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EL INCIDENTE (1967) de Larry Peerce


Una de las mayores satisfacciones que puede llevarse un aficionado al cine es toparse, por pura casualidad, con una película de la que no había oído hablar, de un director al que no conocía, y descubrir que no solo es entretenida, como cabía esperar por su argumento, sino que se trata de un peliculón en toda regla. Este es el caso de El incidente (The Incident), de un tal Larry Peerce, una gran sorpresa ya desde su primera secuencia, en la que brillan especialmente la fantástica fotografía en blanco y negro de Gerald Hirschfeld y la planificación de Peerce y en la que se nos muestra a un par de jóvenes de juerga etílica (estupendos Martin Sheen y Tony Musante), aburridos y hastiados, que no encuentran nada mejor que hacer para huir de sus frustraciones que asaltar violentamente al primer incauto que se cruza en su camino. Dos estereotipos que Peerce y el guionista Nicholas E. Baehr utilizarán para tratar la violencia sin sentido presente en la sociedad y cómo reaccionamos ante ella.

Tras este magistral inicio, la cinta nos presenta al resto de personajes que completarán el drama, cada uno con su carácter, sus prejuicios y sus neuras, solitarios o en pareja, personas anónimas que, como cada noche, se dirigen al metro. En un mismo vagón, coincidirán con los dos delincuentes, dispuestos a continuar su particular noche de violencia, convertidos en un mero vehículo para que el resto de pasajeros muestren realmente su verdadera personalidad, para que las máscaras caigan ante una situación inesperada y extrema. Cobardía, egoísmo, hipocresía, racismo… Los personajes se ven reflejados en un espejo que les devuelve su imagen deformada y en el que también nos vemos nosotros, los espectadores, transformados en protagonistas a los que la cámara subjetiva sitúa en primera persona ante la amenaza, preguntándonos qué haríamos en esa situación.

Con una Thelma Ritter desaprovechada, pero cuya presencia siempre se agradece, y un estupendo Beau Bridges como rostros más conocidos, El incidente nos regala un fascinante estudio sobre la sociedad y la violencia, servido mediante una sorprendente lección de ritmo narrativo y de puesta en escena en un espacio reducido y cerrado, que me recuerda a dos obras maestras como Doce hombres sin piedad (12 Angry Men, 1957), de Sidney Lumet, y Funny Games (1997), de Michael Haneke. No anda muy lejos de ellas.

MANOS PELIGROSAS (1953) de Samuel Fuller

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A finales de los años 40 y principios de los 50, época de guerras frías y caza de brujas, proliferaron en Hollywood las películas propagandísticas que hacían gala de los valores del sistema americano y demonizaban al comunismo portador del terror rojo. Como suele ocurrir habitualmente con el cine que lleva mensaje incorporado en la mochila, la mayor parte de esas películas no ha pasado la criba y se ha quedado por el camino, aunque como para todo hay excepciones ahí está Manos peligrosas (Pickup on South Street), que no sólo es excepción sino también obra maestra, siempre y cuando hagamos un esfuerzo por olvidar su edulcorado e inverosímil final.

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El estupendo guión y la vibrante dirección de un Fuller en plena forma consiguen eliminar el aroma panfletario de la historia adentrándose en el cine más negro de la mano de los tres personajes principales: el ladronzuelo Skip, posiblemente el carterista más famoso del cine junto al que filmó Robert Bresson en Pickpocket (1959), interpretado por un Richard Widmark que aún conservaba algunos de los tics de sus inicios; la joven Candy, ex-novia de un mercenario de los comunistas, a la que una magnífica Jean Peters dota de la vulgaridad y la carga sexual necesarias; y la vendedora de corbatas y ocasional confidente de la policía Moe, una Thelma Ritter por encima ya de cualquier elogio. Tres personajes individualistas y desarraigados, que se buscan la vida como buenamente pueden y que no saben nada de grandes acciones patrióticas. Por encima de la carga política, del espionaje y de los microfilms, son sus historias las que importan a Fuller.

Pickup on South Street (1953)

Quizá Manos peligrosas  no sea la propuesta más personal, arriesgada y radical de un cineasta que solía dar una mirada nueva a los géneros que abordaba, pero a cambio no tiene los altibajos de muchas de sus películas y sí, y a toneladas, los elementos que son marca de la casa. Cada escena rebosa fuerza y vértigo cinematográficos (el magistral inicio, con el robo en el vagón de metro; los encuentros entre Skip y Candy en casa de él, cargados de sexualidad y prodigiosamente filmados; la huida del mercenario, atrapado como una fiera en el montacargas…), con una violencia presente no sólo en la acción sino también de manera latente en los gestos más triviales, en las miradas y los diálogos de unos personajes a los que Fuller a menudo enmarca, tensos y sudorosos, en primeros planos que parecen enjaularlos.

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Sólo durante unos minutos de esta trepidante maravilla del cine negro se permite Fuller darnos un respiro, consciente de lo que una actriz como Thelma Ritter es capaz de darle. La escena de la muerte de Moe, desde que las piernas del asesino entran en plano, sobre la cama, hasta que suena el disparo en off mientras la cámara nos muestra cómo se para el disco que Moe estaba escuchando, cómo terminan a la vez la música y la vida, es uno de los fragmentos más hermosos y serenos de todo su cine.

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Editada en DVD por Filmax.