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THE NARROW MARGIN (1952) de Richard Fleischer

the-narrow-margin-posterSalvo en contadas ocasiones, los remakes no aportan gran cosa con relación a sus modelos originales; pero sí suelen resultar útiles para que recordemos películas que teníamos demasiado olvidadas o, incluso, para que algunas que eran prácticamente desconocidas salgan a la luz y gocen de una segunda vida entre la cinefilia más curiosa.

Este es el caso de The Narrow Margin, uno de los mejores films de serie B de los realizados por Richard Fleischer antes de meterse en proyectos de mayor envergadura económica, recuperado gracias a la versión que dirigió Peter Hyams en 1990, titulada Testigo accidental (Narrow Margin) y protagonizada por Gene Hackman.

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El inicio de The Narrow Margin es difícilmente superable: el agente Brown (estupendo, como siempre, Charles McGraw) y su compañero acuden al piso en que se esconde la atemorizada viuda de un mafioso para custodiarla en el viaje que la llevará a testificar contra una organización criminal. Al salir al pasillo, el collar que lleva la mujer se rompe y las perlas caen por el hueco de las escaleras hasta llegar frente a los pies de alguien escondido en las sombras. La cámara sube lentamente para descubrirnos a un asesino que espera para liquidar a la testigo.

Tras el tiroteo en el que muere el compañero de Brown, con el que culmina esta modélica secuencia, la película se desarrolla casi totalmente en el interior del tren en el que Brown ha de esconder y proteger a la viuda de los gánsteres que intentan acabar con ella, lo que la convierte en un desafío narrativo repleto de posibilidades que Fleischer explota a la perfección.

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La aparición de varios personajes de identidad poco clara, algunos de los cuales resultarán determinantes en la conclusión de la historia; sus encuentros en los estrechos pasillos y en los pequeños compartimentos del tren; la ambigüedad de algunos diálogos, y el aprovechamiento de los reflejos en los cristales de las ventanillas -sobre todo, en la espléndida escena del tiroteo final- consiguen dotar a esta breve película de una gran sensación de asfixia y claustrofobia, de tensión y violencia latente, que se lleva sin dificultad todo el protagonismo frente al sencillo argumento y la emparentan, al menos en parte, con Berlin Express (1948), un film de Jacques Tourneur que rayaba a gran altura en sus momentos más cercanos al género negro pero que perdía fuelle cuando se metía en el terreno del espionaje con mensaje propagandístico.

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Editada en DVD por Manga Films.

 

EL INCREÍBLE HOMBRE MENGUANTE (1957) de Jack Arnold

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Tanto James Whale en su obra maestra La novia de Frankenstein (The Bride of Frankenstein, 1935) como Tod Browning en Muñecos infernales (The Devil-Doll, 1936) nos mostraron, cuando el cine aún echaba mano mucho más del talento y la imaginación que de los medios tecnológicos, lo fascinantes que pueden resultar para el espectador los seres humanos diminutos en una película. Posiblemente inspirándose en esas dos joyas del cine, y añadiendo unas gotas de la tremenda La parada de los monstruos (Freaks, 1932), también de Browning, el gran Richard Matheson publicó en 1956 su novela El hombre menguante (The Shrinking Man), un incontestable clásico del género fantástico.

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Al año siguiente, el guión escrito por el propio Matheson fue llevado a imágenes por Jack Arnold, un cineasta todoterreno acostumbrado a manejarse con bajos presupuestos, que ya había hecho sus pinitos en el género y cuya filmografía probablemente dormiría el sueño de los justos de no ser por El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man).

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Entre Arnold y Matheson dieron a luz una cumbre de la fantasía, una obra maestra de la ciencia-ficción, del cine de aventuras, del cine en general y con mayúsculas. Pero no se quedaron ahí. Sobre todo en su extensa parte final, en la que el pobre Scott, el pequeñísimo Scott que ya apenas es más grande que una cerilla, ha de luchar contra toda clase de peligros domésticos que ponen en peligro su vida y procurarse alimento y agua utilizando para ello toda su inteligencia e imaginación, demostraron que el cine de género, además de entretenernos, también sabe hablarnos de manera profunda de temas como el miedo, la libertad (ahí queda esa imagen para la historia: Scott ofreciendo un pedazo de comida, a través de una reja que para él es como su jaula, a un pájaro mucho más grande que él y que disfruta de su libertad), la soledad de los que son diferentes o lo que supone nuestra existencia en relación con el universo, algo tan ínfimo y tan único a la vez.

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Editada en DVD por Universal.

 

EL IMPERIO DEL TERROR (1955) de Phil Karlson

El cine de serie B norteamericano tuvo a menudo la ventaja de poder mostrar, de manera clara y rotunda, ideas y situaciones que en el cine de mayor presupuesto, más enfocado hacia la taquilla, sólo podían ser insinuadas. Algunos grandes cineastas aprovecharon el campo abierto para quitarle la careta a unos cuantos temas tabú y, siguiendo las reglas del cine de género, realizaron grandes películas que poco a poco van siendo redescubiertas y reconocidas. La obra maestra de Phil Karlson El imperio del terror (The Phenix City story), uno de los films física y moralmente más violentos que recuerdo, es uno de los grandes ejemplos.

        La película nos sitúa en una pequeña ciudad estadounidense donde la corrupción campa a sus anchas de la mano de los mafiosos que controlan el juego y la prostitución y que tienen atemorizados a los ciudadanos y sobornadas a las autoridades. La democracia aquí es papel mojado, las elecciones son un fraude, y la violencia como medida disuasoria está a la orden del día. Sólo un pequeño grupo de personas, liderado por un joven que vuelve del ejército, intenta oponerse, primero amparándose en la legalidad y la justicia y, después, viendo que es la única manera, utilizando la misma violencia que los mafiosos emplean contra ellos.

        Apoyándose en unas pocas imágenes de tono documental para señalar que la situación que se muestra ocurre realmente en muchas ciudades, y con una fuerza y una tensión narrativas desbordantes, El imperio del terror denuncia abiertamente la situación de un país en el que todo vale para conseguir enriquecerse y en el que la pasividad de los que gobiernan convierten el sistema en una farsa. Y lo hace recreando de manera cruda y directa la violencia y el racismo que imperan: los mafiosos no dudan en apalizar o matar a sangre fría y en plena calle a toda persona que se les opone o informa sobre sus actividades, e incluso, en una escena durísima y sorprendente, llegan a asesinar a una niña negra y a lanzar su cadáver por la ventanilla de un coche como si fuera basura en señal de advertencia, y los pocos ciudadanos que se enfrentan a ellos, impotentes ante los crímenes y el mutismo de las autoridades, acabarán tomándose la justicia por su mano.

        Ni siquiera el final conciliador y su discursito de cara a la galería consiguen empañar la fuerza transgresora de esta gran película que probablemente dejó huella, con su tratamiento de la violencia como último modo de expresión y su crítica social y política, en la obra de cineastas posteriores.