Archive for the ‘Sam Peckinpah’ Tag

HARAKIRI (1962) / REBELIÓN SAMURÁI (1967) de Masaki Kobayashi

Harakiri_Seppuku-539847961-largeSi de cine de samuráis hablamos, es indudable que Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954) y Yojimbo (1961), ambas de Akira Kurosawa, son las dos películas más famosas y que más influencia han ejercido en el cine occidental, hasta el punto de ser llevadas al terreno del wéstern y del cine negro. Muy lejos de ellas en cuanto a popularidad pero, en mi opinión, a la misma altura cinematográfica, lo cual no es decir poco, se encuentran Harakiri (Seppuku) y Rebelión Samurái (Jôi-uchi: Hairyô tsuma shimatsu), las dos obras maestras que sobre el tema realizó Masaki Kobayashi a partir de las novelas de Yasuhiko Takiguchi. De la primera de ellas, por cierto, se realizó hace un par de años una nueva versión a cargo de Takashi Miike.

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Al igual que en los dos films citados de Kurosawa, el protagonista de Harakiri es un ronin sin Señor al que servir, un samurái pobre y caído en desgracia llamado Tsugumo (impresionante interpretación de Tatsuya Nakadai) que acude a la casa de un Clan a pedir ayuda para practicarse el seppuku, el suicidio ritual japonés. Su deseo es concedido, pero antes pide permiso para contar su historia, para relatar los hechos que le han llevado a tomar esa decisión y que están relacionados con el suicidio, tiempo antes y en esa misma casa, de un joven ronin al que conocía.

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De estructura compleja repleta de flash-backs, pausada y serena y a la vez cargada de tensión e intensidad en cada uno de sus planos, Harakiri es una de las más hermosas y perfectas películas del cine japonés, un espectáculo visual y narrativo sin fisuras a lo largo de sus más de dos horas y cuarto y repleto de imágenes para el recuerdo, como el suicidio del joven abriéndose las entrañas con una espada de bambú (una de las escenas más escalofriantes y de mayor desasosiego, sin necesidad de recurrir al mal gusto, que he visto en el cine) o el momento final en que el Señor del Clan se queda a solas, en la oscuridad, con su vergüenza tras la impresionante pelea, claro referente ésta, o a mí me lo parece, de la filmada por Tarantino en la sobrevalorada Kill Bill (2003).

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samurai-rebellion--japanese-Cinco años más tarde, tras realizar otra maravilla, ésta del género de fantasmas, titulada El más allá (Kwaidan, 1964), Kobayashi volvía a contar una historia de samuráis en Rebelión samurái, con Toshiro Mifune, más contenido que de costumbre, en una de sus mejores interpretaciones, y de nuevo con Nakadai en un papel secundario.

El protagonista aquí es Isaburo, el mejor espadachín de un Clan cuyo Señor le obliga a aceptar en su casa a una de sus concubinas para que se case con su hijo. Tras aceptar a regañadientes, los dos jóvenes acaban enamorándose, pero al cabo de un tiempo el Señor se arrepiente de su decisión y ordena que la mujer vuelva con él. Isaburo y su hijo, ante esa gran injusticia, anteponen el honor de su casa a la obediencia y se rebelan, enfrentándose a los guerreros del jefe del Clan en el apabullante tramo final filmado por Kobayashi.

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Ambas películas son dos ejemplos mayúsculos de algunas de las constantes del mejor Kobayashi: impresionante utilización de la pantalla ancha tanto en las escenas de interior como en las exteriores, deslumbrante composición del encuadre, estupendos diálogos e interpretaciones, el uso del zoom como recurso expresivo y no, como de costumbre, gratuito, y una belleza en la puesta en escena que admite pocas comparaciones.

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Sin las gotas de humor de los dos films de Kurosawa, más dramáticas y trágicas, HarakiriRebelión Samurai se cuentan entre las más grandes películas que abordan el tema del honor y el sacrificio, que muestran lo que una persona ha de hacer aunque se deje la vida en ello. En este aspecto me recuerdan muchísimo al mejor cine de Peckinpah. Pienso que, sin duda, el cineasta que filmó Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) y Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring me the Head of Alfredo Garcia, 1974) las habría aplaudido y admirado.

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Harakiri está editada en DVD por DeAPlaneta.

 

ENTRE DOS JURAMENTOS (1950) de Robert Wise

20121123025104-two-flags-westSangre en la luna (Blood on the Moon, 1948) y Entre dos juramentos (Two Flags West), las dos únicas aportaciones al western de parte del todoterreno Robert Wise, permanecen hasta tal punto en el olvido que ni siquiera aparecen citadas en muchos de los más prestigiosos estudios sobre el género publicados en nuestro país. En mi opinión, ambas guardan suficientes elementos de interés como para ser rescatadas, y especialmente la segunda, a pesar de la falta de intensidad en algunas de sus secuencias y de cierta debilidad en el dibujo de los personajes, nos ofrece momentos magistrales que ningún aficionado al género, sobre todo los devotos del cine de John Ford, debería perderse.

La historia nos traslada al año 1864, durante la Guerra de Secesión norteamericana. A un grupo de presos sudistas al mando del coronel Tucker (Joseph Cotten) se les ofrece la libertad a cambio de prestar su ayuda en la lucha contra los apaches. Liderados por el capitán Bradford (Cornel Wilde), se dirigen a Fort Thorn, en Nuevo Méjico, donde encuentran al comandante Kenniston (Jeff Chandler), un soldado amargado que arrastra una pierda ortopédica como recuerdo de una batalla, que odia por igual a los indios y a los sudistas y que está enamorado sin esperanza de la joven Elena (Linda Darnell), la viuda de su hermano. Tras el asesinato a sangre fría del hijo del jefe apache a manos de Kenniston, el grupo de Tucker deberá escoger entre escapar traicionando su juramento o quedarse para defender el fuerte.

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El guión, firmado por Casey Robinson, está basado en una historia escrita por Frank S. Nugent y Curtis Kenyon. Nugent fue uno de los habituales guionistas de John Ford a partir de Fort Apache (1948), que adaptaba la novela de James Warner Bellah titulada Massacre. No es, pues, de extrañar que de la aportación de Nugent en dos films tan cercanos en el tiempo surjan algunas similitudes argumentales, sobre todo en lo que concierne al personaje de Kenniston, un trasunto del fanático coronel Thursday que interpretó Henry Fonda en la película de Ford. Pero es en la realización de Wise donde más se deja notar el magisterio del gran cineasta tuerto, la huella de una forma inconfundible de entender el western.

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Desde la excepcional escena que abre la película, situada en el lugar donde está confinado el grupo sudista y dominada por la espléndida fotografía de Leon Shamroy, hasta el paseo final de Tucker y Elena entre las tumbas de los caídos en la batalla, son numerosos los momentos magistralmente resueltos por Wise “a la manera de Ford”: el paso de los soldados rebeldes cantando las canciones de su tierra; los planos largos que muestran a los jinetes bajo un cielo plagado de nubes; las madres abrazando a sus pequeños durante el ataque de los indios; Elena curando las heridas de los soldados…Y por encima de todos, ese breve y bellísimo plano en el que Kenniston se despide de Elena, agotada y dormida, acariciándole el cabello, antes de abandonar sus armas y salir del fuerte para entregar su vida a los apaches a cambio de la de sus hombres: un sacrificio filmado por Wise de manera casi fantasmagórica, como si de una de sus películas de terror se tratara; un gesto heroico y suicida similar a los que, años más tarde, serán elemento característico del cine de Sam Peckinpah.

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Sin llegar a ser una película redonda, por las razones señaladas al comienzo, Entre dos juramentos ofrece motivos más que suficientes para ser considerada, aunque sólo sea fragmentariamente, uno de los mejores legados del western fordiano y para ser ampliamente revalorizada por sí misma.

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Editada en DVD por Impulso.

 

 

 

Adiós a Ernest Borgnine

Ayer falleció a los 95 años Ernest Borgnine, uno de los rostros más habituales y reconocibles del cine norteamericano. Curiosamente, recibió el Oscar al mejor actor principal por su papel de bonachón enamorado en Marty (1955) de Delbert Mann, pero su imagen siempre se identificará con la de personajes secundarios casi siempre violentos y a menudo malvados, como los que interpretó, por ejemplo, en las magníficas Johnny Guitar (1954) de Nicholas Ray, Conspiración de silencio (Bad day at Black Rock, 1954) de John Sturges o Sábado trágico (Violent Saturday, 1955) de Richard Fleischer.

        Aquí lo recordamos en cuatro de sus papeles más emblemáticos, en cuatro obras maestras: De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, 1953) de Fred Zinnemann, Los vikingos (The Vikings, 1958) de Richard Fleischer, Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) de Sam Peckinpah y El emperador del norte (Emperor of the North, 1973) de Robert Aldrich.

EL CHACAL DE NAHUELTORO (1969) de Miguel Littín

Posiblemente el libro de García Márquez La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile (1986) haya ayudado lo suyo para descubrir la figura del cineasta chileno en nuestro país. Aun así, la mayor parte de su filmografía sigue siendo una gran desconocida entre nosotros. 

        El chacal de Nahueltoro cuenta la historia real de José del Carmen Valenzuela Torres, un hombre analfabeto, alcoholizado y violento, casi un animal salvaje, que en 1960 asesinó, a sangre fría y bajo los efectos del alcohol, a la mujer que le había dado cobijo y a sus hijos. La presentación del personaje y la narración de los crímenes ocupa la primera parte de la película, y para ello el cineasta se sirve, quién sabe si para relacionarlo con el carácter del personaje, de un montaje nervioso repleto de breves elipsis, casi a la manera de los primeros films de Godard. Tras el arresto del criminal, Littín realiza una larga y serena escena en la que los cadáveres son transportados a caballo ante la mirada de las gentes, un fragmento precioso de cine que a mí me recuerda el momento en que los jinetes comandados por William Holden abandonan el poblado mejicano en Grupo salvaje (The Wild Bunch) de Sam Peckinpah, curiosamente también de 1969.

        La segunda parte del film, más reposada y cercana al cine documental, y que en ocasiones me recuerda al cine de Rossellini, nos muestra cómo José aprende a leer y escribir, sus esfuerzos en aprender un oficio, el descubrimiento -en otro magnífico momento- de que se pueden dar patadas a una pelota y convertir eso en un juego, la aceptación y la práctica, gracias al cura de la prisión, de la religión cristiana…la transformación, en fin, de José en un hombre civilizado que reconoce la barbaridad que cometió, mientras espera el día en que será fusilado.

        El tono que confiere Littín a la película nunca roza lo panfletario, aunque sí pone de manifiesto que el hombre al que ejecutan ya no es el mismo que cometió los crímenes, mostrando claramente su oposición a la pena de muerte. Y cuando eso se consigue mostrar con imágenes no son necesarios los discursos que entorpecen el cine.

                  Editada en DVD por Filmax.

EL VIENTO Y EL LEÓN (1975) de John Milius

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De 1975 datan las dos últimas obras maestras del cine de aventuras: la muy conocida, quizás gracias a su director, El hombre que pudo reinar (The man who would be king), adaptación del relato homónimo de Rudyard Kipling, dirigida por John Huston, y la menos popular El viento y el león (The wind and the lion), escrita y dirigida por John Milius, quien probablemente sea más famoso por trasladar el personaje de Conan el bárbaro al cine y por firmar el guión de Apocalipse now (1979), de Coppola -film que, por otro lado, mejoró mucho cuando lo apellidaron Redux.

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Historia de piratas en el desierto (en los años cuarenta podía haber tenido como marco el océano y como director a Raoul Walsh o Michael Curtiz), la película de Milius, ambientada en el conflicto entre Tánger y Washington de principios del siglo XX, refleja ante todo la nostalgia por una época que desaparece- mostrada a través de los ojos de un niño que vive las luchas de sus mayores como la gran aventura de su vida-, y el comienzo de otra en la que el viento y su política barren al león y sus viejas costumbres.

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Film esencialmente crepuscular, no resulta difícil relacionarlo con determinados westerns, y especialmente con El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance,1962), de John Ford, donde los políticos y las leyes escritas vienen a sustituir a la natural “ley del oeste”. Por otra parte, y como curiosidad, compárese la escena en que van a liberar al personaje protagonista, interpretado por Sean Connery, con el momento en que se disponen a rescatar al mejicano Angel en otra obra maestra del western, Grupo Salvaje (The wild bunch,1969), de Sam Peckinpah, prólogo a la mayor ensalada de tiros y hemoglobina de la historia (del cine).

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El relato que de sus desventuras realiza Peachey Carnehan (Michael Caine) al final de la película de Huston, y la silueta del jefe de los bereberes a caballo preguntando a uno de sus hombres: “-¿No hay nada en tu vida por lo que merezca la pena perderlo todo?”, cerrando el film de Milius, representan los últimos coletazos del cine de aventuras clásico. Si antiguamente el género se utilizaba como envoltorio para contar buenas historias en las que lo esencial eran los personajes, las batallitas en las galaxias y las búsquedas de arcas y griales se encargaron de darle la vuelta a la tortilla, utilizando un argumento como excusa para la acumulación de explosiones,batallas,persecuciones y efectos especiales, lo cual, a estas alturas de la película, podría considerarse ya como un nuevo género.

Editada en DVD por Columbia.