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YA VUELA LA FLOR MAGRA / LOS SOLDADOS LLORAN DE NOCHE de Salvatore Quasimodo

La novela del escritor argentino Sergio Olguín Oscura monótona sangre, premio Tusquets del 2009, recupera en su título un verso de Salvatore Quasimodo (1901-1968). Al leer la novela y el poema recordé que Ana María Matute también recurrió al gran poeta italiano cuando escribió Los soldados lloran de noche (1964). Aquí os dejo los dos poemas del Nobel de 1959.

Ya vuela la flor magra

No sabré nada de mi vida,

oscura monótona sangre.

No sabré a quién amaba, a quién amo,

ahora que estrecho, reducido a mis miembros,

en el estropeado viento de marzo

enumero los males de los días descifrados.

Ya vuela la flor magra

desde las ramas. Y yo aguardo

la paciencia de su vuelo irrevocable.

 

Los soldados lloran de noche

Ni la cruz ni la infancia bastan,

ni el martillo del Gólgota,

ni la angélica memoria,

para destruir la guerra.

Los soldados lloran de noche

antes de morir. Son fuertes, caen

a los pies de las palabras aprendidas

bajo las armas de la vida.

Números amantes, soldados,

anónimos ruidos de lágrimas.

EL AVIÓN DE LA BELLA DURMIENTE de Gabriel García Márquez / LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES de Yasunari Kawabata

El origen de Memoria de mis putas tristes (2004), la última novela de García Márquez, está en otra novela corta escrita por Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes (Nemureru Bijo, 1961). Pero la influencia del Nobel japonés y de esta novela en la literatura del Nobel colombiano aparece ya en el relato El avión de la bella durmiente -uno de los mejores del libro Doce cuentos peregrinos (1992)-, en el que el narrador, durante un viaje en avión de ocho horas, observa a la mujer sentada a su lado, la más hermosa que ha visto nunca, dormida durante todo el trayecto:

“Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.”

La novela de Kawabata, mi preferida junto a País de nieve (Yuki Guni, 1947), es uno de los grandes textos sobre el sexo y el erotismo en relación con el paso del tiempo y la vejez, pero también sobre la incomunicación, el desconocimiento y la frialdad en las relaciones humanas. Ahora que Haruki Murakami se ha convertido en un fenómeno de ventas incluso en España, no estaría de más asomarse a la literatura del que probablemente fuera el mayor escritor japonés del siglo pasado.

        “La repelente senilidad de los tristes hombres que venían a esta casa no estaba a muchos años de distancia del propio Eguchi. La inconmensurable extensión del sexo, su insondable profundidad -¿qué parte de ella había conocido Eguchi en sus sesenta y siete años?-. Y en torno a aquellos ancianos nacía constantemente carne nueva, carne hermosa, carne joven. ¿Acaso la nostalgia de los tristes ancianos por el sueño inacabado, su pesar por los días perdidos sin haberlos tenido jamás, no estarían ocultos en el secreto de esta casa? Eguchi pensaba antes que las muchachas que no se despertaban eran una perpetua libertad para los ancianos. Dormidas y mudas, decían lo que los ancianos deseaban.”

               Doce cuentos peregrinos está publicado en Ed. Mondadori.

               La casa de las bellas durmientes en Ed. Caralt.