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MEURTRE EN 45 TOURS (1960) de Étienne Périer

Quien haya leído Las diabólicas (Celle qui n’était plus, 1952) o De entre los muertos (D’entre les morts, 1954), o haya visto las respectivas adaptaciones al cine de Clouzot y de Hitchcock, ya sabrá que las historias escritas por Pierre Boileau y Thomas Narcejac nos aseguran entretenimiento, sorpresas constantes, misterio, asesinatos y, a menudo, la presencia de algún supuesto difunto que en lugar de descansar tranquilamente se empeña en seguir amargando la vida a los vivos. Pues todos esos elementos los volvemos a encontrar en la muy desconocida película de Étienne Périer Meurtre en 45 tours, adaptación de la novela À coeur perdu (1959).

Su argumento gira en torno a un triángulo amoroso compuesto por un famoso compositor de canciones (Jean Servais), su esposa e intérprete de sus éxitos (Danielle Darrieux) y el joven amante y pianista de ella (Michel Auclair). El marido, consciente de que lo engañan, juega abiertamente al ratón y al ratón con la pareja de amantes exponiéndoles cínicamente su adulterio y la posibilidad de que lo quieran ver muerto. Poco después, sufre un accidente de carretera y su cadáver, a pesar de que ha quedado terriblemente desfigurado, es reconocido tanto por su mujer como por el dueño de la discográfica, pero les extraña que su inseparable perro, que iba con él en el coche, haya desaparecido. Días más tarde, la viuda recibe una grabación con la última composición de su marido y un mensaje grabado con su voz. Comienzan entonces las sospechas de que en realidad no ha muerto y de que quiere aterrorizarlos y acabar con ellos.

Desgraciadamente, este asesinato a 45 revoluciones no es una obra maestra esperando a ser (re) descubierta -huelga decir que Périer no es ni Clouzot ni, faltaría más, Hitchcock-, ya que tanto a la construcción de los personajes como a la puesta en escena les faltan un par de peldaños para jugar en primera; pero como no solo de obras maestras vive el cinéfilo y las comparaciones, ya se sabe, son odiosas y castradoras, quien se anime a verla se encontrará con las imponentes  presencias de Danielle Darrieux y Jean Servais, con la gran fotografía de Marcel Weiss -magistral, sobre todo, la escena onírica- y, en fin, con un estupendo divertimento, repleto de tensión, pistas falsas y giros de guion que juegan con el espectador tanto como el argumento con sus personajes, merecedor de ser rescatado del olvido.

 

 

LAS DIABÓLICAS (1955) de Henri-Georges Clouzot

Nunca he entendido demasiado la persecución a la que fue sometido Clouzot en su momento por gran parte de la crítica, aunque es de suponer que el tipo de películas que realizaba en la Francia cinematográfica de los Renoir, Bresson, Becker y compañía, y el hecho de que se le comparara con Hitchcock, que para muchos críticos franceses era el sumo sacerdote del cine, no debió de beneficiarle mucho. Odiosas comparaciones aparte, Clouzot nos dejó un buen puñado de magníficas películas, con El salario del miedo (Le salaire de la peur, 1953) y Las diabólicas (Les diaboliques) a la cabeza.

        Las diabólicas es un film a caballo entre el policiaco y el terror, con magníficos detalles visuales que definen a los personajes o nos avanzan escenas posteriores, pero que contiene también grandes dosis de crítica social, mala leche y humor negro, y audacia en la presentación de las relaciones, características ya presentes en El cuervo (Le corbeau, 1943), su película más polémica, prohibida durante muchos años.

        En esta historia de crímenes y macabras alianzas, en la que nada es lo que parece y que guarda varias vueltas de tuerca, Clouzot es capaz de sacarle el máximo partido a los escenarios, a la ambientación, a una piscina en la que no aparece un cadáver que sí debería, a una fotografía en la que sí aparece alguien que no debería, a un traje que vuelve de entre los muertos, a un baúl que pesa demasiado y que logra que nos acordemos de La soga (Rope, 1948) de Hitchcock, y a un guiño final en el guión inesperado y genial. Y a pesar de que, una vez vista, ya conozcamos todas las sorpresas que nos depara, la película resiste perfectamente nuevas visitas, porque siempre aparece algún nuevo detalle en el que no habíamos reparado. Lástima que, para que los malos no se salgan con la suya, haya que meter al policía con calzador; no he leído la novela en que se basa la película, pero en ésta el personaje, tanto en su presentación como en sus posteriores apariciones, resulta completamente inverosímil.

        Al parecer Hitchcock se interesó por la novela de Boileau y Narcejac en que se basa el film, pero Clouzot se le adelantó. Resulta demasiado fácil asegurar que el cineasta inglés lo habría hecho aún mejor, pero viendo el desastre que llevó a cabo un tal Jeremiah S. Chechick en su versión de los noventa -con Chazz Palminteri, Sharon Stone e Isabelle Adjani en los papeles que habían interpretado Paul Meurisse, Simone Signoret y Vera Clouzot (esposa del director)- más nos valdría  limitarnos a apreciar el film de Clouzot en lo que se merece.

               Editada en DVD por Avalon (Filmoteca FNAC).

OJOS SIN ROSTRO (1959) de Georges Franju

Guste más o menos el cine de Alejandro Amenábar lo que es innegab199821_1020_Ale es su buen gusto a la hora de inspirarse en otras películas, principalmente europeas, del género fantástico y de una misma época. Si en Tesis (1995) tuvo presente la impresionante El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960) de Michael Powell, y en Los otros (2001) la no menos buena Suspense (The innocents, 1961) de Jack Clayton, en Abre los ojos (1997) algo hay de esa maravilla que dirigió Georges Franju y que se titula Ojos sin rostro (Les yeux sans visage), con música de Maurice Jarre, y guión de Claude Sautet (el director de, entre otras,Un corazón en invierno), Jean Redon, y Pierre Boileau y Thomas Narcejac (ambos autores de las novelas De entre los muertos y Las diabólicas, llevadas al cine por Hitchcock y Clouzot, respectivamente).

        La película narra la historia de un famoso cirujano (Pierre Brasseur) que intenta transplantar un nuevo rostro a su hija, desfigurada (excepto sus ojos) tras un accidente y a la que se ha dado por muerta. Con ayuda de otra antigua paciente a la que ya recontruyó la cara (Alida Valli, en un registro inusual que me recuerda a un monstruo de Frankenstein de apariencia humana pero inexpresivo), secuestra y asesina muchachas con cierto parecido a su hija para robarles el rostro y que ella pueda recuperar el suyo.

        Ojos sin rostro no es en absoluto un típico film de terror o de misterio. No tiene un ritmo trepidante, no depara grandes sustos, no intenta sacar gran partido de sus elementos góticos (el panteón y el cementerio), y la investigación policial apenas tiene presencia. Lo que hace que sea especial es la poesía y el desasosiego que transmiten sus imágenes en blanco y negro: la abnegada ayudante buscando a sus víctimas por la ciudad; las operaciones a las que somete el cirujano a las muchachas, extirpándoles el rostro; la última y simbólica escena, que confirma que nos acaban de contar una historia de amor asfixiante de un padre por su hija, cuya liberación ha de ser inevitablemente trágica; y, sobre todo, esa imagen recurrente e inolvidable de unos ojos que nos miran a través de una máscara, y que nunca volverán a tener un rostro.