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STONER de John Williams

Stoner (1970) no fue precisamente un exitazo en el momento de su publicación, quizá porque la literatura norteamericana de aquella convulsa época circulaba por otros derroteros a los que es completamente ajena, o quizá, más sencillamente, porque siempre hay extraordinarias novelas, de argumentos en principio poco atractivos, escritas en voz baja, que se van quedando injustamente por el camino. Afortunadamente, ahora podemos descubrirla en su traducción al español.

         La novela de John Williams cuenta la historia de William Stoner, un profesor universitario no demasiado popular que entrega toda su vida a la enseñanza, mientras ésta transcurre entre el tedio, la derrota, la mediocridad y, en el fondo, el deseo de sentirse querido, de saberse vivo, con apenas un par de soplos de aire que alteran su monotonía. Williams le acompaña desde su juventud como estudiante hasta sus últimos días, postrado en su cama y rodeado de libros, y lo hace como narrador distante, con un estilo que se corresponde extraordinariamente con el carácter del personaje y con los hechos que nos cuenta. No es Stoner una novela de grandes personajes ni de sucesos para el recuerdo. Williams acepta el reto de servirse tan sólo de su maestría como escritor para que una vida como la de millones de personas consiga engancharnos, conmovernos y, al terminar el libro, parecernos única. Y lo consigue. 

        El siguiente fragmento pertenece a la parte final del libro. En él, un anciano Stoner recuerda a Katherine Driscoll, una antigua alumna con la que vivió un intenso romance al que renunció para conservar su matrimonio y su puesto en la universidad. A esa relación le dedica Williams varios de los momentos más hermosos de la novela.      

“Sólo en una ocasión recibió noticias de Katherine Driscoll. A comienzos de primavera en 1949 le llegó una circular de prensa de una gran universidad del Este, anunciando la publicación del libro de Katherine y recogiendo algunas palabras sobre la autora. Daba clase en una buena facultad de humanidades en Massachusetts, no estaba casada. Consiguió una copia del libro tan pronto como pudo. Cuando lo tuvo entre las manos pareció que sus dedos cobraban vida, temblaban tanto que apenas podía abrirlo. Pasó las primeras páginas y vio la dedicatoria: “Para W.S.”

        Se le nublaron los ojos y durante largo rato se quedó sentado inmóvil. Después movió la cabeza, regresó al libro y no lo dejó hasta haberlo leído entero.

        Era tan bueno como había pensado que sería. La prosa era ágil y su pasión estaba enmascarada por la serenidad y la claridad de su inteligencia. Era ella misma lo que se traslucía en lo que leía, se percató, y se maravillaba de la certeza con la que podía contemplarla incluso ahora. De repente fue como si ella estuviese en la habitación de al lado y la acabase de ver hacía sólo un instante. Sentía un hormigueo en las manos como si la hubiera tocado. Y el sentimiento de haberla perdido, que llevaba tanto tiempo guardado dentro, afluyó, le absorbió y se dejó llevar por la corriente, más allá del control de su voluntad, no queriendo salvarse. Luego sonrió con ternura, como recordando algo, le vino a la mente que tenía casi sesenta años y que debía estar por encima de la fuerza de aquella pasión, de aquel amor.

        Pero no lo había superado, lo sabía, y nunca podría hacerlo. Bajo la confusión, la indiferencia, el olvido, ahí estaba. El amor, intenso y fijo, siempre había estado ahí. En su juventud lo había dado sin pensar, lo había dado al conocimiento que le había revelado -¿hace cuántos años?- Archer Sloane; se lo había dado a Edith, en aquellos primeros días tontos y ciegos de cortejo y matrimonio, y se lo había dado a Katherine, como si nunca antes lo hubiera hecho. Lo había ido dando, de manera extraña, en cada momento de su vida y quizás lo había dado más cuando no era consciente de estar dándolo. No se trataba de una pasión ni de la mente ni de la carne; era más bien una fuerza que comprendía a ambas, como si fuese, más que un asunto de amor, su sustancia específica. A una mujer o a un poema, simplemente decía: ¡Mira! Estoy vivo.”

                  Traducción de Antonio Díez Fernández.

                  Publicada por Ediciones Baile del Sol.

SERENATA de James M. Cain

Un cantante de ópera de oscuro pasado que, tras perder la voz, malvive en Méjico; una prostituta mejicana de la que se enamora y que le hace recobrar el interés por la vida; un capitán de barco amante de la ópera y la música clásica que les ayudará a llegar a Estados Unidos, donde espera de nuevo la gloria y el éxito en el cine; un famoso y manipulador director de orquesta que en el pasado mantuvo una relación homosexual con el cantante y que vuelve para recuperarle…Amor fou, tragedia, ópera, el Hollywood de los años 30, la homosexualidad reprimida, la religión, la belleza y la muerte con toda la carga simbólica que estos temas tienen en la cultura mejicana para una novela de culto e inclasificable titulada Serenata (Serenade, 1937), en la que el gran James Mallahan Cain, gran aficionado a la ópera, se desvía del género negro más clásico para otorgarle otra dimensión y las que hagan falta. De argumento imposible y delirante, casi como una pesadilla en primera persona, que podría hacer babear durante horas a quienes gustan de las telenovelas, gracias a la prosa de Cain Serenata se convierte en una de las más insólitas, singulares y apasionadas obras maestras de la literatura norteamericana, y cuyo equivalente en el cine podríamos encontrarlo sobre todo en las filmografías de Nicholas Ray o Douglas Sirk.

        De hecho, durante años circuló el malentendido, por la similitud entre algunas de sus escenas, de que la película de Sirk titulada Interludio de amor (Interlude, 1956) –remake del film de John M. Stahl When Tomorrow Comes (1939)- era una adaptación de Serenata, cuando en realidad lo era, y también la película de Stahl, de otra obra de Cain titulada Una cenicienta moderna (A Modern Cinderella). Curiosamente, en el mismo año 1956 se estrenaba Dos pasiones y un amor (Serenade), protagonizada por Mario Lanza y Sara Montiel, que sí está basada, aunque con importantes variaciones, en Serenata, pero que, lamentablemente, supone uno de los escasos puntos negros en la formidable filmografía de Anthony Mann.

        “-Por la noche, cuando estoy solo, escuchando mi radio, pienso mucho en la belleza. Trato de descubrir la razón, por qué un hombre como Strauss pudo poner en la superficie los peores sonidos que jamás profanaron la noche y a la vez darme algo tangible. Hay una cosa que sé: la verdadera belleza tiene terror. Ahora responderé a tus juicios despectivos sobre Beethoven. Hay terror en él, no así en los compositores de oberturas. Escribieron buena música, después de lo que has dicho los escucharé con respeto. Pero si arrojas una piedra sobre Beethoven, jamás la oirás llegar al fondo. Transmite la eternidad y el infinito, que llegan al alma como la muerte. Recuerda lo que te digo. En esa pequeña hay terror, espero que no lo olvides en tus relaciones con ella.

        No tenía nada que responder. Dios sabe que yo había percibido ese terror en ella. Encendimos las pipas y contemplamos Ensenada, bajo la luz gris que por momentos se volvía azul y violeta. No me quedaban cigarrillos, fumaba el tabaco del capitán, en una pipa que él me había prestado después de limpiarla con un chorro de vapor en la caldera. A menos de treinta metros del barco surgió del agua una aleta negra, horrible. Debía de medir unos veinte centímetros y no zigzagueó ni hendió el agua ni hizo ninguna de esas cosas que dicen los libros. Permaneció allí un par de segundos, hasta que se produjo un fuerte coletazo y desapareció bajo el agua.

        -¿Lo viste, muchacho?

        -¿Qué cosa tan horrible, no?

        -Es la demostración de lo que estoy tratando de decirte. Mira bien. Mira el agua, la espuma, los colores de la orilla. ¿Crees que ahí está la belleza del mar del Trópico? No está ahí. Está en el conocimiento de lo que acecha bajo la superficie, esa cosa horrible, como la llamas tú, que lleva la muerte en cada uno de sus movimientos. Así es la belleza. Así es México. No lo olvides.”

                  Traducción de Daniel Zadunaisky.

                  Publicada por Emecé Editores.

EL SALARIO DEL MIEDO de Georges Arnaud

Contemporáneo de Sartre, Camus y Malraux, Georges Arnaud, de nombre real Henri Girard, no es precisamente uno de los escritores franceses más prestigiosos del pasado siglo. Activista político a favor de la independencia de Argelia, conoció el éxito gracias, sobre todo, a su novela El salario del miedo (Le salaire de la peu, 1950). Escrita tras su estancia en Sudamérica, cuenta la historia de unos exiliados que malviven esperando un trabajo que les permita ganar lo suficiente para largarse. A cuatro de ellos les llega la oportunidad: deberán conducir un camión cargado de nitroglicerina que al menor descuido les hará saltar por los aires.

        Con cierta crítica hacia la explotación capitalista, la novela es ante todo un estudio sobre el miedo a morir, sobre los límites que puede llegar a soportar la condición humana (que diría Malraux) para conseguir aquello que se desea por encima de todo, sin saber que las paradojas del destino esperan a la vuelta de cualquier curva. Sin recurrir a golpes de efecto ni a parafernalias estilísticas, el gran logro de Arnaud es hacernos sentir de la manera más directa cómo la angustia de los personajes va creciendo a cada minuto, a cada segundo de un trayecto que les hará descubrirse a sí mismos.

        La popularidad de la novela fue aún mayor tras el estreno en 1953 de la extraordinaria adaptación cinematográfica de Henri-Georges Clouzot, mucho mejor, desde luego, que el remake de 1977 titulado Carga maldita (Sorcerer), dirigido por William Friedkin y con nuestro Paco Rabal formando parte de un reparto internacional.

        El siguiente fragmento corresponde a la que es, posiblemente, la escena más terrible de la novela y de la película de Clouzot, protagonizada por unos estupendos Ives Montand y Charles Vanel.

        “Johnny sigue retrocediendo delante de los faros. Como en un sueño, resbala y tropieza en esa pesadilla de fango; como en un sueño, tropieza y cae de espaldas. Pero no es un sueño, porque no se despierta al gritar. Con la cabeza fuera del líquido que cubre por completo su cuerpo caído, grita una y otra vez. El camión continúa avanzando implacablemente hacia él. Gerard lo ha visto todo, pero no levanta el pie para frenar; lo importante es pasar. La rueda delantera llega al pie del rumano, lo pisa, lo aplasta contra el fango que se solidifica bajo la enorme presión. Johnny forcejea, grita, siente cómo le trituran la pierna, aúlla como si lo mataran. Sturmer, con la mirada fija en lo alto de la cuesta que va a subir, no presta atención a ese cuerpo desarticulado que está aplastando, o tal vez ahogando, quién sabe, bajo las ruedas; qué importa, hay que pasar. Hay que pasar.”

               Traducción de Encarna Castejón.

               Publicada por Editorial Debate.

CARTA DE UNA DESCONOCIDA de Stefan Zweig

Hace unos veinte años vi por primera vez, en la Filmoteca de Barcelona, Carta de una desconocida (Letter from an Unknown Woman, 1948), la obra maestra del gran Max Ophüls. Recuerdo que al terminar la película los espectadores continuaron en silencio durante unos instantes para, de repente, levantarse de sus asientos y comenzar a aplaudir, en una ovación que duró varios minutos y que supuso el mayor homenaje espontáneo que he visto en una sala de cine. Siempre me he alegrado especialmente de asistir a ese momento, ya que tras volver a verla varias veces en dvd, tras haber visto otras muchas obras maestras, Carta de una desconocida sigue siendo mi película preferida de la historia del cine.

        La breve novela en que se basa el film de Ophüls, publicada en 1927 por Stefan Zweig, no me parece, ni mucho menos, a la altura de su adaptación cinematográfica (al contrario de lo que suele decirse, muchísimas películas superan con creces a sus originales literarios), pero sin sus personajes y situaciones, sin sus preciosas palabras, no habría existido la insuperable puesta en escena de Ophüls, el carrusel de imágenes deslumbrantes que ilustran la trágica historia de amor entre Lisa y Stefan (Joan Fontaine y Louis Jourdan en los papeles de su vida), razón más que suficiente para que ocupe un lugar de privilegio en la biblioteca.

        El fragmento que os dejo es el inicio de la carta que Lisa le escribe a Stefan. Mientras lo transcribo, ya me dan ganas de ver de nuevo la película, de volver a Viena, en el 1900…

        “Mi hijo murió ayer. Durante tres días y tres noches estuve luchando con la muerte, tratando de salvar su frágil vida. Durante cuarenta horas consecutivas, mientras la fiebre abrasaba su pobre cuerpo, le velé al pie de su cama. Le puse compresas fría sobre la frente; día y noche, noche y día. Sostuve sus manitas inquietas. La tercera noche, mis fuerzas se quebraron. Se me cerraron los ojos sin darme cuenta y debí de dormir tres o cuatro horas en aquella dura silla. Mientras tanto, me lo arrebató la muerte. Y ahí yace mi pobre, mi querido pequeño, en su estrecha cama, tal como murió. Sólo sus ojos, sus inteligentes ojos oscuros, han sido cerrados; sus manos están cruzadas sobre el pecho, sobre su blanca camisa. Arden cuatro cirios, uno en cada esquina de la cama.

        No me atrevo a mirarle, tengo miedo de moverme. Las llamas, al oscilar, hacen vagar sombras extrañas sobre su rostro y sus labios cerrados. Se diría que sus rasgos se animan y, por un momento, casi llego a imaginar que en realidad no está muerto, que va a despertar y a decirme con su clara voz algo adorablemente infantil.

        Pero sé que está muerto; no quiero volver a mirarle, para no sentir, una vez más, esta loca esperanza y una vez más sufrir el desengaño. Mi hijo murió ayer, ahora lo sé. Ya no me queda nadie en el mundo más que tú; sólo tú, que no me conoces; tú, que vives alegre jugando con los hombres y las cosas. Sólo tú, que nunca me has conocido y a quien yo nunca he dejado de amar.”

            Publicada por Editorial Juventud.

EL DÍA DEL JUICIO de Salvatore Satta

Después de tantas lecturas “imprescindibles” que a menudo resultan no serlo, de tantos autores prestigiosos a los que cualquier buen lector debe conocer, de tantos suplementos literarios y tantas campañas publicitarias que intentan o consiguen convencernos de que la última novela de Fulanito es la hostia en vinagre, de repente encontramos al azar, por pura suerte, porque ese día nos fijamos en ella como podíamos no haberlo hecho, una novela completamente desconocida, de un autor del que nunca habíamos oído hablar, y tras leerla y considerarla inmediatamente una de las lecturas de nuestra vida comenzamos a preguntarnos cuántos escritores permanecen en el olvido sin merecerlo, o incluso cuántas grandes novelas, por una u otra razón, ni siquiera llegan a ver la luz.  

        A Salvatore Satta, jurista de profesión, le dio un buen día por echar la vista atrás, pasar cuentas con su Nuoro natal y llenar de recuerdos una novela titulada El día del juicio (Il giorno del giudizio, 1979). Por sus páginas desfilan los poderosos y los humildes, las prostitutas y las beatas, los maestros, los curas, los políticos y los que emigran en busca de una vida mejor para volver poco después a enclaustrarse en esa Nuoro testigo impasible del paso de los años, personajes tratados por el Satta narrador con dureza no exenta de ternura y humor, igualados en el momento del juicio y de la muerte, reunidos para siempre en el omnipresente cementerio.   

        Comparada con El gatopardo (Il gattopardo, 1958) de Lampedusa (a mí me recuerda también a Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y a Cien años de soledad (1967) de García Márquez, y la sitúo sin rubor a su misma altura), El día del juicio es una obra maestra de la literatura sobre el discurrir inexorable del tiempo, que parece levantar polvo al pasar sus páginas pobladas por pobres difuntos a la espera de que el narrador los resucite por un instante. Cada una de sus frases, cada uno de sus portentosos fragmentos, merece la lectura más atenta y pausada, incluso volver de vez en cuando sobre nuestros pasos a medida que vamos avanzando, a fin de poder apreciar por completo la maestría de este novelista ocasional, que ni siquiera pudo ver publicada su novela, ya que falleció en 1975. 

        Aquí os dejo un fragmento, uno de los innumerables que podría haber escogido. Probablemente no venga a cuento, pero sus últimas líneas me recuerdan a la escena final de otra obra maestra, esta vez del cine, titulada Ocho y medio (Otto e mezzo, 1963) de Federico Fellini. Cosas mías. En cualquier caso, si alguien emplea unos minutos en leerlo quizá se decida a descubrir una de las más grandes novelas (esta vez sí) de la literatura del siglo xx.

“En un radio de cien metros podría señalar desde aquí los límites de los viejos y húmedos muros. Basta seguir todo lo que aparece ennegrecido por el tiempo, descascarillado, olvidado, lo que ha muerto por segunda vez. Y más allá de estas pobres tumbas se extiende todavía un breve pedazo de tierra, breve e infinito, con algún resto de cruces inclinadas, alguna cruz derribada, como si hubiera agotado su función. Me pregunto si hay más esperanza en todas aquellas tumbas donde los muertos están solos o en esta tierra bajo la cual los huesos de infinitas generaciones se acumulan y se confunden, se han hecho tierra también ellos. En este remotísimo rincón del mundo, ignorado por todos salvo por mí, siento que la paz de los muertos no existe, que los muertos están libres de todos los problemas, menos de uno, del de haber estado vivos. En las tumbas etruscas rumian los bueyes, las mayores se han convertido en establos. Sobre los lechos de piedra dejan las ollas y los cestos, los humildes instrumentos de la vida pastoril. Nadie recuerda que sean tumbas, ni siquiera el ocioso turista que se encarama por el sendero excavado en la roca, y se aventura en la profunda oscuridad donde resuena su voz. No obstante, ellos siguen estando allí, desde hace dos mil, tres mil años, porque la vida no puede vencer a la muerte, ni la muerte puede vencer a la vida. La resurrección de la carne comienza el mismo día en que se muere. No es una esperanza, no es una promesa, no es una condena. Pietro Catte, el que se colgó de un árbol la noche de Navidad, en la tanca de Biscollai, creía que podía morir.Y ahora también él está aquí (porque los curas, haciéndole pasar por loco, lo sepultaron en la tierra consagrada) con don Pasqualino y Fileddu, don Sebastiano y el ziu Poddanzu, el canónigo Fele y el maestro Ferdinando, los campesinos de Sèuna y los pastores de San Pietro, los curas, los ladrones, los santos, los ociosos del Corso; todos en una mezcla inextricable, aquí debajo.

        Como en una de aquellas absurdas procesiones del paraíso dantesco desfilan en hileras interminables, pero sin coros ni candelabros, los hombres de mi estirpe. Todos se dirigen a mí, todos quieren dejar en mis manos el hatillo de su vida, la historia sin historia de su haber existido. Palabras de oración o de ira susurran con el viento entre los matorrales de tomillo. Una corona de hierro se balancea sobre una cruz desprendida. Y tal vez mientras pienso su vida, porque escribo su vida, me ven como un dios ridículo que les ha llamado a congregarse en el día del juicio, para liberarles para siempre de su memoria.” 

             Traducción de Joaquín Jordá.

             Publicada por Anagrama (colección Otra vuelta de tuerca).

DOCTOR GLAS de Hjalmar Söderberg

A los amantes del cine de Dreyer probablemente les suene el nombre de Hjalmar Söderberg por ser el autor de la obra teatral, publicada en 1906, en que se basó Gertrud, la última obra maestra del cineasta danés. Escritor polémico donde los haya, considerado, junto a Strindberg, como uno de los grandes de la literatura sueca de finales del XIX y principios del XX, es también el autor de la novela Doctor Glas (1905), una maravilla que fue llevada al cine por el director Per Oscarsson en 1968. Desconozco el film de Oscarsson, pero mientras leía la novela la imaginaba adaptada por Dreyer recordando las imágenes de Gertrud. Sus personajes, de una tremenda modernidad para la época, presentan varios rasgos en común, y la contención formal con que ambas se nos presentan acentúa, aún más si cabe, la absoluta desolación que guardan sus historias.  

“Ahora estoy junto a la ventana abierta y escribo esto. ¿Para quién? No para ningún amigo ni ninguna amiga, y apenas para mí mismo, ya que no leo hoy lo que escribí ayer, ni voy a leer esto mañana. Escribo simplemente para mover la mano, porque el pensamiento ya se mueve por su cuenta; escribo para matar unas horas de insomnio. ¿Por qué no consigo dormir? Después de todo, no he cometido ningún crimen.

        Lo que escribo en estas páginas no es una confesión. ¿A quién iba a confesarme? Tampoco cuento todo lo mio. Solo cuento lo que me gusta contar, pero no digo nada que no sea verdad. Con mentiras no voy a auyentar la infelicidad de mi alma, suponiendo que sea infeliz.

        Fuera, la inmensa noche azul se cierne sobre los árboles del cementerio. Ahora la ciudad está silenciosa, tan silenciosa que los suspiros y los murmullos de abajo suben hasta aquí, y ocasionalmente brota una risa canalla. Me parece que en este momento nadie en el mundo está tan solo como yo. Yo, el licenciado en medicina Tyko Gabriel Glas, que a veces ayudo a otros pero no he podido nunca ayudarme a mí mismo, y que, a los treinta años cumplidos, nunca he estado junto a una mujer.”

        Este Doctor Glas que se dispone a contarnos su historia es un personaje solitario y complejo, un médico de posición acomodada que guarda las apariencias mientras reniega en el fondo de la moral que impera en la sociedad y acepta el aborto, la eutanasia e incluso el crimen si cree que están justificados. Enamorado de una de sus pacientes, se propone asesinar al marido (un tipo mucho mayor que ella, que se nos presenta como despreciable, pero sólo desde el punto de vista del médico y de la esposa, sin que se nos presenten pruebas de ello) para que ésta pueda casarse con su joven amante y encontrar la felicidad. Tras el crimen el amante la abandona, casándose con otra, y el Doctor Glas será incapaz, en su complejidad, de confesarle su amor, de ayudarse a sí mismo. Ambos, como Gertrud en el film de Dreyer, acabarán refugiándose en su soledad, descrita por Söderberg con una sencillez que nos desarma y que supone un broche de oro para esta extraordinaria novela.

        “El otoño devasta mis árboles. El castaño frente a la ventana está ya desnudo y negro. Por encima de los tejados corren nubes en apiñados rebaños, y nunca veo el sol.

        He comprado cortinas nuevas para el despacho: enteramente blancas. Al levantarme esta mañana pensé un momento que había nevado: la luz tenía exactamente la misma calidad de después de la primera nevada. Y me ha parecido oler el aroma de la nieve recién caída.

        Pronto llegará, la nieve. La sentimos en el aire.

        Será la bienvenida. Que llegue. Que caiga.”

                     Traducción de Gabriel Ferrater.

                     Publicada por Ediciones Alfabia.

EL ORIGEN DEL MUNDO de Jorge Edwards

Tras el suicidio de su amigo Felipe Díaz, un intelectual vividor que presumía de sus numerosas conquistas femeninas, el anciano doctor Patricio Illanes comienza a sospechar que su mujer, Silvia, mucho más joven que él, estaba enamorada de Felipe y era una de sus amantes. Sus sospechas se verán fortalecidas tras ver el cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo, y descubrir una fotografía realizada por Díaz muy similar al cuadro y en la que cree identificar a su esposa.

        Escrita por el chileno Jorge Edwards, Premio Nacional de Literatura 1994 y Premio Cervantes 1999, El origen del mundo (1996) es una breve y estupenda novela sobre el desconocimiento de los demás y de uno mismo, sobre la inseguridad y los celos transformados en obsesión, y sobre cómo esa obsesión enfermiza nos alimenta y nos hace sentirnos vivos de nuevo, de una manera que creíamos ya perdida. De tintes policiacos, favorecida definitivamente por una construcción en la que varían la voz narrativa y el punto de vista, su lectura es una de las mejores formas de descubrir a uno de los grandes narradores de la literatura chilena.

“Porque él no ignoraba, desde luego, no ignoraba del todo, y desde hacía mucho tiempo, la debilidad de Silvia, y más de alguna vez había tenido sospechas, sentimientos insidiosos, incómodos, que se renovaban cada vez que observaba en el terreno, en acción, la capacidad de seducción y la perfecta falta de escrúpulos de Felipe Díaz, pero nunca, jamás en su vida, se habría imaginado que Silvia, la serena, sonriente, burlona Silvia, pudiera perder los estribos de aquella manera tan evidente. No era, sin duda, que estuviera impresionada, al borde de un ataque de nervios, por el espectáculo de un cadáver, del cadáver de un suicida. No tenía, Silvia, ese tipo de fragilidad. Su llanto, ajeno a la cercanía de Alfredo Arias, y ajeno a él mismo, a toda noción de cautela, y hasta de qué dirán, de pudor, era un lamento inédito, diferente, profundo: salía de las entrañas de una mujer que él creía conocer al revés y al derecho, y que en realidad no conocía, o que había comenzado a conocer sólo ahora, tarde, y sin remedio. ¿Quedaba confirmado, entonces, oleado y sacramentado, que Silvia y Felipe habían sido amantes? ¿Y por cuánto tiempo, y en qué circunstancias, y cómo se las habían ingeniado para engañarlo, para traicionarlo bajo sus propias barbas, porque si la palabra traición no se aplicaba en ese caso preciso, traición con alevosía, jugando con la amistad, con la comedia de la sinceridad, con la mentirosa verdad, cuándo diablos se aplicaba?”

LOS ADIOSES de Juan Carlos Onetti

Onetti ya estuvo por aquí con sus relatos, pero a un escritor de su envergadura es obligado volver una y otra vez. Los adioses (1954), que no pertenece al más conocido Ciclo de Santa María, me parece, sencillamente, una de las mejores novelas en nuestro idioma, apenas sesenta páginas a las que la etiqueta de imprescindibles se les queda pequeña.

21154133Dedicada a uno de los grandes amores de su vida, la poetisa uruguaya Idea Vilariño, es una obra maestra de la ambigüedad narrativa y de lo que supone la técnica del punto de vista en la novela. La historia de los tres personajes principales, el enfermo que llega al sanatorio y las dos mujeres que le visitan, lo que ocurre entre ellos o lo que quizá ocurre, lo conocemos sólo a través de la mirada de un observador, de un testigo que no sabe pero imagina, supone y chismorrea, obligando al lector a ponerse en su piel, a convertirse en otro personaje asomado a la ventana indiscreta. Onetti nos manipula a su antojo, nos hace partícipes de la culpabilidad moral del narrador, y ni siquiera se apiada de nosotros ofreciéndonos la resolución completa del enigma.

El inicio de esta novela portentosa es suficiente para atraparnos definitivamente y para recordarnos, por si hacía falta, que nadie ha escrito como Onetti.

“Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara -sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años- hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.

Quisiera no haberle visto nada más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.”

Publicada por Barral, Bruguera y otras.

PÁNICO AL AMANECER de Kenneth Cook

John Grant es un maestro rural que se dirige a Sidney, donde le espera su novia, a pasar las vacaciones de verano. De camino, se detiene a pasar una noche en Bundanyabba, una localidad minera en pleno outback australiano, donde poco más hay que hacer que jugar y emborracharse, sudar y tragar polvo. Tras dejar su equipaje en el hotel, se dirige a tomar unas cervezas y acaba jugándose y perdiendo todos sus ahorros. Acogido por los habitantes del pueblo, pasará los siguientes días de borrachera en borrachera, participará en una sangrienta cacería de canguros y se irá hundiendo, sin que nada ni nadie realmente lo obligue, en una pesadilla creada por él mismo.

        Pánico al amanecer (Wake in Fright, 1961), considerada una de las grandes novelas de la literatura australiana, acaba de publicarse hace unos meses traducida por primera vez al español, aunque la historia ya podíamos conocerla gracias a su magnífica adaptación cinematográfica, titulada en nuestro país Despertar en el infierno (Wake in Fright / Outback, 1971), un proyecto destinado al parecer para Joseph Losey y que acabó en las manos del mucho menos prestigioso Ted Kotcheff. A juzgar por los pestiños que Losey realizó por esa época, creo que salimos ganando con el cambio.

        Las apenas ciento ochenta febriles y salvajes páginas (pienso, sobre todo, en la atroz cacería de canguros) escritas por Kenneth Cook, de una fuerza visual que hacía poco menos que inevitable su adaptación al cine, consiguen sin ningún esfuerzo y del tirón (es recomendable leerla de una sola vez) que nos dejemos llevar de la mano del protagonista, en esta particular travesía hacia su propio infierno, hasta meternos, peligrosamente, en su propia piel. Nada es inevitable, ningún mal gira alrededor de John Grant que él no haya propiciado, pero la prosa de Cook logra el milagro de que nos parezca lógico el camino de nuestro protagonista, guiado por el desprecio que siente por sí mismo, hacia la autodestrucción. Una extraordinaria novela que nadie debería perderse, a no ser que se disponga a viajar a Australia próximamente. En ese caso, ni se te ocurra leerla.

        “El canguro no se movía.

        Sólo cuando lo tuvo cerca se dio cuenta de que era un animal muy pequeño, de algo más de un metro de altura. Además, estaba malherido y se limitaba a mantenerse en pie, mirando hacia la oscuridad que se prolongaba por detrás de la luz del reflector. De no haber sido porque los hombres estaban pendientes en el coche, habría ido a buscar el rifle. Se paró entonces detrás del canguro, deseando que se moviese, y le echó una mano al hombro. Era suave y tibio al tacto. El pecho del animal palpitaba. Debido a la proximidad le veía dos cabezas, tal como la otra noche había visto doble el rostro de Janette.

        Grant tomó impulso y arremetió contra el animal con el cuchillo. La hoja le produjo un profundo corte en la espalda y la sangre comenzó a brotar, formando una línea oscura sobre el pelaje. Sin embargo, el canguro seguía inmóvil.

        ¡Santo Dios! ¿Qué hacía él allí, John Grant, profesor de escuela y hombre enamorado, despedazando a esa pequeña bestia mullida bajo la fría luz de las estrellas?

        Se echó hacia adelante y guió el cuchillo hacia el pelaje blanco del pecho. El arma penetró con facilidad y abrió una hendidura profunda, pero el canguro seguía con vida. La carne se cerró con fuerza alrededor de la hoja y Grant tuvo que forcejear para extraerla.

        Sollozando volvió a blandir el puñal y lo clavó en el pecho y en la espalda del animal una y otra vez. Pero el marsupial aguantaba en su sitio, mudo, sin protestar y sin morir tampoco.

        Grant se echó hacia atrás un instante, se llevó la mano a los ojos y oyó los gritos de aliento provenientes del coche.”

                    Traducción de Pedro Donoso.

                    Publicada por Seix Barral.

SALIR A ROBAR CABALLOS de Per Petterson

Trond, un anciano de 67 años que comienza a tener sus achaques, se traslada a vivir con su perra Lyra a una cabaña cercana a la frontera entre Noruega y Suecia. Tiene por vecino a Lars, otro anciano solitario pocos años más joven. Mientras espera preocupado las primeras nieves y comienza a relacionarse con su vecino, rememora el verano que pasó en esa misma cabaña a los quince años: su amistad con Jon, con quien iba a cabalgar y a eso les gustaba llamarlo “salir a robar caballos”; el episodio en que Lars, su actual vecino, mató por accidente a su hermano gemelo al disparársele una escopeta; su alegría y su esfuerzo ayudando en las labores del campo y, sobre todo, la relación con un padre extraño, amante de la madre de Jon, colaborador de la resistencia contra los nazis, que tras ese verano se fue de casa para no volver jamás.  

        En Salir a robar caballos (Ut og stjaele hester, 2003), una de las mejores y más sensibles novelas que he leído en mucho tiempo, Per Petterson escribe sobre la memoria, sobre cómo ocurrieron o cómo recordamos los hechos que marcaron nuestra vida y, sin necesidad de mencionarlo, sólo a través de las palabras, los silencios y los actos de los personajes, sobre el aprendizaje de un niño y su paso a la edad adulta, y también, por qué no, sobre el conocimiento de un anciano de sí mismo a través de sus recuerdos.

         “Cierro los ojos. De pronto me acuerdo de algo que he soñado esta noche. Es raro, no lo tenía presente al despertar, pero ahora me viene a la memoria con absoluta claridad. Estaba en un dormitorio con mi primera mujer, no era nuestro dormitorio, y teníamos mucho menos de cuarenta años, de eso estoy seguro, lo sentía en mi cuerpo. Acabábamos de hacer el amor, yo me había esmerado al máximo, y eso solía ser más que suficiente, o al menos eso creía. Ella yacía en la cama, y yo estaba de pie junto a la cómoda donde me veía entero en el espejo salvo por la cabeza, y en el sueño presentaba buen aspecto, mejor que en la realidad. De pronto ella echó el edredón a un lado y debajo estaba desnuda, y también presentaba buen aspecto, estaba espectacular, casi desconocida en realidad, y no parecía exactamente la misma con la que acababa de acostarme. Me dedicó una mirada que yo siempre había temido y dijo:

        -Hombre, no eres más que uno de tantos. -Se incorporó, desnuda y pesada, tal como yo la conocía, y me produjo un asco que me subió hasta la garganta, y al mismo tiempo me invadió el pánico.

        -No, nunca -grité, y luego rompí a llorar, porque siempre había sabido que aquel día iba a llegar tarde o temprano, y comprendí que lo que más me aterraba en el mundo era ser aquel del cuadro de Magritte que se mira a sí mismo en el espejo y solamente ve su propia nuca, una y otra vez.”

                  Traducción de Cristina Gómez Baggethun.

                  Publicada por Bruguera.