rápidamente la sangre de los dedos y se levantó. ¿Algo más que tuviera que observar? Ah, sí,  había unos quevedos dorados, rotos, en el suelo, junto a… Y entonces, de repente, se quedó rígido, con los nervios hormigueándole por todo el cuerpo como si estuvieran conectados a unos cables eléctricos.

Había oído un ruido en el pasillo.

Traducción de José C. Vales.

Publicada por Impedimenta.