Archive for the ‘Walter Matthau’ Tag

EL POLICÍA QUE RÍE de Maj Sjöwall y Per Wahlöö

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Entre 1965 y 1975, la pareja sentimental formada por la traductora Maj Sjöwall y el periodista Per Wahlöö escribieron conjuntamente diez novelas policiacas protagonizadas por el comisario Martin Beck.  La  breve serie terminó al morir Wahlöö en 1975, y desde entonces es considerada como una influencia indiscutible por buena parte de las siguientes generaciones de novelistas escandinavos del género.

a893b754344a564c366f7e16d6572390El policía que ríe (Den skrattande polisen, 1968) es la cuarta entrega de la serie y, para mi gusto, una de las mejores. En ella el comisario Beck y sus colaboradores han de investigar el asesinato de ocho personas que viajaban en un autobús de línea regular en Estocolmo, entre las cuales se encontraba un joven policía ayudante de Beck. A medida que avanzan en el caso, van descubriendo que el múltiple crimen guarda relación con otro ocurrido años atrás que no pudo resolverse.

Como en el resto de novelas de la serie -todas estupendamente escritas y con un ritmo trepidante, entre lo mejor del género negro en Europa-, lo primordial no es tanto conocer el nombre del asesino (no estamos ante el tipo de novela en que varios personajes importantes en la trama aparecen como sospechosos hasta quedar solo uno) como la realista reconstrucción de un lento proceso de investigación, que tiene más de esfuerzo y de echarle horas, incluso de suerte a veces, que de magia deductiva, lo cual las hermana, en mi opinión, en muchos aspectos con la corriente norteamericana del género a la que pertenecen, entre otros, Ed McBain, Joseph Wambaugh o George Pelecanos. Junto a esa crónica del trabajo policial, la visión extremadamente crítica que los autores vierten sobre una Suecia que pasa por ser un modelo de sistema social pero bajo cuya fachada perfecta se extienden el crimen, el tráfico de drogas y la corrupción política.

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El policía que ríe fue la primera novela no escrita en inglés que recibió, en 1971, el premio Edgar Allan Poe. Este hecho propició su adaptación norteamericana al cine de la mano de Stuart Rosenberg, un estupendo film titulado aquí San Francisco, ciudad desnuda (The Laughing Policeman, 1973), con Walter Matthau y Bruce Dern como protagonistas.

La única persona que observaba el vehículo en ese momento era un hombre arrimado al muro de una casa, unos ciento cincuenta metros más arriba, en Norrbackagatan. Era un ladrón, que estaba a punto de romper un escaparate. Miró el autobús, porque quería que se quitara de en medio, y esperó a que pasara.

Vio cómo, efectivamente, el autobús frenó al llegar al cruce y luego comenzó a girar a la izquierda con los intermitentes encendidos. Luego se perdió de vista. El ruido de la lluvia era ensordecedor. El individuo levantó la mano y echó abajo el cristal.

Lo que no pudo ver fue que el giro nunca llegó a completarse.

Por un instante, el autobús rojo de dos pisos pareció detenerse en mitad de la curva. Luego, cruzó transversalmente la calzada, atravesó la acera y penetró medio cuerpo por la verja de alambre que separa Norra Stationsgatan de los desiertos solares de la terminal ferroviaria, sita al otro lado.

Allí se detuvo. El motor se paró. Pero los faros y la iluminación interior continuaron encendidos. Las ventanas empañadas seguían brillando como antes, cálidas y acogedoras en medio del frío y de la oscuridad. Y la lluvia azotaba el techo de chapa.

Pasaban tres minutos de las once de la noche, el 13 de noviembre de 1967. En Estocolmo.

Traducción de Martin Lexell y Manuel Abella.

Publicada por RBA.

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LOS VALIENTES ANDAN SOLOS (1962) de David Miller

A comienzos de los 60, el cine de Hollywood comenzó a interesarse por el personaje del vaquero inadaptado, un tipo rudo y con un código ético desfasado incapaz de seguir y aceptar la constante evolución de la época en que vive. A la sombra de Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) de John Huston -posiblemente el gran film sobre el tema, una maravilla aún más mitificada por todo lo que ocurrió tras su rodaje-, surgieron películas como la estupenda Los valientes andan solos (Lonely Are the Brave), no demasiado famosa, probablemente, porque anda perdida en medio de una filmografía, la de David Miller, que en líneas generales no es precisamente para tirar cohetes.

El protagonista de la historia es Jack Burns (Kirk Douglas), un vaquero que en plenos años 50 continúa a lomos de su yegua atravesando pastos vallados, carreteras y fronteras vigiladas, ajeno completamente a unas leyes que no van con él. Enterado de que Paul, un antiguo amigo, ha sido encarcelado por ayudar a unos inmigrantes ilegales, acude a Nuevo Méjico para ayudarle a fugarse, pero una vez en la cárcel se da cuenta de que su amigo ya no es el rebelde que era y que prefiere cumplir la condena para no tener que abandonar a su mujer y su hijo. Jack se escapa, pero la policía y el ejército emprenden una caza del hombre a través de las montañas.

Los valientes andan solos es un proyecto personal de Kirk Douglas, actor que llegó a controlar muchos de los films en los que participó y que incluso fundó su propia productora. Aquí encarna a un personaje cínico, bravucón y desencantado, una especie de Quijote que lucha por la justicia contra helicópteros y camiones en lugar de molinos de viento, pero que se sabe impotente ante una época que ya no es la suya y que irremediablemente acabará venciéndole. Él es el vértice absoluto sobre el que gira la película, pero Dalton Trumbo, en otro de sus magníficos y simbólicos guiones protagonizados por un rebelde que se enfrenta a la sociedad -en esta ocasión, adaptando una novela de Edward Abbey-, no se olvida de dar sus grandes momentos a los otros dos personajes principales: el sheriff interpretado por Walter Matthau, tan cínico y desencantado como Jack, al que se ve obligado a perseguir pero sin demasiados deseos de atraparle, y la esposa de Paul (una principiante y maravillosa Gena Rowlands), de quien Jack, faltaría más, continúa aún enamorado. La escena en que ambos se despiden definitivamente antes de que él emprenda su huida hacia las montañas, ese gesto cómplice e instintivo de tocarse el cabello que quizá recuerda otros momentos compartidos, es ya -sin olvidarnos del tremendo final en la carretera bajo la lluvia nocturna- motivo suficiente para ver esta película injustamente poco conocida.

Editada en DVD por Suevia.

PELHAM 1, 2, 3 (1974) de Joseph Sargent

El nombre de Joseph Sargent no está escrito precisamente con letras de oro en la historia del cine, pero justo es reconocerle que con Pelham 1, 2, 3 (The Taking of Pelham 1 2 3) consiguió uno de los mejores thrillers de los 70, una película redonda que grandes cineastas que cultivaron el género como Siegel o Fleischer difícilmente habrían mejorado, cosa que tampoco logró Tony Scott en su remake de 2009.

        Al estilo de la mejor serie B clásica, el film de Sargent muestra sus cartas desde los primeros planos, sin preámbulos que alarguen innecesariamente el metraje: cuatro tipos con poco aspecto de filántropos que responden a los apodos de Azul, Verde, Marrón y Gris -probablemente Tarantino lo tuvo en cuenta a la hora de filmar su Reservoir Dogs (1992)- secuestran un vagón del metro de New York y reclaman a las autoridades, a cambio de las vidas de los pasajeros, la entrega de un millón de dólares en el plazo de una hora. A partir de ese momento, y prácticamente en tiempo real, asistimos a una carrera contra el reloj de ritmo frenético que no da tregua al espectador, que nos mantiene sin pestañear gracias a sus estupendos diálogos y a su claustrofóbica planificación, y que cuenta con un montaje de los que deberían enseñar en las escuelas.

        Guión de hierro, a partir de la novela de John Godey, del mismo Peter Stone que años antes había escrito para Stanley Donen la obra maestra Charada (Charade, 1963) y reparto de lujo, encabezado por Walter Matthau, Robert Shaw y Matin Balsam, para una de esas películas que conviene tener siempre a mano, un puro entretenimiento a fuerza de maestría narrativa.

               Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.

LA CHICA DEL ADIÓS (1977) de Herbert Ross

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Las películas que adaptan textos de Neil Simon han de llevar siempre colgado el cartel de recomendables. Ya sea en comedias románticas como Descalzos por el parque (Barefoot in the park, 1967) de Gene Saks, o en films directamente hilarantes como La extraña pareja (The odd couple, 1968), también dirigida por Saks, o Un cadáver a los postres (Murder by death, 1976) de Robert Moore, los diálogos de Simon son un regalo para los actores y para los cineastas capaces de proporcionar el ritmo cinematográfico necesario a las adaptaciones, alejándolas lo más posible de su origen teatral.

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El guión de La chica del adiós (The goodbye girl) fue a parar a manos de Herbert Ross, un director que cuando agarra un buen material siempre lo convierte en una buena película. A pesar de que hacia el final decae un poco, esta historia en la que un actor en busca de la oportunidad de su vida (Richard Dreyfuss) y una madre soltera que no logra la estabilidad ni en el amor ni en el trabajo (Marsha Mason) se ven forzados a compartir apartamento es una de las mejores adaptaciones de un texto de Neil Simon, y una de esas películas a las que podemos recurrir para que nos levanten el ánimo tras un mal día. Consigue divertirnos y emocionarnos, y además recupera la guerra de sexos que tan buenos resultados dio en la comedia clásica norteamericana y que el propio Simon había parodiado en la citada La extraña pareja, con Jack Lemmon y Walter Matthau.

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Editada en DVD por Warner.

BILLY WILDER, UN HOMBRE PERFECTO AL 60%

El documental Billy Wilder, un hombre perfecto al 60% (Portrait of aunhombreperfecto_dvd “60% perfect” man: Billy Wilder, 1979), dirigido por Annie Tresgot, nos ofrece la entrevista que Michel Ciment realizó al cineasta en su oficina de Santa Monica Bulevard y en su apartamento de Westwood. La cosa no da para mucho, ya que apenas dura una hora, pero siempre es un placer escuchar a un tipo como Wilder contar anécdotas de su vida y su oficio.

        El cineasta que se definió a si mismo como “un hombre perfecto al 60 %” repasa ante la cámara su infancia, sus años en Berlín como periodista -entrevista frustrada a Freud incluida-, sus primeros guiones en Alemania, y su huída a París tras la llegada al poder de los nazis, donde dirige Curvas peligrosas (Mauvaise graine, 1934), con Danielle Darrieux. Una vez en Hollywood, Wilder se suma a la “cadena de montaje” de los guionistas y escribe, entre otras, La octava mujer de Barba Azul (Bluebeard´s eighth wife, 1938) y Ninotchka (1939) para Lubitsch, Medianoche (Midnight, 1939) y Si no amaneciera (Hold back the down, 1941) para Mitchell Leisen, y Bola de fuego (Ball of fire, 1941) para Hawks. Pasa entonces a comentar su debut como director, sus relaciones con los actores, su colaboración con el director artístico Alexandre Trauner, o cómo nacieron algunos de sus proyectos, como El apartamento (The apartment, 1960), cuya idea original parte del film de David Lean Breve encuentro (Brief encounter, 1945). Y como regalo aparecen de vez en cuando Walter Matthau y Jack Lemmon contando anécdotas de su relación con Wilder y, de paso, haciendo un poco el ganso, lo cual siempre se agradece.

          Editado en DVD por Suevia.  

 

CHARADA (1963) de Stanley Donen

Es muy posible que una película como Charada (Charade) nunca ocupe un puesb70-9705to en ninguna lista de las mejores películas de la historia, y probablemente no lo merezca si nos atenemos a su importancia en el desarrollo del cine, su influencia posterior, la ausencia de interpretaciones intelectuales en su argumento, y demás razones que nos importan más bien poco cuando nos sentamos ante la pantalla. Aunque nos hagan disfrutar una y mil veces, este tipo de films seguirá viéndose desplazado por el prestigio de egregios castigos firmados por Resnais, Pasolini, Bertolucci, Antonioni o, incluso, Robert Altman. Y es que, a veces, el género humano merece todo el aburrimiento que le caiga encima.

        Charada es, sencillamente, un fiestón para los que buscan una buena historia que les mantenga clavados a la butaca durante un par de horas. Desde su inicio, con la escena que sirve de prólogo, los fantásticos títulos de crédito, la música de Henry Mancini, y el plano de una pistola apuntando a Audrey Hepburn, la película de Donen es como una montaña rusa que no da un momento de respiro. En el impresionante guión de Peter Stone -basado en una historia del propio Stone y de Marc Behm, autor de esa esa joya de la novela negra que es La mirada del observador (The eye of the beholder, 1980)- caben la intriga, la acción, el humor, el romanticismo, las sorpresas constantes y unos cuantos cadáveres, y el resultado, de la mano de Donen, es un manual de ritmo cinematográfico al que ni se acercan las películas actuales del género. Y, cómo no, al frente de un reparto de lujo (Walter Matthau, James Coburn, George Kennedy), Cary Grant y Audrey Hepburn, él veinticinco años mayor y qué más da.

        Donen intentó repetir la fiesta tres años después con Arabesco (Arabesque, 1966), pero la cosa no acabó de cuajar. Yo, desde luego, volveré de vez en cuando a repetirla.

              Editada en DVD por Universal.