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CUTTER Y BONE de Newton Thornburg

La literatura que reflejó las secuelas de la guerra de Vietnam en la sociedad estadounidense llegó a convertirse prácticamente en un nuevo género cuya manifestación más prestigiosa fue Dog Soldiers (1974), de Robert Stone, que de la mano del cineasta Karel Reisz se convirtió en una buena película titulada Nieve que quema (Who’ll Stop the Rain, 1978). Aunque la novela de Stone me parece estupenda, me gusta mucho más Cutter y Bone (Cutter and Bone, 1976), escrita por Newton Thornburg y llevada al cine por Ivan Passer con el título Cutter’s Way (1981), un film desigual protagonizado por Jeff Bridges y John Heard que en su momento fue apaleado por la crítica en general y que con los años se ha ido revalorizando hasta convertirse en película de culto.

No era la primera vez que Richard Bone se afeitaba con una Lady Remington, y tampoco esperaba que fuese la última. Sin embargo, sintió un inconfundible ramalazo de asco mientras movía el instrumento arriba y abajo por encima del labio, y no estaba seguro de si era porque detectaba en él algún leve residuo de almizcle de axila femenina o si el problema era sencillamente la imagen del espejo, un niño bonito entrado en años, todo bronceado, estilizado y en forma. Menuda mentira, ese reflejo. Un espejo sincero le habría devuelto algo más parecido a Cutter, tenía la impresión, una figura de miembros amputados, ojo de cristal y una sonrisa como el rictus de un grito. Bone imaginó distrído la reacción de la propietaria de la maquinilla si supiese un poco mejor cómo era él en verdad; si supiese, por ejemplo, que no estaba tan preocupado por mantener bronceado y en forma ese viejo cuerpo como lo estaba por mantenerlo simplemente con vida, por alimentarlo y vestirlo; por controlar el impulso pasajero de adentrarse a nado en el canal cien tentadores metros demasiado lejos, o de lanzar su senil MG por una curva a unas cuantas revoluciones por encima de lo debido. Espera, se repetía a sí mismo. Ten paciencia. Algo pasará. Algo cambiará.

Los protagonistas de la novela son Richard Bone, un gigoló de vuelta de todo que vive al día con lo que gana acostándose con mujeres adineradas en la ciudad de Santa Bárbara, y Alex Cutter, un tipo trastornado cuyo cuerpo está marcado por las secuelas de la guerra de Vietnam y que no hace más que beberse y fumarse el dinero de la pensión de invalidez. Una noche, mientras se dirige en su coche a la casa en que Cutter vive con su mujer y su hijo, ve a un hombre que saca un bulto de su coche de lujo y lo abandona en unos cubos de basura. Al poco tiempo se entera de que era el cuerpo de una joven asesinada y le comenta a su amigo que cree haber reconocido en el hombre del coche al magnate J. J. Wolfe. El tuerto y tullido Cutter pone entonces su mente a trabajar y elabora un plan para chantajear al posible asesino, en el que participará también la hermana de la víctima.

Caracterizados por Thornburg como si fueran las dos caras complementarias de esa misma moneda a la que los estadounidenses llaman América, desquiciada y amputada moralmente por dentro aunque hermosa y prometedora de sueños y placeres por fuera, los réprobos Cutter y Bone se lanzan sin nada que perder a una huida hacia adelante, a una partida en la que irán de farol contra quien tiene todos los ases, contra quien representa el éxito a cualquier precio y la inmunidad del poder en un país, el suyo, en el que se sienten extraños porque no encuentran en él ya nada a lo que aferrarse. Por el camino, mientras guían su nave a la deriva hacia el inevitable final, tan seco y desolador como portentosamente escrito, serán protagonistas de situaciones y diálogos antológicos a menudo teñidos de un humor cínico tras el que no encontraremos ni un solo atisbo de felicidad. Una obra maestra absoluta de la literatura de género y de cualquier literatura.

-¿Pillas la secuencia, Richard? Digamos que tú eres Wolfe. Has estado en un cóctel, llevas cinco o seis copas en el buche. Y como es tu costumbre, recoges a una autostopista adolescente. La matas y tiras su cuerpo por Dios sabe qué razón, un accidente, tal vez, pero da igual; sea cual sea el motivo, ya no importa. Lo que importa es que tienes un coche alquilado y que hay sangre en él. Y no sabes si te ha visto alguien con la chica, ya sea cuando estaba viva o cuando te estabas deshaciendo de su cuerpo. Así que ¿qué haces? ¿Corres a la habitación del motel, coges una bayeta y te pones a limpiar el coche? ¿Te cruzas de brazos y esperas lo mejor? No si eres lo bastante hábil como para convertir una granja de pollos de las Ozark en un imperio. No: coges directamente un par de bidones de gasolina, bañas el coche con uno de ellos, dejas el otro abierto y tiras una cerilla por la ventanilla. Y luego clamas que ha sido un militante. Afirmas que algún ecologista chiflado como Erickson va a por ti, para asustarte. Y por supuesto la policía, el FBI, los medios, y todo el mundo te cree. Porque tú tienes la pasta. Tú tienes el poder y la gloria, la prueba otorgada por Dios de tu rectitud por los siglos de los siglos amén.

Traducción de Inga Pellisa para Sajalín editores.