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LA ÚLTIMA GALOPADA de Thomas Eidson

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Paralelamente a la recuperación de los grandes clásicos del wéstern literario como Alan Le May, Dorothy M. Johnson o James Warner Bellah, la editorial Valdemar ha tenido la feliz idea de presentarnos a Thomas Eidson, uno de los más reconocidos autores contemporáneos del género. Para ello ha escogido su segunda y estupenda novela, La última galopada (The Last Ride, 1995), llevada al cine en 2003 por el habitualmente impersonal y sosainas Ron Howard. Protagonizada por Tommy Lee Jones y Cate Blanchet, Desapariciones (The Missing) resultaba un puro entretenimiento simplificador de la novela que apuntaba directamente a sus componentes de acción, aventura y terror.

Los acontecimientos que narra La última galopada nos sitúan en Nuevo México en 1886. Mientras Brake Baldwin, 516Ln0Uj6ZL._SX337_BO1,204,203,200_sentado frente a su rancho, lee en un periódico que “El Salvaje Oeste ha muerto”, se acerca a su rancho un anciano jinete fantasmal, un enorme hombre blanco vestido como un apache que pregunta por el hogar de los Baldwin. Brake le ofrece acogida, pero su esposa Maggie, al ver al anciano, se comporta de manera extraña y solo accede a que se quede un par de días en el establo y después se vaya. Sin embargo, cuando una partida de apaches secuestra a su hija mayor y deja malherido a Brake, Maggie no tendrá más remedio que aceptar la ayuda del extraño visitante para perseguir a los indios, dando comienzo así un largo y sangriento itinerario durante el cual iremos conociendo la oculta relación entre los dos protagonistas, a la par que sabremos que aquel titular del periódico con que comenzaba la novela distaba mucho de estar en lo cierto.

Habitada por varios personajes de los que dejan huella, como el large_tKDKvntptlj36WUTzm9Bl3N9bpkanciano jinete Samuel Jones, el mejicano Mannito, el sheriff John o el terrorífico líder de los apaches, y repleta de fragmentos de gran literatura violenta, tensa y misteriosa, La última galopada probablemente pierde fuerza cuando nos da excesivas explicaciones sobre los personajes y cuando resulta redundante al tratar la lucha entre la fe del cristianismo y la magia del paganismo, pero en sus mejores páginas, que son muchas, consigue que regresemos en parte al argumento de Centauros del desierto -a la novela de Le May y al film de John Ford- y que volvamos a sentir la atmósfera opresiva de películas como La noche de los gigantes (The Stalking Moon, 1968), de Robert Mulligan, o La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, 1972), de Robert Aldrich.

-Buenas noches -dijo Baldwin.

El hombre asintió. Los ojos de Baldwin se movían lentamente sobre él. Era viejo, probablemente de unos setenta años, y grande, casi dos metros de altura, muy delgado pero con algo de barriga. Era imposible saber si era blanco o mestizo. En otro tiempo debió de tener la complexión de un toro salvaje… ahora era todo huesos, crestas y valles. Su rostro curtido se había tostado oscureciéndose a un tono ocre y parecía remendado con trozos de arcilla húmeda que no encajaban unos con otros totalmente; su pesada nariz estaba rota, tal vez en más de una ocasión, y parecía cansado o borracho, o ambas cosas. Su atuendo era extravagante: fronterizo, indio y mexicano. La gente había dejado de vestir así hacía al menos cuarenta años. Los ojos de Baldwin regresaron a las facciones brutales del rostro del hombre.

Un pequeño terrier negro y blanco, del tamaño de un sacabotas, estaba posado sobre la grupa del caballo con el pelo ondeando al viento tormentoso, haciéndole parecerse al perro del circo que Baldwin vio en una ocasión. Sin previo aviso dio un salto en el aire, se desplomó sobre el suelo y luego trotó nerviosamente alrededor de las piernas del ranchero -justo fuera del alcance de una patada- gruñendo como si pesara cien libras en lugar de diez.

-¿Muerde? -aulló Baldwin levantando la voz sobre el creciente rugido de la tempestad.

El anciano asintió otra vez, revelándose ante los ojos de Baldwin durante unos segundos como un demonio que galopaba en aquel oscuro viento.

Traducción de Marta Lila Murillo.

Publicada por Valdemar.

EL BANQUETE DE LOS GENIOS de Manuel Hidalgo

2009022802105740_375En noviembre de 1972, el cineasta George Cukor organizó en su mansión de Hollywood una comida en homenaje a Luis Buñuel, cuya película El discreto encanto de la burguesía (Le charme discret de la bourgeoisie, 1972) ganaría el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa en marzo de 1973. Buñuel acudió a la comida acompañado de su hijo Rafael, de su guionista Jean-Claude Carrière y del productor Serge Silberman. Cukor, a su vez, invitó a unos cuantos amigos y compañeros de profesión: Billy Wilder, George Stevens, William Wyler, Alfred Hitchcock, Rouben Mamoulian, Robert Wise, Robert Mulligan, John Ford y Fritz Lang, quien no pudo acudir debido a su delicado estado de salud.

EL-BANQUETE-DE-LOS-GENIOSDe la reunión se conservan varias fotos de los invitados conversando y unas cuantas del grupo posando para la cámara. Estas últimas, a pesar de que en ellas no aparece Ford porque tuvo que retirarse, indispuesto, antes de tiempo, muestran la que todavía hoy está considerada como la mayor concentración de talento cinematográfico que se haya visto.

El novelista, guionista y crítico de cine Manuel Hidalgo ha querido recordar aquel momento histórico en su estupendo libro El banquete de los genios (2013). En él realiza un exhaustivo análisis de El discreto encanto de la burguesía, repasa las personalidades y las filmografías de los invitados y su posible relación con las de Buñuel y, por supuesto, se centra en recuperar las sabrosas anécdotas relacionadas con la reunión. Una invitación en toda regla, que se lee de una sentada, para cualquier buen amante del cine.

En esta foto aparecen conversando George Stevens y Billy Wilder mientras, fumando sentado, John Ford los escucha.

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Y aquí la foto de familia. De pie, de izquierda a derecha: Robert Mulligan, William Wyler, George Cukor, Robert Wise, Jean-Claude Carrière y Serge Silberman. Sentados, de izquierda a derecha: Billy Wilder, George Stevens, Luis Buñuel, Alfred Hitchcock y Rouben Mamoulian.

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Publicado por Ediciones Península.

MATAR UN RUISEÑOR de Harper Lee

Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1960), la única novela que escribió Nelle Harper Lee y que le valió el Pulitzer de 1961, sigue siendo hoy en día, a los cincuenta años de su aparición, una de las novelas norteamericanas más populares y apreciadas. Basada, al parecer, en recuerdos de infancia de la propia autora, puestos en la voz de la narradora y protagonista Jean Louise Finch, alias Scout, su historia de aprendizaje, educación y comprensión hacia los demás, hacia los que no son como nosotros, dentro de una comunidad donde aún imperan los prejuicios raciales y el miedo a lo diferente, ha sido siempre puesta como modelo de lectura a compartir entre grandes y pequeños, como ejemplo de una literatura que puede entretener a los más jóvenes y, a la vez, mostrarles ciertos valores.

         Pero además de eso, y sobre todo, Matar un ruiseñor es una de las grandes obras sobre los miedos de la infancia y el paso a la edad adulta, teñida de ternura y de nostalgia, que mezcla la aventura, el terror, el humor, el drama social y la novela judicial para convertirse en un texto atemporal que habla sobre las personas y sus sentimientos. Una obra maestra, en fin, que se lee de una sentada, que no ha perdido ni una pizca de su fuerza narrativa gracias, como siempre, a su claridad y sencillez, y que, según cuenta la leyenda, puso celoso al mismísimo Truman Capote, amigo íntimo de la autora.

 

 

 

 

 

 

 

 

          Al adaptarla al cine en 1962, Robert Mulligan realizó la película más representativa de su filmografía, otra obra maestra a la altura de la novela y que apenas necesita ya presentación. Gregory Peck ganó el Oscar por su interpretación del padre y abogado Atticus Finch (posiblemente su personaje más recordado), y en un papel secundario pero crucial encontramos a un jovencísimo Robert Duvall. 

        “Atticus fue a replicar, pero pero se abstuvo. Quitó el pulgar de la páginas, hacia la mitad del libro, y retrocedió al principio. Me acerqué y apoyé la cabeza en su rodilla.

        -Ummm -dijo-. El fantasma gris, por Seckatary Hawkins. Capítulo primero…

        Yo me esforcé en continuar despierta, pero la lluvia era tan suave, el cuarto estaba tan templado, la voz de mi padre era tan profunda y su rodilla tan cómoda, que me dormí.

        Poco después, Atticus me ayudó a incorporarme y me llevó a su cuarto.

        -He oído todolo que has leído -murmuré-. No creas que estaba dormida; la historia habla de un barco y de Fred Tres-Dedos y de Kid Pedradas…

        Atticus me desató el mono, me apoyó contra sí y me lo quitó. Luego me sostuvo con una mano, mientras con la otra cogía el pijama.

        -Sí, y todos creían que Kid Pedradas ponía patas arriba el local de su club y lo ensuciaba todo y…

        Me guió hasta la cama y me hizo sentar en el borde. Me levantó las piernas y las colocó debajo de la sábana.

        -Y lo persiguieron, pero no podían atraparlo porque no sabían qué aspecto tenía, y cuando por fin lo encontraron, resultó que no había hecho nada de todo aquello… Atticus, era un chico bueno de veras…

        Las manos de mi padre estaban debajo de mi barbilla, subiendo la manta y arropándome bien.

        -La mayoría de las personas lo son, Scout, cuando por fin las ves.

        Atticus apagó la luz y regresó al cuarto de Jem. Allí estaría toda la noche, y allí seguiría cuando Jem despertase por la mañana.”

                        Traducción de Baldomero Porta.

                        Publicada por Ediciones B.

 

¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO? (1976) de Narciso Ibáñez Serrador

El periodista y escritor Juan José Plans, especializado en el género fantástico y ocasional contertulio del desaparecido programa ¡Qué grande es el cine!, publicó en 1976 la novela El juego de los niños. A partir de ella, y con la colaboración de Luis Peñafiel en el guión, Narciso Ibáñez Serrador dirigió ¿Quién puede matar a un niño?, posiblemente la mejor película de terror de nuestro cine.

        Tras los títulos de crédito, en los que unos noticiarios nos recuerdan las barbaridades cometidas contra los niños en las guerras de los mayores, vemos a un matrimonio de turistas ingleses que se disponen a pasar unos días en una isla. Al llegar a ella, se dan cuenta de que los únicos habitantes son niños, y no precisamente muy simpáticos a pesar de sus sonrisas. Pronto empiezan a aparecer los cadáveres de los adultos, y a sucederse las escenas que, con pocos medios y a base de talento, nos ponen la piel de gallina. No conviene revelar demasiado de ellas a quien no la haya visto, pero basta con recordar el momento, hacia el final del film, protagonizado por la esposa embarazada (detalle importante), planificado de manera extraordinaria.

        Abierta a diversas lecturas, a pesar de que su última parte pierde, desgraciadamente, mucho de su misterio y su ambigüedad, me resulta especialmente original y desasosegante por el hecho de que casi todas sus escenas suceden durante el día, apartándose de lo que es común en el género, consiguiendo que el terror nos parezca más cotidiano y real, más creíble, de parte de unos niños que por la noche duermen, como todos, y durante el día se dedican a “jugar”: una especie de Verano azul sin Chanquete y teñido de rojo.

        En cuanto a las referencias, muchas y muy buenas: desde El pueblo de los malditos (Village of the damned, 1960) de Wolf Rilla, sobre todo en la escena que transcurre en la cabaña de pescadores, hasta El otro (The other, 1972) de Robert Mulligan, otra de miedo campestre y diurno con niño, pasando por Suspense (The innocents, 1961) -su melodía O willow waly se parece muchísimo a la que suena en esta película, y creo recordar que el director ya la había rescatado para un episodio, también sobre una niña no muy de fiar, de Historias para no dormir– y A las nueve cada noche (Our mother´s house, 1967), ambas de Jack Clayton. Y como curiosidad, señalar que en 1984 se estrenó Los chicos del maíz (Children of the corn) de Frietz Kiersch, un film con una premisa demasiado parecida al de Ibáñez Serrador, basado en un relato del ínclito Stephen King que forma parte del libro El umbral de la noche (Night shift), publicado en 1978. Fíjate en las fechas, piensa mal…

               Editada en DVD por Manga Films.