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TERESA RAQUIN (1953) de Marcel Carné

zzzzzzzEl escritor francés Émile Zola fue uno de los principales representantes del Naturalismo, ese movimiento ideológico y literario que, como ya se ha indicado aquí en otras ocasiones, tanta influencia ejerció en el posterior género negro. Entre sus más relevantes novelas, hay dos que demuestran claramente esa influencia y que tienen varios elementos comunes: Teresa Raquin (Thérèse Raquin, 1868) y La bestia humana (La bête humaine, 1890). La segunda fue llevada al cine en 1938 por Jean Renoir, en una adaptación estupenda bajo el mismo título, y en 1953 por Fritz Lang, dando como resultado una de sus obras maestras americanas: Deseos humanos (Human Desire).

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Precisamente en 1953, Marcel Carné dirigió la adaptación homónima de Teresa Raquin, que supuso su mayor éxito -ganó el León de Plata en el Festival de Venecia- tras la ruptura profesional con el guionista Jacques Prévert y que, como curiosidad, era una de las cien películas preferidas de Akira Kurosawa.

La historia que nos cuenta les resultará muy familiar a los aficionados al cine negro, con las salvedades de que aquí la pareja de amantes no actúa por ambición económica (aunque esta sí aparece con relación a un personaje secundario y crucial) y de que la protagonista no es precisamente una femme fatale: la joven Teresa (Simone Signoret) está infelizmente casada con su primo Camille, un tipo enfermizo, aburrido e insoportable, dominado por una madre igual de insoportable, que vive con ellos. La aparición de Laurent (Raf Vallone), un atractivo camionero italiano, despierta en ella los instintos de la juventud que permanecían aletargados y le abre la puerta a la posibilidad de una nueva vida.

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Pero estamos en territorio naturalista, en territorio negro, y ya sabemos que aquí la felicidad brilla por su ausencia, que aquí el que la hace la paga. Quien se deja llevar de manera irracional por sus instintos primarios, intentando alterar el orden establecido, acaba sucumbiendo a los giros de la suerte, al destino escrito, a la fatalidad.

Carné muestra a esos personajes que desean y odian, que chantajean y matan, que no se resignan a lo que les ha tocado en el sorteo sin recurrir a excesos melodramáticos, sin interferir tomando partido o juzgándolos, tan solo dejando que la realidad estropee naturalmente los guiones que habían intentado escribir para sus propias vidas.

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Editada en DVD por Cinecom.

 

 

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EL EJÉRCITO DE LAS SOMBRAS (1969) de Jean-Pierre Melville

Hay películas que desde su mismo inicio nos avisan de que estamos ante algo realmente grande. La ambientación, el ritmo, el hecho de meternos sin dilación en el meollo mismo de lo que nos quiere contar, la presencia de Lino Ventura, hacen que El ejército de las sombras (L´armée des ombres), basada en la novela, de 1943, de Joseph Kessel, sea una de ellas. Y en este caso, al poco rato sabemos ya que mucho se han de torcer las cosas para no estar viendo una absoluta maravilla, gracias a dos portentosas escenas seguidas: la huida de Philippe (Ventura) del cuartel de la Gestapo tras asesinar al soldado que le vigilaba, en la que Melville alarga el tiempo subjetivo gracias a los segundos que va marcando un reloj, creando una tensión digna de Hitchcock, y la posterior ejecución del joven miembro de la resistencia que le ha traicionado, en una habitación desnuda a excepción de la silla en la que sientan al traidor, tras la que llegamos a notar el vacío y la soledad que siente Philippe al cumplir con su obligación.

        Y lo que sigue tras estas dos escenas es una sucesión de momentos únicos, pequeños grandes detalles que Melville se guarda mucho de remarcar: aisladas voces en off nada gratuitas que nos ayudan a conocer a los personajes, la mano de Simone Signoret tocando tímidamente al compañero herido, el sacrificio inútil y anónimo y la mirada que acepta de Jean-Pierre Cassel, la foto de una hija que no debería llevarse  encima y que anticipa una nueva traición, la peor de todas…Momentos que nos muestran de la manera más humana a los miembros de un pequeño grupo de la resistencia francesa y, sobre todo, la imposibilidad de relacionarse estrechamente entre ellos porque al día siguiente pueden morir o verse obligados a traicionarse.

        Lejos de abundar en escenas de acción y de presentar a los protagonistas como héroes, sino como personas con miedo a morir y también a matar, las imágenes de El ejército de las sombras están dominadas por una contenida y serena intensidad que sólo está al alcance de los más grandes cineastas, al alcance de cineastas como Jean-Pierre Melville. 

                     Editada en DVD por Universal.

LAS DIABÓLICAS (1955) de Henri-Georges Clouzot

Nunca he entendido demasiado la persecución a la que fue sometido Clouzot en su momento por gran parte de la crítica, aunque es de suponer que el tipo de películas que realizaba en la Francia cinematográfica de los Renoir, Bresson, Becker y compañía, y el hecho de que se le comparara con Hitchcock, que para muchos críticos franceses era el sumo sacerdote del cine, no debió de beneficiarle mucho. Odiosas comparaciones aparte, Clouzot nos dejó un buen puñado de magníficas películas, con El salario del miedo (Le salaire de la peur, 1953) y Las diabólicas (Les diaboliques) a la cabeza.

        Las diabólicas es un film a caballo entre el policiaco y el terror, con magníficos detalles visuales que definen a los personajes o nos avanzan escenas posteriores, pero que contiene también grandes dosis de crítica social, mala leche y humor negro, y audacia en la presentación de las relaciones, características ya presentes en El cuervo (Le corbeau, 1943), su película más polémica, prohibida durante muchos años.

        En esta historia de crímenes y macabras alianzas, en la que nada es lo que parece y que guarda varias vueltas de tuerca, Clouzot es capaz de sacarle el máximo partido a los escenarios, a la ambientación, a una piscina en la que no aparece un cadáver que sí debería, a una fotografía en la que sí aparece alguien que no debería, a un traje que vuelve de entre los muertos, a un baúl que pesa demasiado y que logra que nos acordemos de La soga (Rope, 1948) de Hitchcock, y a un guiño final en el guión inesperado y genial. Y a pesar de que, una vez vista, ya conozcamos todas las sorpresas que nos depara, la película resiste perfectamente nuevas visitas, porque siempre aparece algún nuevo detalle en el que no habíamos reparado. Lástima que, para que los malos no se salgan con la suya, haya que meter al policía con calzador; no he leído la novela en que se basa la película, pero en ésta el personaje, tanto en su presentación como en sus posteriores apariciones, resulta completamente inverosímil.

        Al parecer Hitchcock se interesó por la novela de Boileau y Narcejac en que se basa el film, pero Clouzot se le adelantó. Resulta demasiado fácil asegurar que el cineasta inglés lo habría hecho aún mejor, pero viendo el desastre que llevó a cabo un tal Jeremiah S. Chechick en su versión de los noventa -con Chazz Palminteri, Sharon Stone e Isabelle Adjani en los papeles que habían interpretado Paul Meurisse, Simone Signoret y Vera Clouzot (esposa del director)- más nos valdría  limitarnos a apreciar el film de Clouzot en lo que se merece.

               Editada en DVD por Avalon (Filmoteca FNAC).