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ÁNGELES SIN BRILLO (1957) de Douglas Sirk / LOS TEMERARIOS DEL AIRE (1969) de John Frankenheimer

El propio William Faulkner opinaba que Ángeles sin brillo (The Tarnished Angels) era la mejor adaptación al cine de su literatura. Basada en la novela Pylon (1935), posiblemente sea la película de Douglas Sirk en la que tiene más peso el original literario, en la que los diálogos cobran la misma importancia que la extraordinaria, como de costumbre, puesta en escena del cineasta.

        El film cuenta una de esas historias de perdedores tan queridas por la literatura y el cine norteamericanos, de desterrados del sueño dorado, de inadaptados que no encuentran su lugar en el mundo. En esta ocasión son Roger (Robert Stack), un veterano de la I Guerra Mundial que se siente frustrado en su regreso a la sociedad (otro tema bastante presente en el cine de Hollywood) y que se va ganando la vida participando en peligrosas competiciones aéreas, y su esposa LaVerne (Dorothy Malone), que ha de sufrir las constantes humillaciones de su marido y que es capaz de cualquier cosa para mantener unido a este grupo de nómadas completado por su hijo Jack y el mecánico Jiggs. Atraído por su modo de vida y conocedor de sus problemas económicos, el periodista Burke Devlin, alcohólico, solitario y tan desarraigado como ellos, y en el que posiblemente Faulkner volcara parte de su personalidad, se ofrece a ayudarles y a contar su historia en un artículo. Rock Hudson realiza aquí la que para mí es su mejor interpretación, sobre todo en el portentoso monólogo final en la redacción del periódico, al parecer inspirado en el poema de T.S.Eliot titulado Death by Water.

        Obra maestra sobre el fracaso, tan oscura, fatalista y claustrofóbica como el mejor cine negro y con una portentosa ambientación del carnaval de Nueva Orleans utilizada de manera simbólica, creo que Ángeles sin brillo ni siquiera deja un lugar al que agarrarse a los habituales detractores del cine de Sirk.

               Editada en DVD por Suevia.

Es más que probable que James Drought leyera Pylon antes de escribir la novela en que se basa Los temerarios de aire (The Gypsy Moths). En cualquier caso, muchos son los puntos en común entre la película de Sirk y la de Frankenheimer, otra crónica de la derrota igual de humana y de trágica. Aquí los protagonistas son Mike, Joe y Malcolm (Burt Lancaster, Gene Hackman y Scott Wilson, respectivamente), tres paracaidistas que pasean su espectáculo de pueblo en pueblo, jugando continuamente con la muerte (el personaje que interpreta Lancaster define su trabajo, en una de las mejores líneas de un magnífico guión, como el único que conoce que le permite a la vez vivir y morir), encontrando en el cielo el hogar que no tienen en la tierra. Una sola escena, al comienzo del film, aparentemente intrascendente, le basta a Frankenheimer para mostrarnos, de manera magistral, cómo es cada uno de ellos.

        Con su carpa a cuestas, llegan al pueblo en el que viven los tíos de Malcolm, el joven del grupo, el único que al final intentará conseguir otro modo de vida. Su tía Elizabeth (Deborah Kerr), una mujer acomodada, que guarda las apariencias, pero frustrada porque su marido, al que engaña a menudo con otros hombres, no ha podido darle hijos, se siente enseguida atraída por Mike y por su libertad, por su forma de vivir tan opuesta a la suya. Convertidos en amantes (su relación nos depara los mejores momentos del film: el regreso de Elizabeth a casa tras haberse visto con Mike, en el que Frankenheimer nos muestra al marido esperando en la cama, con los ojos abiertos, vencido y aceptando; y, sobre todo, el plano en el que el cuerpo desnudo de ella yace de espaldas sobre el sofá y la cámara nos muestra la mirada perdida de Mike, como si su vida pasada y su inmediato y trágico futuro se le aparecieran en un breve instante, en un breve fragmento de puro cine que brilla con luz propia en la filmografía de Frankenheimer y en la de un Burt Lancaster en la cima de su talento), Mike le propone a Elizabeth continuar juntos, pero la negativa de ella, incapaz de abandonar una vida segura, supondrá la desaparición de su última vía de escape, de su última oportunidad de poner los pies en la tierra.

        A años luz en su factura técnica de otros films anteriores y más prestigiosos del cineasta, con un montaje que, en ocasiones, parece hecho con un cuchillo de carnicero y una utilización de la profundidad de campo en algunos planos que no aporta nada, a pesar de todo eso Los temerarios del aire nos regala, junto a Yo vigilo el camino (I Walk the Line, 1970), los mejores momentos filmados por Frankenheimer, aquellos en que su cine estuvo a la altura del de los más grandes.

            Editada en DVD por Cinecom.

A SANGRE FRÍA (1967) de Richard Brooks

El asesinato de la familia Clutter a manos de Perry Smith y Dick Hickock se convirtió, en manos de Truman Capote, en una de las cimas de la narrativa norteamericana y en una novela que abrió nuevos caminos a seguir por el cine, la televisión y, por supuesto, la literatura. Por citar sólo otra novela policiaca basada en un caso real, inspirada claramente en A sangre fría (In Cold Blood, 1966) y elogiada por el mismo Capote, ahí está la magnífica Campo de cebollas (The Onion Field, 1973) de Joseph Wambaugh, llevada al cine por Harold Becker en 1979.

La adaptación homónima realizada por Richard Brooks -uno de los grandes a la hora de llevar al cine la mejor literatura- es una tremenda película que deja de lado la melancolía y el tono elegíaco que acaba cobrando la novela de Capote para centrarse en las razones que acaban llevando a Perry y Dick al crimen y en la crítica, sin obviar los aspectos más horrorosos del múltiple asesinato (imposible olvidar el flash-back que recrea la matanza, casi de película de terror), a una sociedad que contribuye a crear monstruos para acabar luego con ellos. Así, mientras Capote termina emocionándonos al pensar cómo podría ser la joven Nancy Clutter de seguir con vida, Brooks opta por impactarnos y hacernos reflexionar, poniendo el punto final con el cadáver de Perry colgando de la soga y un fundido sobre el que vuelve a aparecer el título del film, equiparando claramente la sangre fría con la que fueron asesinados los Clutter a la que muestran las instituciones a la hora de aplicar la pena de muerte.

Con un reparto sin grandes nombres pero en el que estan espléndidos Robert Blake, Scott Wilson, John Forsythe y dos de los más grandes secundarios de siempre como Paul Stewart y Charles McGraw -quien no se acuerde de él puede recurrir, entre otras muchas, a su interpretación del instructor de gladiadores Marcellus en Espartaco (Spartacus, 1960) de Stanley Kubrick-, quien da vida al padre de Perry, y una sobrecogedora fotografía en blanco y negro de Conrad Hall, A sangre fría me parece no sólo una de las mayores joyas de la filmografía de Brooks sino también, y sobre todo, uno de los primeros films norteamericanos que trataron la violencia de la forma más cruda, directa y real, alejándose de la imagen que de ella dieron los géneros clásicos y anticipando el cine moderno que revolucionó Hollywood pocos años después, con los Coppola, Scorsese o Schrader a la cabeza. No hay más que compararlo con la otra gran adaptación de Capote al cine, Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany´s, 1961) de Blake Edwards, maravillosa e inolvidable pero que edulcoraba al gusto de la época los aspectos más sórdidos del texto original, para darse cuenta de que los tiempos estaban cambiando.

Editada en DVD por Columbia.