Archive for the ‘Richard Brooks’ Tag

En recuerdo de Peter O’Toole

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Hace unas pocas horas se dio a conocer la noticia del fallecimiento, a los 81 años, del gran actor irlandés de cine y teatro Peter O’Toole, candidato al Oscar en numerosas ocasiones y finalmente premiado, de manera honorífica, en el año 2003. Su primer papel importante, y el que marcaría irremediablemente toda su carrera, fue en la majestuosa película de David Lean Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962). Su transformación, más que interpretación, en la histórica figura del oficial británico T. E. Lawrence sigue siendo una de las presencias en una pantalla más impresionantes de la historia del cine.

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Tras el film de Lean, aquí lo recuerdo en las otras dos películas que más me gustan de su filmografía, en otras dos colosales interpretaciones: Lord Jim (1965) de Richard Brooks, un clásico de aventuras según la novela de Joseph Conrad, y El león en invierno (The Lion in Winter, 1968) de Anthony Harvey, el drama histórico en el que formó una pareja insuperable junto a Katharine Hepburn, dando vida respectivamente a Enrique II Plantagenet y a su maquiavélica esposa Leonor de Aquitania.

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Y, para finalizar, otro de los grandes momentos de Lawrence de Arabia, inmejorable a modo de despedida. Descanse en paz.

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EL DÍA DE LOS FORAJIDOS (1959) de André de Toth

Conflicto entre ganaderos y agricultores. Alambradas que limitan los pastos. El duro Blaise Starrett (Robert Ryan) dispuesto a resolver las cosas por la fuerza y a eliminar al líder de los agricultores, aunque la lucha por las tierras no sea la principal razón: en un temprano diálogo entre Starrett y la esposa de su adversario, separados por una mesa y por tantas cosas, resuelto magníficamente por de Toth con un plano fijo, se nos informa de que ambos habían sido amantes y de que Starrett sigue enamorado de ella. A los pocos minutos el duelo en el salón está servido, y de Toth lo filma de manera poco creíble pero impecable cinematográficamente. Starrett ordena a su ayudante que haga girar una botella a lo largo de la barra para que al caer al otro lado sirva como señal para empezar a disparar. De Toth realiza entonces un fantástico travelling encuadrando a los duelistas y a la botella girando a lo largo de la barra. Justo antes de caer ésta al suelo, la puerta se abre y entra como un vendaval la banda del capitán Bruhn (tremendo Burl Ives, portentoso sobre todo en la escena en que el veterinario del pueblo ha de sacarle una bala del cuerpo), y lo que era un argumento tantas veces visto en el género se transforma en El día de los forajidos (Day of the Outlaw), uno de los westerns más singulares, fantasmal, psicológico, casi abstracto.

        La lucha de Starrett por los pastos y por la mujer deja paso entonces a la defensa del pueblo contra la violencia del grupo de Bruhn o, lo que es lo mismo, contra su propia violencia. Los forajidos aparecen de la nada, en el momento justo para evitar que Starrett asesine a su enemigo, sin que se nos hubiese avisado de su llegada, perseguidos, tras cometer un atraco, por una caballería de la que en ningún momento tendremos noticia, porque no existe, porque, en realidad, los malos de la película, como personajes con entidad narrativa, no existen. Al igual que ocurría en la obra maestra de Anthony Mann Hombre del Oeste (Man of the West, 1958), son sólo una representación de la parte violenta del protagonista: eliminándolos a ellos, se deshace del aspecto de sí mismo que rechaza (justo antes del duelo con el granjero su rostro se refleja en un espejo, y no le gusta lo que ve), y puede vivir en paz. Para ello, Starrett ni siquiera se servirá de su revólver. Con la connivencia de Bruhn, que se sabe con las horas contadas a causa de la herida de bala y que prefiere que los tipejos de los que se sirve mueran a que arrasen el pueblo, guiará a la banda a través de la nieve y del viento, por una ruta inexistente, con el fin de burlar a la caballería. Durante esa secuencia extraordinaria, a la vez un viaje físico y de redención, la ambición por el oro y el frío acabarán con ellos (otra referencia: el cadáver congelado en la nieve con el rifle en la mano, que recuerda al del malvado Robert Taylor en aquel terrible plano final de La última cacería (The Last Hunt, 1956) de Richard Brooks. Curiosamente, en ambas películas el director de fotografía fue Russell Harlan).

        Estupendo guión del gran Philip Yordan y gélida y deslumbrante fotografía en blanco y negro para un film portentoso en su planificación, quizá de ritmo algo teatral a raíz de su carga simbólica, con una gran violencia más aún moral que física (extraordinario también el baile entre los forajidos y las mujeres del pueblo, rodado por de Toth de tal manera que sugiere una brutalidad mucho mayor que la que nos muestra), y que en una fantasía cinéfila podría parecerse al western que Ingmar Bergman nunca filmó. Quizá su singularidad haya hecho de El día de los forajidos un western casi desconocido, que ni siquiera aparece citado en la mayoría de estudios sobre el género, pero precisamente su alejamiento de los parámetros clásicos es una buen razón, y no la única, para recuperarlo.

            Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.

EL INFIERNO DEL ODIO (1963) de Akira Kurosawa

La carrera literaria de Evan Hunter (o Ed McBain, seudónimo con el que firmó muchas de sus novelas) estuvo a menudo muy ligada al cine. Tras las adaptaciones de dos de sus novelas por parte de Richard Brooks en Semilla de maldad (The blackboard jungle, 1955) y de Richard Quine en su obra maestra Un extraño en mi vida (Strangers when we meet, 1960), con guión del propio Hunter, Hitchcock contó con él para escribir Los pájaros (The birds, 1963), a partir de la novela de Daphne du Maurier. Pero la aportación de Hunter al cine no se limitó a Hollywood, y el mismísimo Akira Kurosawa, buen conocedor de la literatura y el cine norteamericanos, recurrió a su novela King´s ransom para realizar El infierno del odio (Tengoku to jigoku), la que para mí es la mejor de sus cuatro brillantes incursiones en el género negro.

        Tras una larguísima secuencia inicial que puede sorprender al espectador acostumbrado sólo al cine negro norteamericano, durante la cual el protagonista Gondo (Toshiro Mifune) recibe una llamada comunicándole el secuestro de su hijo y el pago exigido a cambio de su vida, y la posterior confirmación de que en realidad los secuestradores han cometido un error, llevándose al hijo de su chófer, el film cobra un ritmo trepidante mucho más cercano al del cine occidental, mostrando minuciosamente las investigaciones de la policía en una ciudad asolada por la delincuencia y las marcadas diferencias de clase en una sociedad que sufre las consecuencias de la guerra. Con una fotografía excepcional en la que las luces y las sombras ayudan a mostrar el enfrentamiento entre dos mundos que conviven, entre el día de las clases acomodadas y la noche de los marginados y criminales, El infierno del odio, como las otras tres aportaciones de Kurosawa, nos acerca la cara más sórdida y realista del género.

        Entre sus grandes momentos, la escena del pago del rescate en el tren es un prodigio de ritmo, planificación y montaje muchas veces imitado y nunca superado, y el último fragmento, la guinda para esta obra maestra, la conversación entre Gondo y el secuestrador en la cárcel en la que éste le explica los motivos del secuestro y su ira acumulada durante años hacia los que poseen todo lo que él no ha tenido nunca acaba estallando, mientras la mampara que los separa se cierra definitivamente como una losa, es uno de los finales más secos e impactantes que nos ha dejado el cine.

                 Editada en DVD por Filmax.