Archive for the ‘novela policiaca’ Tag

LOS IMPUNES de Richard Price

Richard Price is also the author of, among others, Clockers, Freedomland and The Wanderers.

Tras La vida fácil (Lush Life, 2008), que ya tuvo aquí su espacio, el gran Richard Price vuelve a la novela con Los impunes (The Whites, 2015), otra magistral crónica sobre la violenta realidad de las calles de Nueva York igual de buena o mejor que la anterior. Repleta de diálogos memorables al servicio de ese estilo tan visual marca de la casa que bebe tanto de la literatura y el cine policiacos como, en mi opinión, de la novela del XIX, la literatura de Price es uno de esos valores seguros que difícilmente defraudan.

41Dw2FIx1KL._SY445_QL70_Billy Graves es el único miembro aún en activo de una antigua división contra el crimen del Bronx, un grupo de compañeros y amigos que de vez en cuando se reúnen para tomar unas copas, comprobar que se van haciendo viejos y recordar aquello que los une de manera obsesiva: todos ellos guardan en el armario un fracaso, un culpable a quien no consiguieron llevar ante la justicia. Cuando uno de estos “impunes” aparece asesinado en una estación de tren, los fantasmas del pasado volverán para interrumpir la rutina de Billy. Paralelamente, conoceremos a otro agente llamado Milton Ramos, un policía alcohólico y violento que también tiene cuentas pendientes y parece dispuesto a todo para que se las paguen. Por supuesto, las vidas de Billy y Milton no tardarán en encontrarse.

Obra coral en la que, como es habitual en las novelas y los guiones televisivos de Price, cada personaje tiene sus momentos de gloria literaria, Los impunes supone una nueva y compleja incursión del autor en la realidad de las calles neoyorquinas, en la lucha diaria de los policías contra la delincuencia y contra su propia rutina diaria, pero sobre todo es una historia sobre los trapos sucios que nunca podrán lavarse y su peso en la conciencia, sobre la doble moral a la que agarrarnos cuando nos conviene y su influencia a la hora de perdonar a los demás y a nosotros mismos. Al terminar de leer su última página, resulta inevitable preguntarnos quiénes son realmente los impunes.

Milton cogió la toalla sucia y la dobló cuidadosamente hasta formar una gruesa tira. A continuación se puso a horcajadas sobre el borracho y extendió la toalla transversalmente sobe su garganta. Abrió al máximo la porra extensible y la colocó en el centro de la toalla. Apoyando con cuidado el pie derecho sobre el extremo más estrecho, presionó la barra de acero contra uno de los costados de la garganta del tipo. Después, agarrándose a una rama para mantener el equilibrio y modular la presión, colocó el otro pie sobre el mango de la porra, de modo que todo su peso cayera sobre la nuez; dicho peso fluctuaba entre los ochenta y los ochenta y cinco kilos dependiendo de la época del año y de qué festividad acabara de pasar.

Los ojos repentinamente saltones del borracho adquirieron una rojez húmeda y dorada, y el único sonido que fue capaz de proferir fue un débil gorjeo, como el de un pollito recién nacido en una granja cercana.

Al cabo de aproximadamente unos treinta segundos, Milton se bajó de la porra, primero un pie y después el otro, a continuación se acuclilló y retiró la gruesa toalla de debajo; el cuello no tenía ni una sola marca. Volvió a colocar la toalla sobre la garganta del tipo y nuevamente extendió la porra justo en el centro.

-¿Una vez más?

El borracho negó con la cabeza, hasta el débil gorjeo había desaparecido.

-Vamos… -Milton se irguió cuan largo era, volvió a equilibrarse sobre ambos extremos de la porra y empezó a balancearse de lado a lado-. Por si acaso nunca volvemos a vernos.

Traducción de Óscar Palmer Yáñez.

Publicada por Mondadori.

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ROSY & JOHN de Pierre Lemaitre

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Antes de abrirse las puertas del Premio Goncourt en el año 2013 con Nos vemos allá arriba (Au revoir là-haut), ambientada en la Primera Guerra mundial, el escritor parisino Pierre Lemaitre ya era un reconocido y premiado autor de novelas policiacas, varias de ellas protagonizadas por el comandante Camille Verhoeven. Rosy y John (2013), la más breve de la serie con apenas 150 páginas, tiene su origen en un folletín por episodios titulado Les Grands Moyens (2011), un encargo destinado a ser leído en smartphone, lo cual influye ya no solo en su brevedad, sino también en su estructura y en su endiablado ritmo.

En esta ocasión, Verhoeven se enfrenta a un joven que, tras hacer estallar un obús en plena calle, se entrega a la policía y les avisa de que hay otros seis programados para explotar. La condición para señalarles la situación de los obuses, que liberen a su madre, encarcelada por el asesinato de la novia del joven, y que les embarquen en un avión rumbo a Australia tras entregarles cuatro millones de euros. Tras este planteamiento, en el que entramos sin prolegómenos de ningún tipo, la novela nos mete de cabeza en una frenética carrera contra el reloj con sorpresas a cada vuelta de página, en la que John manipula a la policía y Lemaitre a nosotros en un juego del ratón y el gato que va sembrando dudas en torno a las intenciones reales del detenido.

Sin florituras estilísticas ni digresiones innecesarias que entorpezcan su ritmo, Rosy y John es una estupenda lectura para una noche veraniega de insomnio que además -cosa que, por desgracia, no siempre sucede en el género- nos reserva un magnífico final a la altura del resto de la novela.

La explosión tiene lugar a cincuenta metros. Por mucho que se lo esperase, le asombra su potencia. Se queda con la boca abierta, y en su rostro se leen a la vez la admiración y la ansiedad.

La detonación abofetea a los clientes del café y hace temblar el suelo como si, bajo sus pies, el metro hubiese sido sustituido de repente por un tren de alta velocidad. Las mesas se tambalean, los vasos vibran y se derraman, y harán falta varios segundos para que las miradas de estupefacción se vuelvan en la dirección correcta. Será en ese mismo instante cuando el andamio se ponga en movimiento para derrumbarse con un terrible estruendo.

El joven se levanta y se marcha sin pagar la consumición, aunque nadie va a reparar en ello. Da unas cuantas zancadas y se dirige al metro, que está lejos.

Llamémosle Jean. De hecho se llama John, pero esa es una larga historia. Se hace llamar Jean desde la adolescencia, ya volveremos a ello más adelante. Por el momento, pues, Jean.

La bomba ha funcionado aceptablemente. Según sus cálculos, es para estar satisfecho. Aunque albergue dudas sobre el alcance final de la operación, tendría que dar sus frutos.

Los supervivientes intentan ayudar a las víctimas. Jean se mete en el metro.

Él no va a ayudar a nadie. Él es quien ha puesto la bomba.

Traducción de Juan Carlos Durán Romero.

Publicada por Alfaguara.

EL POLICÍA QUE RÍE de Maj Sjöwall y Per Wahlöö

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Entre 1965 y 1975, la pareja sentimental formada por la traductora Maj Sjöwall y el periodista Per Wahlöö escribieron conjuntamente diez novelas policiacas protagonizadas por el comisario Martin Beck.  La  breve serie terminó al morir Wahlöö en 1975, y desde entonces es considerada como una influencia indiscutible por buena parte de las siguientes generaciones de novelistas escandinavos del género.

a893b754344a564c366f7e16d6572390El policía que ríe (Den skrattande polisen, 1968) es la cuarta entrega de la serie y, para mi gusto, una de las mejores. En ella el comisario Beck y sus colaboradores han de investigar el asesinato de ocho personas que viajaban en un autobús de línea regular en Estocolmo, entre las cuales se encontraba un joven policía ayudante de Beck. A medida que avanzan en el caso, van descubriendo que el múltiple crimen guarda relación con otro ocurrido años atrás que no pudo resolverse.

Como en el resto de novelas de la serie -todas estupendamente escritas y con un ritmo trepidante, entre lo mejor del género negro en Europa-, lo primordial no es tanto conocer el nombre del asesino (no estamos ante el tipo de novela en que varios personajes importantes en la trama aparecen como sospechosos hasta quedar solo uno) como la realista reconstrucción de un lento proceso de investigación, que tiene más de esfuerzo y de echarle horas, incluso de suerte a veces, que de magia deductiva, lo cual las hermana, en mi opinión, en muchos aspectos con la corriente norteamericana del género a la que pertenecen, entre otros, Ed McBain, Joseph Wambaugh o George Pelecanos. Junto a esa crónica del trabajo policial, la visión extremadamente crítica que los autores vierten sobre una Suecia que pasa por ser un modelo de sistema social pero bajo cuya fachada perfecta se extienden el crimen, el tráfico de drogas y la corrupción política.

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El policía que ríe fue la primera novela no escrita en inglés que recibió, en 1971, el premio Edgar Allan Poe. Este hecho propició su adaptación norteamericana al cine de la mano de Stuart Rosenberg, un estupendo film titulado aquí San Francisco, ciudad desnuda (The Laughing Policeman, 1973), con Walter Matthau y Bruce Dern como protagonistas.

La única persona que observaba el vehículo en ese momento era un hombre arrimado al muro de una casa, unos ciento cincuenta metros más arriba, en Norrbackagatan. Era un ladrón, que estaba a punto de romper un escaparate. Miró el autobús, porque quería que se quitara de en medio, y esperó a que pasara.

Vio cómo, efectivamente, el autobús frenó al llegar al cruce y luego comenzó a girar a la izquierda con los intermitentes encendidos. Luego se perdió de vista. El ruido de la lluvia era ensordecedor. El individuo levantó la mano y echó abajo el cristal.

Lo que no pudo ver fue que el giro nunca llegó a completarse.

Por un instante, el autobús rojo de dos pisos pareció detenerse en mitad de la curva. Luego, cruzó transversalmente la calzada, atravesó la acera y penetró medio cuerpo por la verja de alambre que separa Norra Stationsgatan de los desiertos solares de la terminal ferroviaria, sita al otro lado.

Allí se detuvo. El motor se paró. Pero los faros y la iluminación interior continuaron encendidos. Las ventanas empañadas seguían brillando como antes, cálidas y acogedoras en medio del frío y de la oscuridad. Y la lluvia azotaba el techo de chapa.

Pasaban tres minutos de las once de la noche, el 13 de noviembre de 1967. En Estocolmo.

Traducción de Martin Lexell y Manuel Abella.

Publicada por RBA.

EL JARDINERO NOCTURNO de George Pelecanos

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A los aficionados a las buenas series de televisión posiblemente les suene el nombre de George Pelecanos por ser uno de los guionistas de las magistrales The Wire y Treme, ambas creadas por David Simon. Menos conocida en nuestro país es su faceta como novelista, aunque lleva ya bastantes años siendo uno de los grandes del género policiaco norteamericano.

El-Jardinero-Nocturno---George-PelecanosUno de los mejores ejemplos de la narrativa de Pelecanos, y de los más reconocibles para los seguidores de The Wire, es El jardinero nocturno (The Night Gardener, 2006), una estupenda novela en la que la trama principal (la investigación policial de la muerte de un adolescente negro, cuyas características recuerdan a una serie de crímenes ocurridos varios años atrás) convive con otras historias sobre el tráfico de drogas y la violencia cotidiana en las calles de Washington, la discriminación racial en los colegios, la corrupción policial y un largo etcétera, en las que los abundantes personajes van repartiéndose el protagonismo y cuya estructura de escenas paralelas recuerda a la de las series de televisión.

La obsesión por el detalle, tanto en la descripción de los ambientes como en todo aquello que caracteriza a los personajes y la clase social a la que pertenecen (lo que comen, la música que escuchan, las marcas que visten); la crítica nada encubierta dirigida hacia los estamentos de la sociedad americana y, lo más importante, una asombrosa capacidad para escribir diálogos memorables son algunas de las señas de identidad de este magnífico novelista.

El escenario del crimen se encontraba entre las calles Treinta y tres y E, al borde de Fort Dupont Park, en un barrio conocido como Greenway, en la sección del Distrito Seis de Southeast D. C. Una chica de catorce años yacía en el césped de un jardín comunitario, en una zona oculta a la vista de los vecinos, cuyos patios daban a un bosque cercano. Llevaba cuentas de colores en el pelo trenzado. Parecía haber muerto de una herida de bala en la cabeza. Un agente de Homicidios de mediana edad, con una rodilla clavada en el suelo junto a ella, la miraba como esperando que despertara. Era el sargento T. C. Cook. Llevaba veinticuatro años en el cuerpo de policía. Y estaba pensando.

Sus pensamientos no eran optimistas. Ni en la chica ni en los alrededores se apreciaban manchas de sangre, a excepción de la que se había coagulado en los orificios de entrada y salida de la bala. No había sangre en la blusa, en los tejanos ni en las zapatillas deportivas, todo lo cual parecía recién estrenado. Era de suponer que después de asesinarla la desnudaron para ponerle ropa nueva, y que habían trasladado su cuerpo para dejarlo allí tirado.

Cook tenía el estómago encogido y advirtió, con cierta mala conciencia, que también se le había acelerado el pulso, lo que indicaba, si no agitación, al menos una honda implicación en el caso. La identificación del cadáver lo confirmaría, pero Cook sospechaba que era como los otros. La chica era una de ellos.

Traducción de Sonia Tapia.

Publicada por Ediciones B.

ALMAS GRISES de Philippe Claudel

Si un escritor actual reconoce como una de sus grandes referencias la literatura de Georges Simenon y, además, ese buen gusto se ve reflejado en sus propias novelas, ahí me tendrá como asiduo lector. Es el caso de Philippe Claudel, profesor, guionista, director de cine (debutó en 2008 con Hace mucho que te quiero (Il y a longtemps que je t´aime), un film que no estaba nada mal, protagonizado por Kristin Scott Thomas) y, sobre todo, uno de los grandes novelistas de la última literatura francesa.

        Almas grises (Les âmes grises, 2003), su quinta novela, fue la primera que leí. Su narrador es un policía que recuerda los hechos ocurridos veinte años atrás, durante la I Guerra Mundial, en un pequeño pueblo francés donde apareció asesinada una niña llamada Belle. Estamos pues, en principio, ante una novela policiaca, pero al igual que ocurre tantas veces con Simenon (y ahí está La muerte de Belle, una de sus mejores novelas, reseñada aquí hace tiempo, como inmejorable ejemplo) el crimen y su investigación son sólo un punto de apoyo para ir más allá, para adentrarse en la compleja y sorprendente naturaleza humana. A medida que avanza la crónica, escrita con una prosa que parece susurrada como un pudoroso secreto y que es capaz de sugerir toda la terrible tristeza que esconde la historia, van apareciendo las mentiras y las sombras sobre las que se sustentan las vidas de esas almas que nunca son blancas o negras, que pueden cargar, en silencio, con los pecados más imperdonables, y que son, al mismo tiempo, víctimas y culpables.

        “Cuando pienso en las manos de Destinat, largas, finas, cuidadas, salpicadas de manchas, todo tendones; cuando las veo, un atardecer de invierno, apretando el delgado y frágil cuello de Belle de Jour, mientras en el rostro de la niña la sonrisa se borra y una gran pregunta asoma a sus ojos; cuando imagino todo eso, esa escena que ocurrió, esa escena que no ocurrió, me digo que Destinat no estaba estrangulando a una niña, sino un recuerdo, un dolor; que, de pronto, lo que tenía entre las manos, bajo los dedos, era el fantasma de Clélis, y el de Lysia Verhareine, a los que intentaba retorcer el cuello para deshacerse de ellos definitivamente, para no volver a verlos, para no seguir oyéndolos, para no acercarse a ellos durante la noche sin poder alcanzarlos jamás, para no seguir amándolos en vano.

        Qué difícil es matar a los muertos, hacerlos desaparecer…Cuántas veces lo habré intentado yo…Qué sencillo sería todo si no fuera así.

        Así pues, otros rostros debieron de asomar al de la niña, de aquella niña encontrada por casualidad, al final de un largo día de nieve y hielo, cuando empezaba a llegar la noche y, con ella, todas las sombras dolorosas. De pronto, el amor y el crimen debieron de confundirse, como si, allí, sólo pudiera matarse aquello que se ama. Nada más.

        He vivido mucho tiempo con la idea de Destinat como asesino por error, por espejismo, por esperanza, por recuerdo, por terror. Me parecía hermosa. No atenuaba el crimen, pero lo hacía resplandecer, lo arrancaba de la sordidez. Asesino y víctima se transformaban en mártires, cosa poco frecuente.”

                 Traducción de José Antonio Soriano.

                 Publicada por Ediciones Salamandra.

LA VIDA FÁCIL de Richard Price

Sabiendo que escribió para Scorsese El color del dinero (The color of money, 1986), basada en la novela de Walter Tevis, y que es uno de los guionistas de la serie The Wire (2002), Richard Price no necesitaría más cartas de presentación. Pero, por si fuera poco, Price es también el autor de unas cuantas magníficas novelas que demuestran que es uno de los grandes cronistas norteamericanos: The wanderers (1974), llevada al cine por Philip Kaufman en 1979; Clockers (1992), adaptada por Spike Lee en 1995; o El samaritano (Samaritan, 2003).

        La última de ellas es La vida fácil (Lush life, 2008), aunque más que una novela parece una serie de televisión escrita a la espera de que alguien la lleve a la pantalla: quien se decida tiene ya la mitad del trabajo hecho. De estructura absolutamente cinematográfica, dividida en escenas en las que cada uno de los personajes cobra protagonismo, con las justas y breves descripciones para introducir lugares y personajes, La vida fácil es una fiesta para los amantes de los grandes diálogos, que aquí suenan veraces y trepidantes como pocas veces.  Renunciando casi totalmente al misterio y a la acción típicos del género policiaco, Price se apoya en ellos para mostrar cómo el asesinato de un joven afecta a las vidas de todos los implicados, desde los encargados de investigar el caso hasta el propio asesino, pasando por familiares y testigos, y para dibujar el día a día de un barrio conflictivo de Nueva York y sus habitantes, personajes secundarios imprescindibles.

        Si The Wire te gustó, La vida fácil es tu novela. Y, ya de paso, si no has visto The Wire, ¿a qué esperas?

        “-Permíteme que te aclare una cosa. Esto de aquí no consiste en investigar tu siguiente papel. Es un empleo. De hecho, estamos pagándote. Y voy a aclararte otra cosa. Es proactivo. Los clientes no van a un bar por las copas, van por el camarero. Cualquier camarero medianamente aceptable lo sabe; tú en cambio te plantas ahí, contestas a todo con monosílabos, eh, ah, ya, sí, no, bien. Contigo los clientes se sienten como perdedores, como si fueran tu castigo impuesto por un Dios envidioso o algo por el estilo. ¿Ves a Cleveland? -Señalando al del pelo rasta, ahora en el otro extremo de la barra-. Ese prepara un martini como si tuviera garfios en vez de manos, pero, te lo aseguro, como camarero te da mil vueltas porque se lo curra. Con él, todos son parroquianos, y nunca para quieto, nunca actúa como si este bolo fuera una etapa degradante en el vía crucis hacia el Premio Obie. En serio, viéndoos a los dos aquí esta noche…es como tener delante a un torbellino y un estafermo. Y, para serte sincero, a pesar del gentío que hay, preferiría pagarte el finiquito ahora mismo, dejarlo a él solo en la barra, o traer a uno de los camareros de mesa o incluso ponerme yo a atender, antes que dejarte seguir ni diez minutos más con ese rollo de “preferiría estar en los ensayos”. ¿Me has oído?”

             Traducción de Carlos Milla Soler.

             Publicada por Mondadori.

LA BESTIA DEBE MORIR de Nicholas Blake

El poeta irlandés Cecil Day-Lewis, padre del actor Daniel Day-Lewis, escribió además una serie de novelas policiacas, protagonizadas por el detective Nigel Strangeways, bajo el seudónimo de Nicholas Blake. La bestia debe morir (The beast must die, 1945) es la más popular de la serie.

        La primera parte de la novela, la mejor y una obra maestra por sí sola, es el diario del protagonista Frank Cairnes, escritor de novelas policiacas firmadas como Felix Lane, cuyo hijo ha sido atropellado y muerto por un conductor que se ha dado a la fuga. A partir de ese momento su único objetivo será encontrar al homicida y matarlo. Su inicio me recuerda al de Beltenebros (1989) de Antonio Muñoz Molina: “Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca.” La segunda parte toma una estructura más convencional, con la aparición del detective Strangeways, encargado de averiguar quién ha asesinado realmente a George Rattery, el conductor homicida, ya que Cairnes, el principal sospechoso, reconoce que planeó matarle, pero que no pudo hacerlo.

        Que yo sepa, la novela ha sido llevada al cine en dos ocasiones. La primera es una adaptación argentina casi desconocida, protagonizada por Narciso Ibáñez Menta; la segunda, Accidente sin huella (Que la bête meure, 1969), es una de las mejores películas de Claude Chabrol.

          “Voy a matar a un hombre. No sé cómo se llama, no sé dónde vive, no tengo idea de su aspecto. Pero voy a encontrarlo, y lo mataré…

        Amable lector: usted debe perdonarme este comienzo melodramático. Parece la primera frase de una de mis novelas policiales, ¿no es cierto? Sólo que esta historia nunca será publicada, y el amable lector es una cortés convención. No, tal vez no sea una cortés convención. Estoy decidido a cometer lo que la gente llama “un crimen”. Todo criminal, cuando carece de cómplices, necesita de un confidente: la soledad, el espantoso aislamiento y la angustia del crimen son demasiado para un solo hombre.”

                 Traducción de J. R. Wilcock.

                 Publicada por Emecé Editores.

EL CABALLERO Y LA MUERTE de Leonardo Sciascia

Hay autores que nunca defraudan, que son un valor seguro, un lugar al que regresar de vez en cuando en busca de buena literatura, de literatura inteligente: Sciascia es uno de ellos. Y no es que en todas sus novelas encontremos la maestría de El consejo de Egipto (Il consiglio d´Egitto, 1963) y de Todo modo (1974), para mí las dos mejores, pero el conocedor de la obra del escritor siciliano sabe que en cualquiera de sus obras puede encontrar entretenimiento, humor, denuncia, tramas policiacas e historia de Italia, y todo ello servido con una indudable brillantez narrativa.

        El caballero y la muerte (Il cavaliere e la morte, 1988) es, sólo en apariencia, una novela policiaca protagonizada por El Vice, un vicecomisario del que no conocemos su nombre que ha de investigar la muerte de un poderoso abogado y político a manos, supuestamente, de un nuevo grupo revolucionario autodenominado “Los hijos del 89”. Pero a Sciascia -y, por tanto, a nosotros como lectores- no le interesa tanto narrar la investigación y descubrir al culpable (abstenerse los que sólo busquen una típica trama detectivesca) como mostrar las reflexiones -a raíz de este último caso y de la contemplación recurrente de El caballero, la muerte y el diablo, el grabado de Durero que tiene colgado en su despacho- sobre su muerte y sobre la estupidez, el dolor y el mal que dejará tras de sí, de un personaje descreído, agotado y enfermo, que busca los últimos momentos de felicidad en las lecturas de su adolescencia, y en el que no es difícil ver reflejado al propio autor. Sciascia moría al año siguiente de la publicación de esta novela, probablemente la más sincera y personal de cuantas escribió.

   

        “Entretanto contemplaba El caballero, la muerte y el diablo. Quizá Ben Gunn, a juzgar por la forma en que lo describía Stevenson, se pareciese un poco a la muerte de Durero; y hasta le pareció que la muerte de Durero adquiría un reflejo grotesco. Siempre lo había inquietado un poco el aspecto cansado de la muerte, como si quisiese indicar el cansancio, la lentitud con que llegaba cuando ya se estaba cansado de la vida. Cansada la muerte, cansado su caballo: nada que ver con el caballo de El triunfo de la muerte o del Guernica. Y la muerte, a pesar de los amenazadores oropeles de las serpientes y la clepsidra, daba más una imagen de mendicidad que de triunfo. “La muerte se va pagando con la vida”. Una muerte mendicante, que se mendiga. En cuanto al diablo, también cansado, era un diablo demasiado horrible para resultar convincente. Valiente coartada en la vida de los hombres; hasta tal punto, que en aquel momento estaban tratando de devolverle la fuerza perdida: terapias de choque teológicas, reanimaciones filosóficas, prácticas parapsicológicas y metapsíquicas. Pero el diablo estaba tan cansado que prefería dejarlo todo en manos de los hombres, más eficaces que él.”

                Traducción de Ricardo Pochtar.

                Publicada por Tusquets.

LA HORA AZUL de Alonso Cueto

Quienes han leído Operación masacre (1957), del escritor argentino Rodolfo Walsh, sostienen que fue el pistoletazo de salida de la novela de no-ficción o basada en hechos reales, años antes de que apareciera A sangre fría (1965) de Truman Capote, que sigue siendo la obra más representativa del género y que durante mucho tiempo ha sido considerada su pionera. Controversias aparte, lo cierto es que esta literatura ha dado muchos y buenos frutos en la novela hispanoamericana, y hasta García márquez en Noticia de un secuestro (1996) o Ricardo Piglia en Plata quemada (1997) se han dejado tentar por ella. La hora azul (2005) del peruano Alonso Cueto, no es de las más conocidas pero sí de las mejores.

        Ganadora del Premio Herralde, La hora azul cuenta la obsesión del abogado Adrián Ormache, hijo de un oficial del ejército durante la guerra de Sendero Luminoso, por encontrar a la mujer a quien su padre le perdonó la vida, la única que pudo escapar del cuartel donde se las torturaba, violaba y asesinaba. A partir de esta historia real y de los datos documentados sobre Sendero Luminoso, y utilizando recursos propios de la novela policiaca, Cueto escribe una novela sobre el lado humano de los verdugos y la posibilidad de que sean perdonados, sobre cómo el pasado que apenas conocemos se cuela en nuestro presente y nos obliga a intentar completar una parte de nuestras vidas.

“Me imaginé cómo se vería desde allí una noche poblada de estrellas. Las manos temblando, la mujer llamada Miriam poniéndose el uniforme de Guayo y saliendo a aquel camino, y apenas volteando hacia ese hueco de la pequeña torre en la que estaba el vigía. Ella había prendido el cigarrillo, estaba concentrada en toda la extensión de sus músculos, acertando a dar con la voz de Guayo, voy a dar una vuelta, sus hombros buscaban el espacio donde avanzar sin despertar sospechas, encontrando la franja de aire que la separaba y la aproximaba al vigía, voy a dar una vuelta le había dicho, luego había pasado debajo del vigía y había logrado entrar al aire de fuera. Quizá había visto el milagro de una mano en alto, una mano que aceptaba su salida, hasta llegar al gran espacio negro a la derecha. Quizá había llegado al lugar en el que yo estaba en ese instante, ella caminando junto a esas piedras, no podía ceder al impulso de correr, había seguido con la caminata bajo el humo del cigarrillo, expuesta al cielo, sin apurarse, sin voltear, en la urgencia contenida de hacerse invisible hasta que pudiera llegar a ese camino desde donde se veía el cuartel. Traté de imaginarla allá, sobre el camino de piedras, abrazándose al frío, entrando a la negrura, a la parálisis de la velocidad, ¿así?, ¿había sido así?”

                 Publicada por Anagrama.