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LAS COSAS QUE HEMOS VISTO. WELLES Y FALSTAFF de Esteve Riambau

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Jesus, the days that we have seen! Ha, Sir John? Said I well?

We have heard the chimes at midnight, Master Robert Shallow.

9788415117346Este año se cumplen el centenario del nacimiento de Orson Welles y el 50 aniversario del estreno de Campanadas a medianoche (Chimes at Midnight, 1965), dos buenos motivos, por si hiciera falta alguno, para volver a mi película favorita de Welles -la que mejor aúna el espectáculo de su cine con el lirismo y el cariño por sus personajes- y para leer el estupendo libro Las cosas que hemos visto. Welles y Falstaff (2015), escrito por Esteve Riambau, uno de los grandes especialistas en la obra del genio de Kenosha y actual director de la Filmoteca de Catalunya. Además, resulta obligado citar una obra cuyo título es el mismo que el de este blog, esas “cosas que hemos visto” -o “The days that we have seen“- de las que hablan Shallow y Falstaff en el inolvidable inicio del film.

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Tras unos capítulos introductorios en los que se analiza la presencia de Shakespeare en la obra teatral y cinematográfica de Welles y, especialmente, su temprano interés por el personaje de Falstaff, el libro de Riambau pasa a informarnos de manera exhaustiva de todos los aspectos relacionados con un rocambolesco rodaje en España plagado de jugosas anécdotas que estuvo a punto de irse al traste en varias ocasiones por problemas de todo tipo y que a la postre, por las circunstancias de sobra conocidas que rodearon la carrera del cineasta, dio a luz una de las películas capitales de nuestro cine.

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Un rodaje como el de Campanadas a medianoche, desarrollado con los precarios medios del cine español de los años 60, un reparto internacional cuya contratación por debajo de los precios de mercado condicionaba fechas y localizaciones y un calendario de producción que dobló en el tiempo las semanas inicialmente previstas solo podía haber sido acometido por alguien dotado de la grandeza, la experiencia y, por qué no admitirlo, la osadía de Orson Welles. Por un cineasta forjado en el teatro y la radio, que había gozado de privilegiados medios de producción en el Hollywood de principios de los años 40 y que, a partir de 1948, seguiría su carrera en Europa gracias a su capacidad para hacer de la necesidad virtud mediante aptitudes en todos los terrenos de la creación cinematográfica, que él dominaba personalmente hasta los más mínimos detalles. Por un cineasta que, desde hacía 20 años, había alimentado el sueño de encarnar el personaje de Falstaff, su álter ego, primero en teatro -en dos ocasiones- y finalmente en cine mediante una producción no tan boyante como la que hubiese deseado pero de la que supo sacar partido con un talento desmesurado y una extraordinaria habilidad para luchar contra todo tipo de adversidades, desde los ajustes del presupuesto a unas cantidades que superaron, con creces, las inicialmente estipuladas, hasta la gestión de su propio carácter, tan seductor y generoso en ocasiones como colérico y pícaro frente a los contratiempos. Un talante, en definitiva, no muy distinto del de Falstaff.

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Publicado por Luces de Gálibo.

LA LEYENDA DE LA CASA DEL INFIERNO (1973) de John Hough

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Dentro del cine de terror, el subgénero “casas encantadas” no nos ha deparado precisamente grandes alegrías, a excepción, desde luego, de la magnífica Al final de la escalera (The Changeling, 1980) de Peter Medak y de la obra maestra Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, aunque no dejan de ser dos ejemplos que se apartan bastante de los esquemas genéricos fijados a lo largo de la historia: familia que busca casa y no cree, pobres tontuelos, en maldiciones/grupete de listillos convencidos de poder vencer a las fuerzas del mal. En relación con el segundo, La mansión encantada (The Haunting, 1963) de Robert Wise, basada en la novela de Shirley Jackson, suele considerarse una película canónica, aunque a mí no acaba de convencerme. En 1999, Jan de Bont realizó La guarida (The Haunting), otra adaptación de la misma novela que da mucho miedo pero de lo mala que es.

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Es probable que el gran Richard Matheson conociera La mansión encantada cuando escribió La casa infernal (Hell House, 1971), ya que las influencias son claras; en cualquier caso, me parece que la adaptación de John Hough según guion del propio Matheson, titulada La leyenda de la casa del infierno (The Legend of Hell House), ha envejecido mucho mejor que el film de Wise y se mantiene todavía, sin ser una obra redonda, como una de las muestras más conseguidas del subgénero.

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Un físico, su esposa y dos médiums (estupendos Roddy McDowall y Pamela Franklin) son contratados por un millonario que acaba de adquirir la mansión Belasco, considerada “el Everest de las casas encantadas”, para que descubran el secreto que alberga y por qué murieron los componentes del anterior grupo que fue a investigarla. Una vez instalados en el tenebroso lugar, un espíritu comenzará a hacerles pasar las de Caín, sobre todo al personaje interpretado por Pamela Franklin, que se pasa la película recibiendo estopa y algo más. Vamos, nada que no sepamos.

Aun así, varios elementos consiguen que el film, visto hoy, siga haciéndonos pasar un rato estupendo: un comienzo que no se anda por las ramas y nos mete rápidamente en harina captando nuestro interés; una extraordinaria ambientación siempre desasosegante; un guion que no abusa del susto fácil y que contiene momentos eróticos menos manidos que los de muchas películas de la Hammer, y una dirección nada acomodada que consigue tensar aún más la atmósfera creada gracias a una barroca planificación en la que abundan los picados y contrapicados, la profundidad de campo y los primeros planos. Quizá al bueno de Hough le dio por emular a Orson Welles, a quien había dirigido en La isla del tesoro (Treasure Island, 1972), uno de los muchos proyectos que Welles quiso llevar a cabo y no pudo. Al final se tuvo que conformar con interpretar a John Silver a las órdenes de otro cineasta.

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Editada por Fox.

ME HICIERON UN FUGITIVO (1947) de Alberto Cavalcanti

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They_Made_Me_A_Fugitive_1947_-_English_fBrasileño de nacimiento, nómada que paseó su cámara desde los años 20 por Francia, Italia, Alemania y, sobre todo, Inglaterra, Alberto Cavalcanti me parece uno de esos cineastas de breve y poco conocida filmografía sobre los que valdría la pena indagar. Las pocas películas suyas que he podido ver muestran a un director en absoluto convencional, a un creador inquieto de no pocos momentos de cine genial, valiente e innovador.

Hace tiempo ya estuvo por aquí con Al morir la noche (Dead of night, 1945), una película fantástica de episodios en la que compartía autoría con otros tres cineastas, y ahora le toca el turno a Me hicieron un fugitivo (They Made Me a Fugitive), en mi opinión una de las obras maestras ignoradas del cine negro.

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En el film de Cavalcanti aparecen, por supuesto, varias de las constantes del género: una fotografía espectacular, cortesía de Otto Heller; unos diálogos maravillosamente escritos para una galería de personajes, tanto los principales como los secundarios, perfectamente construidos (guion de Noel Langley a partir de la novela de Jackson Budd), y una historia repleta de persecuciones y violencia sobre un delincuente de poca monta llamado Morgan (Trevor Howard) que es traicionado por su banda de traficantes y, tras escapar de la cárcel, acechado por la policía y por sus antiguos compinches, liderados por Narcy, un malo antológico (Griffith jones).

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Todos estos elementos ya harían de Me hicieron un fugitivo una película estupenda, pero lo que la hace especialmente singular es la dirección de Cavalcanti, su forma de “vestirla”, su arriesgada concepción de la puesta en escena y del encuadre, sus audaces recursos visuales, su barroquismo nunca gratuito, que en ocasiones me recuerda al del cine de Orson Welles: picados y contrapicados, a menudo mostrando primeros planos; extensas secuencias que parecen interrumpir la acción principal, pero que acaban enriqueciéndola (tras escapar de la cárcel, Morgan se refugia en una casa cuya dueña lo ayuda para después proponerle que mate a su marido; un camionero lo recoge en la carretera y las mutuas desconfianzas se muestran en un diálogo delirante, casi surrealista); rejas que separan a dos personas y que desaparecen de nuestra vista al mostrar a ambos personajes de perfil, uno frente al otro; espejos que deforman el rostro de Narcy para mostrar su maldad, como si de un Dorian Gray se tratara, justo antes de dar rienda suelta a toda su violencia y su locura, momento que Cavalcanti muestra haciendo girar la cámara y al personaje como una noria… Detalles y más detalles de cine grande, de cine inconformista que busca enriquecer al máximo la forma de contar una buena historia, de la mano de un director al que probablemente la Historia del Cine algo le deba.

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Editada en DVD por Crest Films.

 

HOMBRES VIOLENTOS (1955) de Rudolph Maté

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El cineasta de origen austro-húngaro Rudolph Maté comenzó su andadura en esto del cine como director de fotografía, primero en Europa y después, a partir de la segunda mitad de los años 30, en Hollywood. Entre las grandes películas en que colaboró, títulos imprescindibles como La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d’Arc, 1928) y Vampyr (1932) de Dreyer, Enviado especial (Foreign Correspondent, 1940) de Hitchcock, Ser o no ser (To Be or Not to Be, 1942) de Lubitsch, Gilda (1946) de Charles Vidor o La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1948) de Welles, aunque en esta última no aparecía en los créditos.

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A partir de 1947 dio el salto a la dirección, convirtiéndose en un todoterreno más solvente que genial al servicio del drama, el noir, el cine de aventuras o el wéstern; nada comparable, desde luego, a las grandes obras que contribuyó a crear como camarógrafo, pero sí películas de género bien hechas, entre las que brilla con luz propia Hombre violentos (The Violent Men), un enérgico wéstern y un turbulento drama habitado por hombres -y mujeres- que no reparan en gastos a la hora de conseguir lo que quieren.

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El gran Glenn Ford interpreta a John Parrish, un capitán del ejército que vuelve a casa para casarse y cambiar de vida, decidido a malvender su rancho y sus tierras al mayor propietario de la zona, Lee Wilkenson, (Edward G. Robinson), un anciano ambicioso pero cuya invalidez le deja a merced de su manipuladora esposa Martha(Barbara Stanwyck). El asesinato de uno de sus trabajadores a manos de los pistoleros contratados por Wilkenson para amedrentar a todos los ganaderos de la zona provocará que Parrish cambie de opinión y decida defenderse.

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El extraordinario reparto, la música de Max Steiner y el magnífico guion de Harry Kleiner, basado en una novela de Donald Hamilton, contribuyen decisivamente a que Hombres violentos sea un wéstern destacable; pero por encima de todo ello sobresale la dirección de Maté. La planificación en panorámico, tanto en interiores (el duelo en el bar; el plano en que Martha demuestra el dominio que ejerce sobre su marido, agotado en un sillón, sin una palabra, tan solo pasándole los brazos sobre sus hombros) como en exteriores (la muerte del trabajador de Parrish; la escena en que este le comunica a Wilkenson su decisión de no vender y enfrentarse a él; la estampida de caballos, con un deslumbrante plano picado), y su capacidad para dotar de la fuerza, el nervio y el ritmo necesarios a esta historia febril, de pulsiones primitivas, repleta de hombres y mujeres dispuestos a matar o morir por justicia, venganza, ambición u amor, sitúan a este film por encima de la media de la ingente cantidad de obras poco conocidas que pueblan el género.

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Editada en DVD por Sony.

 

 

DEMENTIA / DAUGHTER OF HORROR (1955) de John Parker

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De todas las películas distintas, extrañas, sorprendentes que en la historia han sido, sin duda Dementia es una de las que encabezan la lista, y más teniendo en cuenta que estamos ante una película americana de 1955. Fue la única escrita y dirigida por un tal John Parker y, como a menudo sucede, su popularidad es mucho menor que su posible influencia en la filmografía de otros prestigiosos cineastas.

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Sus difíciles primeros pasos ya dan una idea de su rareza para la época: a la primera versión, ya sin diálogos aunque con música y efectos de sonido -la titulada Dementia-, se le cortaron varias escenas, se le añadió la voz de un narrador y se la rebautizó con el título de Daughter of Horror. Al parecer, no fue a verla ni el Tato.

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De apenas una hora de duración, Dementia nos muestra el onírico paseo nocturno de una joven por los bajos fondos de la ciudad, donde se encuentra con los más pesadillescos y estrafalarios personajes. El robo, el crimen, las fantasías sexuales, el sentimiento de culpa, el miedo y, a la vez, la atracción por lo desconocido, se dan la mano en una noche muda de atmósfera expresionista entre el cine negro y el de terror, repleta de libertad creativa y de elementos surrealistas, con la que Freud y Buñuel probablemente se habrían puesto las botas. Y, por qué no, podemos también rastrear en ella cierta influencia del cine de Orson Welles: sus primeros planos, sus picados y contrapicados, la exuberante profundidad de campo en algunas de sus escenas… e incluso el parecido de uno de los personajes con Welles, quizá como pequeño homenaje.

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En cuanto a su influencia posterior, no me parece descabellado apostar por ella en el cine de David Lynch, en el del director canadiense Guy Maddin -otro de los grandes “raros”-, o en la tempranera película de Coppola titulada, curiosamente, Dementia 13 (1963). Y, sobre todo, sería interesante preguntarle a Polanski cuántas veces vio el film de Parker antes de comenzar a rodar Repulsión (Repulsion, 1965).

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Editada en DVD por Art House Media.

 

 

 

Joan Fontaine: recuerdos desde Viena, en 1900…

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Parece que la parca anda haciendo horas extras estos días entre las grandes estrellas del cine: tras los de Eleanor Parker y Peter O’Toole, hoy hemos conocido la noticia del fallecimiento, a los 96 años, de Joan Fontaine, una de las grandes actrices del Hollywood de los años 40 y 50 y hermana menor de Olivia de Havilland, con quien no se llevaba precisamente bien.

Aquí la recuerdo en algunas de sus mejores películas: Rebeca (Rebecca, 1940) de Alfred Hitchcock, en la que compartió protagonismo con Laurence Olivier; Sospecha (Suspicion, 1941), también de Hitchcock y junto a Cary Grant, film por el que conseguiría el Oscar; Alma rebelde (Jane Eyre, 1943), un estupendo drama romántico de Robert Stevenson en el que se medía a Orson Welles, y Ivanhoe (1952) de Richard Thorpe, en la que competía con Elizabeth Taylor por el amor de Robert Taylor.

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Y mención aparte para Carta de una desconocida (Letter from an Unkown Woman, 1948) de Max Ophüls, quizá mi película preferida de toda la historia del cine. En mi memoria, Joan Fontaine siempre será la Liza de esta maravilla ambientada en Viena, en 1900…

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Isuzu Yamada, la gran Lady Macbeth del cine

El pasado 9 de julio nos dejó, a los 95 años, la actriz Isuzu Yamada, una de las grandes del cine japonés. A lo largo de su carrera trabajó con muchos de los mejores cineastas nipones, entre ellos Mizoguchi -su mejor colaboración me parece Las hermanas de Gión (Gion no shimai, 1936)- y Ozu, para quien protagonizó la impresionante Crepúsculo en Tokio (Tokyo boshoku, 1957). Sus interpretaciones más vistas en nuestro país, lógicamente, son las que realizó para Kurosawa, el director japonés más conocido y difundido en Occidente. Yamada aparece en Los bajos fondos (Douzoko, 1957) -una adaptación que no me gusta demasiado de la obra teatral de Gorki, llevada al cine años antes y algo mejor por Jean Renoir-, en la magistral Yojimbo (1961) y, sobre todo, en la obra maestra Trono de sangre (Kumonosu-Djo, 1957), tremenda adaptación del Macbeth de Shakespeare, mejor incluso, en mi opinión, que las rodadas por Orson Welles y Roman Polanski. Junto al gran Toshiro Mifune, la actriz da vida, casi recurriendo sólo a la fuerza de su mirada, a la mejor Lady Macbeth que ha visto el cine. Sin duda, su interpretación más recordada.

THE ARTIST (2011) de Michel Hazanavicius

Escena primera: el público asiste a la última película protagonizada por la gran estrella del cine mudo George Valentin. En la pantalla vemos al héroe gritando mientras sus enemigos le torturan, y en el rótulo de turno leemos: “¡No hablaré!”. Al otro lado de la pantalla, donde el equipo que ha rodado la película espera la reacción del público, un letrero nos avisa de que guardemos silencio. Son sólo dos guiños, apenas dos detalles, pero que consiguen que nos pongamos cómodos y nos frotemos las manos. Y The Artist, con los excepcionales Jean Dujardin y Bérénice Bejo como protagonistas, no defrauda. Apúntenla ya para estar entre las mejores de la década.

        Lo que sigue tras ese magnífico inicio, la historia del declive de George al aparecer el cine sonoro y del auge de la figurante Peppy Miller (otro detalle: la actriz que interpreta a la esposa de George es Penepole Ann Miller) hasta convertirse en estrella, es una sucesión de momentos rebosantes de talento, casi un empacho de maestría narrativa. Unos pocos ejemplos entre mil: la primera vez que ambos coinciden en un plató, en la que, tras el baile en el que George sólo puede ver las piernas de Peppy, ruedan su primera escena juntos y, tras varias tomas, comienzan a enamorarse; la escena en que Peppy imagina que el frac de George, colgado de un perchero, la abraza como si fuera él mismo, puro Chaplin o Keaton, o incluso Harpo Marx; el premonitorio final de la última película muda que George interpreta y que también dirige, intentando demostrar que el público aún le quiere aunque no hable, en el que el héroe al que da vida se hunde en arenas movedizas mientras aparece sobreimpresionado el THE END; el momento en que Peppy descubre que la única película que George ha salvado al incendiarse su casa es aquella primera que rodaron juntos, y que por tanto él también la ama; la última escena en que ambos bailan ante la cámara, que supone el inicio del cine musical, etcétera, etcétera y muchos más etcéteras.

        Como no podía ser de otro modo en una película así, las referencias y los homenajes aparecen por todas partes, y curiosamente muchos de ellos aluden al cine sonoro norteamericano:

La caracterización de George y Peppy como Gene Kelly y Debbie Reynolds, la desaparición del cine mudo y los comienzos del sonoro de Cantando bajo la lluvia (Singin´ in the Rain, 1952) de Stanley Donen y Gene Kelly.

-El gran actor que pierde el favor del público mientras la mujer a la que ama alcanza la fama de las muchas versiones de Ha nacido una estrella (A Star is Born).

-Los planos en que George comparte mesa con su mujer, en los que se muestra cómo la relación se va deteriorando, así como aquellos en los que George descubre, en una enorme habitación de la mansión de Peppy, todos los objetos que le pertenecieron tapados con sábanas, que remiten a los que filmó Orson Welles para Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941). 

-La estrella del cine mudo que recuerda sus momentos de gloria viendo sus propias películas de, entre otras muchas, El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) de Billy Wider.

-La borrachera de George en el bar, filmada de manera similar a una de las que agarraba Ray Milland en Días sin huella (The Lost Weekend, 1945), también de Wilder. Mientras bebe, George cree ver salvajes diminutos que le atacan, como aquellos Muñecos infernales (The Devil Doll, 1936) que creó Tod Browning.  

-El gran hombre de cine que se cree capaz de dirigir sus propias películas, fracasando estrepitosamente, de Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952) de Vincente Minnelli.

-La recuperación, para la escena en que George se dispone a suicidarse y la llegada de Peppy lo evita, del tema de amor que escribió Bernard Herrmann para Hitchcock en De entre los muertos (Vertigo, 1958).  

-ETC, ETC.

        Quizá sea precisamente el hecho de que muchos de sus logros remiten a otras grandes películas lo único que le podamos reprochar al film de Hazanavicius, pero para qué liarnos la manta a la cabeza cuando nos lo hemos pasado como enanos, y más sabiendo que la historia del cine está plagada de homenajes y/o plagios tan maravillosos como los que aquí aparecen. The Artist es una carta de amor al cine, un soplo de aire fresco que nos devuelve lo mejor del séptimo arte, y lo seguiría siendo aunque fuese una película sonora, o aunque hubiese sido parida a finales de los años veinte junto a Amanecer (Sunrise, 1927) de Murnau o Y el mundo marcha (The Crowd, 1928) de King Vidor, junto a aquellas películas que le dieron al cine su mayoría de edad y que aún hoy, después de casi un siglo, nos siguen emocionando.

ESCÁNDALO EN PARÍS (1946) de Douglas Sirk

Antes de filmar los grandes melodramas por los que consiguió un tardío e insuficiente reconocimiento, el cine de Douglas Sirk recorrió toda clase de géneros, pasando del western a las aventuras, del policiaco a la comedia. Entre estos dos últimos se sitúa la única película de Sirk que creo que aguanta la comparación con las obras maestras del final de su carrera: Escándalo en París (A Scandal in Paris), basada en las memorias de François Eugène Vidocq, un ladrón francés del siglo XVIII que abandonó su carrera al margen de la ley para convertirse en jefe de la policía, personaje que retomó muchos años después el director Pitof en Vidocq (2001), un film estéticamente abrumador pero vacío de todo lo demás, protagonizado por Gérard Depardieu. 

        Aquí es George Sanders, con su elegancia a prueba de bomba y su eterno gesto imperturbable (Javier Marías lo calificó en cierta ocasión como “el hombre que parecía no querer nada”), quien interpreta al granuja Vidocq, secundado por el gran Akim Tamiroff en el papel de su ayudante Èmile, una suerte de Sancho Panza más rebelde y ambicioso que el que recreó para su amigo Orson Welles, cuya familia, un variopinto grupo de ladrones que anticipan en cierto modo los que poblaron más adelante muchas comedias españolas e italianas, se les unirá para llevar a cabo el atraco a un banco. Pero entonces el amor se cruzará en el camino de Vidocq…

        Elegantísima y desbordante de ingenio en todas y cada una de sus escenas, repleta de situaciones y diálogos en los que el doble sentido y la ironía campan a sus anchas buscando continuamente la complicidad del espectador, Escándalo en París es una de esas películas en las que la palabra y la puesta en escena van absolutamente de la mano, logrando una perfecta comunión que hasta el mismísimo Lubitsch habría firmado. Sin renunciar a muchos de los temas que desarrollaría definitivamente en sus melodramas (la tradición, las apariencias, la suplantación de identidad, los giros del destino…), Sirk nos demostró, con esta pequeña maravilla, que también sabía hacernos sonreír.

               Editada en DVD por Regia Films.

CUANDO PASAN LAS CIGÜEÑAS (1957) de Mikhail Kalatozov

Aunque pueda parecer mentira, el cine de Orson Welles ha sido tachado a menudo de pura pirotecnia exhibicionista y vacía de contenido, de tomar como excusa la historia que nos cuenta para entregarse al culto del más difícil todavía. Si bien es cierto que Welles siempre buscó -y así lo afirma en varias entrevistas- explotar al máximo las posibilidades del lenguaje cinematográfico, a mí no me cabe duda no sólo de que siempre las puso al servicio de lo que quería contar, sino que en los personajes que habitan sus películas radica gran parte de la fuerza de su cine y que muchas de las mejores escenas que filmó les pertenecen enteramente a ellos, a sus palabras, sus silencios y sus miradas.

        Si pongo como ejemplo a Welles es porque el cine del mucho menos conocido Mikhail Kalatozov es susceptible de recibir las mismas críticas, y buena muestra de ello es Cuando pasan las cigüeñas (Letyat zhuravli) -como este país is different pa to, las grullas del título original se convirtieron en cigüeñas a su paso por España-, la maravillosa historia de amor entre Veronica y Boris, los dos amantes que han de separarse al alistarse Boris como voluntario para ir al frente.

        Kalatozov nos muestra esta triste y romántica historia a través de una sucesión de planos, escenas y secuencias enteras de una increíble belleza visual, que en ocasiones posiblemente hagan que el drama nos resulte menos cercano y no nos emocione tanto como debería, distraídos por la exuberancia de las imágenes, pero que en absoluto son meras fotografías en las que recrear la vista: todos y cada uno de esos momentos nos cuentan algo sobre los personajes y contribuyen a la principal finalidad de que la historia avance. Junto a ellos, el rostro que domina toda la película y del que la cámara se enamora, el de la actriz Tatiana Samoilova. Kalatozov es consciente de que esta historia le pertenece a ella, y sabe entregarle el film y reposarlo en cada uno de sus primeros planos, en su expresión al ver destruída su casa tras el bombardeo en el que mueren sus padres, en su soledad entre la alegre multitud que recibe a los soldados que vuelven del frente, mientras reparte entre los supervivientes las flores que estaban destinadas a Boris.

        Quizá esta película sería aún más impresionante si Kalatozov hubiese alcanzado una mayor comunión entre su riqueza formal y la emoción que nos transmite, pero si el cine es, entre otras cosas, un espectáculo visual, Cuando pasan las cigüeñas es una parada imprescindible.

                   Editada en DVD por Divisa.