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FORCE OF EVIL (1948) de Abraham Polonsky

Con este tributo lo único que está haciendo la industria del cine norteamericano es reconocer que la delación es buena y que al final a quienes traicionan sus ideales o a sus amigos se les acaba premiando. (Abraham Polonsky, tras concedérsele el Oscar honorífico a Elia Kazan en 1999)

Abraham Polonsky fue uno de los grandes damnificados de la caza de brujas perpetrada por el senador Joseph Raymond McCarthy durante la administración Truman. Convocado para declarar por el Comité de Actividades Antiamericanas, Polonsky se negó, y como consecuencia su carrera en el cine se vio reducida a un puñado de guiones, muchas veces sin acreditar, y a sólo tres películas como director, dos de ellas realizadas cuando la tempestad ya hacía tiempo que había pasado. Entre los guiones destaca el de Cuerpo y alma (Body and soul, 1947), uno de los grandes films a caballo entre el cine negro y el mundo del boxeo, dirigido por Robert Rossen. Sus realizaciones, además de Force of evil, son El valle del fugitivo (Tell them Willie Boy is here, 1970), un atípico western con Robert Redford que me gusta mucho y que puede interpretarse como una crítica a la persecución que sufrió Polonsky, y Romance of a horsethief (1971), una de cosacos con Yul Brinner y Eli Wallach que no he visto.

        A raíz de su distribución en dvd, su primera película se ha conocido en España como La fuerza del destino  y como El poder del mal, e incluso en alguna filmografía aparece como El imperio del mal, con lo cual, ante semejante despropósito, lo mejor será conservar su título original. Force of evil, protagonizada por John Garfield (otra víctima ilustre de la caza de brujas), se aleja del romanticismo y del aspecto mítico de los protagonistas tan presentes en el género para mostrar, de una manera tan realista como poco frecuente en la época, carente de cierto cinismo o idealismo que la suavice, la corrupción de una sociedad enferma en todos sus estamentos, ambiciosa y violenta, y cómo esa corrupción y los conflictos morales que produce se reflejan en los personajes, incapaces de escapar de un sistema que los engulle. 

        En oposición a ese realismo argumental, Polonsky llena el film de poesía tanto en sus diálogos como en sus preciosas y complejas imágenes, de un barroquismo que me recuerda al cine de Orson Welles y al de, en ocasiones, Robert Aldrich, consiguiendo la que para mí es una de las grandes obras maestras del cine negro.

               Editada en DVD por Regia Films.

EL BUSCAVIDAS de Walter Tevis

Algunos grandes novelistas norteamericanos han visto sus obras transformadas Walter-Tevisen películas que, en ocasiones, han pasado a formar parte de la gran historia del cine e incluso de la cultura popular. Pero muchos de esos autores son poco o nada conocidos en nuestro país, ya sea porque sus novelas llevan mucho tiempo descatalogadas o porque no se habían traducido a nuestra lengua. Afortunadamente, ahora ya podemos disfrutar de Laura (1946) de Vera Caspary, La noche del cazador (The night of the hunter, 1953) de Davis Grubb, Warlock (1958) de Oakley Hall, o El buscavidas (The hustler, 1959) de Walter Tevis.

        Otra novela de Tevis, El hombre que cayó a la Tierra (The man who fell to earth, 1963) fue llevada al cine por Nicholas Roeg en 1976, en una adaptación bastante popular en su momento con David Bowie en el papel del extraterrestre protagonista. Pero sin duda la adaptación que ha pasado a la historia del cine es la que hizo Robert Rossen de El buscavidas, con Paul Newman en el papel del genio del billar Eddie Felson.

        Ros978-84-9889-026-6sen adapta magistralmente el texto de Tevis llevándolo a su terreno, dándole mayor importancia a los personajes de Sarah y Bert y acentuando el aspecto dramático (mientras la novela es más una historia de aprendizaje, la película se decanta por el retrato de la derrota), pero toda la fuerza de los personajes, las míticas partidas entre Eddie y Minnesota Fats, su aroma de leyenda, y la ambientación de los tugurios y las salas de billar se encuentran ya presentes en la gran prosa de Walter Tevis.

        “Y luego, por la tarde, cuando empezaban a llegar en serio los jugadores, y empezaba el humo del tabaco y los sonidos de las bolas duras y brillantes golpeando entre sí y el chirrido de la tiza contra las duras flechas de cuero de los tacos, entonces comenzaba la fase final de la metamorfosis que ascendía hasta el máximo cuando, ya bien entrada la noche, los jugadores casuales y los borrachos se marchaban, dejando sólo a los concentrados y los furtivos, que observaban y apostaban, mientras otros (un grupo pequeño y diverso de hombres, vestidos de oscuro o de colores vivos, que se conocían todos pero rara vez hablaban) jugaban partidas silenciosas de brillante e intenso billar en las mesas del fondo de la sala. En esos momentos, este salón, el Bennington, cobraba vida de una manera clara”.

               Traducción de Rafael Marín.

               Publicada por Editorial Alamut.