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Sidney Lumet, adiós a un grande del cine

El pasado sábado día 6 nos dejó, a los 86 años, Sidney Lumet, uno de los grandes directores de aquella generación que pasó de la televisión al cine para dejarnos un buen puñado de obras maestras. Aquí lo recuerdo en cinco de ellas, mis favoritas, mis imprescindibles.

Doce hombres sin piedad (Twelve angry men, 1957)

Una de las mejores óperas primas de la historia, para ver cien veces y que siempre parezca la primera. Pudo quedarse en teatro bien filmado pero resultó ser un espectáculo cinematográfico con doce bestias de la interpretación metidos en 30 metros cuadrados. Todavía hoy sigue siendo su película más aclamada, con varias versiones en cine, televisión y teatro, incluyendo una española magnífica.

Punto límite (Fail-safe, 1964)

La visión terrorífica de lo que podía haber pasado si Estados Unidos y la URSS hubiesen entrado en guerra. Del mismo año, curiosamente, que ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove, or how I learned to stop worrying and love the bomb) de Stanley Kubrick, pero sin su coña marinera. El montaje congelado de sus últimos planos da más miedo que cualquier hecatombe creada por ordenador. Stephen Frears realizó una versión en el año 2000 para televisión que no le hace ni sombra.

Serpico (1973)

Uno de los grandes policiacos realistas, con un inmenso Al Pacino. De visión obligada para saber de dónde vienen las grandes series de televisión sobre la vida y milagros de los policías. Con Harry Callahan nos lo pasamos como enanos; con Frank Serpico también y, además, nos lo creemos.

Network (1976)

La visión más demoledora que he visto sobre la televisión, la competencia por los índices de audiencia, el éxito profesional a cualquier precio frente a la dignidad humana y el mundo visto como una enorme multinacional. El guión de Paddy Chayefsky, en boca de William Holden, Faye Dunaway, Peter Finch y Robert Duvall, me parece uno de los mejores que se hayan filmado. Treinta y cinco años después de su estreno resulta más actual que nunca, y si todavía hay alguien que no entiende la mierda en la que andamos metidos no tiene más que echarle un vistazo. Para ver en sesión doble, antidepresivos a mano, con La muerte en directo (La mort en direct, 1979) de Bertrand Tavernier, otro que tira con bala.

Veredicto final (The verdict, 1982)

Paul Newman y James Mason frente a frente en uno de los grandes dramas judiciales. Posiblemente la película más absolutamente clásica de Lumet, la más reposada, la que atiende tanto a los gestos y a las miradas de los personajes como a sus palabras. No sé si es la mejor, pero sí me parece que es en la que alcanza su absoluta madurez como cineasta.

EL BUSCAVIDAS de Walter Tevis

Algunos grandes novelistas norteamericanos han visto sus obras transformadas Walter-Tevisen películas que, en ocasiones, han pasado a formar parte de la gran historia del cine e incluso de la cultura popular. Pero muchos de esos autores son poco o nada conocidos en nuestro país, ya sea porque sus novelas llevan mucho tiempo descatalogadas o porque no se habían traducido a nuestra lengua. Afortunadamente, ahora ya podemos disfrutar de Laura (1946) de Vera Caspary, La noche del cazador (The night of the hunter, 1953) de Davis Grubb, Warlock (1958) de Oakley Hall, o El buscavidas (The hustler, 1959) de Walter Tevis.

        Otra novela de Tevis, El hombre que cayó a la Tierra (The man who fell to earth, 1963) fue llevada al cine por Nicholas Roeg en 1976, en una adaptación bastante popular en su momento con David Bowie en el papel del extraterrestre protagonista. Pero sin duda la adaptación que ha pasado a la historia del cine es la que hizo Robert Rossen de El buscavidas, con Paul Newman en el papel del genio del billar Eddie Felson.

        Ros978-84-9889-026-6sen adapta magistralmente el texto de Tevis llevándolo a su terreno, dándole mayor importancia a los personajes de Sarah y Bert y acentuando el aspecto dramático (mientras la novela es más una historia de aprendizaje, la película se decanta por el retrato de la derrota), pero toda la fuerza de los personajes, las míticas partidas entre Eddie y Minnesota Fats, su aroma de leyenda, y la ambientación de los tugurios y las salas de billar se encuentran ya presentes en la gran prosa de Walter Tevis.

        “Y luego, por la tarde, cuando empezaban a llegar en serio los jugadores, y empezaba el humo del tabaco y los sonidos de las bolas duras y brillantes golpeando entre sí y el chirrido de la tiza contra las duras flechas de cuero de los tacos, entonces comenzaba la fase final de la metamorfosis que ascendía hasta el máximo cuando, ya bien entrada la noche, los jugadores casuales y los borrachos se marchaban, dejando sólo a los concentrados y los furtivos, que observaban y apostaban, mientras otros (un grupo pequeño y diverso de hombres, vestidos de oscuro o de colores vivos, que se conocían todos pero rara vez hablaban) jugaban partidas silenciosas de brillante e intenso billar en las mesas del fondo de la sala. En esos momentos, este salón, el Bennington, cobraba vida de una manera clara”.

               Traducción de Rafael Marín.

               Publicada por Editorial Alamut.