Archive for the ‘Orson Welles’ Tag

Isuzu Yamada, la gran Lady Macbeth del cine

El pasado 9 de julio nos dejó, a los 95 años, la actriz Isuzu Yamada, una de las grandes del cine japonés. A lo largo de su carrera trabajó con muchos de los mejores cineastas nipones, entre ellos Mizoguchi -su mejor colaboración me parece Las hermanas de Gión (Gion no shimai, 1936)- y Ozu, para quien protagonizó la impresionante Crepúsculo en Tokio (Tokyo boshoku, 1957). Sus interpretaciones más vistas en nuestro país, lógicamente, son las que realizó para Kurosawa, el director japonés más conocido y difundido en Occidente. Yamada aparece en Los bajos fondos (Douzoko, 1957) -una adaptación que no me gusta demasiado de la obra teatral de Gorki, llevada al cine años antes y algo mejor por Jean Renoir-, en la magistral Yojimbo (1961) y, sobre todo, en la obra maestra Trono de sangre (Kumonosu-Djo, 1957), tremenda adaptación del Macbeth de Shakespeare, mejor incluso, en mi opinión, que las rodadas por Orson Welles y Roman Polanski. Junto al gran Toshiro Mifune, la actriz da vida, casi recurriendo sólo a la fuerza de su mirada, a la mejor Lady Macbeth que ha visto el cine. Sin duda, su interpretación más recordada.

THE ARTIST (2011) de Michel Hazanavicius

Escena primera: el público asiste a la última película protagonizada por la gran estrella del cine mudo George Valentin. En la pantalla vemos al héroe gritando mientras sus enemigos le torturan, y en el rótulo de turno leemos: “¡No hablaré!”. Al otro lado de la pantalla, donde el equipo que ha rodado la película espera la reacción del público, un letrero nos avisa de que guardemos silencio. Son sólo dos guiños, apenas dos detalles, pero que consiguen que nos pongamos cómodos y nos frotemos las manos. Y The Artist, con los excepcionales Jean Dujardin y Bérénice Bejo como protagonistas, no defrauda. Apúntenla ya para estar entre las mejores de la década.

        Lo que sigue tras ese magnífico inicio, la historia del declive de George al aparecer el cine sonoro y del auge de la figurante Peppy Miller (otro detalle: la actriz que interpreta a la esposa de George es Penepole Ann Miller) hasta convertirse en estrella, es una sucesión de momentos rebosantes de talento, casi un empacho de maestría narrativa. Unos pocos ejemplos entre mil: la primera vez que ambos coinciden en un plató, en la que, tras el baile en el que George sólo puede ver las piernas de Peppy, ruedan su primera escena juntos y, tras varias tomas, comienzan a enamorarse; la escena en que Peppy imagina que el frac de George, colgado de un perchero, la abraza como si fuera él mismo, puro Chaplin o Keaton, o incluso Harpo Marx; el premonitorio final de la última película muda que George interpreta y que también dirige, intentando demostrar que el público aún le quiere aunque no hable, en el que el héroe al que da vida se hunde en arenas movedizas mientras aparece sobreimpresionado el THE END; el momento en que Peppy descubre que la única película que George ha salvado al incendiarse su casa es aquella primera que rodaron juntos, y que por tanto él también la ama; la última escena en que ambos bailan ante la cámara, que supone el inicio del cine musical, etcétera, etcétera y muchos más etcéteras.

        Como no podía ser de otro modo en una película así, las referencias y los homenajes aparecen por todas partes, y curiosamente muchos de ellos aluden al cine sonoro norteamericano:

La caracterización de George y Peppy como Gene Kelly y Debbie Reynolds, la desaparición del cine mudo y los comienzos del sonoro de Cantando bajo la lluvia (Singin´ in the Rain, 1952) de Stanley Donen y Gene Kelly.

-El gran actor que pierde el favor del público mientras la mujer a la que ama alcanza la fama de las muchas versiones de Ha nacido una estrella (A Star is Born).

-Los planos en que George comparte mesa con su mujer, en los que se muestra cómo la relación se va deteriorando, así como aquellos en los que George descubre, en una enorme habitación de la mansión de Peppy, todos los objetos que le pertenecieron tapados con sábanas, que remiten a los que filmó Orson Welles para Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941). 

-La estrella del cine mudo que recuerda sus momentos de gloria viendo sus propias películas de, entre otras muchas, El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) de Billy Wider.

-La borrachera de George en el bar, filmada de manera similar a una de las que agarraba Ray Milland en Días sin huella (The Lost Weekend, 1945), también de Wilder. Mientras bebe, George cree ver salvajes diminutos que le atacan, como aquellos Muñecos infernales (The Devil Doll, 1936) que creó Tod Browning.  

-El gran hombre de cine que se cree capaz de dirigir sus propias películas, fracasando estrepitosamente, de Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952) de Vincente Minnelli.

-La recuperación, para la escena en que George se dispone a suicidarse y la llegada de Peppy lo evita, del tema de amor que escribió Bernard Herrmann para Hitchcock en De entre los muertos (Vertigo, 1958).  

-ETC, ETC.

        Quizá sea precisamente el hecho de que muchos de sus logros remiten a otras grandes películas lo único que le podamos reprochar al film de Hazanavicius, pero para qué liarnos la manta a la cabeza cuando nos lo hemos pasado como enanos, y más sabiendo que la historia del cine está plagada de homenajes y/o plagios tan maravillosos como los que aquí aparecen. The Artist es una carta de amor al cine, un soplo de aire fresco que nos devuelve lo mejor del séptimo arte, y lo seguiría siendo aunque fuese una película sonora, o aunque hubiese sido parida a finales de los años veinte junto a Amanecer (Sunrise, 1927) de Murnau o Y el mundo marcha (The Crowd, 1928) de King Vidor, junto a aquellas películas que le dieron al cine su mayoría de edad y que aún hoy, después de casi un siglo, nos siguen emocionando.

ESCÁNDALO EN PARÍS (1946) de Douglas Sirk

Antes de filmar los grandes melodramas por los que consiguió un tardío e insuficiente reconocimiento, el cine de Douglas Sirk recorrió toda clase de géneros, pasando del western a las aventuras, del policiaco a la comedia. Entre estos dos últimos se sitúa la única película de Sirk que creo que aguanta la comparación con las obras maestras del final de su carrera: Escándalo en París (A Scandal in Paris), basada en las memorias de François Eugène Vidocq, un ladrón francés del siglo XVIII que abandonó su carrera al margen de la ley para convertirse en jefe de la policía, personaje que retomó muchos años después el director Pitof en Vidocq (2001), un film estéticamente abrumador pero vacío de todo lo demás, protagonizado por Gérard Depardieu. 

        Aquí es George Sanders, con su elegancia a prueba de bomba y su eterno gesto imperturbable (Javier Marías lo calificó en cierta ocasión como “el hombre que parecía no querer nada”), quien interpreta al granuja Vidocq, secundado por el gran Akim Tamiroff en el papel de su ayudante Èmile, una suerte de Sancho Panza más rebelde y ambicioso que el que recreó para su amigo Orson Welles, cuya familia, un variopinto grupo de ladrones que anticipan en cierto modo los que poblaron más adelante muchas comedias españolas e italianas, se les unirá para llevar a cabo el atraco a un banco. Pero entonces el amor se cruzará en el camino de Vidocq…

        Elegantísima y desbordante de ingenio en todas y cada una de sus escenas, repleta de situaciones y diálogos en los que el doble sentido y la ironía campan a sus anchas buscando continuamente la complicidad del espectador, Escándalo en París es una de esas películas en las que la palabra y la puesta en escena van absolutamente de la mano, logrando una perfecta comunión que hasta el mismísimo Lubitsch habría firmado. Sin renunciar a muchos de los temas que desarrollaría definitivamente en sus melodramas (la tradición, las apariencias, la suplantación de identidad, los giros del destino…), Sirk nos demostró, con esta pequeña maravilla, que también sabía hacernos sonreír.

               Editada en DVD por Regia Films.

CUANDO PASAN LAS CIGÜEÑAS (1957) de Mikhail Kalatozov

Aunque pueda parecer mentira, el cine de Orson Welles ha sido tachado a menudo de pura pirotecnia exhibicionista y vacía de contenido, de tomar como excusa la historia que nos cuenta para entregarse al culto del más difícil todavía. Si bien es cierto que Welles siempre buscó -y así lo afirma en varias entrevistas- explotar al máximo las posibilidades del lenguaje cinematográfico, a mí no me cabe duda no sólo de que siempre las puso al servicio de lo que quería contar, sino que en los personajes que habitan sus películas radica gran parte de la fuerza de su cine y que muchas de las mejores escenas que filmó les pertenecen enteramente a ellos, a sus palabras, sus silencios y sus miradas.

        Si pongo como ejemplo a Welles es porque el cine del mucho menos conocido Mikhail Kalatozov es susceptible de recibir las mismas críticas, y buena muestra de ello es Cuando pasan las cigüeñas (Letyat zhuravli) -como este país is different pa to, las grullas del título original se convirtieron en cigüeñas a su paso por España-, la maravillosa historia de amor entre Veronica y Boris, los dos amantes que han de separarse al alistarse Boris como voluntario para ir al frente.

        Kalatozov nos muestra esta triste y romántica historia a través de una sucesión de planos, escenas y secuencias enteras de una increíble belleza visual, que en ocasiones posiblemente hagan que el drama nos resulte menos cercano y no nos emocione tanto como debería, distraídos por la exuberancia de las imágenes, pero que en absoluto son meras fotografías en las que recrear la vista: todos y cada uno de esos momentos nos cuentan algo sobre los personajes y contribuyen a la principal finalidad de que la historia avance. Junto a ellos, el rostro que domina toda la película y del que la cámara se enamora, el de la actriz Tatiana Samoilova. Kalatozov es consciente de que esta historia le pertenece a ella, y sabe entregarle el film y reposarlo en cada uno de sus primeros planos, en su expresión al ver destruída su casa tras el bombardeo en el que mueren sus padres, en su soledad entre la alegre multitud que recibe a los soldados que vuelven del frente, mientras reparte entre los supervivientes las flores que estaban destinadas a Boris.

        Quizá esta película sería aún más impresionante si Kalatozov hubiese alcanzado una mayor comunión entre su riqueza formal y la emoción que nos transmite, pero si el cine es, entre otras cosas, un espectáculo visual, Cuando pasan las cigüeñas es una parada imprescindible.

                   Editada en DVD por Divisa.

FORCE OF EVIL (1948) de Abraham Polonsky

Con este tributo lo único que está haciendo la industria del cine norteamericano es reconocer que la delación es buena y que al final a quienes traicionan sus ideales o a sus amigos se les acaba premiando. (Abraham Polonsky, tras concedérsele el Oscar honorífico a Elia Kazan en 1999)

Abraham Polonsky fue uno de los grandes damnificados de la caza de brujas perpetrada por el senador Joseph Raymond McCarthy durante la administración Truman. Convocado para declarar por el Comité de Actividades Antiamericanas, Polonsky se negó, y como consecuencia su carrera en el cine se vio reducida a un puñado de guiones, muchas veces sin acreditar, y a sólo tres películas como director, dos de ellas realizadas cuando la tempestad ya hacía tiempo que había pasado. Entre los guiones destaca el de Cuerpo y alma (Body and soul, 1947), uno de los grandes films a caballo entre el cine negro y el mundo del boxeo, dirigido por Robert Rossen. Sus realizaciones, además de Force of evil, son El valle del fugitivo (Tell them Willie Boy is here, 1970), un atípico western con Robert Redford que me gusta mucho y que puede interpretarse como una crítica a la persecución que sufrió Polonsky, y Romance of a horsethief (1971), una de cosacos con Yul Brinner y Eli Wallach que no he visto.

        A raíz de su distribución en dvd, su primera película se ha conocido en España como La fuerza del destino  y como El poder del mal, e incluso en alguna filmografía aparece como El imperio del mal, con lo cual, ante semejante despropósito, lo mejor será conservar su título original. Force of evil, protagonizada por John Garfield (otra víctima ilustre de la caza de brujas), se aleja del romanticismo y del aspecto mítico de los protagonistas tan presentes en el género para mostrar, de una manera tan realista como poco frecuente en la época, carente de cierto cinismo o idealismo que la suavice, la corrupción de una sociedad enferma en todos sus estamentos, ambiciosa y violenta, y cómo esa corrupción y los conflictos morales que produce se reflejan en los personajes, incapaces de escapar de un sistema que los engulle. 

        En oposición a ese realismo argumental, Polonsky llena el film de poesía tanto en sus diálogos como en sus preciosas y complejas imágenes, de un barroquismo que me recuerda al cine de Orson Welles y al de, en ocasiones, Robert Aldrich, consiguiendo la que para mí es una de las grandes obras maestras del cine negro.

               Editada en DVD por Regia Films.

LA ROSA NEGRA (1950) de Henry Hathaway

Muchos de los aficionados a la literatura y al cine comenzamos a serlo gracias al género de aventuras: los cómics de El Jabato, El Capitán Trueno o El Corsario de hierro, las novelas de Verne, Stevenson, Dumas o Sabatini, y las sesiones dobles en los cines de barrio o frente al televisor con las películas de Michael Curtiz, Raoul Walsh, Jacques Tourneur, George Sidney o Henry Hathaway, conseguían que nos lo pasáramos como los enanos que éramos. Con el tiempo llegarían otros géneros, otras literaturas y otros cineastas, pero también la certeza, tras múltiples visitas, de que esas obras que disfrutábamos de pequeños no sólo eran entretenimientos para niños, sino que también albergaban grandes historias, maravillosos personajes y el mejor cine.

        De las películas de aventuras que realizó Hathaway, La rosa negra (The black rose) es la que más me gusta, y, a pesar de no gozar del prestigio de otras, es también una de mis preferidas del género. Los conflictos entre sajones y normandos en la Inglaterra de la Edad Media, las diferencias con la avanzada cultura de la época en Asia, la fotografía de Jack Cardiff, romances, batallas, torneos, un Tyrone Power como pez en el agua y un Orson Welles que seguramente se lo pasó en grande disfrazándose y maquillándose para dar vida al jefe mongol (además de cobrando para dar a luz sus propios proyectos), hacen de esta película un espectáculo con el que disfrutar una y otra vez. 

        Supongo que sería mucho pedir que en los colegios se les pasaran a los niños películas como ésta, o que se les comenzara a enseñar literatura con Los tres mosqueteros o La isla del tesoro (aunque no sean novelas españolas) en lugar de obligarles a leer mamotretos como El libro de Buen Amor o el Cantar de Mío Cid, pero quizá se lograría con ello que el mero hecho de ver una película sin efectos especiales o de leer más de dos frases seguidas no les produjera retortijones.

             Editada en DVD por Fox.

LOS AMANTES DE MONTPARNASSE (1958) de Jacques Becker

Desgraciadamente Jacques Becker falleció prematuramente cuando todo apuntaba a que iba a ser el único cineasta capaz de hacerle sombra a Jean Renoir en el panorama del cine francés anterior a la nouvelle vague (que me perdonen los bressonianos), dejándonos como testamento una gran obra maestra como es La evasión (Le trou, 1960). Un par de años antes nos había mostrado el que para mí es uno de los dos mejores retratos de un gran pintor que nos ha dado el cine, el de Modigliani en Los amantes de Montparnasse (Montparnasse 19). El otro es el que realizó Orson Welles en el genial y heterodoxo documental Fraude (Fake, 1973) sobre Elmyr de Hory, considerado el mayor falsificador de obras de arte del mundo y de quien, por supuesto, Modigliani no se libró: “A Modigliani le exploté con gran éxito, no porque fuera fácil, sino porque hay una gran afinidad entre nosotros. No creo que haya nadie en todo el mundo del arte que sepa más de Modigliani que yo. Le conozco a fondo y creo que he sentido el mayor placer y satisfacción cuando pintaba y dibujaba Modiglianis.”

        Los amantes de Montparnasse nos muestra los últimos meses de vida de un Modigliani pobre, hambriento, alcoholizado y violento, que no consigue vender un solo dibujo y subsiste gracias a los favores de las mujeres, y que encuentra en el amor de Jeanne, una estudiante de arte que renuncia por él a su buena posición (guapísima Anouk Aimée, que casi parece dibujada por el propio Modigliani), un apoyo para continuar pintando y viviendo. Pero eso no será suficiente. Modigliani acaba por derrumbarse en esa escena maravillosa en que, completamente borracho, arroja el poco dinero que le queda al río (“que al menos el Sena crea que soy rico”) y le pide a Jeanne que le abandone o acabará haciéndole daño. Escena en la que, por si había dudas, Gérard Philipe demuestra por qué, a pesar de morir a los 36 años (curiosamente con pocos meses de edad más de los que tenía Modigliani), ya era uno de los mayores actores del cine y el teatro franceses.

        Y si el retrato de Modigliani no es precisamente complaciente, menos lo es aún la visión de Becker sobre el mundo del arte, personificado en el marchante al que da vida el gran Lino Ventura (sin pistola, pero igual de malo), quien, una vez muerto Modigliani y sin que su viuda conozca aún la noticia, se lanza como un buitre a por sus cuadros sabiendo que pronto valdrán una fortuna.

        El mundo del arte o el mundo del dinero. De eso Elmyr de Hory sabía un rato.

LOS CUENTOS DEL WHISKY de Jean Ray

Jean Ray es el seudónimo por el que más se conoce al escritor -además de marinerojean_ray_01 y contrabandista- Raymond de Kremer, que alcanzó cierta popularidad gracias a la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Harry Dickson. Su obra de culto es la novela de terror Malpertuis (1943), llevada al cine en 1971 por un tal Harry Kümel, que para muchos es una joya oculta y que realmente da miedo pero de lo mala que es. En ella aparecía Orson Welles en una de esas breves interpretaciones en las que se limitaba a pasar el cepillo.

       La primera obra que Ray publicó fue Los cuentos del whisky (Les contes du whisky, 1925), una colección de breves relatos, casi anécdotas algunos, con la noche, la niebla y las sombras por escenario. Sus habitantes son marineros, usureros, prostitutas, taberneros, que conviven con seres de otro mundo, reales e imaginarios, demonios, fantasmas, y muertos que vuelven de la tumba para vengarse. Con el whisky como motivo recurrente e hilo conductor de los relatos, entre Los cuentos del whisky hay piezas magistrales como Una mano -que no me extrañaría que hubiese inspirado a Cortázar uno de sus primeros relatos, Estación de la mano (Cortázar, aunqray_1_previewue argentino, nació en Bélgica, como Ray)-, La venganza -que recuerda a El corazón delator de Poe-, o Mujercita amada, perfumada a verbena y El nombre del barco, dos maravillas que combinan el humor y la nostalgia, y que no cuesta imaginarlas filmadas por John Ford.

       En el primero de esos cuentos, una escena de taberna, la ofensa de la que son objeto dos amigos es perdonada porque en labios de una mujer escuchan una canción que les trae tristes recuerdos:

        “Si la artista hubiese cantado Werther, Lohengrin o cualquier otra cosa, la suerte de aquella pandilla de imbéciles, lo bastante incautos como para meterse en un antro de marineros, hubiera estado echada.

        Pero la artista cantó Butterfly, y ello le fue inspirado y ordenado por Dios.

        Y me explico la repentina mansedumbre de los dos granujas, insultados en su miseria por el lujo y por la alegría de los otros.

        El recuerdo de una geisha deshecha en lágrimas, empequeñeciéndose cada vez más en el embarcadero, mientras el vapor huye apresuradamente del puerto encantado, acudió en auxilio de la evocadora en aquel momento tan próximo al crimen.

        Y, con tanta firmeza como en Dios, creo en su gesto fantasmal de amante protegiendo a la bella joven de ojos color malva que cantó tan maravillosamente la inmensa piedad de las muchachas de puerto, una noche, en el Site enchanteur.”

        En el segundo, unos marineros cobran conciencia de su soledad al discutir el nombre que le quieren poner a su barco:

        “-¡Silencio! -dijo Hildesheim-. Este barco se llamará Loute.

        -¿Loute? -inquirí-. ¿Qué diablos significa eso?

        -Es el nombre de una niña -respondió Hildesheim.

        -¡Ah! ¿Qué niña?

        -Una niña rubia que le pide cuentos y céntimos a su padre, una niña que le convierte a uno en un hombre cuando no es más que una maldita mula, una niña por la cual se moriría de hambre cantando de placer, una niña por la cual se iría a robar las estrellas, la luna o el Gaurisankar… Una niña… ¡Ah, miseria divina!

        -Hildesheim, viejo amigo -dijo Bobby Moos en voz muy baja-. ¿Quién es esa Loute?

        -No exite -murmuró Hildesheim como en un soplo-. Es el nombre que hubiera dado a mi hija, si hubiese tenido una habitación con una estufa, y una mesa, y una cama, y una mujer a la que hubiese amado.

        -Somos… unos… vagabundos… -fraseó Bobby Moos-, unos… perros…

        -Loute -susurró Hildesheim.

        Un triple sollozo ascendió, en medio de la oscuridad nocturna, hacia la eterna indiferencia de las estrellas.”

                   Traducción de José Mª Roca.

                   Publicado por Editorial Acervo.

EL LARGO DÍA ACABA (1992) de Terence Davies

Adaptador de John Kennedy Toole en La biblia de neón (The neon bible, 19l_58857_0104753_77a860f495) y de Edith Warthon en La casa de la alegría (The house of mirth, 2000) -que me gusta mucho más que La edad de la inocencia (The age of innocence, 1993) de Martin Scorsese, también adaptación de Warthon, con la que fue comparada en su momento- Terence Davies comenzó a ganarse su prestigio con su segunda película, Voces distantes (Distant voices, still lives, 1988), y al tercer intento logró la que para mí es su mejor película, El largo día acaba (The long day closes), que más que un film con un argumento propiamente dicho es un álbum de fotos en movimiento, una memoria nostálgica en imágenes.

        La película muestra el día a día de una familia de clase obrera en los años 50 a través de los ojos de Bud, el miembro más joven. Siempre desde el recuerdo de una época y una forma de vida que ya no existen -en la escena de la fiesta en la calle, Davies incluso recupera la voz en off de Orson Welles en El cuarto mandamiento (The magnificient Ambersons, 1942) para reflejar esa pérdida-, vamos asistiendo a su educación en una escuela estrictamente religiosa, a la estrecha relación con su madre, a su impaciencia por poder hacer las mismas cosas que los adultos, y a su amor por el cine, como un mundo fantástico tan lejano de su realidad, y por las canciones populares, tan presentes en las voces de los personajes que en parte convierten la película en un extraordinario musical.

         Con sus extraordinarios decorados y sus encuadres magistralmente iluminados y planificados, El largo día acaba es una maravillosa ventana abierta al pasado y una de las grandes obras sobre el mundo de la infancia.

                  Editada en DVD por Cameo.

ARCADIA TODAS LAS NOCHES de Guillermo Cabrera Infante

La Arcadia, aparte de ser una zona de Grecia y de aparecer ya en la mitolo20092165221imagen001gía, hace referencia a un país imaginario que la poesía, a partir del Renacimiento -Garcilaso, Cervantes, o Lope de Vega en su novela La Arcadia (1598)-, tomó como modelo de lugar idílico, de paraíso, donde la tranquilidad, la paz y la felicidad reinan eternamente. Algo así como lo que  para un cinéfilo sería ver las grandes obras maestras.

        En 1962, el escritor y crítico de cine (y escritor de cine) cubano Guillermo Cabrera Infante pronunció en La Habana una serie de conferencias sobre la obra de cinco monstruos del celuloide: Orson Welles, Alfred Hitchcock, Howard Hawks, John Huston y Vincente Minnelli, como prólogo a la emisión de varias de sus películas. En esos textos, que cobraron forma de libro en Arcadia todas las noches (1978), Cabrera Infante no sólo escribe -y muy bien- sobre el cine de estos geniales directores, sino que además nos ayuda a interpretar y comprender sus films -aunque no siempre estemos de acuerdo con sus opiniones-, y consigue, en fin, hacer gran literatura, arte sobre el arte.

        No por casualidad, Cabrera Infante termina la última conferencia -la de Minnelli- refiriéndose a Brigadoon (1954), esa maravilla del musical que nos habla de un pueblo donde la gente vive en paz y todo es alegría y felicidad (y fabulosas canciones), y que sólo aparece en la Tierra una vez cada cien años y sólo durante un día. El personaje interpretado por Gene Kelly encontrará en él su Arcadia particular (y a Cyd Charisse, lo cual ayuda bastante), y nosotros, en películas como ésta, la nuestra.

                Publicado por Ed. Alfaguara.