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THE ARTIST (2011) de Michel Hazanavicius

Escena primera: el público asiste a la última película protagonizada por la gran estrella del cine mudo George Valentin. En la pantalla vemos al héroe gritando mientras sus enemigos le torturan, y en el rótulo de turno leemos: “¡No hablaré!”. Al otro lado de la pantalla, donde el equipo que ha rodado la película espera la reacción del público, un letrero nos avisa de que guardemos silencio. Son sólo dos guiños, apenas dos detalles, pero que consiguen que nos pongamos cómodos y nos frotemos las manos. Y The Artist, con los excepcionales Jean Dujardin y Bérénice Bejo como protagonistas, no defrauda. Apúntenla ya para estar entre las mejores de la década.

        Lo que sigue tras ese magnífico inicio, la historia del declive de George al aparecer el cine sonoro y del auge de la figurante Peppy Miller (otro detalle: la actriz que interpreta a la esposa de George es Penepole Ann Miller) hasta convertirse en estrella, es una sucesión de momentos rebosantes de talento, casi un empacho de maestría narrativa. Unos pocos ejemplos entre mil: la primera vez que ambos coinciden en un plató, en la que, tras el baile en el que George sólo puede ver las piernas de Peppy, ruedan su primera escena juntos y, tras varias tomas, comienzan a enamorarse; la escena en que Peppy imagina que el frac de George, colgado de un perchero, la abraza como si fuera él mismo, puro Chaplin o Keaton, o incluso Harpo Marx; el premonitorio final de la última película muda que George interpreta y que también dirige, intentando demostrar que el público aún le quiere aunque no hable, en el que el héroe al que da vida se hunde en arenas movedizas mientras aparece sobreimpresionado el THE END; el momento en que Peppy descubre que la única película que George ha salvado al incendiarse su casa es aquella primera que rodaron juntos, y que por tanto él también la ama; la última escena en que ambos bailan ante la cámara, que supone el inicio del cine musical, etcétera, etcétera y muchos más etcéteras.

        Como no podía ser de otro modo en una película así, las referencias y los homenajes aparecen por todas partes, y curiosamente muchos de ellos aluden al cine sonoro norteamericano:

La caracterización de George y Peppy como Gene Kelly y Debbie Reynolds, la desaparición del cine mudo y los comienzos del sonoro de Cantando bajo la lluvia (Singin´ in the Rain, 1952) de Stanley Donen y Gene Kelly.

-El gran actor que pierde el favor del público mientras la mujer a la que ama alcanza la fama de las muchas versiones de Ha nacido una estrella (A Star is Born).

-Los planos en que George comparte mesa con su mujer, en los que se muestra cómo la relación se va deteriorando, así como aquellos en los que George descubre, en una enorme habitación de la mansión de Peppy, todos los objetos que le pertenecieron tapados con sábanas, que remiten a los que filmó Orson Welles para Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941). 

-La estrella del cine mudo que recuerda sus momentos de gloria viendo sus propias películas de, entre otras muchas, El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) de Billy Wider.

-La borrachera de George en el bar, filmada de manera similar a una de las que agarraba Ray Milland en Días sin huella (The Lost Weekend, 1945), también de Wilder. Mientras bebe, George cree ver salvajes diminutos que le atacan, como aquellos Muñecos infernales (The Devil Doll, 1936) que creó Tod Browning.  

-El gran hombre de cine que se cree capaz de dirigir sus propias películas, fracasando estrepitosamente, de Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952) de Vincente Minnelli.

-La recuperación, para la escena en que George se dispone a suicidarse y la llegada de Peppy lo evita, del tema de amor que escribió Bernard Herrmann para Hitchcock en De entre los muertos (Vertigo, 1958).  

-ETC, ETC.

        Quizá sea precisamente el hecho de que muchos de sus logros remiten a otras grandes películas lo único que le podamos reprochar al film de Hazanavicius, pero para qué liarnos la manta a la cabeza cuando nos lo hemos pasado como enanos, y más sabiendo que la historia del cine está plagada de homenajes y/o plagios tan maravillosos como los que aquí aparecen. The Artist es una carta de amor al cine, un soplo de aire fresco que nos devuelve lo mejor del séptimo arte, y lo seguiría siendo aunque fuese una película sonora, o aunque hubiese sido parida a finales de los años veinte junto a Amanecer (Sunrise, 1927) de Murnau o Y el mundo marcha (The Crowd, 1928) de King Vidor, junto a aquellas películas que le dieron al cine su mayoría de edad y que aún hoy, después de casi un siglo, nos siguen emocionando.

RETORNO AL PASADO (1947) de Jacques Tourneur

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El director francés afincado en Hollywood Jacques Tourneur manejó casi todos los géneros durante su carrera cinematográfica. Realizó buenos westerns, magníficas cintas de aventuras, y alcanzó popularidad principalmente gracias a la serie de películas de terror de bajo presupuesto que, junto al productor Val Lewton, dirigió para esa fábrica inagotable de obras maestras en blanco y negro que fue la RKO, con La mujer pantera (Cat people, 1942) -homenajeada en Cautivos del mal (The bad and the beautiful, 1952), de Vincente Minnelli- y Yo anduve con un zombie (I walked with a zombie, 1943) como citas ineludibles. Años más tarde, en Inglaterra, consiguió otra obra mayor del género con la menos popular (por menos vista) La noche del demonio (Night of the demon, 1958).

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Mientras se movía entre panteras y zombies, entre Wyatt Earp y halcones y flechas, va Tourneur y se saca de la manga Retorno al pasado (Out of the past, 1947), una de las obras capitales del cine negro, con un guión antológico firmado por Geoffrey Homes (seudónimo del escritor Daniel Mainwaring, autor también del guión  de La invasión de los ladrones de cuerpos (The invasion of the body snatchers, 1956), dirigida por Don Siegel), adaptación de su novela Eleven mi horca (Build my gallows high, 1946).

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La película contiene, cómo no, todos los elementos clásicos del cine negro, pero recreados esta vez dentro de ese clima de ensoñación, de irrealidad, tan característico del cine de Tourneur. En ese ambiente se mueve como pez en el agua Robert Mitchum, que encarna aquí al antihéroe descreído, socarrón, romántico y trágico tan querido por el género, que intenta iniciar una nueva vida, escapar del pasado, pero que vuelve a ser atrapado por él irremediablemente. En este sentido, Retorno al pasado compone, junto a Forajidos (The killers, 1946), de Robert Siodmak, y La jungla de asfalto (The asphalt jungle, 1950), de John Huston, un inconmensurable tríptico de luces y sombras.

Editada en DVD por Manga Films.