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FORTY GUNS (1957) de Samuel Fuller

La sombra de unos nubarrones se extiende sobre el camino por el que los hermanos Bonnell -trasunto de los Earp- se dirigen a Tombstone. De pronto, como si esos nubarrones cobraran vida, irrumpen al galope, arrasando la pantalla y casi a los Bonnell, Jessica Drummond y sus cuarenta pistoleros, metáfora -una de las muchas del film- de la relación tempestuosa, entre el amor y la muerte, que estallará entre ambos bandos a lo largo de los siguientes setenta y pico minutos. La carga semántica de la escena y la eléctrica planificación con que la construye Fuller hacen del arranque de Forty Guns uno de los más potentes que recuerdo y nos avisan de que probablemente estemos ante una película de lo más singular, advertencia que se cumple con creces. Si tu intención era ver un wéstern típico, coge tu sombrero y abandona la butaca, forastero.

En la filmografía de Fuller abundan los ejemplos de cuánto le gustaba darle varias vueltas de tuerca a los géneros haciendo gala de una sorprendente libertad creativa, lo que hizo que llegara a ser una de las mayores influencias para algunos de los principales cineastas de la nouvelle vague. En ese sentido, Forty Guns se lleva la palma. Con un argumento que cabe en un papel de fumar y que probablemente le importaba bien poco -y a nosotros-, Fuller se pone el wéstern por montera y le mete un gol por la escuadra añadiéndole elementos y soluciones dramáticas extraños a su idiosincrasia y, mediante panorámicas, primerísimos planos, travellings, contrapicados, sobreimpresiones y planos subjetivos, haciendo de la cámara una protagonista omnipresente, la maestra de ceremonias de la función, cuando lo habitual en el género era que esta se deslizara sin que apenas lo advirtiéramos. Cual inconforme niño rebelde, Fuller coloca en el caballete un lienzo clásico y lo cubre de brochazos vanguardistas.

No son pocos los detalles de este wéstern, sobre todo en relación con la puesta en escena, que han dejado huella en posteriores películas. En cuanto al cine estadounidense, quizá podamos relacionar al personaje-cantante -el plano en que su canción acompaña la imagen de la viuda de Wes Bonnell y el coche fúnebre es una maravilla, tan hermoso como valiente- con el que interpreta Nat King Cole en La ingenua explosiva (Cat Ballou, 1965), de Elliot Silverstein, o la escena en que colocan el cadáver de uno de los cuarenta pistoleros en el escaparate, con la que filma Clint Eastwood hacia el final de Sin perdón (Unforgiven, 1992); pero sin duda es en el cine europeo más innovador, desde cuyo punto de vista se podría considerar un film «de autor», donde la presencia de Forty Guns se ve más claramente: desde el diálogo de clara simbología sexual -y no es el único del film- entre Jessica Drummond (Barbara Stanwyck) y Clive Bonnell (Barry Sullivan) en torno a la pistola de este, reproducido casi literalmente en El clan de los sicilianos (Le clan des siciliens, 1969), de Henri Verneuil, pasando por el plano de los ojos de Clive al dirigirse al encuentro del hermano de Jessica, que nos lleva al spaguetti western en general y a Sergio Leone en particular, o por la continuidad en el montaje que se les da a la escena de la boda y a la del funeral, quizá tenida en cuenta por François Truffaut en La novia vestía de negro (La mariée était en noir, 1968), hasta el plano más sorprendente y arriesgado de la película, en el que Wes Bonnell mira a través del cañón de un rifle a la que, tan solo durante unos instantes, será su esposa, homenajeado claramente por Jean-Luc Godard en Al final de la escapada (À bout de souffle, 1960) y quién sabe si hasta por Francisco Regueiro en la estupenda y olvidada El buen amor (1963) y por Julio Medem en Vacas (1992).

Estamos pues ante un film de difícil encaje, una extravagancia si se quiere, pero que ha ido ganando prestigio con el tiempo hasta ser considerado por muchos una de las obras maestras del género. Particularmente, la lírica que poseen mis wésterns preferidos provoca una comunión emocional con ellos que está ausente, y que seguramente Fuller nunca buscó, en el caso de Forty Guns. Aun así, me parece una travesura admirable que no deja de sorprendernos con nuevos detalles en cada visionado y a la que volveré de visita cada cierto tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HOMBRE DEL OESTE (1958) de Anthony Mann

Entre 1950 y 1960 Anthony Mann realizó los once wésterns que forman parte de su filmografía. A excepción de dos o tres, se encuentran entre lo mejor de su cine y sitúan al cineasta en la cima del género, siempre un pasito por detrás de, cómo no, John Ford. Elegir uno o dos entre los ocho o nueve magistrales es harto complicado y probablemente sea esa la causa de que no suelan aparecer por las listas de las mejores películas de la historia. En mi caso, quizá el que más disfrute de manera natural, sin darle mucho al coco, sea Horizontes lejanos (Bend of the River, 1952), esa obra maestra absoluta que tanto tiene de cine de aventuras; pero Hombre del Oeste (Man of the West), el único de los once protagonizado por Gary Cooper, en mi opinión, come aparte.

Por supuesto, la historia del otrora sangriento forajido Link Jones (Cooper) -ahora un respetado padre de familia al que en su comunidad le encargan la contratación de una maestra y que, durante el viaje, se reencuentra con su antigua banda, a la que se enfrentará tras fingir que ha vuelto para quedarse- podríamos disfrutarla sin complicarnos la vida, sin ver sus múltiples lecturas, simplemente como «una de vaqueros»; así, ya sería una película estupenda. También podríamos ir un paso más allá y recordar que tipos similares a Jones aparecen en otras obras maestras como Retorno al pasado (Out of the Past, 1947), de Jacques Tourneur, o Sin perdón (Unforgiven, 1992), de Clint Eastwood, o en películas sobrevaloradas como Una historia de violencia (A History of Violence, 2005), de David Cronenberg: tipos que han querido dejar atrás el wild side of life, pero cuyo pasado no acaba de decidirse a dejarlos en paz. Incluso podríamos ponernos un poco más serios y embobarnos con la fotografía de Ernest Haller y con la utilización del cinemascope y la distribución de los personajes en el plano por parte de Mann, a los que sería difícil encontrar parangón. Pero aun así nos haría falta otra vuelta de tuerca para ver en Hombre del Oeste uno de los wésterns más extraños y complejos de cuantos se hayan filmado.

Desconozco si la novela de Will C. Brown en que se basa, The Border Jumpers (1955), ya recorría los mismos caminos sinuosos que la película, pero creo que el guion de Reginald Doce hombres sin piedad Rose y el punto de vista de Mann dejan bastante claro que estamos ante un film alegórico, repleto de irrealidad, en el que la banda de forajidos liderada por Dock Tobin (Lee J. Cobb) no es más que una representación fantasmal y ridícula de lo que fue, las cenizas de una forma de vida en vías de extinción de la que Jones necesita librarse definitivamente: pocas veces la expresión «fantasmas del pasado» fue tan ajustada. Desde el fallido asalto al tren, protegido por un solo agente de la ley, hasta la planificación del robo al banco de un pueblo tan fantasmal como ellos, la banda de Dock, el anciano que continuamente rememora los «buenos tiempos», se nos presenta como un grupo de inútiles que solo sirven para rematar a un compañero herido o para obligar a desnudarse a Billie (magnífica Julie London), la cantante que se queda con Jones al perder el tren tras el asalto. En realidad, el único peligro que supone esta pandilla es el de seguir formando parte de la vida de Jones, el de ser una molesta piedra en el zapato que le dificulta seguir caminando.

El último tramo de la película no solo confirma sensaciones sino que además aporta un par de ideas imprescindibles para la interpretación del film. La primera de ellas parte del duelo entre Link y Claude (John Dehner), su antiguo compañero de armas y el único hombre a las órdenes de Dock con dos dedos de frente. Mann planifica su final mostrándonos a los dos personajes como las dos caras de una misma moneda, colocando a Link sobre la tarima de una veranda y a Claude, herido en una pierna, arrastrándose por debajo, como si fuera su reflejo en un espejo (de madera). Al matar a Claude, Link acaba con su otro yo, con esa parte de sí mismo que aborrecía.

La segunda de esas claves nos la da el enfrentamiento final entre Link y Dock. Tras eliminar a Claude, nuestro protagonista vuelve a campamento para encontrase que el viejo ha abusado de Billie y que lo espera en lo alto de una montaña. Link tendrá que ascender para destruir al padre, al creador, al hombre que hizo de él un asesino y que ahora apenas se defiende, confirmando que durante toda la película le ha estado siguiendo el juego a su hijo predilecto para facilitarle que acabara con la sombra decrépita en que se había convertido. El diálogo y la planificación no hacen sino subrayar un desenlace de reminiscencias mitológicas, bíblicas y hasta filosóficas que se me antoja cercano a la secuencia de Blade Runner en que el Nexus Roy asciende hasta la morada de su creador para matarlo.

¿Demasiado para «una del Oeste»? Godard escribió que Hombre del Oeste era la mejor película de 1958, definiéndola como una lección admirable de cine moderno que reinventaba el wéstern, y aunque algunos siguen creyendo que los films made in Hollywood solo servían para entretener al personal y poco más, lo cierto es que los grandes guionistas y directores del cine de género, con un enorme bagaje cultural a sus espaldas, se las ingeniaban para introducir de manera subliminal en sus argumentos y en su puesta en escena elementos tan complejos y sesudos como los que podemos encontrar en el cine serio. Y con el añadido de que, a diferencia de plastas como Tarkovsky o Antonioni, cineastas como Mann nunca se arrogaron el derecho a aburrirnos.

El wéstern mexicano (1): LOS HERMANOS DEL HIERRO (1961) de Ismael Rodríguez

Mientras vuelve a casa a caballo con sus dos pequeños hijos, Reynaldo del Hierro es asesinado a traición por Pascual Velasco. Desde ese momento, la viuda solo vivirá para insuflar sus deseos de venganza en los dos niños e incluso llegará a contratar a un famoso pistolero para que los adiestre en el manejo de las armas. Con el paso de los años, mientras Martín, el más joven, se convierte en un loco asesino fiel reflejo del odio de su madre, Reynaldo, el mayor, intentará olvidar la venganza y vivir en paz, pero su destino se verá irremediablemente ligado al de su hermano, tanto en el amor de ambos por la misma mujer como en la muerte.

Además de ser considerado generalmente el mejor wéstern de la cinematografía mexicana y de llegar incluso a ser incluido, con justicia, en alguna lista de los 50 imprescindibles de la historia del cine, Los hermanos del Hierro es uno de los más complejos que he visto, hasta el punto de que en cada visionado nos sorprende con nuevos detalles argumentales y visuales que se nos habían pasado por alto y que enriquecen el desarrollo de la historia y la caracterización de sus personajes. Me parece también el que más y más claramente bebe de las fuentes de la tragedia griega; en este aspecto, ni siquiera Pursued (1947), dirigido por Raoul Walsh y escrito por Niven Busch, que quizá sea el wéstern estadounidense en el que mejor se aprecia dicha influencia, se le puede comparar.

Para contarnos esta historia de venganza -tema capital del wéstern mexicano-, en la que el viento y la aridez del paisaje devienen en reflejo de la psicología de los protagonistas, personajes encadenados a la fatalidad, Ismael Rodríguez lleva a cabo un despliegue abrumador de ideas de puesta en escena que casi siempre actúa en función y en beneficio del drama y que hace del film un barroco ejercicio de autor nada común en el género; para entendernos, se situaría mucho más cerca del estilo de Orson Welles que del de Howard Hawks.

Un uso de la elipsis abrupto y sin complejos, pero que nunca dificulta el seguimiento de la historia; una fotografía de interiores (la casa familiar, la cárcel) que remite al cine de terror; el paso del presente al pasado, el flash-back, mostrado dentro de un mismo plano mediante un travelling; los primeros planos iluminados de la cara de Martín cuando pierde el control de sí mismo; el plano subjetivo del revólver empuñado, quizá inspirado en uno similar de  Forty Guns (1957), de Sam Fuller, o el del rostro de la madre -ese personaje inolvidable que parece sacado de una tragedia de Eurípides, como una Medea o una Electra-, oscurecido, mientras escuchamos sus pensamientos, que es uno de los momentos cinematográficos más terribles que recuerdo y que forma parte de unos cinco minutos finales que cierran el film de manera bellísima, incomparable… Son solo algunos de los mil detalles visuales que podemos encontrar en esta sorprendente obra maestra.

Con un reparto que incluye a varias de las principales figuras de la época, como Antonio Aguilar, Julio Alemán, Columba Domínguez, Emilio Fernández, Pedro Armendáriz o Ignacio López Tarso; con guion del propio Ismael Rodríguez y Ricardo Garibay, y con fotografía de Rosalío Solano, Los hermanos del Hierro es una película reverenciada en México cuyo argumento ha sido repetido posteriormente en no pocos wésterns mejicanos, italianos y españoles. Lo poco vista que ha sido en nuestro país demuestra el desconocimiento casi absoluto -a excepción de las películas de Buñuel- que tenemos de una cinematografía repleta de sorpresas para el espectador curioso.

 

 

 

 

 

RAPIÑA (1975) de Carlos Enrique Taboada

Carlos Enrique Taboada fue un director famoso en México gracias sobre todo a sus películas de terror nada explícitas y sí muy sugerentes, como Hasta el viento tiene miedo (1968), El libro de piedra (1969) o Veneno para las hadas (1984), las dos últimas, centradas en los miedos y las fantasías infantiles. En mi opinión, son films que parten de premisas más que interesantes y con algunas buenas secuencias -por ejemplo, la final de Veneno para las hadas-, pero que no me acaban de convencer por su pobre puesta en escena y su ritmo cansino. Aun así, los amantes del género que no las conozcan seguramente se alegrarán de descubrirlas.

Más conseguida me parece Rapiña, película en la que el miedo y la tensión también están presentes pero en un marco mucho más realista. Nos cuenta la historia de dos leñadores analfabetos y pobres de solemnidad que, junto a sus esposas, sobreviven como pueden compartiendo su amistad y lo poco que poseen. Tras ser testigos de un accidente aéreo y comprobar que todos los que viajaban en el avión han fallecido, deciden robarles a los cadáveres el dinero y las pertenencias que llevan para intentar con ello escapar de su vida miserable. Mientras la policía estrecha el cerco sobre los sospechosos, la ambición desmesurada y recién descubierta de Porfirio, uno de los dos amigos, llevará a los cuatro protagonistas a la tragedia.

Ejemplo claro de naturalismo cinematográfico, Rapiña nos recuerda aquellas teorías del siglo XIX según las cuales el origen de las personas marca su destino aunque intenten cambiarlo -y que estaban en el origen de lo que sería después el cine negro- y nos muestra cómo hasta las almas más inocentes son capaces de los actos más horribles si vislumbran que existe algo mejor que aquello con lo que siempre se han conformado. Su magnífica media hora final, ambientada en el desierto y casi con aires de wéstern, eleva aún más el nivel de la película y supone, en mi opinión, un homenaje nada encubierto a las últimas secuencias de Avaricia (Greed, 1924), la obra maestra naturalista de Erich von Stroheim que, al parecer, nunca podremos disfrutar en su totalidad.

 

 

 

 

Adiós a Sam Shepard (1): PARÍS, TEXAS (1984) de Wim Wenders

Sam Shepard tuvo el buen gusto de no dejar sola a Jeanne Moreau en su último viaje. Conocido en España sobre todo por su trabajo como (gran) actor, fue también director de cine, guionista, autor teatral, poeta y escritor de relatos. Compañero de fatigas artísticas de Raymond Carver, James Salter, Richard Ford, Bob Dylan y tantos otros autores que han ido creando la gran crónica norteamericana de los siglos XX y XXI, su literatura nos muestra la cara más cotidiana y amarga de las relaciones humanas, el otro lado del sueño, siempre susurrando entre líneas mucho más de lo que dicen las palabras. Como muestra de ello pasó por aquí hace tiempo el relato Todos los árboles están desnudos, uno de mis favoritos.

En cuanto a su labor como guionista, Shepard escribió para Wim Wenders -cineasta alemán pero absolutamente enamorado de cierta mitología norteamericana- dos películas hermanadas: Llamando a las puertas del cielo (Don’t Come Knocking, 2005) y, sobre todo, París, Texas (Paris, Texas), una de mis películas preferidas de siempre, la odisea homérica de un hombre llamado Travis (portentoso Harry Dean Stanton) que cruza el país con su hijo para llevarlo de nuevo junto a su madre (Nastassja Kinski), cuyo germen es un libro del propio Shepard, compuesto de textos en prosa y poemas, titulado Crónicas de motel (Motel Chronicles, 1982). En palabras del propio Wenders: «El film que yo había querido hacer en los Estados Unidos estaba ahí, en ese lenguaje, esas palabras, esa emoción americana. No como un guion, sino como una atmosfera, un sentido de la observación, una suerte de verdad»

Wenders y Shepard agarran esa «atmósfera» para realizar uno de los films más genuinamente americanos de la historia, compendio de una forma de entender la vida trasladada al arte. Carreteras interminables, moteles y tugurios, luces nocturnas de neón, vidas derrotadas en busca de algo o de alguien para encontrarse a sí mismas, para alcanzar la redención: toda una iconografía estética y ética de la derrota que tiene no poco de romántico y que está presente en la mejor literatura de Shepard y de sus contemporáneos -incluido el austriaco Peter Handke, especialmente el de Carta breve para un largo adiós-, en la música de Dylan y de tantos otros, en la obra de fotógrafos como Robert Adams o en la pintura, tan cinematográfica y con tantas historias dentro por imaginar o descubrir, de Edward Hopper.

Aspectos culturales que, en mi opinión, no son ajenos -o quizá incluso provengan de él- al wéstern, el género norteamericano por antonomasia, cuya filmografía está repleta de tipos solitarios que buscan su lugar en el mundo o que ya han renunciado a él, de desarraigados que tratan de olvidar su pasado o que han de retomarlo para dejarlo definitivamente atrás y reencontrarse. Parte de su imaginería está también presente, y de qué manera, a lo largo y ancho de París, Texas, desde su inicio con nuestro protagonista  deambulando amnésico por el desierto, hasta la enorme influencia que, a mi modo de ver, recibe de un clásico como Centauros del desierto (The Searchers, 1956), de John Ford.

Tanto Ethan Edwards (John Wayne) como Travis emprenden un viaje para encontrar a alguien -Ethan, a su sobrina, raptada por los comanches; Travis, a su esposa-, y al terminar esa odisea con éxito, algo de absolución, de paz con respecto al pasado y a ellos mismos, se llevan consigo; pero también la inevitable derrota de saber que ya no pueden quedarse entre sus familiares, que su lugar ya no está entre ellos. Con la figura de Ethan traspasando el umbral de la puerta para dirigirse al desierto y con las luces del coche de Travis desapareciendo en la noche hacia no sabemos dónde, dos almas gemelas, dos de los más grandes personajes del cine norteamericano, nos abandonan para continuar su propia búsqueda.

HOMBRES VIOLENTOS (1955) de Rudolph Maté

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El cineasta de origen austro-húngaro Rudolph Maté comenzó su andadura en esto del cine como director de fotografía, primero en Europa y después, a partir de la segunda mitad de los años 30, en Hollywood. Entre las grandes películas en que colaboró, títulos imprescindibles como La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d’Arc, 1928) y Vampyr (1932) de Dreyer, Enviado especial (Foreign Correspondent, 1940) de Hitchcock, Ser o no ser (To Be or Not to Be, 1942) de Lubitsch, Gilda (1946) de Charles Vidor o La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1948) de Welles, aunque en esta última no aparecía en los créditos.

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A partir de 1947 dio el salto a la dirección, convirtiéndose en un todoterreno más solvente que genial al servicio del drama, el noir, el cine de aventuras o el wéstern; nada comparable, desde luego, a las grandes obras que contribuyó a crear como camarógrafo, pero sí películas de género bien hechas, entre las que brilla con luz propia Hombre violentos (The Violent Men), un enérgico wéstern y un turbulento drama habitado por hombres -y mujeres- que no reparan en gastos a la hora de conseguir lo que quieren.

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El gran Glenn Ford interpreta a John Parrish, un capitán del ejército que vuelve a casa para casarse y cambiar de vida, decidido a malvender su rancho y sus tierras al mayor propietario de la zona, Lee Wilkenson, (Edward G. Robinson), un anciano ambicioso pero cuya invalidez le deja a merced de su manipuladora esposa Martha(Barbara Stanwyck). El asesinato de uno de sus trabajadores a manos de los pistoleros contratados por Wilkenson para amedrentar a todos los ganaderos de la zona provocará que Parrish cambie de opinión y decida defenderse.

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El extraordinario reparto, la música de Max Steiner y el magnífico guion de Harry Kleiner, basado en una novela de Donald Hamilton, contribuyen decisivamente a que Hombres violentos sea un wéstern destacable; pero por encima de todo ello sobresale la dirección de Maté. La planificación en panorámico, tanto en interiores (el duelo en el bar; el plano en que Martha demuestra el dominio que ejerce sobre su marido, agotado en un sillón, sin una palabra, tan solo pasándole los brazos sobre sus hombros) como en exteriores (la muerte del trabajador de Parrish; la escena en que este le comunica a Wilkenson su decisión de no vender y enfrentarse a él; la estampida de caballos, con un deslumbrante plano picado), y su capacidad para dotar de la fuerza, el nervio y el ritmo necesarios a esta historia febril, de pulsiones primitivas, repleta de hombres y mujeres dispuestos a matar o morir por justicia, venganza, ambición u amor, sitúan a este film por encima de la media de la ingente cantidad de obras poco conocidas que pueblan el género.

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Editada en DVD por Sony.

 

 

TRES PADRINOS (1948) de John Ford

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La novela de Peter B. Kyne en que se basa Tres padrinos (3 Godfathers) ya había sido llevada al cine en varias ocasiones, una de ellas por el propio Ford -a quien encantaba la historia- bajo el título Marked Men (1919). Como, al parecer, el montaje final de esa versión muda fue manoseado, como tantas veces, por la productora, el cineasta decidió volver a rodarla años después, esta vez con mayor libertad.

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Escrito por Frank S. Nugent y Laurence Stallings y dedicado a la memoria de Harry Carey, protagonista de la anterior versión y amigo de Ford, el film cuenta las desventuras de tres forajidos de buen corazón (John Wayne, Pedro Armendáriz y Harry Carey Jr.) que, tras asaltar un banco, son perseguidos sin tregua por el sheriff (Ward Bond) y sus ayudantes. Durante su huida por el desierto encuentran, en una carreta, a una mujer moribunda a punto de dar a luz. Tras nacer el niño, se convertirán en sus tres padrinos, en sus tres Reyes Magos particulares.

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De claras connotaciones religiosas y salpicado de abundantes elementos cómicos que lo desdramatizan, el argumento de Tres padrinos puede resultar, visto hoy, algo ingenuo y edulcorado, demasiado ligero e intrascendente como para dar a luz una estupenda película; pero la puesta en escena de Ford demuestra, una vez más, que el cariño con el que filmaba a sus personajes estaba por encima de cualquier historia. Escenas como la de la tormenta de arena, totalmente real y que al parecer no estaba prevista, mucho más efectiva, por supuesto, que si se hubiera creado con efectos digitales; el hallazgo de la mujer, filmado desde el interior de la carreta y mostrando su abertura como si fuera la entrada a un portal (de Belén); su entierro tras conseguir dar a luz, una preciosidad nada recargada, como suele ser habitual en el cine de Ford, y dibujada con cuatro sencillos trazos, o la muerte del joven William, herido, agotado y sediento, tras haber superado lo peor de la travesía hacia el pueblo de Nueva Jerusalén, son perlas que Ford creó para presentarnos a los tres Reyes Magos más entrañables de la historia del cine.

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Editada en DVD por Warner.

CONSPIRACIÓN DE SILENCIO (1954) de John Sturges

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BadDayatBlackRockEn la época del Hollywood clásico, cuando muchas películas apenas duraban hora y media, los guionistas sabían que no podían andarse por las ramas a la hora de escribir una historia, que debían agarrar por las solapas al espectador desde el primer segundo y no dejar que se soltara hasta que apareciera el the end de turno. El difícil arte de contar solo lo imprescindible, que tanto se ha perdido.

En este sentido, el inicio de Conspiración de silencio (Bad Day at Black Rock) resulta modélico: un tren que circula a toda velocidad, presentado como una amenaza gracias a la planificación de Sturges y al acompañamiento de la enérgica música de André Previn, termina parando en la estación de un pueblucho llamado Bad Rock por primera vez en cuatro años.  Del tren baja un único pasajero, un hombre con un solo brazo llamado John MacReedy (Spencer Tracy), observado por los lugareños con curiosidad o más bien con recelo, quizá simplemente por la novedad que supone su presencia. Pronto sabremos que el hombre manco no ha venido precisamente a admirar el paisaje, sino a rendir cuentas por un suceso ocurrido unos años antes en el que todos los habitantes del pueblo estuvieron implicados.

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Lo que nos espera a partir de ese inicio fulgurante son setenta y pico minutos de calma tensa, de violencia latente, de diálogos contundentes afilados por la pluma de Millard Kaufman e interpretados por un elenco de excepción: junto a Tracy, Rober Ryan, Walter Brennan, Lee Marvin, Ernest Borgnine y otros pocos estupendos secundarios. Un drama que bebe de las claves del wéstern y que en manos de Sturges se convierte en una lección magistral de puesta en escena, aprovechando al máximo las posibilidades de planificación que ofrece la pantalla ancha y logrando un ritmo interno que para sí quisieran muchas películas actuales cuyo montaje parece aquejado de párkinson.

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Posiblemente no sea Conspiración de silencio la película a la que más veces volvamos dentro de una filmografía en la que reinan joyas del entretenimiento como Los siete magníficos (The Magnificient Seven, 1960) y La gran evasión (The Great Escape, 1963), pero quizá sí la que demuestra de forma más clara y precisa la maestría narrativa de John Sturges, un cineasta al que demasiadas veces se le ha despachado sin miramientos con la peyorativa etiqueta de «artesano».

Editada en DVD por Warner.

 

 

AVARICIA de Frank Norris

Frank_Norris_ReadingEl mayor proyecto cinematográfico del gran Erich von Stroheim, y uno de los más colosales de la historia del arte, se convirtió en una empresa mastodóntica e imposible para la época que en la sala de montaje se iba a las ocho o nueve horas de metraje. Finalmente, Avaricia (Greed, 1924) se estrenó en una versión censurada de algo más de dos horas y media -al parecer existe otra de unas cuatro horas- y aun así fue suficiente para que se la considere una de las más importantes películas de la historia, un compendio de la narrativa del cine, de las pasiones humanas del drama y de la integración de diversos escenarios y géneros a partir de la evolución de los personajes.

avariciaComo suele ocurrir en estos casos, la novela en que se basa es mucho menos conocida que el film de Stroheim. Traducida al español hace unos pocos años con su título cinematográfico, Avaricia (McTeague, 1899) es uno de los ejemplos maestros del naturalismo norteamericano, que proviene en buena parte de la literatura de Zola y que, junto a la novela de detectives, tanto influyó en la posterior aparición del género negro. Autores como, por ejemplo, James M. Cain tienen su escuela, sin duda, en la novela naturalista.

Plagada de simbología perfectamente integrada en el relato, Avaricia se desarrolla casi por completo en un espacio urbano y se traslada, en su parte final, a las minas de oro de las montañas y al desierto, donde la historia alcanza su clímax con situaciones próximas al wéstern. Entre ambos ambientes, la novela nos muestra cómo el deseo, la envidia, la pobreza y la codicia pueden llevar a las personas, incluso a las más bondadosas, al engaño, el robo y el crimen; cómo los instintos más primarios aparecen de repente para acabar con la amistad y el amor y desembocar en la muerte.

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Los dos hombres se abrazaron de repente y, a renglón seguido, empezaron a rodar y forcejear sobre la superficie caliente y blanca. McTeague empujó a Marcus hacia atrás, hasta que éste tropezó y cayó sobre el cuerpo del mulo muerto. La jaulita del pájaro se zafó de la silla con la violencia de la caída y rodó por el suelo; los sacos de harina se escurrieron. McTeague le quitó el revólver a Marcus y lo blandió a ciegas. Los dos luchadores quedaron envueltos en unas asfixiantes nubes de polvo de álcali, fino y penetrante.

McTeague no supo cómo mató a su enemigo, pero, de repente, Marcus quedó inmóvil bajo sus golpes. Después tuvo un último arrebato de energía. La muñeca derecha de McTeague quedó atrapada; algo se cerró con un clic en torno a ella; luego, el cuerpo que forcejeaba quedó mustio e inmóvil tras una expiración profunda.

Al ponerse de pie, McTeague sintió un tirón en la muñeca; estaba amarrada a algo. Cuando miró hacia abajo vio que Marcus, en es último forcejeo, había encontrado fuerzas para esposarle las muñecas. Marcus estaba muerto; McTeague estaba atado a su cuerpo. Todo lo que lo rodeaba, inmenso, interminable, desplegaba las leguas inconmensurables del Valle de la Muerte.

McTeague se quedó mirando a su alrededor con ojos estúpidos, primero al horizonte lejano, luego al suelo, luego al canario medio muerto que gorjeaba débilmente en su pequeña prisión dorada.

Traducción de Olga Martín Maldonado.

Publicada por La otra orilla.

ENTRE DOS JURAMENTOS (1950) de Robert Wise

20121123025104-two-flags-westSangre en la luna (Blood on the Moon, 1948) y Entre dos juramentos (Two Flags West), las dos únicas aportaciones al western de parte del todoterreno Robert Wise, permanecen hasta tal punto en el olvido que ni siquiera aparecen citadas en muchos de los más prestigiosos estudios sobre el género publicados en nuestro país. En mi opinión, ambas guardan suficientes elementos de interés como para ser rescatadas, y especialmente la segunda, a pesar de la falta de intensidad en algunas de sus secuencias y de cierta debilidad en el dibujo de los personajes, nos ofrece momentos magistrales que ningún aficionado al género, sobre todo los devotos del cine de John Ford, debería perderse.

La historia nos traslada al año 1864, durante la Guerra de Secesión norteamericana. A un grupo de presos sudistas al mando del coronel Tucker (Joseph Cotten) se les ofrece la libertad a cambio de prestar su ayuda en la lucha contra los apaches. Liderados por el capitán Bradford (Cornel Wilde), se dirigen a Fort Thorn, en Nuevo Méjico, donde encuentran al comandante Kenniston (Jeff Chandler), un soldado amargado que arrastra una pierda ortopédica como recuerdo de una batalla, que odia por igual a los indios y a los sudistas y que está enamorado sin esperanza de la joven Elena (Linda Darnell), la viuda de su hermano. Tras el asesinato a sangre fría del hijo del jefe apache a manos de Kenniston, el grupo de Tucker deberá escoger entre escapar traicionando su juramento o quedarse para defender el fuerte.

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El guión, firmado por Casey Robinson, está basado en una historia escrita por Frank S. Nugent y Curtis Kenyon. Nugent fue uno de los habituales guionistas de John Ford a partir de Fort Apache (1948), que adaptaba la novela de James Warner Bellah titulada Massacre. No es, pues, de extrañar que de la aportación de Nugent en dos films tan cercanos en el tiempo surjan algunas similitudes argumentales, sobre todo en lo que concierne al personaje de Kenniston, un trasunto del fanático coronel Thursday que interpretó Henry Fonda en la película de Ford. Pero es en la realización de Wise donde más se deja notar el magisterio del gran cineasta tuerto, la huella de una forma inconfundible de entender el western.

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Desde la excepcional escena que abre la película, situada en el lugar donde está confinado el grupo sudista y dominada por la espléndida fotografía de Leon Shamroy, hasta el paseo final de Tucker y Elena entre las tumbas de los caídos en la batalla, son numerosos los momentos magistralmente resueltos por Wise «a la manera de Ford»: el paso de los soldados rebeldes cantando las canciones de su tierra; los planos largos que muestran a los jinetes bajo un cielo plagado de nubes; las madres abrazando a sus pequeños durante el ataque de los indios; Elena curando las heridas de los soldados…Y por encima de todos, ese breve y bellísimo plano en el que Kenniston se despide de Elena, agotada y dormida, acariciándole el cabello, antes de abandonar sus armas y salir del fuerte para entregar su vida a los apaches a cambio de la de sus hombres: un sacrificio filmado por Wise de manera casi fantasmagórica, como si de una de sus películas de terror se tratara; un gesto heroico y suicida similar a los que, años más tarde, serán elemento característico del cine de Sam Peckinpah.

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Sin llegar a ser una película redonda, por las razones señaladas al comienzo, Entre dos juramentos ofrece motivos más que suficientes para ser considerada, aunque sólo sea fragmentariamente, uno de los mejores legados del western fordiano y para ser ampliamente revalorizada por sí misma.

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Editada en DVD por Impulso.