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NO LLAMES A CASA de Carlos Zanón

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Allá por el siglo XIX, la literatura española de Galdós y compañía novelaba la realidad de su época, la miseria, la ambición, las diferencias sociales, el poder del sexo y el dinero… De ahí al Naturalismo y de este a la novela negra, unos pocos pasos y algunos elementos característicos que, en mayor o menor medida, encontramos en la narrativa urbana de Marsé, Vázquez Montalbán o Casavella, y ahora en la de Carlos Zanón, cronistas todos ellos de la Barcelona real de su tiempo, aquella que no aparece en los folletos turísticos ni en las campañas que nos quiere vender la parada de los monstruos política (así, sin comillas) a la que alimentamos.

41YP-OgGIGL._SY445_En No llames a casa -tercera novela de Zanón y la primera que leo-, Bruno, Cristian y Raquel son tres delincuentes de poca monta que se dedican a chantajear con fotos comprometedoras a tipos poco cuidadosos en los encuentros con sus amantes. Un trabajito fácil y de rápidos beneficios que, al tropezarse con Max, uno de sus “clientes”, se complicará de un modo que nunca imaginaron.

Mediante esos personajes, Zanón enfrenta, mezcla e iguala la Barcelona canalla y marginal, la de la prostitución, los tugurios, la droga y la delincuencia, con una más acomodada y “normal”, la de las personas con su piso, su familia y su amante pero con sus propios problemas a cuestas en esta época de crisis, capaces de reaccionar de manera insospechada en función de unas circunstancias que pueden convertirnos en delincuentes sea cual sea nuestro estatus.

Con unos estupendos diálogos, un ritmo muy cinematográfico (al parecer, Daniel Calparsoro está preparando su adaptación) y la incorporación de elementos propios del género negro como cierto aire romántico y ese inevitable destino trágico de los que siempre pierden, No llames a casa nos trae a un escritor al que habrá que seguir muy de cerca, de los que poseen el no tan frecuente arte de crear ambientes y personajes absolutamente vivos y de sabernos contar su historia. 

-No tengo todo el tiempo del mundo. ¿Has traído la pasta?

Javier por fin reaccionó. Volvió la cara hacia Bruno y le miró, pero sus ojos no decían nada, no querían ir más allá de eso, de enfocar al tipo al que le estaba entregando un sobre blanco, mojado por la lluvia, arrugado en uno de sus bordes. Bruno cogió el sobre, lo sopesó y notó que no había mucho ahí dentro.

-¿Cuánto hay, Misterios? No quiero bromas.

Pero Javier, de repente, echó a correr por el andén sin que a Bruno le diera tiempo de retenerlo. Abrió el sobre y, sí, su experiencia le había dicho lo correcto. No había dinero. Solo un papel con HIJO DE PUTA a mano, en azul, pulso firme, tres palabras que eran una concreción de todo lo que quería decirle. Algo breve, que no pudiera ser interrumpido: un escupitajo a los ojos, a la boca de su extorsionador. Javier pasó entre el deficiente y sus libros, el niño y su hermana, la canguro, la madre, y se dirigió hacia las escaleras mecánicas con los faldones de su impermeable a modo de aletas aerodinámicas, negras baratas. Bruno se conjuró para joderle las entrañas hasta que descubrió que la carrera de Javier no iba dirigida hacia donde él suponía.

No lo supo hasta que vio saltar a esa figura como un cuervo desgarbado, un Batman de chiste, a las vías y enfrentarse a los faros encendidos que venían por el túnel. Apenas un suspiro antes de la colisión, Javier se encorvó, se hizo niño, quién sabe si quiso volverse invisible, desaparecer, despertar de su pesadilla o ajustar su cuerpo a toda la maquinaria que, supone, tendrá debajo una de esas máquinas que sirven para trasladar multitudes, desmenuzar suicidas, esconder ratas e indigentes.

Bruno quedó conmocionado unos instantes. Pocos. Miró a su alrededor, por si alguien le estuviera observando, señalándole con el dedo o acercándose para preguntarle por qué Javier el Misterios había querido parar un tren. Pero no había nadie.

Publicada por RBA.

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EL COMPLOT MONGOL de Rafael Bernal

Debería haber una facultad para pistoleros. Experto en pistolerismo. Experto en joder al prójimo. Experto en hacer fieles difuntos. Un año de estudios para aprender a no acordarse de los muertos que se van haciendo. Y otro para que, aunque se acuerde uno, le importe una pura y dos con sal.

arton1064Desde hace unos meses los aficionados a la novela negra podemos disfrutar de la estupenda El complot mongol (1969), la obra de Rafael Bernal que, al parecer, inauguró el género en Méjico y se fue convirtiendo en un clásico del que apenas se tenía noticia en nuestro país y en una gran influencia para autores como Élmer Mendoza o Yuri Herrera, autores del prólogo y el posfacio, respectivamente, de esta edición.

El argumento sobre el que gira la novela es la investigación de un presunto plan de China para asesinar al presidente de Estados Unidos durante una visita oficial a Méjico, alucinante historia que, como creo que suele ocurrir en muchas de las mejores obras del género, enseguida olvidamos para centrarnos en los magníficos diálogos y situaciones, repletos de sarcasmo y humor negro, y en la variopinta galería de personajes, mediante los cuales el autor refleja, siguiendo los clásicos modelos norteamericanos, la El-complot-mongol-de-Rafael-Bernal-Libros-del-Asteroidesituación social de un país, extrapolable a cualquier otro y a cualquier otra época, en la que la delincuencia, como la muerte, puede igualar a todas las clases sociales y en la que las máscaras del poder no conocen límites a la hora de conseguir sus objetivos. Y es que la novela negra a menudo tiene un ojo crítico puesto en la realidad.

Al frente de ese grupo de personajes al que hacía referencia, un protagonista inolvidable llamado Filiberto García, un pistolero a sueldo del gobierno de los que nunca hacen preguntas, un profesional solitario de vuelta de todo encargado de limpiar la mierda del poder que, a fuerza de cinismo y desencanto, va cargando con su pasado hasta que encuentra una razón para abandonar esa vida, un motivo que le llevará, por una vez, a buscar respuestas y a matar por venganza. Su magnífica presentación, con la que Bernal inicia la novela, nos muestra sin preámbulos innecesarios el terreno que pisamos y nos engancha irremediablemente a su historia.

A las seis de la tarde se levantó de la cama y se puso los zapatos y la corbata. En el baño se echó agua en la cara y se peinó el cabello corto y negro. No tenía por qué rasurarse; nunca había tenido mucha barba y una rasurada le duraba tres días. Se puso una poca de agua de colonia Yardley, volvió al cuarto y del buró sacó la cuarenta y cinco. Revisó que tuviera el cargador en su sitio y un cartucho en la recámara. La limpió cuidadosamente con una gamuza y se la acomodó en la funda que le colgaba del hombro. Luego tomó su navaja de resorte, comprobó que funcionaba bien y se la guardó en la bolsa del pantalón. Finalmente se puso el saco de gabardina beige y el sombreo de alas anchas. Ya vestido volvió al baño para verse al espejo. El saco era nuevo y el sastre había hecho un buen trabajo; casi no se notaba el bulto de la pistola bajo el brazo, sobre el corazón. Inconscientemente, mientras se veía en el espejo, acarició el sitio donde la llevaba. Sin ella se sentía desnudo. El Licenciado, en la cantina de La Ópera, comentó un día que ese sentimiento no era más que un complejo de inferioridad, pero el Licenciado, como siempre, estaba borracho y, de todos modos, ¡al diablo con el Licenciado! La pistola cuarenta y cinco era parte de él, de Filiberto García, tan parte de él como su nombre o su pasado. ¡Pinche pasado!

Publicada por Libros del Asteroide.

AVARICIA de Frank Norris

Frank_Norris_ReadingEl mayor proyecto cinematográfico del gran Erich von Stroheim, y uno de los más colosales de la historia del arte, se convirtió en una empresa mastodóntica e imposible para la época que en la sala de montaje se iba a las ocho o nueve horas de metraje. Finalmente, Avaricia (Greed, 1924) se estrenó en una versión censurada de algo más de dos horas y media -al parecer existe otra de unas cuatro horas- y aun así fue suficiente para que se la considere una de las más importantes películas de la historia, un compendio de la narrativa del cine, de las pasiones humanas del drama y de la integración de diversos escenarios y géneros a partir de la evolución de los personajes.

avariciaComo suele ocurrir en estos casos, la novela en que se basa es mucho menos conocida que el film de Stroheim. Traducida al español hace unos pocos años con su título cinematográfico, Avaricia (McTeague, 1899) es uno de los ejemplos maestros del naturalismo norteamericano, que proviene en buena parte de la literatura de Zola y que, junto a la novela de detectives, tanto influyó en la posterior aparición del género negro. Autores como, por ejemplo, James M. Cain tienen su escuela, sin duda, en la novela naturalista.

Plagada de simbología perfectamente integrada en el relato, Avaricia se desarrolla casi por completo en un espacio urbano y se traslada, en su parte final, a las minas de oro de las montañas y al desierto, donde la historia alcanza su clímax con situaciones próximas al wéstern. Entre ambos ambientes, la novela nos muestra cómo el deseo, la envidia, la pobreza y la codicia pueden llevar a las personas, incluso a las más bondadosas, al engaño, el robo y el crimen; cómo los instintos más primarios aparecen de repente para acabar con la amistad y el amor y desembocar en la muerte.

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Los dos hombres se abrazaron de repente y, a renglón seguido, empezaron a rodar y forcejear sobre la superficie caliente y blanca. McTeague empujó a Marcus hacia atrás, hasta que éste tropezó y cayó sobre el cuerpo del mulo muerto. La jaulita del pájaro se zafó de la silla con la violencia de la caída y rodó por el suelo; los sacos de harina se escurrieron. McTeague le quitó el revólver a Marcus y lo blandió a ciegas. Los dos luchadores quedaron envueltos en unas asfixiantes nubes de polvo de álcali, fino y penetrante.

McTeague no supo cómo mató a su enemigo, pero, de repente, Marcus quedó inmóvil bajo sus golpes. Después tuvo un último arrebato de energía. La muñeca derecha de McTeague quedó atrapada; algo se cerró con un clic en torno a ella; luego, el cuerpo que forcejeaba quedó mustio e inmóvil tras una expiración profunda.

Al ponerse de pie, McTeague sintió un tirón en la muñeca; estaba amarrada a algo. Cuando miró hacia abajo vio que Marcus, en es último forcejeo, había encontrado fuerzas para esposarle las muñecas. Marcus estaba muerto; McTeague estaba atado a su cuerpo. Todo lo que lo rodeaba, inmenso, interminable, desplegaba las leguas inconmensurables del Valle de la Muerte.

McTeague se quedó mirando a su alrededor con ojos estúpidos, primero al horizonte lejano, luego al suelo, luego al canario medio muerto que gorjeaba débilmente en su pequeña prisión dorada.

Traducción de Olga Martín Maldonado.

Publicada por La otra orilla.

LOS HUESOS DEL INVIERNO de Daniel Woodrell

WoodrellEl éxito de determinadas adaptaciones cinematográficas propicia, por fortuna, que la literatura de algunos estupendos y desconocidos novelistas, como es el caso de Daniel Woodrell, llegue a ver la luz en nuestro país.

Aunque Ang Lee ya había llevado al cine la novela Woe to Live On (1987) en la decepcionante Cabalga con el diablo (Ride with the Devil, 1999), el reconocimiento le llega a Woodrell tras el estreno y las nominaciones al Oscar de Winter’ s Bone (2010), estupenda adaptación, dirigida por Debra Granik, de la novela publicada en 2006 y traducida aquí bajo el título Los huesos del invierno.

Huesos del inviernoEl argumento gira en torno al personaje de Ree Dolly, una joven de 16 años que ha de hacerse cargo de una madre trastornada y de sus dos hermanos pequeños y cuyo padre, un delincuente en libertad condicional, lleva días desaparecido. Si no consigue encontrarlo o demostrar que ha muerto antes de treinta días, la ley les quitará la casa y los dejará en la calle.

Esa búsqueda la llevará a pedir ayuda al patriarca del clan familiar, solo para descubrir un microcosmos en el que imperan las drogas, el alcohol y la violencia, regido por antiguas y sagradas reglas que no deben romperse y donde es mejor no hacer demasiadas preguntas y mirar hacia otro lado.

Winter's Bone PosterAmbientada, al igual que otras novelas de Woodrell, en las nevadas y gélidas montañas de Ozark, en Missouri, Los huesos del invierno nos muestra, bajo los códigos narrativos del género negro (el propio Woodrell etiquetó su estilo como country-noir) una sociedad rural cerrada en sí misma, que dicta sus propias leyes y soluciona sus problemas de manera endogámica, por encima de una autoridad policial que no se inmiscuye y en la que los jóvenes tienen su destino marcado por la tradición familiar y por una forma de vida dominada por la pobreza y los instintos más primarios, tan dura y despiadada como el clima que la rodea.

Afortunadamente, en contraste con la historia que nos cuenta, la trabajadísima prosa de Woodrell, de las que te obligan a releer y apreciar detenidamente cada detalle, consigue extraer poesía de cada una de sus escogidas palabras, creando con ellas la belleza que probablemente Ree y sus hermanos nunca conozcan. Quienes gusten de la literatura del gran Cormac McCarthy, con toda seguridad encontrarán en Los huesos del invierno muchos y buenos motivos para disfrutarla.

Las laderas tejidas de hielo se deshacían. El hielo resbalaba por todas partes, ramas, tallos, tocones, piedras, y caía tintineando al suelo. La bruma se levantaba por encima de las hondonadas y se posaba en los raíles, aunque no se elevaba mucho más arriba de la cabeza de Ree. Le tiznaba las mejillas de churretones como lágrimas aplastadas. Veía el cielo, pero con los pies envueltos en bruma. Las macizas traviesas, humedecidas, olían a alquitrán; Ree las iba pisando y aspirando el alquitrán en la niebla y oyendo el sonido cristalino del hielo en los árboles y el chasquido al quebrarse. Se limpió de las mejillas la niebla que parecía lágrimas y se encasquetó la capucha. Trozos de hielo más grandes caían sordamente a tierra. Riachuelos de hielo fundido abrían pequeños canales en la nieve de la ladera. Se oía el hielo, se oían los regueros y las botas hacían ruido al pisar. Se detuvo en un puente que cruzaba un arroyo helado. Quería ver la profundidad del agua a través de los agujeros de la capa de hielo. Estaba extrañamente quieta, observando, quieta y observando en el puente, hasta que comprendió que buscaba un cuerpo debajo del hielo, y se puso de rodillas y lloró, lloró hasta que las lágrimas le llegaron al pecho.

Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.

Publicada por Alba Editorial.

MÁTALOS SUAVEMENTE de George V. Higgins

George V Higgins

La primera y más influyente novela de George V. Higgins, una obra maestra que dejó huella en el género negro titulada Los amigos de Eddie Coyle (The Friends of Eddie Coyle, 1970), ya pasó por aquí hace tiempo a raíz de la reseña de su adaptación cinematográfica titulada El confidente (1973), dirigida por Peter Yates y protagonizada por Robert Mitchum. Ahora le toca el turno a Mátalos suavemente (Cogan´s Trade, 1974), editada en España el año pasado aprovechando el tirón de la película de Andrew Dominik, con Brad Pitt a la cabeza de un reparto estelar. 

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Mátalos suavementeSin ser tan redonda como la primera de sus novelas, sobre todo por la ausencia de un personaje antológico como el entrañable Eddie Coyle, Mátalos suavemente es otra estupenda muestra del “estilo Higgins”: protagonismo absoluto de los delincuentes -en este caso ladrones de poca monta que se meten en un terreno controlado por mafiosos y asesinos profesionales-, a los que el autor muestra como personajes comunes con sus problemas cotidianos, y por encima de todo unos diálogos brillantísimos, realistas y a menudo desternillantes que admiten pocas comparaciones en el género, una montaña rusa que no da tregua al lector, que ocupa la mayor parte de la novela y que ha influido en un buen número de escritores posteriores. Leyendo a Higgins uno se da cuenta de a qué escuela fueron el Nicholas Pileggi que escribió junto a Scorsese Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) o los Price, Pelecanos, Lehane y compañía que crearon los portentosos diálogos de The Wire y varias magníficas novelas.

-Ay, amigo mío. ¿Conoces a Connie, mi mujer? Prepara un asado de cerdo buenísimo. Relleno, ¿sabes? Está buenísismo, en serio. La otra noche guisó cerdo asado. Por primera vez desde que he vuelto a casa. No me lo pude comer. Le dije: “Connie, no me des cerdo nunca más”. Pero antes me encantaba, le decía siempre que era su mejor plato, ella es una gran cocinera. Cocina muy bien, la verdad. Por eso está siempre tan gorda, joder: le gusta comer y le gusta cocinar y cocina de muerte y se lo come. Le dije: “Beicon, jamón, no me importa si sale de un cerdo. Pero no quiero cerdo asado. Me haces unas alubias, ¿vale? No me las pongas con cerdo. Las alubias me las comeré. El cerdo, no”. Y me fui al puesto de almejas del puerto y cené en el puto coche y eso que solo hacía un mes que volvía a comer con la familia, después de casi siete años en el trullo. Cené en el puesto del puerto. Una vez se jodieron las cosas, ¿te acuerdas, Frankie? Elegí al tipo equivocado, todos teníamos prisa, había que moverse, necesitábamos la pasta, lo de siempre, el tío lo hará bien y yo estaba peor que todos vosotros. Así que acepté y lo sabía, sabía que el tío no me convencía. No puedo explicar por qué, pero lo sabía, aquel era el tipo equivocado. Pero lo acepté igualmente. Y vaya si era el tipo equivocado, joder: me pasé casi siete años comiendo cerdo grasiento de mierda, casi todos los días, y mientras mis hijos crecían y mi negocio iba tirando, yo estaba en el talego. Y ahora no puedo volver atrás, ¿sabes? Ahora ya no puedo comer mi plato favorito por todo lo que me remueve. Conque de ahora en adelante me lo tomaré con calma, eso es lo que hay. Me la traen floja tú y tus problemas. Si podemos hacer algo grande, lo haremos. Si lo podemos hacer con garantías, sin cagarla, sin volver a pringar. Yo ya he comido el último cerdo asado de mi vida. Ya la he jodido por última vez. Llámame el jueves. El jueves lo sabré. Te lo diré.

Traducción de Magdalena Palmer.

Publicada por Libros del Asteroide.

 

LA CAPITAL DEL OLVIDO de Horacio Vázquez-Rial

El hecho de que cada uno de los capítulos de La capital del olvido (2004) esté encabezado por una cita de algunos de los grandes de la novela negra y que el primero de esos capítulos sea un homenaje explícito a El sueño eterno de Chandler y Hawks puede hacernos pensar de entrada que estamos simplemente ante un sencillo, sincero y entretenido homenaje a los clásicos, en la línea de la también chandleriana Triste, solitario y final (1973) de Osvaldo Soriano. Pero, aunque dicho homenaje siempre está presente, esa primera impresión no tarda en desaparecer. En cuanto la trama nos transporta al pasado, a la época de la dictadura militar en Argentina, de las desapariciones y de la venta de niños secuestrados, la novela se endurece y nos adentra en la búsqueda del pasado y, a la vez, en el intento de olvidarlo, a través de unos personajes que buscan el silencio, el perdón, la justicia o la venganza, y que vuelven de entre los muertos para remover la conciencia de los vivos.

        Sin apenas descripciones, sin la presencia constante de un narrador, sus extraordinarios y vertiginosos diálogos y escenas hacen de La capital del olvido, ganadora del V Premio Fernando Quiñones, una novela eminentemente cinematográfica, de las que agradecemos tener a mano en una larga noche de verano.

“Ah, claro, es de eso que no querés acordarte, Guido. No es que no te acordés de ella, no. Pero estabas en casa, yo lo sé, oí llegar el coche y a los tipos que bajaron armando despelote para que vos y yo y los demás cerráramos los ojos o no los cerráramos pero hiciéramos como si. Yo miré por entre los listones de la persiana, que estaba bajada, pero no del todo, y vi la calle, y vi tu persiana, exactamente enfrente de la mia, y vi cómo apagabas la luz y estuve seguro de que estabas ahí igual que yo, mirando sin hacer nada, como una vaca detrás de la alambrada, que ve pasar el tren y sigue rumiando. Y la sacaron a la Myriam. El viejo Paley se arrastró detrás de ellos, pedía a gritos que no se la llevaran, hasta que uno le dio con algo, no sé, un palo o una culata, en la cabeza le dio y lo dejó sangrando tirado en la vereda y cerraron con tres portazos, porque el chófer no se había movido y salieron rajando con la piba a cuestas. Cuando vino el chico, que algún alma buena lo habría llamado, el pibe, Isaac, digo, el hermano de la Myriam, que ya estaba casado, se encontró a la madre arrodillada en el suelo, mirando a su marido, que seguía como muerto. Estaba vivo, pero como muerto. Vos lo viste a Isaac, Guido, lo viste igual que yo, porque te quedaste igual que yo detrás de la persiana, esperando algo, que pasara algo, que bajara del cielo un ángel, o Perón, quién sabe, o un hada, y arreglara todo lo desarreglado. A lo mejor, el que manejaba el coche era Mardones. O Mardones se reunió con ellos en otro sitio. De la Myriam nunca más se supo. Bueno, sí, se supo, porque cuando salió el informe, cuando los juicios, lo leímos, Guido. Vos y yo lo leímos. Leímos que la habían visto en un chupadero y que la habían trasladado. Y ahora te olvidaste. ¿Cómo podés haberte olvidado? ¿Tampoco te acordás de que te conté que lo había vuelto a ver a Mardones? Viejo y pelado, pero bien vestido. En la plaza lo vi. En la plaza de Mayo, el día en que Alfonsín nos tuvo esperando mientras él arreglaba con los milicos y después vino y dijo que la casa estaba en orden y que felices pascuas. Yo no había entendido lo que había dicho, y miré a la gente que tenía alrededor y pregunté qué dijo y una vieja dijo felices pascuas y yo no me lo creí y seguí mirando, y de pronto vi una cara conocida, la del único hijo de puta que sonreía en ese momento, y era la de Mardones. Te lo conté, Guido, aquella misma noche. ¿No te acordás de eso? ¿Tampoco de eso? No, no te lo reprocho, no sos el único que no se acuerda de esas pascuas. A lo mejor, es que aquel día empezó el olvido y la Myriam entonces desapareció de verdad, definitivamente.”

                 Publicada por Alianza.

TRAIDORES A TODOS de Giorgio Scerbanenco

Ahora que la novela negra arrasa en las ventas, sobre todo gracias a los autores nórdicos, algunas editoriales se han propuesto recuperar la obra de autores clásicos del género, como el italiano Giorgio Scerbanenco, del cual ya habían sido publicadas algunas novelas en ediciones quiosqueras de bolsillo.

        Traidores a todos (Traditori di tutti, 1966), una de sus últimas novelas, resulta todo un descubrimiento para los que no conocíamos a este autor. Con un inicio que te atrapa absolutamente gracias a un personaje del que no se nos da información pero que al final será trascendental en la resolución del caso, la novela va mostrando sus cartas poco a poco, moviéndose entre el misterio de tres asesinatos similares pero quizá por razones distintas, la aparición de una banda dedicada al tráfico de armas y de drogas, y una venganza que viene desde muy lejos y que aportará una luz definitiva a unos hechos que tienen su origen en la 2ª Guerra Mundial.

       Con diálogos que no renuncian al humor pero escritos en carne viva, y con escenas violentísimas y sin anestesia, Scerbanenco se sitúa en la línea más dura del género, sin cortarse a la hora de criticar el sistema judicial italiano y creando un protagonista cuyas opiniones y forma de actuar pueden hoy en día escandalizar a más de uno. Y todo ello con un talento narrativo innegable, así que esperemos que la reedición de su obra no se quede sólo en esta magnífica novela.

“Se lo dijo a los dos que estaban detrás, los dos a los que tenía que matar, y se bajó sin esperar respuesta, aunque ellos, amablemente, adormecidos por la comilona y también por la edad, dijeron con voz ronca que sí, que se bajase, y, libres de su presencia, se dispusieron a dormir mejor, viejos y gordos como estaban, los dos con sus impermeables blancos, y ella con la bufanda de lana alrededor del cuello, de un color habano hepático, semejante al del cuello, que le hacía más gorda, y una cara parecida a la de una enorme rana, pero que, en cambio, tiempo atrás, millones de años antes, cuando todavía no había terminado la guerra, la Segunda Guerra Mundial, había sido muy hermosa. Así se lo dijo, y ella, ahora, iba a matarla, junto con su compañero. Alguien, oficialmente, la llamaba Adele Terrini, y en Buccinasco, en cambio, en Ca`Tarino, donde había nacido y sabían muchas cosas de ella, la llamaban Adele la Ramera, aunque su padre, que era norteamericano y tonto, la había llamado Adele la Esperanza.”

             Traducción del equipo editorial con la colaboración de Cuqui Weller.

             Publicada por Ediciones Akal.

BAY CITY BLUES de Raymond Chandler

Además de sus grandes novelas protagonizadas por el detective Philip Marlowe, capitaneadas por la imprescindible El largo adiós (The long goodbye, 1953), Raymond Chandler escribió numerosos relatos policiacos que publicaba en revistas como Black Mask o Dime Detective Magazine. Cuatro de ellos están reunidos en el volumen Asesino bajo la lluvia y otros relatos, entre los que destaca Bay City Blues (1938), una gozada protagonizada por el detective Johnny Dalmas, pero en la que secundarios como el patrullero corrupto Al De Spain, el poli de homicidios Violetas M´Gee, y el periodista Muñeco Kincaid le comen la merienda literaria.

        No importa demasiado si uno acaba perdiéndose en la trama (con Chandler no es extraño), porque lo que realmente deslumbra es la descripción de los ambientes, la caracterización de sus personajes, y los diálogos, que son joyas del humor más sarcástico. Y en cuanto a diálogos, a Bay City Blues hay que darle de comer aparte. Chandler está considerado como uno de los grandes de la novela negra, pero debería aparecer también en cualquier antología del humor en la literatura. Sin ir más lejos, la película El sueño eterno (The big sleep, 1946) siempre me ha parecido, antes que una gran obra del cine negro, una de las mejores comedias de Howard Hawks.

        “Apoyé un brazo en el mostrador, y un hombre de paisano sin chaqueta y con una sobaquera que parecía del tamaño de una pata de palo sujeta a las costillas apartó un ojo de su periódico, dijo “¿Sí?” y acertó de lleno en una escupidera sin mover la cabeza ni una pulgada.

        -Busco a un tipo que se llama Muñeco Kincaid -dije.

        -Ha salido a comer. Yo le guardo el sitio -dijo con voz firme y sin emociones.

        -Gracias. ¿Tienen aquí una sala de prensa?

        -Sí. También tenemos retrete. ¿Quiere verlo?

        -Tranquilo, hombre -dije-. No pretendo meterme con su ciudad.

        Hizo sonar de nuevo la escupidera.

        -La sala de prensa está al final del pasillo. No hay nadie. Muñeco estará a punto de volver, si no se ha ahogado en una gaseosa.”

           Traducción de Juan Manuel Ibeas.

           Asesino bajo la lluvia y otros relatos está publicado por Alianza Editorial.

LOS PECADOS DE NUESTROS PADRES de Lawrence Block

A quien se pare a leer los títulos de crédito de las películas el nombr16-Lawrence-Blocke de Lawrence Block le sonará por ser el coautor del guión de My blueberry nights (2007) de Wong Kar-Wai, cuyos personajes tienen mucho que ver con su mundo literario, aunque la pirotecnia estética de que hace gala la película se encuentre en las antípodas de su narrativa.

        Uno de los principales ciclos novelísticos que forman la extensa obra de Block es el protagonizado por el expolicía y ahora detective Matthew Scudder, divorciado y padre, solitario y alcohólico, un tipo desencantado que deja fluir su vida entre casos de asesinato y que no duda en ejercer de juez cuando lo cree conveniente. Su bautismo de fuego como personaje lo encontramos en Los pecados de nuestros padres (The sins of the fathers, 1976), novela en la que ya están presentes el universo y el estilo propios de su autor, y que marcarán el resto del ciclo.

        El asesinato de una prostituta y el suicidio de su compañero de piso yLos_Pecados_de_Nuestros_Padres principal sospechoso le sirven en esta ocasión a Block  para presentar unos personajes atrapados por sus propios actos y que no tienen camino de regreso, habitantes de la enorme jaula en que se convierte la noche de Nueva York, poblada de borrachos, drogadictos, chorizos, chulos y violencia, y en la que el detective Scudder no actuará sólo como espectador y narrador, sino también como una más de sus víctimas. La ciudad se convierte en un personaje más que los engloba a todos, el lugar donde hay tantas formas de encontrar la muerte como habitantes, como mostrará el autor en otra de sus grandes novelas, Ocho millones de maneras de morir (Eight million ways to die, 1982), llevada al cine por el prematuramente fallecido Hal Ashby en la que fue su última película, con Jeff Bridges de protagonista.

        Pero lo que hace a Lawrence Block un escritor imprescindible del género es su estilo directo y descarnado, ajeno a florituras innecesarias (a su lado, la literatura de otro grande como Raymond Chandler casi podría tacharse de afectada), nada efectista pero efectivo como pocos, con unos diálogos impresionantes en los que el humor (en ocasiones delirante, en otras amargo) actúa como contrapunto de las miserias humanas, y que consigue mostrar, una vez más, que la gran novela negra puede ser tan existencialista como las obras de Sartre o Camus.

                      Traducción de Belén Aguilera Fierra.

                      Publicada por La factoria de ideas.