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HOMBRE DEL SUR de Roald Dahl

Relatos de lo inesperado (Tales of the Unexpected, 1979) es una de las compilaciones más populares del escritor galés de origen noruego Roald Dahl, en gran medida porque los cuentos incluidos en ella han sido conocidos por el gran público gracias a diversas series de televisión. Por sus páginas, repletas de humor negro y de ironía, con elementos fantásticos o más claramente realistas pero siempre con cierto gusto por lo macabro y mucha mala leche, suelen campar a sus anchas ejemplares del género humano poco recomendables.

Uno de mis preferidos, y también de los más conocidos, es el titulado «Hombre del sur», quizá el que más a veces ha sido adaptado a la televisión y al cine. En la pequeña pantalla apareció, junto a sus compañeros de colección, en la serie Tales of the Unexpected (1979-1988), aunque las adaptaciones que el espectador español más veterano probablemente recuerde sean las dos que formaron parte, en diferentes temporadas, de la mítica Alfred Hitchcock presenta: la de 1960, protagonizada por Peter Lorre y Steve McQueen, y la de 1985, con un inmenso John Huston acaparando todas las miradas. En el cine, pudimos rememorar la historia en el cuarto episodio, dirigido y protagonizado por Quentin Tarantino, de Four Rooms (1995).

El relato, de apenas trece páginas en las que la tensión va en aumento y que nos guardan un final sorprendente, nos lleva a una habitación de hotel en la que está a punto de cruzarse una curiosa apuesta entre un hombre mayor -el «hombre del sur» del título- y un muchacho, con una joven y otro hombre -el narrador de la historia- como testigos: si el chico es capaz de encender diez veces seguidas su encendedor, del que dice que no falla nunca, ganará un Cadillac; si no, su adversario le cortará el dedo meñique de su mano izquierda con un cuchillo.

-Muy bien -dije yo-, empiecen.

El muchacho me hizo una petición antes de comenzar:

-¿Quiere contar en voz alta el número de veces que lo enciendo? Por favor.

-Sí, lo haré.

Levantó la tapa del mechero y con el mismo dedo dio una vuelta a la ruedecita. La piedra chispeó y apareció una llama amarillenta.

-¡Uno! -dije yo.

No apagó la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó unos segundos antes de volverlo a encender.

Dio otra fuerte vuelta a la rueda y de nuevo apareció la pequeña llama al final de la mecha.

-¡Dos!

El silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en el encendedor. El hombrecillo tenía el cuchillo en el aire y también miraba al encendedor.

-¡Tres!

-¡Cuatro!

-¡Cinco!

-¡Seis!

-¡Siete!

Traducción de Carmelina Payá y Antonio Samons.

Publicado por Anagrama.

THE FACE BEHIND THE MASK (1941) de Robert Florey

Un ingenuo emigrante húngaro llamado Janos Szabo (Peter Lorre) desembarca en New York dispuesto a labrarse un porvenir en la tierra de las oportunidades. Durante su primera noche en la ciudad, un incendio en la pensión donde se aloja le causa graves quemaduras que le desfiguran el rostro, lo que provoca que nadie le dé trabajo. La última salida que le queda es unirse a una banda de delincuentes de la que pronto se convierte en jefe, lo que le proporciona los medios económicos para que un cirujano le fabrique una máscara con los rasgos de su propio rostro. Tiempo después, al encontrar el amor en la persona de una chica ciega y solitaria (Evelyn Keyes), decide abandonar a sus compinches, pero estos sospechan que los va a entregar a la policía y le colocan una bomba en el coche, con tan mala pata que solo consiguen matar a la chica. Entonces Janos idea un plan para vengarse que incluye acabar con su propia vida.

Que semejante dislate llegara a filmarse solo es comprensible dentro de los parámetros de la serie B, espacio de poco dinero y, a menudo, talento de sobra y suficiente libertad creativa como para sacar piedras preciosas de la basura o, al menos, para convertir una historia disparatada y hasta ridícula en una buena e incluso, por momentos, fascinante película. Esto es lo que consigue el olvidado pero estupendo cineasta Robert Florey en colaboración con el gran director de fotografía Franz Planer y el como pocas veces imprescindible Peter Lorre, emigrantes europeos los tres, en The Face Behind the Mask.

Poco más de una hora trepidante que, amparándose en las sombras y en un personaje propios del cine y la literatura de misterio europeos, bebe del naturalismo -contrario precisamente al American Dream que persigue Janos- y que presenta como motor narrativo el fatum que en los siguientes años será elemento ineludible en las grandes obras del cine negro, de las que el film de Florey podría considerarse un precedente. El pobre Janos -creo que sin la presencia de Peter Lorre la película habría sido otra o, directamente, imposible de llevar a cabo- se ve envuelto en una espiral de casualidades que, pese a sus esfuerzos, echará por tierra sus deseos de ser feliz y le guiará hacia un final inevitablemente trágico, hacia una secuencia en el desierto tan imposible como el resto del film pero igual de milagrosamente memorable.

 

LAS MANOS DE ORLAC (1935) de Karl Freund

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La novela de Maurice Renard Les Mains d’Orlac (1920) -la historia de un pianista al que tras perder las manos en un accidente le trasplantan las de un asesino ajusticiado, con las previsibles consecuencias- ha sido adaptada al cine en tres ocasiones, todas ellas conocidas en España con el título Las manos de Orlac: la alemana Orlacs Hände (1924), realizada por Robert Wiene -el director de El gabinete del Dr. Caligari (Das Kabinett des Dr. Caligari, 1920)-; la americana Mad Love (1935), de Karl Freund, y la inglesa The Hands of Orlac (1960), dirigida por Edmund T. Gréville. Pero el partido que el cine le ha sacado a la novela de Renard no se queda aquí, ya que es bastante probable que sea la fuente de la que han bebido otros films con manos u otras partes del cuerpo de las que es recomendable no fiarse, desde la estupenda La bestia con cinco dedos (The Beast with Five Fingers, 1946) de Robert Florey hasta el tercer episodio de Bolsa de cadáveres (Body Bags, 1993) de John Carpenter y Tobe Hooper -aquí es el ojo de un asesino el que es trasplantado a un jugador de béisbol-, pasando por La mano (The Hand, 1981), el segundo largometraje de Oliver Stone, y tantas otras.

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En la adaptación dirigida por Freund, Orlac y sus nuevas manos ceden el protagonismo al doctor Gogol (Peter Lorre), el cirujano que accede a realizar el trasplante al pedírselo la esposa del pianista, una actriz llamada Yvonne de la que Gogol está enamorado en secreto hasta el punto de hacerse con su figura de cera, expuesta en un museo, y llevársela a casa para adorarla e imaginar que pasa sus días con la auténtica. Tras ser rechazado por la joven, en el colmo de su locura amorosa ideará un plan para asesinar al padre de Orlac de manera que este, guiado por las manos del asesino que ahora son suyas, parezca el culpable.

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Estamos pues ante una historia de corte fantástico y, sobre todo, de amour fou, un absoluto delirio que se disfruta al máximo solo si no se toma demasiado en serio, con reminiscencias del expresionismo del que procedía Freund -presentes sobre todo en las escenas desarrolladas en el edificio donde vive Gogol-, y que gira en torno de un mad doctor -otro de los iconos a los que acude a menudo el género- enamorado de manera malsana y fetichista, al que Lorre presta la más alucinada de sus interpretaciones, lo cual no es decir poco.

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Y como punto álgido de lo delirante que llega a ser la película, ahí queda para el recuerdo el momento en que Gogol, disfrazado de manera indescriptible, se cita con Orlac haciéndose pasar por Rollo, el asesino al que guillotinaron, y, antes de convencerle de que esas manos que una vez fueron suyas son las causantes de la muerte de su padre, le dice: «Sí, me cortaron la cabeza; pero el doctor Gogol me la volvió a poner». Un puro dislate y, a la vez, una escena inolvidable.

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Editada por Feel Films.