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QUE DIOS NOS PERDONE (2016) / EL REINO (2018) de Rodrigo Sorogoyen

Hace un par de años nos llegó de la mano de Rodrigo Sorogoyen el que para mí es uno de los mejores thrillers de lo que va de siglo, y quizá me quede corto. Es cierto que posiblemente sea demasiado deudora de Seven (1995), pero si tuviéramos que enumerar la cantidad de pastiches con asesino en serie a bordo influidos solo por el envoltorio de la obra maestra de Fincher no acabaríamos nunca. Que dios nos perdone, en cambio, es la obra de un gran director que, como casi todos, sigue los pasos de otro.

El film de Sorogoyen podría haberse quedado en una buena muestra de género si solo estuviera primorosamente filmado, fuera trepidante y enganchara al espectador para proporcionarle un par de horas de entretenimiento; pero, además de todo eso, deja poso y ganas de volver a él, lo que consiguen únicamente las obras excepcionales. Y lo logra ante todo cuidando a sus personajes, lo que son, lo que hacen y lo que dicen, por encima de la resolución del misterio que rodea a unos crímenes: las secuencias de la vida privada de los dos policías (enormes Antonio de la Torre y Roberto Álamo), lejos de parecer de relleno, nos muestran a dos protagonistas en las antípodas de ser admirables pero necesitados del afecto que los proteja momentáneamente de la mierda en que viven; los diálogos (guion del propio Sorogoyen y de Isabel Peña) no solo son memorables sino que además suenan a realidad, aspectos que no siempre coinciden; los secundarios, a la manera del mejor cine clásico, no son meros figurantes y cada uno tiene su momento importante en la historia (mención especial para Luis Zahera)…

Y como guinda del pastel, un final a la altura, original, tenso, de los que se recuerdan; el colofón a una película que respira admiración por el mejor cine de acción norteamericano, que nos recuerda que los personajes no han de ser un mero instrumento para contar una historia y que, en fin, si no es una obra maestra se le parece mucho.

Lógicamente, tras un film tan redondo como Que Dios nos perdone, la expectación ante el nuevo trabajo de Sorogoyen era máxima, y El reino, aunque para mi gusto no llega a la altura de su predecesora, no defrauda en absoluto. Si anteriormente fue Fincher la influencia más clara para contarnos las andanzas de un asesino, ahora toma como modelos a Tarantino -especialmente, la secuencia inicial recuerda a la que abría Reservoir Dogs (1992)- y al inevitable Scorsese de Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) para mostrarnos la corrupción, la ambición y la asombrosa falta de escrúpulos para sentirse como reyes por encima del bien y del mal de unos políticos que en poco o nada se diferencian de los gánsteres: los desmanes de la clase dirigente que leemos cada día en los diarios al servicio del cine de género. Si esto es una película, no sé si podemos imaginarnos hasta dónde llegará la realidad.

En El reino volvemos a encontrarnos todos los aciertos del anterior film de su director: el talento narrativo, el ritmo vertiginoso, los personajes perfectamente construidos y servidos por grandes interpretaciones (protagonismo para el ubicuo Antonio de la Torre), la preocupación por los secundarios (de nuevo el gran Luis Zahera, un terrorífico Francisco Reyes, un Josep Maria Pou más allá, a estas alturas, de cualquier elogio…) y la capacidad para componer diálogos impresionantes de la que hacen gala Sorogoyen y Peña. Pero la sensación que me deja, probablemente muy subjetiva, es de que todo está demasiado comprimido, de que a la historia le faltan momentos de reposo para dejarla respirar, de que los personajes, todos, son tan potentes que piden a gritos un mayor desarrollo, como si hubiesen sido creados más para una miniserie de televisión que para una película. Detalles, como digo, que surgen de la percepción muy personal de un estupendo film que no hace sino confirmar a Rodrigo Sorogoyen como uno de los narradores cinematográficos más importantes de la actualidad.

 

 

 

 

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EL INCIDENTE (1967) de Larry Peerce


Una de las mayores satisfacciones que puede llevarse un aficionado al cine es toparse, por pura casualidad, con una película de la que no había oído hablar, de un director al que no conocía, y descubrir que no solo es entretenida, como cabía esperar por su argumento, sino que se trata de un peliculón en toda regla. Este es el caso de El incidente (The Incident), de un tal Larry Peerce, una gran sorpresa ya desde su primera secuencia, en la que brillan especialmente la fantástica fotografía en blanco y negro de Gerald Hirschfeld y la planificación de Peerce y en la que se nos muestra a un par de jóvenes de juerga etílica (estupendos Martin Sheen y Tony Musante), aburridos y hastiados, que no encuentran nada mejor que hacer para huir de sus frustraciones que asaltar violentamente al primer incauto que se cruza en su camino. Dos estereotipos que Peerce y el guionista Nicholas E. Baehr utilizarán para tratar la violencia sin sentido presente en la sociedad y cómo reaccionamos ante ella.

Tras este magistral inicio, la cinta nos presenta al resto de personajes que completarán el drama, cada uno con su carácter, sus prejuicios y sus neuras, solitarios o en pareja, personas anónimas que, como cada noche, se dirigen al metro. En un mismo vagón, coincidirán con los dos delincuentes, dispuestos a continuar su particular noche de violencia, convertidos en un mero vehículo para que el resto de pasajeros muestren realmente su verdadera personalidad, para que las máscaras caigan ante una situación inesperada y extrema. Cobardía, egoísmo, hipocresía, racismo… Los personajes se ven reflejados en un espejo que les devuelve su imagen deformada y en el que también nos vemos nosotros, los espectadores, transformados en protagonistas a los que la cámara subjetiva sitúa en primera persona ante la amenaza, preguntándonos qué haríamos en esa situación.

Con una Thelma Ritter desaprovechada, pero cuya presencia siempre se agradece, y un estupendo Beau Bridges como rostros más conocidos, El incidente nos regala un fascinante estudio sobre la sociedad y la violencia, servido mediante una sorprendente lección de ritmo narrativo y de puesta en escena en un espacio reducido y cerrado, que me recuerda a dos obras maestras como Doce hombres sin piedad (12 Angry Men, 1957), de Sidney Lumet, y Funny Games (1997), de Michael Haneke. No anda muy lejos de ellas.

LOS ASESINOS DE LA LUNA DE MIEL (1969) de Leonard Kastle

Entre 1947 y 1949, Raymond Fernández y Martha Beck, conocidos en la historia criminal estadounidense como “Los asesinos de los Corazones Solitarios”, asesinaron a varias mujeres para quedarse con su dinero utilizando el siguiente método: Ray respondía a los anuncios del diario que publicaban mujeres solas en busca de pareja y Martha se hacía pasar por su hermana, lo que daba mayor confianza a sus futuras víctimas. Tras ser declarados culpables de tres de los crímenes, fueron ejecutados en la silla eléctrica en 1951.

Su historia ha sido llevada al cine al menos en cuatro ocasiones: Alleluia (2014), del director belga Fabrice Du Welz; Corazones solitarios (Lonely Hearts, 2006), de Todd Robinson; la estupenda Profundo carmesí (1996), de Arturo Ripstein, y Los asesinos de la luna de miel (The Honeymoon Killers), la única película dirigida por Leonard Kastle y film de culto donde los haya, en parte porque al exagerado de François Truffaut le dio por decir que era su favorito de todo el cine norteamericano.

Dejando a un lado la boutade de Truffaut, lo cierto es que la película de Kastle, como otros grandes ejemplos del mejor cine independiente americano de los 60 y de la nouvelle vague, no ha perdido nada de su frescura y de esa sensación que transmite de cinéma vérité, como si el director hubiera acompañado a la pareja de asesinos en sus andanzas y las hubiera filmado in situ, a lo que contribuyen definitivamente las interpretaciones tanto de protagonistas como de secundarios, ajenas a cualquier artificio actoral. Este aspecto estilístico, que le confiere al film un aire casi documental, brilla especialmente en las escenas de los asesinatos, filmados de manera tan natural, tan real, y sin un atisbo de remordimiento por parte de sus autores, que resultan mucho más impresionantes que las que solemos ver en producciones con más medios.

Y como guinda para este estupendo film, Kastle nos regala un último plano magistral en el que vemos a Martha (Shirley Stoler), en la cárcel de mujeres, leyendo una carta que le ha enviado Ray (Tony Lo Bianco) en la que le confiesa que ha sido el único amor de su vida. Mientras oímos la voz en off de Ray, la cámara se va alejando lentamente de Martha para dejarla a solas con su amor. Un momento final que ofrece unos segundos de compasión a esta pareja de monstruos humanos que han protagonizado una crónica del horror, pero también, y sobre todo, una trágica historia de amor.

 

THE CHASER (2008) de Na Hong-jin

chaser2008Ya hace unos cuantos años que el cine asiático le ha ido comiendo la tostada al norteamericano en cuanto al thriller y al género de terror se refiere, produciendo estupendas películas que son carne de cañón para la habitualmente temible maquinaria hollywoodiense, tan falta últimamente de buenas historias como atenta a todo lo bueno que se cuece por otros lares. Algunas joyas como The Chaser (Chugyeogja) o Memories of Murder (Salinui chueok, 2003) y Mother (Madeo, 2009), ambas de Bong Joon-ho, de momento se han librado del temible remake, pero paciencia, que todo llega.

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La historia que nos trae The Chaser es el enfrentamiento entre un asesino en serie de prostitutas y el ex policía que ahora ejerce de proxeneta de las chicas, quien harto de que un tarado le esté dejando el lupanar como un solar decide ir en su busca. Por pura casualidad no tarda en encontrarlo y entregarlo a la policía, por lo que la mayor parte de la película nos muestra la búsqueda del lugar en el que están enterrados los cadáveres y donde una de las víctimas sigue con vida. Si no lo encuentran, se verán obligados a soltar al sospechoso por falta de pruebas.

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A pesar de ser la primera película de Na Hong-jin, su supuesta inexperiencia no se deja notar por ningún sitio. Durante más de dos horas que se pasan en un suspiro nos maneja a su antojo, nos lleva de sorpresa en sorpresa dominando el ritmo interno de cada plano, gestionando la tensión y la violencia sin pasarse de rosca y demostrando, en escenas tan difíciles de filmar como las que muestran las persecuciones por los callejones de la ciudad, que es un cineasta a tener muy en cuenta en el futuro.

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En cuanto a las inevitables influencias, las hay a montones y magníficamente asimiladas, y no precisamente de andar por casa: un guiño fácilmente reconocible a una de las mejores escenas de El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, 1991) de Jonathan Demme; la ambientación claustrofóbica, gris y lluviosa en muchos momentos, y el juego del ratón y el gato que se establece entre asesino y perseguidor de Seven (1995) de David Fincher, y la presencia durante buena parte del trayecto del legado de Hitchcock, cuya alargada sombra llega también, y en plena forma, al cine surcoreano. Lo que un buen día se dio en llamar suspense, y que poco a poco ha ido sirviendo tanto para un roto como para un descosido cinematográfico, recupera en The Chaser todo su sentido original. No hay más que ver la sorprendente y magistral escena del último crimen (con mucha mala leche por parte del director incluida), en la que el espectador sabe más que las futuras víctimas y está deseando poder avisarlas de lo que se les viene encima, para comprobar que Na Hong-jin se sabe de memoria las lecciones del maestro.

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Editada en DVD por Versus.

 

CARRETERA AL INFIERNO (1986) de Robert Harmon

The-Hitcher-1986-Movie-1Desde que la gran actriz Ida Lupino, en una de sus incursiones al otro lado de la cámara, realizara la innovadora El autoestopista (The Hitch-Hiker, 1953), las carreteras americanas han ido poblándose paulatinamente de tarados dispuestos a amargarle el día al primer incauto que se cruce en su camino, dando lugar a una serie de películas de todo pelaje y condición. Una de las buenas, influida sin duda por el film de Lupino, es Carretera al infierno (The Hitcher) de Robert Harmon.

Aquí son C. Thomas Howell (cuya posterior filmografía es para echarse a temblar) y una principiante Jennifer Jason Leigh las víctimas del retorcido sentido del humor de un Rutger Hauer como pez en el agua dando vida a un asesino que parece surgido de la nada, del que la policía no tiene ningún dato y que se nos presenta más como un personaje de pesadilla que como alguien real, lo cual es aprovechado para hacerle aparecer de la manera más inverosímil en el sitio justo y en el momento preciso: licencias de guión fácilmente perdonables una vez metidos en este tipo de harina.

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Cine de entretenimiento puro y duro estupendamente filmado, con aroma a serie B de pocas pretensiones, la historia de Carretera al infierno va oscilando entre el thriller de acción y persecuciones y el terror, siendo en este segundo género donde consigue sus mejores momentos: la secuencia en que el asesino se cuela en la habitación del motel para raptar a la chica y su posterior e inolvidable desenlace, no apto para espíritus fácilmente impresionables, y sobre todo el excepcional inicio, en el que la figura del autoestopista, recortada bajo la lluvia nocturna, espera pacientemente que alguien lo recoja y comience la pesadilla: una imagen para las antologías del miedo.

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Editada en DVD por Universal.

FUNNY GAMES (1997) de Michael Haneke

El día 21 de este mismo mes falleció, a los 51 años, Susanne Lothar, una de las grandes actrices europeas de los últimos años, reconocida sobre todo por sus trabajos para el gran cineasta austriaco Michael Haneke. Junto a su marido Ulrich Mühe, un actorazo fallecido en 2007, realizó una interpretación fuera de categoría, en los límites entre el trabajo actoral y la realidad, en Funny Games. Ambos encarnaban a un matrimonio que, junto con su hijo, recibían la inesperada visita de dos jóvenes desconocidos, amables y educados, que les harían vivir la mayor de las pesadillas.

        Sé de gente que no fue capaz de ver entera Funny Games. Alguno no pudo pasar de la primera media hora. Y es perfectamente comprensible. Posiblemente sea la propuesta más radical, desagradable e insoportablemente tensa que he visto en una pantalla. Nos coloca en una situación límite que nos parece, gracias al talento de Haneke y de los actores, que no es en absoluto una ficción, consiguiendo que nos identifiquemos con los personajes, que sintamos la misma violencia, las mismas vejaciones y humillaciones que ellos padecen, que nos enfrentemos con ellos a nuestros propios miedos y a nuestros interrogantes sobre hasta dónde es capaz de llegar la naturaleza humana.

        Que conste que no es la película más explícitamente violenta y asquerosa de la historia. No estamos ante un film gore. Incluso Haneke se apiada de nosotros y pone en escena un par de recursos cinematográficos para distanciarnos de la acción y recordarnos que estamos ante una película. Lo que nos pone un nudo en el estómago durante todo el visionado, creo, es que esa violencia física y moral -sobre todo moral- es absolutamente gratuita, sin sentido, sin razón alguna, como la mayor parte de la violencia a la que estamos expuestos en el mundo real. Posiblemente, al terminar de ver Funny Games, más de uno se acuerde, y no precisamente con simpatía, de la madre de Haneke, pero, en parte por eso mismo, me parece que estamos ante una película impresionante que deja en pantaloncitos cortos a un claro precedente como La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971) de Stanley Kubrick.

        El propio Haneke realizó un remake norteamericano, protagonizado por Naomi Watts y Tim Roth y estrenado en 2007, que no aportaba nada al original austriaco.

                   Editada en DVD por Cameo.

PELHAM 1, 2, 3 (1974) de Joseph Sargent

El nombre de Joseph Sargent no está escrito precisamente con letras de oro en la historia del cine, pero justo es reconocerle que con Pelham 1, 2, 3 (The Taking of Pelham 1 2 3) consiguió uno de los mejores thrillers de los 70, una película redonda que grandes cineastas que cultivaron el género como Siegel o Fleischer difícilmente habrían mejorado, cosa que tampoco logró Tony Scott en su remake de 2009.

        Al estilo de la mejor serie B clásica, el film de Sargent muestra sus cartas desde los primeros planos, sin preámbulos que alarguen innecesariamente el metraje: cuatro tipos con poco aspecto de filántropos que responden a los apodos de Azul, Verde, Marrón y Gris -probablemente Tarantino lo tuvo en cuenta a la hora de filmar su Reservoir Dogs (1992)- secuestran un vagón del metro de New York y reclaman a las autoridades, a cambio de las vidas de los pasajeros, la entrega de un millón de dólares en el plazo de una hora. A partir de ese momento, y prácticamente en tiempo real, asistimos a una carrera contra el reloj de ritmo frenético que no da tregua al espectador, que nos mantiene sin pestañear gracias a sus estupendos diálogos y a su claustrofóbica planificación, y que cuenta con un montaje de los que deberían enseñar en las escuelas.

        Guión de hierro, a partir de la novela de John Godey, del mismo Peter Stone que años antes había escrito para Stanley Donen la obra maestra Charada (Charade, 1963) y reparto de lujo, encabezado por Walter Matthau, Robert Shaw y Matin Balsam, para una de esas películas que conviene tener siempre a mano, un puro entretenimiento a fuerza de maestría narrativa.

               Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.

LA NOCHE DE LOS GIRASOLES (2006) de Jorge Sánchez Cabezudo

Un hombre llega a casa agotado tras haber pasado unos días fuera, saluda fríamente a su esposa y se sienta ante el televisor hasta quedarse plácidamente dormido. Es el viajante de comercio que ha intentado violar a una mujer, que ha provocado indirectamente el asesinato de un hombre y que ha conseguido sacar a la luz los instintos más primarios de los personajes implicados en el drama y alterar para siempre sus vidas. Y todo ello sin enterarse ni recibir ningún castigo.

        Esa escena final pone el broche de oro argumental y cinematográfico a La noche de los girasoles, la magnífica y sorprendente ópera prima escrita y dirigida por Jorge Sánchez Cabezudo, un dramático thriller coral en el que cada personaje adquiere su momento de protagonismo gracias a unos actores en estado de gracia (con Carmelo Gómez a la cabeza pero sin centrarse en su personaje) y a una estructura que, aunque no es novedosa (entre otros, la utilizaron Miguel Delibes y Mario Camus en Los santos inocentes), le sienta como un guante a la historia.

        Repleta de detalles en su puesta en escena, algunos de los cuales pueden escaparse en un primer visionado, y con unos diálogos que son de lo mejor del último cine español, La noche de los girasoles demuestra que aquí se pueden hacer grandes películas de género sin tener que recurrir a los esquemas del cine norteamericano reciente, ya de por sí generalmente desastrosos.

                     Editada en DVD por Cameo.