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ME ODIARÍA CADA MAÑANA de Ring Lardner, Jr.

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-Se trata de una pregunta muy simple -continuó-. Cualquiera estaría orgulloso de contestarla; cualquier americano auténtico estaría orgulloso de contestar la pregunta “¿es ahora o ha sido en el pasado miembro del Partido Comunista?”; cualquier americano auténtico…

-Depende de las circunstancias -le dije-. Yo podría contestar, pero si lo hiciera me odiaría cada mañana.

Hijo y hermano de escritores y periodistas, Ring Lardner, Jr. fue uno de los más precoces talentos literarios del Hollywood de los años 40. Nacido en 1915, ganó el primero de sus dos Oscars en 1942 por el guion, escrito junto a Michael Kanin, de La mujer del año (The Woman of the Year), la primera película del tándem Katharine Hepburn y Spencer Tracy, dirigida por George Stevens; el segundo lo obtuvo muchos años después, en 1970, gracias a M.A.S.H. de Robert Altman. Entre uno y otro, una vida marcada por ser uno de los tristemente famosos Diez de Hollywood señalados por el Comité de Actividades Antiamericanas en 1947.

9788495764539En su autobiografía Me odiaría cada mañana (I’d Hate Myself in the Morning, 2000), además de hablarnos de los cineastas y estrellas que conoció -entre estas últimas, su amiga Katharine Hepburn, que siempre le apoyó-, repasa los hechos ocurridos durante unos años en que en Estados Unidos se perseguía todo aquello que oliera mínimamente a comunismo y recuerda especialmente a los otros nueve compañeros cuyos nombres aparecían en la lista: Alvah Bessie (guionista), Lester Cole (guionista), Herbert Biberman (guionista y director), Edward Dmytryk (director), John Howard Lawson (guionista), Albert Maltz (guionista), Samuel Ornitz (guionista), Adrian Scott (productor y guionista) y el gran Dalton Trumbo (novelista, guionista y director).

El único defecto de este estupendo libro, imprescindible para historiadores del cine y recomendable para cualquier aficionado, es que sus doscientas y pico páginas te dejan con ganas de mucho más.

Diez de los testigos fueron emplazados a fecha fija en las citaciones; a ocho, yo entre ellos, se nos indicó que aguardásemos en casa hasta que se nos asignara una fecha, pero como muestra de solidaridad decidimos viajar todos juntos reclamando apoyo a lo largo del camino y en Washington mismo. Después que una foto de Frances y yo sentados entre el público apareciese destacada en un periódico, fui inopinadamente llamado al podio en sustitución de mi amigo Waldo Salt durante una sesión que acabaría siendo la última. Por ironías del destino, la inviabilidad de recurrir a la cláusula contra la autoinculpación nos convirtió a los diez declarantes en culpables.

Traducción de José Moreno Torres.

Publicado por Ediciones Barataria.

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CONSPIRACIÓN DE SILENCIO (1954) de John Sturges

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BadDayatBlackRockEn la época del Hollywood clásico, cuando muchas películas apenas duraban hora y media, los guionistas sabían que no podían andarse por las ramas a la hora de escribir una historia, que debían agarrar por las solapas al espectador desde el primer segundo y no dejar que se soltara hasta que apareciera el the end de turno. El difícil arte de contar solo lo imprescindible, que tanto se ha perdido.

En este sentido, el inicio de Conspiración de silencio (Bad Day at Black Rock) resulta modélico: un tren que circula a toda velocidad, presentado como una amenaza gracias a la planificación de Sturges y al acompañamiento de la enérgica música de André Previn, termina parando en la estación de un pueblucho llamado Bad Rock por primera vez en cuatro años.  Del tren baja un único pasajero, un hombre con un solo brazo llamado John MacReedy (Spencer Tracy), observado por los lugareños con curiosidad o más bien con recelo, quizá simplemente por la novedad que supone su presencia. Pronto sabremos que el hombre manco no ha venido precisamente a admirar el paisaje, sino a rendir cuentas por un suceso ocurrido unos años antes en el que todos los habitantes del pueblo estuvieron implicados.

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Lo que nos espera a partir de ese inicio fulgurante son setenta y pico minutos de calma tensa, de violencia latente, de diálogos contundentes afilados por la pluma de Millard Kaufman e interpretados por un elenco de excepción: junto a Tracy, Rober Ryan, Walter Brennan, Lee Marvin, Ernest Borgnine y otros pocos estupendos secundarios. Un drama que bebe de las claves del wéstern y que en manos de Sturges se convierte en una lección magistral de puesta en escena, aprovechando al máximo las posibilidades de planificación que ofrece la pantalla ancha y logrando un ritmo interno que para sí quisieran muchas películas actuales cuyo montaje parece aquejado de párkinson.

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Posiblemente no sea Conspiración de silencio la película a la que más veces volvamos dentro de una filmografía en la que reinan joyas del entretenimiento como Los siete magníficos (The Magnificient Seven, 1960) y La gran evasión (The Great Escape, 1963), pero quizá sí la que demuestra de forma más clara y precisa la maestría narrativa de John Sturges, un cineasta al que demasiadas veces se le ha despachado sin miramientos con la peyorativa etiqueta de “artesano”.

Editada en DVD por Warner.