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MATAR UN RUISEÑOR de Harper Lee

Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1960), la única novela que escribió Nelle Harper Lee y que le valió el Pulitzer de 1961, sigue siendo hoy en día, a los cincuenta años de su aparición, una de las novelas norteamericanas más populares y apreciadas. Basada, al parecer, en recuerdos de infancia de la propia autora, puestos en la voz de la narradora y protagonista Jean Louise Finch, alias Scout, su historia de aprendizaje, educación y comprensión hacia los demás, hacia los que no son como nosotros, dentro de una comunidad donde aún imperan los prejuicios raciales y el miedo a lo diferente, ha sido siempre puesta como modelo de lectura a compartir entre grandes y pequeños, como ejemplo de una literatura que puede entretener a los más jóvenes y, a la vez, mostrarles ciertos valores.

         Pero además de eso, y sobre todo, Matar un ruiseñor es una de las grandes obras sobre los miedos de la infancia y el paso a la edad adulta, teñida de ternura y de nostalgia, que mezcla la aventura, el terror, el humor, el drama social y la novela judicial para convertirse en un texto atemporal que habla sobre las personas y sus sentimientos. Una obra maestra, en fin, que se lee de una sentada, que no ha perdido ni una pizca de su fuerza narrativa gracias, como siempre, a su claridad y sencillez, y que, según cuenta la leyenda, puso celoso al mismísimo Truman Capote, amigo íntimo de la autora.

 

 

 

 

 

 

 

 

          Al adaptarla al cine en 1962, Robert Mulligan realizó la película más representativa de su filmografía, otra obra maestra a la altura de la novela y que apenas necesita ya presentación. Gregory Peck ganó el Oscar por su interpretación del padre y abogado Atticus Finch (posiblemente su personaje más recordado), y en un papel secundario pero crucial encontramos a un jovencísimo Robert Duvall. 

        “Atticus fue a replicar, pero pero se abstuvo. Quitó el pulgar de la páginas, hacia la mitad del libro, y retrocedió al principio. Me acerqué y apoyé la cabeza en su rodilla.

        -Ummm -dijo-. El fantasma gris, por Seckatary Hawkins. Capítulo primero…

        Yo me esforcé en continuar despierta, pero la lluvia era tan suave, el cuarto estaba tan templado, la voz de mi padre era tan profunda y su rodilla tan cómoda, que me dormí.

        Poco después, Atticus me ayudó a incorporarme y me llevó a su cuarto.

        -He oído todolo que has leído -murmuré-. No creas que estaba dormida; la historia habla de un barco y de Fred Tres-Dedos y de Kid Pedradas…

        Atticus me desató el mono, me apoyó contra sí y me lo quitó. Luego me sostuvo con una mano, mientras con la otra cogía el pijama.

        -Sí, y todos creían que Kid Pedradas ponía patas arriba el local de su club y lo ensuciaba todo y…

        Me guió hasta la cama y me hizo sentar en el borde. Me levantó las piernas y las colocó debajo de la sábana.

        -Y lo persiguieron, pero no podían atraparlo porque no sabían qué aspecto tenía, y cuando por fin lo encontraron, resultó que no había hecho nada de todo aquello… Atticus, era un chico bueno de veras…

        Las manos de mi padre estaban debajo de mi barbilla, subiendo la manta y arropándome bien.

        -La mayoría de las personas lo son, Scout, cuando por fin las ves.

        Atticus apagó la luz y regresó al cuarto de Jem. Allí estaría toda la noche, y allí seguiría cuando Jem despertase por la mañana.”

                        Traducción de Baldomero Porta.

                        Publicada por Ediciones B.

 

Sidney Lumet, adiós a un grande del cine

El pasado sábado día 6 nos dejó, a los 86 años, Sidney Lumet, uno de los grandes directores de aquella generación que pasó de la televisión al cine para dejarnos un buen puñado de obras maestras. Aquí lo recuerdo en cinco de ellas, mis favoritas, mis imprescindibles.

Doce hombres sin piedad (Twelve angry men, 1957)

Una de las mejores óperas primas de la historia, para ver cien veces y que siempre parezca la primera. Pudo quedarse en teatro bien filmado pero resultó ser un espectáculo cinematográfico con doce bestias de la interpretación metidos en 30 metros cuadrados. Todavía hoy sigue siendo su película más aclamada, con varias versiones en cine, televisión y teatro, incluyendo una española magnífica.

Punto límite (Fail-safe, 1964)

La visión terrorífica de lo que podía haber pasado si Estados Unidos y la URSS hubiesen entrado en guerra. Del mismo año, curiosamente, que ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove, or how I learned to stop worrying and love the bomb) de Stanley Kubrick, pero sin su coña marinera. El montaje congelado de sus últimos planos da más miedo que cualquier hecatombe creada por ordenador. Stephen Frears realizó una versión en el año 2000 para televisión que no le hace ni sombra.

Serpico (1973)

Uno de los grandes policiacos realistas, con un inmenso Al Pacino. De visión obligada para saber de dónde vienen las grandes series de televisión sobre la vida y milagros de los policías. Con Harry Callahan nos lo pasamos como enanos; con Frank Serpico también y, además, nos lo creemos.

Network (1976)

La visión más demoledora que he visto sobre la televisión, la competencia por los índices de audiencia, el éxito profesional a cualquier precio frente a la dignidad humana y el mundo visto como una enorme multinacional. El guión de Paddy Chayefsky, en boca de William Holden, Faye Dunaway, Peter Finch y Robert Duvall, me parece uno de los mejores que se hayan filmado. Treinta y cinco años después de su estreno resulta más actual que nunca, y si todavía hay alguien que no entiende la mierda en la que andamos metidos no tiene más que echarle un vistazo. Para ver en sesión doble, antidepresivos a mano, con La muerte en directo (La mort en direct, 1979) de Bertrand Tavernier, otro que tira con bala.

Veredicto final (The verdict, 1982)

Paul Newman y James Mason frente a frente en uno de los grandes dramas judiciales. Posiblemente la película más absolutamente clásica de Lumet, la más reposada, la que atiende tanto a los gestos y a las miradas de los personajes como a sus palabras. No sé si es la mejor, pero sí me parece que es en la que alcanza su absoluta madurez como cineasta.

LA INVASIÓN DE LOS ULTRACUERPOS (1978) de Philip Kaufman

Al adaptar la novela de Jack Finney Los ladrones de cuerpos (The body snatchers, 1955), Don Siegel realizó una de sus mejores películas: La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the body snatchers, 1956), que se convertiría en uno de los grandes clásicos del cine de ciencia-ficción y que dio lugar a las más variadas interpretaciones, en ocasiones incluso contradictorias (algunos opinaron que era un ataque contra el macartismo y otros que atacaba al comunismo).

        El director y guionista Philip Kaufman -suyos son los guiones, al menos en parte, de las excepcionales El fuera de la ley (The outlaw Josey Wales, 1976) de Clint Eastwood, y En busca del arca perdida (Raiders of the lost ark, 1981) de Steven Spielberg- realizó una nueva adaptación de la novela de Finney -con el mismo título original que la de Siegel, aunque aquí se llamó La invasión de los ultracuerpos– y también dio en la diana: aunque sigue a la sombra de su predecesora, no tiene mucho que envidiarle.

        De la mano de Kaufman, la historia de las vainas gigantes llegadas del espacio que dan a luz réplicas exactas de los seres humanos, cuando éstos se quedan dormidos, para ocupar su lugar y dominar el planeta, se convierte en un film mucho más terrorífico, pero dando prioridad siempre a los personajes y a la visión de un mundo dominado por unos seres que, aunque iguales físicamente a nosotros, son incapaces de pensar y de tener sentimientos.

        Con un gran reparto en el que destaca, cómo no, Donald Sutherland, y con breves apariciones de Robert Duvall, del propio Don Siegel y de Kevin McCarthy (el protagonista de la primera adaptación), La invasión de los ultracuerpos nos guarda, además, uno de los más impactantes finales del género.

                  Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.