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MATEN AL LEÓN de Jorge Ibargüengoitia

JorgeIbarguengoitia

Al día siguiente, Bonilla, Paletón y el señor de la Cadena se levantaron a buena hora, hicieron sus necesidades ante el guardia de vista, se rasuraron con navaja prestada, se confesaron con el Padre Inastrillas, caminaron por los pasillos de la Jefatura entre un pelotón de la Policía Montada y se pararon en el patio de servicio, dando la espalda al muro de prácticas, mirando cómo los montados se hincaban, cortaban cartucho, apuntaban y disparaban. Murieron rayando el sol.

A la ejecución asistieron Jiménez, envuelto en un capote prusiano que lo hacía sudar a chorros, Galvazo, desveladón, un Ministro de la Suprema Corte, que fue quien dio fe, Cardona, en representación de la presidencia, con órdenes de asegurarse de que quedaran bien muertos los culpables, el Padre Inastrillas, que echó la bendición, y varios periodistas y fotógrafos.

El tiro de gracia estuvo a cargo del teniente Ibarra, personaje oscuro, que no volverá a aparecer en esta historia, ni en ninguna otra, porque murió esa misma noche de congestión alcohólica.

La literatura en castellano ha tratado en no pocas ocasiones el tema político del tirano, hasta convertirlo prácticamente en un subgénero por el que han transitado grandes nombres como Valle-Inclán, García Márquez, Roa Bastos o Vargas Llosa. maten-al-leon_jorge-ibarguengoitia_libro-OAFI970A esta ilustre lista se unió el mucho menos conocido Jorge Ibargüengoitia con Maten al león (1969), magnífica novela que se sirve del humor como herramienta de crítica, marca de la casa de este autor mejicano fallecido en el accidente aéreo de 1983 en Mejorada del Campo (Madrid).

Ambientada en un país ficticio, la novela narra el complot del partido en la oposición para asesinar al presidente Belaunzarán, al que se refieren como “el Gordo”, un tirano inculto y salvaje que pretende perpetuarse en el poder aunque para ello tenga que sobornar, corromper o llevarse por delante a todo aquel que pueda arrebatárselo. La mala suerte, la inutilidad y la falta de arrojo provocarán que los sucesivos intentos de magnicidio fracasen y que los conjurados vayan cayendo como moscas.

Ibargüengoitia construye una farsa demoledora repleta de inteligencia y sarcasmo en la que no deja títere con cabeza, burlándose tanto del tirano como de quienes pretenden correrle la poltrona para sentarse en ella, personajes acomodados que juegan a ser valientes mientras se pegan sus grandes juergas y coquetean por los salones y jardines. Una parodia política y social, divertida y a la vez muy seria, que demuestra una vez más que en las luchas por el poder los pobres siempre son los grandes olvidados y que cualquier acto revolucionario ha de surgir forzosamente del pueblo.

-Amigo Pereira -dice Cussirat-, soy un fracasado. Lo intenté matar tres veces. La primera les costó la vida a los moderados, la segunda, a mi novia, y la tercera, a mi mozo, que fue uno de los hombres más extraordinarios que he conocido, y a mi gran amigo de la infancia. Yo, que soy el responsable, me salvo, me vengo a meter en una choza, veo pobres por primera vez, duermo mal, y descubro que, después de todo, los pobres van a seguir siendo pobres, y los ricos, ricos. Si yo hubiera sido Presidente, hubiera hecho muchas cosas, pero no se me hubiera ocurrido darles dinero. ¿Así que qué importancia tiene que el Presidente sea un asesino o no lo sea?

-A mí nunca me había importado -dice Pereira, que ha seguido, con atención, el razonamiento.

-Usted es sabio -dice Cussirat.

Publicada por RBA.

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EL HOMBRE DEL BRAZO DE ORO de Nelson Algren

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La película de Edward Dmytryk titulada La gata negra (Walk on the Walk Side, 1962) lo tenía todo, en principio, para ser estupenda: un buen director, un reparto de campanillas y un guion del gran John Fante; pero la cosa no acabó de funcionar, en parte, creo yo, por el excesivo respeto al material original: en sus diálogos había mucha literatura, gran literatura.

Parecía, pues, recomendable acudir a la novela homónima, publicada en 1956, en que se basaba la película -y, por cierto, la celebérrima canción de Lou Reed- para descubrir a un autor poco conocido en España, contemporáneo de Fante y uno de los grandes amores de Simone de Beauvoir. Su nombre, Nelson Algren.

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El tal Algren resultó ser también el responsable de El hombre del brazo de oro (The Man with the Golden Arm, 1949), novela con la que ganó el National Book Award en 1950 y que Otto Preminger transformó en uno de los grandes éxitos cinematográficos de 1955 y en uno de sus films más populares, protagonizado por Frank Sinatra, Eleanor Parker y Kim Novak. Nunca me ha parecido de lo mejor de Preminger y menos aún tras leer la novela, a la que adultera de manera salvaje en muchas de sus partes más importantes. No es extraño que Algren la detestara.

Sinatra en El hombre del brazo de oro

La historia del ex soldado, drogadicto y crupier con un brazo El-hombre-del-brazo-de-orode oro Frankie Machine, que intenta darle un nuevo giro a su vida y escapar del destino que parece tener marcado buscando trabajo como batería en una orquesta- y de quien Don Winslow debió de tomar prestado el nombre para el protagonista de su novela El invierno de Frankie Machine (The Winter of Frankie Machine, 2006) -,es una de las crónicas más crudas y desesperanzadas sobre la otra cara del Sueño Americano, sobre los desheredados que no encuentran su lugar en la tierra de las oportunidades. Algren hunde su pluma en la mugre, en la suciedad, en la pobreza y en la derrota de los personajes que habitan el barrio polaco de Chicago y lo que extrae es una narrativa compleja de alta graduación, que se recrea en su poética casi feísta, repleta de imágenes metafóricas exuberantes, al describir ambientes y caracteres -leyéndola, he pensado en Quevedo y en los esperpentos de Valle-Inclán-y que exige al lector esfuerzo y paciencia adicionales. Quien se los entregue se verá recompensado con una literatura apasionante, con una novela extraordinaria.

Frankie Machine había visto tipos duros en sus veintinueve años. Pero cualquiera de los que estaba mirando parecía víctima de una paliza con duelas de tonel que le hubieran propinado durante toda la noche. Caras ensangrentadas como carne de cerdo cruda y picada lentamente en la inmensa trituradora de la gran ciudad; caras como bolsas blancas reventadas; una con ojos de gallina agonizante, y otra con los de la audacia de un bulldog acorralado; ojos con el leve resplandor de la histeria y ojos velados por el apagado esmalte del dolor. Miraban, hablaban y escuchaban sin prestar mucha atención, y respondían con vaguedades; pero todo el día parecían contemplar un horror incesante que se revolvía en su interior: las ruinas retorcidas de sus propias vidas torturadas, inútiles y sin amor.

Aunque no había visto a ninguno de ellos en su vida, Frankie los conocía a todos y cada uno. Porque todos sin excepción habían sido abrasados por la misma antorcha cuya llama también le había tocado a él. Una antorcha que ardía como una llama oscura y lenta dentro de uno mismo, hasta que lo desecaba por completo, vaciándolo de todo salvo de un sentimiento de culpa carbonizado.

El espléndido y secreto sentimiento de culpa tan propio de los americanos: el de no poseer nada, nada en absoluto, en la única tierra en que la propiedad y la virtud son uno y lo mismo.

Traducción de Vicente Campos.

Publicada por Galaxia Gutenberg.

LA ÚLTIMA PELÍCULA de Larry McMurtry

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La primera noticia que tuve de la literatura de Larry McMurtry me llegó gracias a una serie de estupendos wésterns que adaptaban varias novelas suyas en formato televisivo. No creo exagerar si digo que el mejor de ellos, Paloma solitaria (Lonesome Dove, 1989) de Simon Wincer, está entre las obras maestras de la historia del género.

Captura-de-pantalla-2013-01-07-a-las-13.19.30El siguiente encuentro llegó de la mano de Ang Lee y Brockback Mountain (2005), una estupenda película escrita por McMurtry. Y fue por esas mismas fechas cuando, por casualidad, descubrí que este gran escritor era también el autor de la novela La última película (The Last Picture Show, 1966), en la que se basó un jovencísimo Peter Bogdanovich para, en 1971, estrenar su mejor film, el que le situó a la cabeza de la nueva generación de cineastas de Hollywood, la de los Coppola, Scorsese, Spielberg, etc, etc. Por desgracia, y a pesar de algunas otras buenas películas, Bogdanovich no volvió a estar a la altura de las expectativas que despertó su obra maestra.

La historia que nos cuenta McMurtry está ambientada en Thalia, una pequeña, decadente y aburrida población de Texas sin ningún aliciente para los jóvenes que viven en ella y en la que los mayores dejan pasar el tiempo contemplando sus monótonas vidas. La amistad, la traición, el primer sexo adolescente, los amores que resisten nostálgicamente el paso del tiempo, los intentos por recuperar brevemente la juventud arruinada… van pasando impregnados de tristeza ante nosotros mientras asistimos a la desaparición del cine local, de los sueños y de la inocencia, y al auge de la televisión.

Con la ayuda de un reparto maravilloso y de la impresionante fotografía en blanco y negro del tres veces ganador del Oscar Robert Surtees, Bogdanovich supo dotar a las imágenes del film, en plena época de revolución del cine americano, de todo el aroma clásico que pedía el texto de McMurtry y que había aprendido de los grandes maestros, y regalarnos uno de esos finales que siempre guardaremos en nuestra memoria.

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Un día, un viernes por la tarde, la señorita Mosey tuvo que entrar en el cine a buscar una cosa que se había olvidado y dejó que Billy la acompañara. La pantalla apagada estaba como muerta, pero el muchacho se alegró de estar dentro, por lo menos, de modo que subió al palco y se sentó a esperar. La señorita Mosey pensó que ya habría salido y cerró con llave; no cayó en la cuenta de que podía haberse quedado en el palco hasta bien entrada la noche, cuando Sonny empezó a preocuparse de verdad y se puso a preguntar a los vecinos. Cuando entraron, Billy seguía sentado en silencio con su escoba, en medio de la oscuridad, esperando con la absoluta certeza de que la proyección empezaría de un momento a otro.

Durante todo el mes de octubre y todo el mes de noviembre, Billy añoró el cine. Sonny no sabía qué hacer, pero era una mala racha en general y ni siquiera sabía qué hacer consigo mismo. Ahora tenía otra concesión para bombear. Quería trabajar aún más para agotarse y así no pasar las noches en vela, sintiéndose solo. No había muchas novedades, y no creía que las fuera a haber. Un día fue a Wichita y compró un televisor, pensando que tal vez ayudaría a Billy a superarlo; pero no fue así. Billy veía la tele mientas Sonny estuviera por allí, pero en el momento en que Sonny se marchaba, él también. No confiaba en la televisión. Siguió acercándose al cine cada noche, con viento del norte o sin él: se sentaba en el bordillo de la acera a esperar, muerto de frío y desconcertado. Sabía que tarde o temprano abriría, y a Sonny no se le ocurría la manera de hacerle entender que el cine no volvería a funcionar.

Traducción de Regina López.

Publicada por Gallo Nero Ediciones.

EL REGRESO de Joseph Conrad / GABRIELLE (2005) de Patrice Chéreau

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El regreso (The Return) es una novela corta que probablemente sorprenda regreso_big5B15D_01a los lectores de las obras más conocidas de Joseph Conrad. No encontramos en ella personajes atormentados en busca de catárticas aventuras, ni duelos que se prolongan durante años, ni viajes a través del corazón de las tinieblas, aunque sí es posible que, a medida que avancemos en su lectura, veamos en su protagonista ciertos rasgos reconocibles. De todas formas, probablemente a más de uno pueda parecerle más próxima al universo de un Henry James o un Ford Madox Ford, y a saber si no fueron la influencia y la cercanía de estos dos autores las que llevaron a Conrad a afrontar el reto.

Publicada originalmente como parte de la colección Cuentos de inquietud (Tales of Unrest, 1898), nos presenta al matrimonio formado por Alvan Hervey y su esposa (personaje del que no conoceremos su nombre), una pareja conocida y envidiada en su círculo social, de vida acomodada económica y sentimentalmente, que de la noche a la mañana ve alterada su tranquila existencia, sus ideas y sus valores por un suceso absolutamente inesperado: al regresar a casa una tarde, Alvan encuentra una nota de su esposa diciéndole que lo abandona.

Mientras Alvan piensa en las razones y las consecuencias, al poco rato ella vuelve a casa arrepentida, explicando que todo ha sido un error. A partir de aquí, asistimos a un diálogo, que es más bien un monólogo por parte de Alvan, en el que la desbordante prosa de Conrad nos muestra a dos extraños incapaces de expresar sus sentimientos, dos seres a la deriva dominados por el miedo y la culpa que ven cómo se derrumba la farsa que han creado a su alrededor. Alvan reflexiona sobre todo aquello sobre lo que ha sustentado su vida y sobre lo que se ha perdido, lo que no ha vivido a cambio de la comodidad. Al cerrar la novela, su personaje es otro. Su drástica solución y el futuro que le adivinamos lo emparentan, ahora sí, con otros personajes típicamente conradianos.

Así vivieron juntos Alvan Hervey y su esposa cinco prósperos años. Con el tiempo acabaron conociéndose lo bastante para llevar en la práctica una existencia como la suya, pero eran tan incapaces de auténtica intimidad como lo serían dos animales que se alimentaran en el mismo pesebre, bajo el mismo techo, en unas lujosas cuadras. Una vez saciado, el deseo masculino de Hervey se convirtió en hábito; en cuanto a ella, había satisfecho ya sus aspiraciones: abandonar el hogar paterno, afirmar su personalidad, moverse en un círculo propio (mucho más elegante que el de sus progenitores), tener una casa para ella y su propia parcela personal de respeto, envidia y aprobación de la gente. Se entendían mutuamente con cautela, de modo tácito, como un par de conspiradores circunspectos unidos en una conjura que hubiera de reportarles beneficios: eran incapaces de considerar un hecho, un sentimiento, un principio o una creencia salvo a la luz de su propia dignidad, gloria o provecho. Cogidos de la mano, se deslizaban por la superficie de la vida, en una atmósfera pura y gélida, a la manera de dos hábiles patinadores que dibujaran figuras sobre el hielo para admiración de los espectadores, y que ignorasen con desdén la corriente subterránea, la corriente tumultuosa y oscura, la corriente de la vida, profunda e inasequible a las heladas.

Traducción de J. M. Lacruz Bassols.

Publicada por Editorial Funambulista.

GabrielleMoviePosterEl recientemente fallecido cineasta Patrice Chéreau acometió la difícil tarea de llevar las palabras de Conrad a imágenes y, en mi opinión, no salió demasiado airoso del reto, creando un envoltorio lujoso pero falto de alma que no consigue involucrarme.

Desde el primer momento intenta dotar de mayor importancia al personaje femenino para que no sea simplemente el detonante del drama, dándole un nombre, titulando con él la película y arropándolo con escenas y personajes secundarios que no aparecen en la novela. Esto, lógicamente, no invalidaría por si solo la adaptación, de no ser porque esos elementos nuevos no aportan nada a lo creado por Conrad, no consiguen equilibrar lo que dicen y hacen ambos personajes y aparecen como postizos ante la esencia primera del texto. Lo que sí logran es que la película naufrague entre dos aguas y que una actriz portentosa como Isabelle Huppert, quien al parecer tuvo más de un encontronazo con Chéreau, parezca despistada y, quizá por única vez, sin saber qué hacer con su personaje.

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Editada en DVD por DeAPlaneta.

TREN NOCTURNO A LISBOA de Pascal Mercier

A menudo se dice que leer una buena novela equivale a vivir otras vidas, acompañando a los personajes en su viaje, ocupando su lugar o identificándonos con ellos durante una temporada que, a veces, va mucho más allá de lo que dura la mera lectura. En el caso de Tren nocturno a Lisboa (Nachtzug nach Lissabon, 2004) -cuya adaptación al cine, dirigida por Bille August y con un reparto espectacular capitaneado por Jeremy Irons, podremos ver en 2013- esa sensación nos llega por partida doble. Por un lado, nuestra aventura como lectores de la historia de Raimund Gregorius, profesor de lenguas clásicas en un instituto, cuya vida solitaria y monótona dará un giro completo de un día para otro; por otro, la del propio Gregorius, también como lector, quien tras el encuentro casi fantasmagórico con una mujer portuguesa y el descubrimiento de un libro casi desconocido escrito en portugués, decide abandonar de repente su trabajo y su ciudad para viajar a Lisboa e investigar la vida del autor, un médico llamado Amadeu Prado que colaboró con la Resistencia durante la dictadura de Salazar, una personalidad misteriosa y fascinante que a lo largo de los años volcó sus pensamientos en unas cuantas páginas memorables. Su figura y su literatura, descifradas por Gregorius gracias al encuentro con las personas que lo conocieron y al aprendizaje de la lengua portuguesa, llevarán al profesor a reflexionar sobre sí mismo y sobre cómo ha sido su propia vida.

      Con una estructura casi de género policiaco y poblada por una galería de personajes maravillosos con entidad propia cada uno de ellos, Tren nocturno a Lisboa es una novela extensa pero sin puntos muertos, sin pasajes que sirvan sólo de puente entre los momentos brillantes, que desde sus primeros fragmentos, como pocas veces, nos promete la obra maestra y no nos decepciona, y que es capaz de transformar la literatura en vida a través de todos los temas universales por los que transita: amor y odio, soledad y memoria, lealtad y traición, historia, política, literatura (entre otras obras, están muy presentes el Libro del desasosiego (Livro do Desassossego) de Pessoa y El hombre que miraba pasar los trenes (L´homme qui regardait passer les trains, 1938), una de las mejores novelas de Simenon, en la que la vida del protagonista Kees Popinga cambiaba totalmente en cuestión de horas y él se veía obligado a coger un tren para huir de su ciudad), música, lenguaje, filosofía y tantos otros que hacen de ella una novela total que desde ya ha pasado a ocupar un lugar entre mis preferidas y que creo que ningún aficionado a la mejor literatura debería perderse.

     El siguiente fragmento corresponde a uno de los escritos de Prado. Cualquiera de ellos podría ocupar su lugar.

        “PALAVRAS NUM SILÊNCIO DE OURO. PALABRAS EN UN SILENCIO DE ORO. Cuando leo el periódico, cuando escucho la radio o presto atención en el café a lo que dice la gente, siento a menudo el hastío, incluso el asco por esas mismas palabras, siempre iguales, que se escriben o se pronuncian…por los mismos giros, las mismas fórmulas retóricas y las mismas metáforas. Y lo peor sucede cuando me escucho a mí mismo y me veo obligado a constatar que yo también digo eternamente las mismas cosas. Esas palabras están terriblemente gastadas y deterioradas, desgastadas por haber sido usadas millones y millones de veces. ¿Acaso tienen todavía algún significado? Por supuesto, el intercambio de palabras todavía funciona, las personas actúan sobre esa base, ríen y lloran, tuercen a la derecha o a la izquierda, el camarero trae el café o el té. Pero eso no es lo que pretendo cuestionar. La pregunta es: ¿son todavía esas palabras la expresión de unas ideas? ¿O son simplemente ineficaces estructuras sonoras que empujan a los hombres a un lado o al otro, porque las huellas grabadas de la cháchara despiden incesantemente un resplandor pasajero?

        A veces sucede que voy a la playa y estiro la cabeza al viento, un viento que yo desearía estuviese helado, más frío del que conocemos en este país: ese viento podría llevarse de mí todas las palabras gastadas, todos esos hueros hábitos del habla, a fin de poder regresar a casa con un espíritu depurado, limpio de toda la escoria característica de una perorata invariable. Sin embargo, a la primera oportunidad en que me veo obligado a decir algo, todo está como al principio. La purificación que añoro no es algo que surja por sí misma. Tengo que hacer algo, y tengo que hacerlo con palabras. Pero ¿qué hacer? No se trata de que quiera escapar de mi idioma y adentrarme en otro nuevo. No, no se trata de una diserción lingüística. Además, también me digo otra cosa a mí mismo: el lenguaje no se puede inventar de nuevo. ¿Qué es, pues, lo que quiero?

        Quizá sea eso: quisiera reordenar las palabras del portugués. Puede que las frases surgidas de ese nuevo orden no estén corruptas ni sean extravagantes, no deberían ser palabras exaltadas, manidas ni intencionadas. Tendrían que ser frases arquetípicas del portugués, las que conforman su centro, al punto de tener la sensación de que surgen sin rodeos ni impurezas de la esencia transparente y diamantina de ese idioma. Las palabras tendrían que ser impolutas como el mármol pulido, y tendrían que ser puras como las notas de una Partita de Bach, que transforma en silencio absoluto todo lo que no es ella misma. A veces, mientras queda todavía en mi interior un resto de reconciliación con ese cieno del idioma, pienso que podría ser el silencio agradable de un apacible salón o el silencio distendido entre dos amantes. Pero cuando se apodera de mí absolutamente la rabia por los pegajosos hábitos a la hora de usar las palabras, entonces no puede ser menos que el silencio claro y frío de un espacio sideral sin luz en el que yo soy el único que habla portugués y donde sigo el curso callado de mi órbita. El camarero, la peluquera, el revisor del tranvía, todos se quedarían perplejos si escucharan esas palabras en su nuevo orden, y su perplejidad sería provocada por la belleza de las frases, la cual no sería otra cosa sino el brillo de su claridad. Serían -me imagino- frases irrefutables, y también podría llamárselas inexorables. Estarían allí, incorruptibles e inamovibles, y en eso se parecerían a las palabras de un dios. Al mismo tiempo, estarían despojadas de toda hipérbole y de todo Pathos, tendrían precisamente tal sobriedad, que no se podría eliminar ni una sola de ellas, ni una sola coma. En ese sentido, serían comparables a un poema urdido por un orfebre de las palabras.”

                       Traducción de José Aníbal Campos.

                       Publicada por El Aleph Editores.

EL TERROR de Arthur Machen

En varias poblaciones de la campiña galesa comienzan a producirse hechos misteriosos e inexplicables: algunos vecinos son asesinados y otros parecen haberse suicidado; animales hasta ese momento pacíficos se rebelan contra sus dueños; aparecen extraños cuerpos luminosos que se mueven y parecen crecer; se oyen lamentos nocturnos…La situación, unida al conflicto bélico ante Alemania que vive el país y en el que algunos buscan la razón a lo que está ocurriendo, comienza a extender el terror entre los habitantes.

         Arthur Machen, uno de los más influyentes escritores del género fantástico, admirado por otros grandes como Lovecraft o Borges, se apartó bastante en El terror (The Terror: A Fantasy, 1917) de las características predominantes en sus más populares obras. Aun siendo una novela de corte fantástico, su estructura está cercana a la crónica personal de sucesos e incluso a la parábola moralizante, relacionada con la situación de guerra que vivía Europa. Un Machen algo distinto pero en plena forma para un estupendo relato que no me extrañaría que hubiese influido en el Orwell de Rebelión en la granja (Animal Farm, 1945) y en el que, como curiosidad, aparece el término Aleph más de treinta años antes de que Borges publicara su famoso cuento (Página 115: “Y luego una voz cantó la palabra Aleph, que pareció prolongarse durante siglos…”).

“Poco después de la muerte de Cradock, la gente empezó a repetir extrañas historias de un ruido que se oía por las noches en los montes y valles al norte de Porth. El primero en escucharlo fue alguien que perdió el último tren de Meiros y tuvo que venirse a pie hasta Porth, que está a unas diez millas. Al pasar sobre una colina cerca de Tredonoc, a eso de las diez y media o las once, lo detuvo un ruido muy raro que no consiguió identificar: un grito prolongado y tristísimo, un lamento desmayado que venía de lejos. Pensó primero que serían lo búhos ululando en el bosque, pero no era eso: se oía un grito prolongado, seguido por un silencio, y luego el ruido volvía a empezar. No tenía idea de lo que pudiese ser, sintió miedo sin saber por qué y apretó el paso. Esa noche se alegró al ver las luces de la estación de Porth.

        Le habló a su mujer del ruido lúgubre que había oído y su mujer lo repitió a los vecinos, quienes, en su mayoría, lo atribuyeron a “pura imaginación”, cuando no a unos tragos de más o, después de todo, a los búhos. Pero la noche siguiente dos o tres personas que volvían de una pequeña fiesta en una casa de la carretera a Meiros, oyeron el mismo ruido, poco después de las diez. Contaron, casi con idénticas palabras, que era un grito largo, quejumbroso, increíblemente triste en la quietud de la noche de otoño. “Como el fantasma de una voz”, contó una; “como si viniera del fondo de la tierra”, agregó otra.”

                     Traducción de Luis Loayza.

                     Publicada por Alianza Editorial.

STONER de John Williams

Stoner (1970) no fue precisamente un exitazo en el momento de su publicación, quizá porque la literatura norteamericana de aquella convulsa época circulaba por otros derroteros a los que es completamente ajena, o quizá, más sencillamente, porque siempre hay extraordinarias novelas, de argumentos en principio poco atractivos, escritas en voz baja, que se van quedando injustamente por el camino. Afortunadamente, ahora podemos descubrirla en su traducción al español.

         La novela de John Williams cuenta la historia de William Stoner, un profesor universitario no demasiado popular que entrega toda su vida a la enseñanza, mientras ésta transcurre entre el tedio, la derrota, la mediocridad y, en el fondo, el deseo de sentirse querido, de saberse vivo, con apenas un par de soplos de aire que alteran su monotonía. Williams le acompaña desde su juventud como estudiante hasta sus últimos días, postrado en su cama y rodeado de libros, y lo hace como narrador distante, con un estilo que se corresponde extraordinariamente con el carácter del personaje y con los hechos que nos cuenta. No es Stoner una novela de grandes personajes ni de sucesos para el recuerdo. Williams acepta el reto de servirse tan sólo de su maestría como escritor para que una vida como la de millones de personas consiga engancharnos, conmovernos y, al terminar el libro, parecernos única. Y lo consigue. 

        El siguiente fragmento pertenece a la parte final del libro. En él, un anciano Stoner recuerda a Katherine Driscoll, una antigua alumna con la que vivió un intenso romance al que renunció para conservar su matrimonio y su puesto en la universidad. A esa relación le dedica Williams varios de los momentos más hermosos de la novela.      

“Sólo en una ocasión recibió noticias de Katherine Driscoll. A comienzos de primavera en 1949 le llegó una circular de prensa de una gran universidad del Este, anunciando la publicación del libro de Katherine y recogiendo algunas palabras sobre la autora. Daba clase en una buena facultad de humanidades en Massachusetts, no estaba casada. Consiguió una copia del libro tan pronto como pudo. Cuando lo tuvo entre las manos pareció que sus dedos cobraban vida, temblaban tanto que apenas podía abrirlo. Pasó las primeras páginas y vio la dedicatoria: “Para W.S.”

        Se le nublaron los ojos y durante largo rato se quedó sentado inmóvil. Después movió la cabeza, regresó al libro y no lo dejó hasta haberlo leído entero.

        Era tan bueno como había pensado que sería. La prosa era ágil y su pasión estaba enmascarada por la serenidad y la claridad de su inteligencia. Era ella misma lo que se traslucía en lo que leía, se percató, y se maravillaba de la certeza con la que podía contemplarla incluso ahora. De repente fue como si ella estuviese en la habitación de al lado y la acabase de ver hacía sólo un instante. Sentía un hormigueo en las manos como si la hubiera tocado. Y el sentimiento de haberla perdido, que llevaba tanto tiempo guardado dentro, afluyó, le absorbió y se dejó llevar por la corriente, más allá del control de su voluntad, no queriendo salvarse. Luego sonrió con ternura, como recordando algo, le vino a la mente que tenía casi sesenta años y que debía estar por encima de la fuerza de aquella pasión, de aquel amor.

        Pero no lo había superado, lo sabía, y nunca podría hacerlo. Bajo la confusión, la indiferencia, el olvido, ahí estaba. El amor, intenso y fijo, siempre había estado ahí. En su juventud lo había dado sin pensar, lo había dado al conocimiento que le había revelado -¿hace cuántos años?- Archer Sloane; se lo había dado a Edith, en aquellos primeros días tontos y ciegos de cortejo y matrimonio, y se lo había dado a Katherine, como si nunca antes lo hubiera hecho. Lo había ido dando, de manera extraña, en cada momento de su vida y quizás lo había dado más cuando no era consciente de estar dándolo. No se trataba de una pasión ni de la mente ni de la carne; era más bien una fuerza que comprendía a ambas, como si fuese, más que un asunto de amor, su sustancia específica. A una mujer o a un poema, simplemente decía: ¡Mira! Estoy vivo.”

                  Traducción de Antonio Díez Fernández.

                  Publicada por Ediciones Baile del Sol.

SERENATA de James M. Cain

Un cantante de ópera de oscuro pasado que, tras perder la voz, malvive en Méjico; una prostituta mejicana de la que se enamora y que le hace recobrar el interés por la vida; un capitán de barco amante de la ópera y la música clásica que les ayudará a llegar a Estados Unidos, donde espera de nuevo la gloria y el éxito en el cine; un famoso y manipulador director de orquesta que en el pasado mantuvo una relación homosexual con el cantante y que vuelve para recuperarle…Amor fou, tragedia, ópera, el Hollywood de los años 30, la homosexualidad reprimida, la religión, la belleza y la muerte con toda la carga simbólica que estos temas tienen en la cultura mejicana para una novela de culto e inclasificable titulada Serenata (Serenade, 1937), en la que el gran James Mallahan Cain, gran aficionado a la ópera, se desvía del género negro más clásico para otorgarle otra dimensión y las que hagan falta. De argumento imposible y delirante, casi como una pesadilla en primera persona, que podría hacer babear durante horas a quienes gustan de las telenovelas, gracias a la prosa de Cain Serenata se convierte en una de las más insólitas, singulares y apasionadas obras maestras de la literatura norteamericana, y cuyo equivalente en el cine podríamos encontrarlo sobre todo en las filmografías de Nicholas Ray o Douglas Sirk.

        De hecho, durante años circuló el malentendido, por la similitud entre algunas de sus escenas, de que la película de Sirk titulada Interludio de amor (Interlude, 1956) –remake del film de John M. Stahl When Tomorrow Comes (1939)- era una adaptación de Serenata, cuando en realidad lo era, y también la película de Stahl, de otra obra de Cain titulada Una cenicienta moderna (A Modern Cinderella). Curiosamente, en el mismo año 1956 se estrenaba Dos pasiones y un amor (Serenade), protagonizada por Mario Lanza y Sara Montiel, que sí está basada, aunque con importantes variaciones, en Serenata, pero que, lamentablemente, supone uno de los escasos puntos negros en la formidable filmografía de Anthony Mann.

        “-Por la noche, cuando estoy solo, escuchando mi radio, pienso mucho en la belleza. Trato de descubrir la razón, por qué un hombre como Strauss pudo poner en la superficie los peores sonidos que jamás profanaron la noche y a la vez darme algo tangible. Hay una cosa que sé: la verdadera belleza tiene terror. Ahora responderé a tus juicios despectivos sobre Beethoven. Hay terror en él, no así en los compositores de oberturas. Escribieron buena música, después de lo que has dicho los escucharé con respeto. Pero si arrojas una piedra sobre Beethoven, jamás la oirás llegar al fondo. Transmite la eternidad y el infinito, que llegan al alma como la muerte. Recuerda lo que te digo. En esa pequeña hay terror, espero que no lo olvides en tus relaciones con ella.

        No tenía nada que responder. Dios sabe que yo había percibido ese terror en ella. Encendimos las pipas y contemplamos Ensenada, bajo la luz gris que por momentos se volvía azul y violeta. No me quedaban cigarrillos, fumaba el tabaco del capitán, en una pipa que él me había prestado después de limpiarla con un chorro de vapor en la caldera. A menos de treinta metros del barco surgió del agua una aleta negra, horrible. Debía de medir unos veinte centímetros y no zigzagueó ni hendió el agua ni hizo ninguna de esas cosas que dicen los libros. Permaneció allí un par de segundos, hasta que se produjo un fuerte coletazo y desapareció bajo el agua.

        -¿Lo viste, muchacho?

        -¿Qué cosa tan horrible, no?

        -Es la demostración de lo que estoy tratando de decirte. Mira bien. Mira el agua, la espuma, los colores de la orilla. ¿Crees que ahí está la belleza del mar del Trópico? No está ahí. Está en el conocimiento de lo que acecha bajo la superficie, esa cosa horrible, como la llamas tú, que lleva la muerte en cada uno de sus movimientos. Así es la belleza. Así es México. No lo olvides.”

                  Traducción de Daniel Zadunaisky.

                  Publicada por Emecé Editores.

EL SALARIO DEL MIEDO de Georges Arnaud

Contemporáneo de Sartre, Camus y Malraux, Georges Arnaud, de nombre real Henri Girard, no es precisamente uno de los escritores franceses más prestigiosos del pasado siglo. Activista político a favor de la independencia de Argelia, conoció el éxito gracias, sobre todo, a su novela El salario del miedo (Le salaire de la peu, 1950). Escrita tras su estancia en Sudamérica, cuenta la historia de unos exiliados que malviven esperando un trabajo que les permita ganar lo suficiente para largarse. A cuatro de ellos les llega la oportunidad: deberán conducir un camión cargado de nitroglicerina que al menor descuido les hará saltar por los aires.

        Con cierta crítica hacia la explotación capitalista, la novela es ante todo un estudio sobre el miedo a morir, sobre los límites que puede llegar a soportar la condición humana (que diría Malraux) para conseguir aquello que se desea por encima de todo, sin saber que las paradojas del destino esperan a la vuelta de cualquier curva. Sin recurrir a golpes de efecto ni a parafernalias estilísticas, el gran logro de Arnaud es hacernos sentir de la manera más directa cómo la angustia de los personajes va creciendo a cada minuto, a cada segundo de un trayecto que les hará descubrirse a sí mismos.

        La popularidad de la novela fue aún mayor tras el estreno en 1953 de la extraordinaria adaptación cinematográfica de Henri-Georges Clouzot, mucho mejor, desde luego, que el remake de 1977 titulado Carga maldita (Sorcerer), dirigido por William Friedkin y con nuestro Paco Rabal formando parte de un reparto internacional.

        El siguiente fragmento corresponde a la que es, posiblemente, la escena más terrible de la novela y de la película de Clouzot, protagonizada por unos estupendos Ives Montand y Charles Vanel.

        “Johnny sigue retrocediendo delante de los faros. Como en un sueño, resbala y tropieza en esa pesadilla de fango; como en un sueño, tropieza y cae de espaldas. Pero no es un sueño, porque no se despierta al gritar. Con la cabeza fuera del líquido que cubre por completo su cuerpo caído, grita una y otra vez. El camión continúa avanzando implacablemente hacia él. Gerard lo ha visto todo, pero no levanta el pie para frenar; lo importante es pasar. La rueda delantera llega al pie del rumano, lo pisa, lo aplasta contra el fango que se solidifica bajo la enorme presión. Johnny forcejea, grita, siente cómo le trituran la pierna, aúlla como si lo mataran. Sturmer, con la mirada fija en lo alto de la cuesta que va a subir, no presta atención a ese cuerpo desarticulado que está aplastando, o tal vez ahogando, quién sabe, bajo las ruedas; qué importa, hay que pasar. Hay que pasar.”

               Traducción de Encarna Castejón.

               Publicada por Editorial Debate.

CARTA DE UNA DESCONOCIDA de Stefan Zweig

Hace unos veinte años vi por primera vez, en la Filmoteca de Barcelona, Carta de una desconocida (Letter from an Unknown Woman, 1948), la obra maestra del gran Max Ophüls. Recuerdo que al terminar la película los espectadores continuaron en silencio durante unos instantes para, de repente, levantarse de sus asientos y comenzar a aplaudir, en una ovación que duró varios minutos y que supuso el mayor homenaje espontáneo que he visto en una sala de cine. Siempre me he alegrado especialmente de asistir a ese momento, ya que tras volver a verla varias veces en dvd, tras haber visto otras muchas obras maestras, Carta de una desconocida sigue siendo mi película preferida de la historia del cine.

        La breve novela en que se basa el film de Ophüls, publicada en 1927 por Stefan Zweig, no me parece, ni mucho menos, a la altura de su adaptación cinematográfica (al contrario de lo que suele decirse, muchísimas películas superan con creces a sus originales literarios), pero sin sus personajes y situaciones, sin sus preciosas palabras, no habría existido la insuperable puesta en escena de Ophüls, el carrusel de imágenes deslumbrantes que ilustran la trágica historia de amor entre Lisa y Stefan (Joan Fontaine y Louis Jourdan en los papeles de su vida), razón más que suficiente para que ocupe un lugar de privilegio en la biblioteca.

        El fragmento que os dejo es el inicio de la carta que Lisa le escribe a Stefan. Mientras lo transcribo, ya me dan ganas de ver de nuevo la película, de volver a Viena, en el 1900…

        “Mi hijo murió ayer. Durante tres días y tres noches estuve luchando con la muerte, tratando de salvar su frágil vida. Durante cuarenta horas consecutivas, mientras la fiebre abrasaba su pobre cuerpo, le velé al pie de su cama. Le puse compresas fría sobre la frente; día y noche, noche y día. Sostuve sus manitas inquietas. La tercera noche, mis fuerzas se quebraron. Se me cerraron los ojos sin darme cuenta y debí de dormir tres o cuatro horas en aquella dura silla. Mientras tanto, me lo arrebató la muerte. Y ahí yace mi pobre, mi querido pequeño, en su estrecha cama, tal como murió. Sólo sus ojos, sus inteligentes ojos oscuros, han sido cerrados; sus manos están cruzadas sobre el pecho, sobre su blanca camisa. Arden cuatro cirios, uno en cada esquina de la cama.

        No me atrevo a mirarle, tengo miedo de moverme. Las llamas, al oscilar, hacen vagar sombras extrañas sobre su rostro y sus labios cerrados. Se diría que sus rasgos se animan y, por un momento, casi llego a imaginar que en realidad no está muerto, que va a despertar y a decirme con su clara voz algo adorablemente infantil.

        Pero sé que está muerto; no quiero volver a mirarle, para no sentir, una vez más, esta loca esperanza y una vez más sufrir el desengaño. Mi hijo murió ayer, ahora lo sé. Ya no me queda nadie en el mundo más que tú; sólo tú, que no me conoces; tú, que vives alegre jugando con los hombres y las cosas. Sólo tú, que nunca me has conocido y a quien yo nunca he dejado de amar.”

            Publicada por Editorial Juventud.