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LA DAMA DE BLANCO / LA PIEDRA LUNAR de Wilkie Collins

Allí, en medio del camino ancho y tranquilo, allí, como si hubiera brotado de la tierra o hubiese caído del cielo en aquel preciso instante, se erguía la figura de una solitaria mujer envuelta en vestiduras blancas; inclinaba su cara hacia la mía en una interrogación grave mientras su mano señalaba las oscuras nubes sobre Londres; así la vi cuando me volví hacia ella.

Estaba demasiado sorprendido, por lo repentino de aquella extraordinaria aparición que surgió ante mi vista en medio de la oscuridad de la noche y en aquellos lugares desiertos, para preguntarle qué deseaba. La extraña mujer habló primero:

-¿Es éste el camino que lleva a Londres? -dijo.

La dama de blanco (The Woman in White, 1860) y La piedra lunar (The Moonstone, 1868) -tanto monta, monta tanto- son las dos extensas y excepcionales novelas que han llevado a Wilkie Collins a ser considerado uno de los grandes de la literatura policiaca o de misterio. Escritores como Chesterton, Eliot, Swinburne, Dorothy Sayers o Borges -siempre Borges- las tenían entre sus favoritas; para el japonés Shusaku Endo eran, sencillamente, sus dos novelas preferidas, sin etiquetas adicionales. Brindo por ello: ambas son mucho, muchísimo más que meros entretenimientos bien articulados.

Por supuesto, el lector de género que solo busque olvidarse de todo gracias a un buen argumento y pasar página tras página en pos de la resolución de un enigma (o varios) difícilmente encontrará nada mejor; pero tanto La dama de blanco como La piedra lunar deberían, por múltiples razones, satisfacer a quien busque algo más que pasar un buen rato, al lector de literatura «seria», sea eso lo que demonios sea.

Collins nos envuelve en tramas y subtramas complejas pero perfectamente hilvanadas, que tienen su origen en hechos del pasado y consecuencias en el presente de los protagonistas y que combinan misterio, aventura, amor, venganza, toques de humor y de fina ironía y hasta cierta crítica social absolutamente vigente, servido todo ello con la más elegante y exquisita de las prosas, capaz de crear personajes, sea cual sea la importancia de su papel, con voz y entidad propias, de los que permanecen en la memoria, como, por citar mi preferido, el Conde Fosco de La dama de blanco, uno de los grandes y más seductores malvados de la literatura. Muchos de estos personajes son invitados a contar la parte de la historia que conocen mejor que los demás, la que les concierne directamente, completando así dos puzles que son dos majestuosos ejercicios de narración coral.

Las dos novelas han conocido varias versiones televisivas que pecan de académicas y, que yo conozca, sendas adaptaciones al cine demasiado reduccionistas y no precisamente afortunadas: The Moonstone (1934), de Reginald Barker, y La mujer de blanco (The Woman in White, 1948), de Peter Godfrey. Ambas merecen una lujosa producción de cuatro horas en pantalla grande o una miniserie que consiga explotar todo su potencial; seguro que así serían más conocidas por el gran público y volverían a primera línea de las librerías dos de la más grandes novelas de la historia. Así, sin etiquetas adicionales.

En ese retiro -una isla de Patmos en medio del rugiente océano papista circundante- ha llegado hasta mí, por fin, una carta de Inglaterra. He aquí que de pronto Mr. Franklin Blake se acuerda de mi insignificante existencia. Mi próspero, y, ¡ojalá pudiera añadir mi espiritual pariente!, me escribe sin intentar siquiera disimular que lo que quiere de mí es un mero servicio. Se le ha antojado remover el deplorable y escandaloso asunto de la Piedra Lunar y debo yo auxiliarlo mediante el relato de lo que he presenciado durante mi estancia en casa de tía Verinder, en Londres. Me ha ofrecido una remuneración pecuniaria, haciendo gala de esa carencia de sentimientos, común entre los pudientes. Deberé, pues, reabrir las dolorosas heridas que el tiempo acaba apenas de cerrar; sacar a relucir los más tristes y dolorosos recuerdos…, y, luego de esto, sentirme compensada por una nueva laceración que adoptará la forma del cheque de Mr. Blake. Mi naturaleza es débil. Dura fue la lucha que hube de sostener conmigo misma, antes de que mi cristiana humildad se impusiese a mi pecaminoso orgullo y me obligase a aceptar abnegadamente el cheque.

Traducciones de Maruja Gómez Segalés y Horacio Laurora, respectivamente.

FLOR PÁLIDA (1964) de Masahiro Shinoda

Las primeras imágenes de Flor pálida (Kawaita hana) nos muestran una ciudad repleta de gente mientras oímos una voz en off que se pregunta por qué estos extraños animales (las personas) se empeñan en viajar en cajas (los trenes) y en fingir que están vivos cuando sus rostros reflejan que en realidad están muertos, que su vida es un continuo hastío sin sentido. Esa voz podría ser la de alguien que leyera un manual de filosofía o la de Dámaso Alonso refiriéndose a los cadáveres de Madrid de su poema Insomnio, pero resulta que es la de Muraki (Ryo Ikebe), un yakuza que vuelve a las calles de Tokio tras pasar tres años en la cárcel. Sus primeras palabras nos muestran claramente cómo es el protagonista de esta estupenda película de Masahiro Shinoda, el director que en 1971 llevó al cine la novela de Shusaku Endo que Martin Scorsese volvería a adaptar en Silencio (Silence, 2016).

Mientras espera el próximo encargo de sus jefes, el abúlico Muraki divide su indiferencia entre la relación que mantiene con una joven, a la que aconseja que lo abandone porque con él no tiene ningún futuro, y las continuas visitas a timbas clandestinas de juego. En una de ellas conoce a Saeko (Mariko Kaga), una extraña joven de la que nadie sabe nada y que busca en esas partidas la emoción y el riesgo que la mantengan viva. Atraído por el misterio que envuelve a Saeko, novedad en una vida que ya no esperaba ninguna, Muraki la introduce en partidas privadas en las que se juegan grandes sumas; pero ese vértigo no será suficiente para ella, que comenzará una relación con Yoh, un joven asesino y drogadicto, un personaje completamente simbólico al que solo veremos, silencioso, oculto entre las sombras.

«Ojalá no volviera a salir el sol. Amo estas noches perversas», dice la fascinante Saeko, el eje alrededor del cual gira esta huida hacia adelante, este viaje nocturno a las profundidades del vacío existencial habitado por personajes que podrían encontrar su lugar en alguna obra maestra de Jean-Pierre Melville o en cualquier peñazo firmado por Michelangelo Antonioni. Para ella, el fantasmal Yoh representará la última apuesta, la postrera parada en la noche, el abismo en que acabará desapareciendo irremediablemente. Y entonces, como se dice a sí mismo Muraki en la maravillosa escena final, ya no importará quién era realmente la flor pálida.