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Joan Fontaine: recuerdos desde Viena, en 1900…

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Parece que la parca anda haciendo horas extras estos días entre las grandes estrellas del cine: tras los de Eleanor Parker y Peter O’Toole, hoy hemos conocido la noticia del fallecimiento, a los 96 años, de Joan Fontaine, una de las grandes actrices del Hollywood de los años 40 y 50 y hermana menor de Olivia de Havilland, con quien no se llevaba precisamente bien.

Aquí la recuerdo en algunas de sus mejores películas: Rebeca (Rebecca, 1940) de Alfred Hitchcock, en la que compartió protagonismo con Laurence Olivier; Sospecha (Suspicion, 1941), también de Hitchcock y junto a Cary Grant, film por el que conseguiría el Oscar; Alma rebelde (Jane Eyre, 1943), un estupendo drama romántico de Robert Stevenson en el que se medía a Orson Welles, y Ivanhoe (1952) de Richard Thorpe, en la que competía con Elizabeth Taylor por el amor de Robert Taylor.

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Y mención aparte para Carta de una desconocida (Letter from an Unkown Woman, 1948) de Max Ophüls, quizá mi película preferida de toda la historia del cine. En mi memoria, Joan Fontaine siempre será la Liza de esta maravilla ambientada en Viena, en 1900…

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TRES CAMARADAS (1938) de Frank Borzage

En su última novela Aire de Dylan (2012), Enrique Vila-Matas cita la frase “Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien”, una de las incontables líneas de diálogo maravillosas de Tres camaradas (Three Comrades), dirigida por Frank Borzage, producida por Joseph Mankiewicz y escrita, a partir de la novela de Erich Maria Remarque, por Edward E. Paramore Jr. y Francis Scott Fitgerald, en la que, si no me equivoco, fue la única vez que el autor de El gran Gatsby apareció acreditado como guionista en una película.

        Tres camaradas, ambientada en la Alemania de 1920, nos cuenta la amistad entre Erich, Otto y Gottfried (espléndidos Robert Taylor, Franchot Tone y Robert Young), tres compañeros del ejército que intentan salir adelante como pueden tras la guerra. Durante una tarde de juerga conocen a Patricia (Margaret Sullavan), quien reforzará aún más la amistad entre los tres y acabará casándose con Erich. A lo largo de su historia tendrán cabida la comedia y el drama, la venganza y la muerte, logrando el que para mí supone uno de los grandes homenajes del cine al amor y la lealtad, a las ganas de vivir. Quizá eche para atrás a los espectadores que no traguen con su ingenuidad, pero los que aún conserven ante el cine una mirada inocente pueden encontrarse ante una de las películas que más le haya emocionado. En mi opinión, es el mejor film del hoy tan olvidado Borzage y uno de los mejor escritos del cine nortemericano de los 30.

        A pesar de ser una película no demasiado conocida, posiblemente haya que tomarla como referencia de otras más prestigiosas como Los mejores años de nuestra vida (The Best Years of Our Lives, 1946) de William Wyler y, sobre todo, Siempre hace buen tiempo (It´s Always Fair Weather, 1955) de Stanley Donen y Gene Kelly. Y quién sabe si Mankiewicz, productor del film, no tuvo en cuenta su inolvidable escena final a la hora de ponerle rúbrica a su obra maestra El fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs. Muir, 1947).

              Editada en DVD por Art House media.

EL DÍA DE LOS FORAJIDOS (1959) de André de Toth

Conflicto entre ganaderos y agricultores. Alambradas que limitan los pastos. El duro Blaise Starrett (Robert Ryan) dispuesto a resolver las cosas por la fuerza y a eliminar al líder de los agricultores, aunque la lucha por las tierras no sea la principal razón: en un temprano diálogo entre Starrett y la esposa de su adversario, separados por una mesa y por tantas cosas, resuelto magníficamente por de Toth con un plano fijo, se nos informa de que ambos habían sido amantes y de que Starrett sigue enamorado de ella. A los pocos minutos el duelo en el salón está servido, y de Toth lo filma de manera poco creíble pero impecable cinematográficamente. Starrett ordena a su ayudante que haga girar una botella a lo largo de la barra para que al caer al otro lado sirva como señal para empezar a disparar. De Toth realiza entonces un fantástico travelling encuadrando a los duelistas y a la botella girando a lo largo de la barra. Justo antes de caer ésta al suelo, la puerta se abre y entra como un vendaval la banda del capitán Bruhn (tremendo Burl Ives, portentoso sobre todo en la escena en que el veterinario del pueblo ha de sacarle una bala del cuerpo), y lo que era un argumento tantas veces visto en el género se transforma en El día de los forajidos (Day of the Outlaw), uno de los westerns más singulares, fantasmal, psicológico, casi abstracto.

        La lucha de Starrett por los pastos y por la mujer deja paso entonces a la defensa del pueblo contra la violencia del grupo de Bruhn o, lo que es lo mismo, contra su propia violencia. Los forajidos aparecen de la nada, en el momento justo para evitar que Starrett asesine a su enemigo, sin que se nos hubiese avisado de su llegada, perseguidos, tras cometer un atraco, por una caballería de la que en ningún momento tendremos noticia, porque no existe, porque, en realidad, los malos de la película, como personajes con entidad narrativa, no existen. Al igual que ocurría en la obra maestra de Anthony Mann Hombre del Oeste (Man of the West, 1958), son sólo una representación de la parte violenta del protagonista: eliminándolos a ellos, se deshace del aspecto de sí mismo que rechaza (justo antes del duelo con el granjero su rostro se refleja en un espejo, y no le gusta lo que ve), y puede vivir en paz. Para ello, Starrett ni siquiera se servirá de su revólver. Con la connivencia de Bruhn, que se sabe con las horas contadas a causa de la herida de bala y que prefiere que los tipejos de los que se sirve mueran a que arrasen el pueblo, guiará a la banda a través de la nieve y del viento, por una ruta inexistente, con el fin de burlar a la caballería. Durante esa secuencia extraordinaria, a la vez un viaje físico y de redención, la ambición por el oro y el frío acabarán con ellos (otra referencia: el cadáver congelado en la nieve con el rifle en la mano, que recuerda al del malvado Robert Taylor en aquel terrible plano final de La última cacería (The Last Hunt, 1956) de Richard Brooks. Curiosamente, en ambas películas el director de fotografía fue Russell Harlan).

        Estupendo guión del gran Philip Yordan y gélida y deslumbrante fotografía en blanco y negro para un film portentoso en su planificación, quizá de ritmo algo teatral a raíz de su carga simbólica, con una gran violencia más aún moral que física (extraordinario también el baile entre los forajidos y las mujeres del pueblo, rodado por de Toth de tal manera que sugiere una brutalidad mucho mayor que la que nos muestra), y que en una fantasía cinéfila podría parecerse al western que Ingmar Bergman nunca filmó. Quizá su singularidad haya hecho de El día de los forajidos un western casi desconocido, que ni siquiera aparece citado en la mayoría de estudios sobre el género, pero precisamente su alejamiento de los parámetros clásicos es una buen razón, y no la única, para recuperarlo.

            Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.