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LA CAÍDA DE LA CASA USHER (1928) de Jean Epstein

A veces la crítica cinematográfica ha clasificado las películas por el predominio en ellas de características propias de la poesía, la narrativa o el ensayo, siempre teniendo en cuenta, como a menudo en la literatura, que difícilmente esa “separación de poderes” puede ser radical. Si seguimos esa categorización, queda claro que el cine de Jean Epstein, uno de los grandes innovadores franceses en la época del mudo, es eminentemente poético, como se puede comprobar ya en la temprana y excelente Coeur fidèl (1923), que cuenta una típica historia de amores desgraciados valiéndose de preciosas imágenes que, ante todo, buscan lirismo y sentimiento.


La cúspide de este estilo es La caída de la casa Usher (La chute de la maison Usher), un film de una hora de duración que cuenta con una fotografía deslumbrante de Georges y Jean Lucas y una enloquecida interpretación de Jean Debucourt. El guion, escrito por el propio Epstein y por su amigo, por aquel entonces, Luis Buñuel -algunas fuentes hablan de que el aragonés también colaboró en la dirección-, toma como base el relato de Edgar Allan Poe que le da título, pero además añade elementos de otros cuentos del escritor estadounidense, como “El retrato oval” “El enterramiento prematuro”, lo cual nos puede dar una pista de las intenciones de Epstein.

Al contarnos la historia del pintor Usher, que vive recluido en su mansión dedicado a pintar el retrato de su esposa, cuya vida se va consumiendo a medida que el cuadro se completa, el cineasta francés busca no tanto adaptar al cine una narración en concreto como, sobre todo, plasmar en imágenes la esencia de la literatura de Poe. Por medio de escenas impresionantes que parecen sacadas de una pesadilla -el traslado del ataúd a través del campo, sobreimpresionado por la imagen de las velas; el regreso de la amada desde el más allá-, nos traslada a un mundo de iconografía romántica y decadente dominado por la obsesión amorosa y por la muerte, un mundo de sensaciones poéticas que se sustentan en el relato de unos hechos, pero cuya importancia se sitúa muy por encima de este.

 

LA INVASIÓN DE LOS ULTRACUERPOS (1978) de Philip Kaufman

Al adaptar la novela de Jack Finney Los ladrones de cuerpos (The body snatchers, 1955), Don Siegel realizó una de sus mejores películas: La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the body snatchers, 1956), que se convertiría en uno de los grandes clásicos del cine de ciencia-ficción y que dio lugar a las más variadas interpretaciones, en ocasiones incluso contradictorias (algunos opinaron que era un ataque contra el macartismo y otros que atacaba al comunismo).

        El director y guionista Philip Kaufman -suyos son los guiones, al menos en parte, de las excepcionales El fuera de la ley (The outlaw Josey Wales, 1976) de Clint Eastwood, y En busca del arca perdida (Raiders of the lost ark, 1981) de Steven Spielberg- realizó una nueva adaptación de la novela de Finney -con el mismo título original que la de Siegel, aunque aquí se llamó La invasión de los ultracuerpos– y también dio en la diana: aunque sigue a la sombra de su predecesora, no tiene mucho que envidiarle.

        De la mano de Kaufman, la historia de las vainas gigantes llegadas del espacio que dan a luz réplicas exactas de los seres humanos, cuando éstos se quedan dormidos, para ocupar su lugar y dominar el planeta, se convierte en un film mucho más terrorífico, pero dando prioridad siempre a los personajes y a la visión de un mundo dominado por unos seres que, aunque iguales físicamente a nosotros, son incapaces de pensar y de tener sentimientos.

        Con un gran reparto en el que destaca, cómo no, Donald Sutherland, y con breves apariciones de Robert Duvall, del propio Don Siegel y de Kevin McCarthy (el protagonista de la primera adaptación), La invasión de los ultracuerpos nos guarda, además, uno de los más impactantes finales del género.

                  Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.