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LOS JUICIOS DE RUMPOLE de John Mortimer

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John Mortimer -padre de la actriz y cineasta Emily Mortimer- fue abogado, dramaturgo, novelista, guionista y, sobre todo, el creador del divertido Horace Rumpole. En el cine, por ejemplo, colaboró en el guion de Suspense (The Innocents, 1961), dirigida por Jack Clayton y una de mis películas imprescindibles, y escribió junto a su primera esposa el de El rapto de Bunny Lake (Bunny Lake is Missing, 1965), un film que no le acabó de salir del todo bien a Otto Preminger.

Su personaje más popular, el abogado Horace Rumpole -inspirado, al parecer, en la figura de su padre- se dio a conocer en Inglaterra por medio de una serie de televisión y de los relatos que, desde hace unos años, está publicando en español la editorial Impedimenta. Literatura quizá no genial, pero siempre elegante, inteligente, divertida y muy, muy lúcida.

51Gqges9jTL._SX330_BO1,204,203,200_Hasta el momento, he leído el segundo volumen, titulado Los juicios de Rumpole (The Trials of Rumpole, 1979), una serie de casos judiciales, narrados por el propio Rumpole en su papel de abogado defensor, en cuyas páginas tienen también cabida las peripecias de sus colegas de trabajo, sus asiduas libaciones en el bar Pommeroy y su especial relación con su esposa, a la que nombra, como si fuera una diosa mitológica, con la expresión «Ella, la que Ha de Ser Obedecida». Y, por encima de todo, en ellas encontramos la crítica sarcástica e implacable hacia todos aquellos aspectos que le desagradan de una sociedad -la inglesa o, ya puestos, la de cualquier otro país de los que se consideran a sí mismos tan modernos y civilizados- retrógrada e hipócrita.

Como muestra, un par de fragmentos. El primero, en el que cita a Voltaire para referirse a la libertad de expresión, pertenece al relato «Rumpole y el animal fascista».

-¿No es este un país libre, queridos miembros del jurado? ¿No es este un país en el que el capitán Parkin y otros excéntricos como él pueden dar rienda suelta a sus majaderías? Puede que no esté de acuerdo con lo que el capitán Parkin dijo en aquella tarda aciaga… Es muy fácil defender la libertad de expresión cuando uno está de acuerdo con lo que se dice, pero alguien una vez, un sabio francés, nos dio la respuesta… «No estoy de acuerdo con nada de lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo.»

El segundo forma parte de «Rumpole y el camino del verdadero amor»: educación pública versus educación privada y postureo político.

Por lo que afirmaba mi cliente, la escuela John Keats era el ejemplo perfecto de una escuela de secundaria moderna, pues estaba diseñada para ensalzar el buen nombre de la educación pública y dejar vacíos los colegios privados, salvo por un grupo de sadomasoquistas y por los hijos de banqueros asiáticos. La educación en la John Keats era, al parecer, tan libre y, al mismo tiempo, tan disciplinada; y las instalaciones eran tan buenas y el personal estaba tan preocupado por los alumnos (no como en mi internado privado, donde desde luego no había preocupación alguna por si estabas vivo o muerto); y era tan genuinamente civilizada, que muchos parlamentarios laboristas e incluso algunos ministros se compraban una casa en aquella zona de Hertfordshire para poder disfrutar de la doble ventaja de, por un lado, dotar a sus hijos de una educación excelente y, por otro, tener la conciencia tranquila cuando se presentaran ante el pueblo como personas cercanas. Al fin y al cabo, sus hijos iban a la escuela pública.

Traducción de Sara Lekanda Teijeiro para Impedimenta.

EL BARÓN RAMPANTE de Italo Calvino

Después, bastó con la llegada de generaciones con menor criterio, de imprevisora avidez, gente no amiga de nada, ni siquiera de sí misma, y ya todo ha cambiado, ningún Cosimo podrá ya avanzar por los árboles.

La atención que dedicamos al constante aluvión de interesantes novedades editoriales y la recuperación de obras que han ido ganando prestigio y a las que no hicimos el debido caso en su momento dificultan que volvamos de vez en cuando a los clásicos que leímos hace muchos años y que contribuyeron a nuestra pasión por la literatura. Mala cosa. Volver a visitar los libros que nos hicieron felices nos puede deparar alguna decepción, pero serán más las ocasiones en que una segunda o tercera lectura multiplique el goce de la primera, gracias sobre todo a la experiencia lectora acumulada.

Volver a El barón rampante (Il barone rampante, 1957) es celebrar una fiesta con la literatura. Es reencontrarse con el talento, la imaginación y la valentía de quien se atrevió a escribir una novela a contracorriente sobre un niño rebelde que un buen día se sube a un árbol y decide pasar el resto de su vida entre ramas, y entre ellas crece y envejece, y estudia y aprende y enseña, y lucha y ama y recuerda y termina por desaparecer en las alturas. Es volver a Cervantes, a Voltaire, a la fábula, al país de las maravillas, a ese Peter Pan que se niega a crecer, a las historias de piratas, a los amores eternamente ingenuos, a la locura más racional y a la razón más alocada, a una prosa que parece escrita en el propio siglo XVIII en que se desarrolla la novela, pero que se revela intemporal.

Resulta imposible, al regresar a sus páginas, no recuperar al niño que llevamos con nosotros y al que demasiado a menudo desatendemos; imposible no acordarse, siquiera un momento, del tío Teo (Ciccio Ingrassia), aquel personaje que se subía a un árbol para gritar Voglio una donna!, y no había manera de que se bajara, en una de las grandes secuencias de Amarcord (1973), de Federico Fellini, quizá el primer director en el que uno piensa para llevar al cine la novela de Calvino; imposible también no pensar en que la mayoría de estudiantes de este país, incluso aquellos a los que les encanta la literatura, jamás conocerán las maravillosas andanzas del barón Cosimo Piovasco di Rondò, simplemente porque no pertenecen a la literatura española. En fin… La vita rimane la stessa.

Y entonces, para vencer el pudor natural de sus ojos, se detenía a observar los amores de los animales. En primavera el mundo de los árboles era un mundo nupcial: las ardillas se amaban con ademanes y chillidos casi humanos, los pájaros se acoplaban batiendo las alas, hasta los lagartos corrían unidos con las colas trenzadas en un nudo; y los puercos espines parecían volverse blandos para hacer más suaves sus abrazos. El perro Óptimo Máximo, nada intimidado por el hecho de ser el único pachón de Ombrosa, cortejaba grandes perras de pastor, o perras lobas, con petulante audacia, confiando en la natural simpatía que inspiraba. A veces regresaba maltrecho a mordiscos; pero bastaba un amor afortunado para compensarlo por todas las derrotas.

También Cosimo, como Óptimo Máximo, era el único ejemplar de una especie. En sus sueños con los ojos abiertos se veía amado por bellísimas jóvenes; pero ¿cómo encontraría el amor, él, allá en los árboles? En sus fantasías conseguía no imaginarse el lugar donde aquellas cosas sucederían, si en el suelo o allá arriba donde ahora estaban; se figuraba un lugar sin lugar, como un mundo al que se llega andando hacia arriba, no hacia abajo. Eso es: quizá era un árbol tan alto que subiendo por él se tocaba otro mundo, la luna.

Traducción de Esther Benítez.

Publicada por Siruela.